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26-11-2012 
MIRADA FILOSÓFICA EN TORNO A "LOS INMORTALES" Y SU RELACIÓN CON "EL ALEPH", DE BORGES.
Autor: Luz María Cortez
MIRADA FILOSÓFICA EN TORNO A “LOS INMORTALES” Y SU RELACIÓN CON “EL ALEPH”,| DE BORGES.

“Los Inmortales” de Borges, es un estímulo al desconcierto inicial. Provoca una atracción inexplicable hacia algo que aún no es posible identificar; es la percepción de un aroma cuyo origen resulta desconocido.
En una segunda lectura del relato, sucede el encuentro con lo podría ser el primer argumento filosófico oculto. Borges, con su estilo, crea un mundo a base de imágenes, metáforas transformadas en realidad de muros, desiertos, elementos conocidos en el espacio en que nos movemos; sin embargo, cuando la imaginación, como protagonista individual, intenta aprehender ese mundo, hacerlo suyo a través de la empatía, surge la sensación de extravío, de concebir la lluvia y el desierto de manera distinta a la borgiana. Algo similar ocurre después de leer “La ciudad en el fondo del mar” de Poe, que parece dar a la interpretación, la calidad de imposible. ¿Cómo podemos sentirnos incluidos en lo que aún no comprendemos y sin embargo comenzamos a amar? Lo cierto es que el autoconocimiento es siempre posterior a la intuición de sí mismo.
Filosóficamente se ha discutido por años el problema relacionado con la existencia y la realidad: ¿Cuál de las dos es origen de la otra? Algunos filósofos establecen simultaneidad de acción entre ambas, vistas como rostros alternos en cuanto a surgimiento que engendra identidad. Borges se atreve a insinuar por medio del arte, su postura definitiva ante el dilema y parece afirmar: “Es la existencia quien da vida a la realidad. Mi existencia presente creó este mundo plagado de imágenes, símbolos que son proyección de algo más trascendente. Mis objetos te desconciertan, debido al dominio en el ejercicio del doble lenguaje, el que utilizas y te afecta cotidianamente; pero a cuyas partes no has logrado acceder, a pesar de que las presientes”.
Si he de especificar lo concerniente al lenguaje, diré que tal vez sea más apropiado llamarle “bifásico”, más que “doble”, ya que presenta dos perfiles: El intencional y su escudo constituido por el conjunto de signos y símbolos exteriorizados . Ahora bien, el efecto o realización de la intención, no es trabajado con frecuencia en base a símbolos fieles a su estructura. En no pocas ocasiones, los símbolos articulados son opuestos a la intención y se lanzan al exterior para ser captados por “sensibilidades agudas”, que en realidad se guían por la empatía e imaginación. El lenguaje empleado de esta manera suele ser sutil y podría ser ejemplificado con la sencillez de unas líneas escritas por Sabines: “Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: “qué calor hace”; “dame agua”; “¿sabes manejar?”; “se hizo de noche”… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías te he dicho “ya es tarde” y tú sabías que decía “te quiero”.
Cuando Borges menciona: “Nadie es alguien, yo soy todos, lo cual es una manera de decir que no soy”, en primer lugar evita un “no soy nada o soy nada”, que destruiría la belleza del contenido, por contradicción, ya que estaría afirmando que es algo: nada; y ésta –dice Hegel--, suele estar en la imaginación como un abismo negro, ilimitado, como la profundidad del mar; es decir, como la imagen de lo existente: Algo.
No es Borges quien escribe y crea atmósferas; al menos, no su nombre, sino su esencia común a todos los seres humanos; es una existencia consciente, interpretando la realidad para plasmarla ya digerida, como imagen de sí misma; lo cual no es más que el disfraz de la concepción interna en actividad. Ésta, a su vez, estimula otra conciencia, la del lector, a reinterpretar y crear otra realidad. Esta circunstancia se presenta de manera habitual en el arte. Cuando un hombre busca la inmortalidad como ente individual y la fundamenta en la fama, termina por producir una obra que perecerá con el paso del tiempo como sugiere Borges al decir que cuando el fin se aproxima, sólo quedan letras, letras mutiladas, incapaces de revivir la emoción pasada que intentamos retener en la lucha sin tregua contra la horas a través de signos impresos en papel.
Homero, quien había alcanzado la inmortalidad, no era superior al hombre que murió en el desierto cuando su único afán era hallar la ciudad de los inmortales. La muerte de aquel hombre fue una circunstancia. Homero había olvidado su nombre en medio del desierto de la monotonía, hasta que la lluvia –un incidente repentino y efímero--, le llevó a recordar quién era, al igual que la capacidad humana del llanto. Lo mismo ocurre al protagonista de la historia cuando ve deslizarse una gota de sangre sobre su dedo. Entonces percibe su mortalidad y experimenta alegría; ambos, hechos pasajeros.
Es necesaria la sucesión de circunstancias marcadas por el tiempo que hace perecer para renacer en el proceso creativo. Si se alcanzara la inmortalidad, no habría motivo para crear. El nombre que procura quedar impreso en la memoria eternamente, termina por ser borrado por transformarse en letra mutilada, incapaz de generar emoción.
La inmortalidad de Homero también puede ser interpretada como el estado en que terminan quienes se consagran a la concepción de ideas hasta apartarse del mundo, reduciendo el conocimiento a un placer egoísta que los coloca en un nicho inalcanzable. Alimentan su cuerpo –lo físico--, sólo con lo indispensable y olvidan su nombre, hasta que una lluvia inesperada les devuelve a la memoria la importancia del lenguaje para comunicar que la esencia es única, a pesar de que el hombre es circunstancial; hecho determinante en su hallazgo a través de un proceso dinámico.
El protagonista desciende por una cueva (su individualidad), hacia un medio oscuro, subterráneo, que equivale a la exploración de su interior y en la búsqueda del conocimiento encuentra dos laberintos: Uno que desemboca en la misma cámara en que inició y el segundo, que conduce a una cámara igual que la primera. ¿Quién puede asegurar que no es una sola cámara? El conocimiento es cíclico: Una respuesta es, a su vez, interrogante que genera una segunda afirmación; es el juego constante entre causa y efecto, trasformado de nuevo en causa, en un proceso sucesivo e interminable. El conocimiento es dinámico, nacido de la circunstancia, que es perecedera; por lo tanto, constituye una aspiración eterna.
El hombre que llega a la ciudad de los inmortales, al ser acompañado por un troglodita (Homero), a quien no reconoce y asigna el nombre de Argos, se pregunta si pertenecen a universos distintos; si la diferencia estriba en que Argos sólo almacena sensaciones. Tal vez sea la manera de percibir el mundo lo que les distingue. Tanto Argos como él, pertenecen a universos distintos (si tomamos por universo adaptado a su finitud, las ideas nacidas de ésta); pero ambos poseen dentro de sí, un solo universo; por lo tanto, el primer concepto es ilusorio. Las percepciones son siempre iguales; son distintas las interpretaciones respecto a la naturaleza de la percepción, tomando por ésta, el registro sensitivo; la interpretación es la idea articulada. Los dos almacenan sensaciones y las procesan a través de la razón; sólo que uno los comunica y el otro no. Argos emplea el lenguaje del raciocinio y el silencio, que el otro no sabe identificar; ¿por qué? Porque Argos (Homero) es inmortal y sus conocimientos se encuentran orientados y hallan expresión en algo más trascendente, mientras el otro hombre aún busca la inmortalidad. Lo que él juzga diferencia, pertenecer a universos distintos, es la manifestación de su concepto, o bien, la aplicación que da a la verdad que para él es relativa, cuando está accediendo únicamente a la primera fase de un proceso cognitivo que tiene por meta alcanzar la verdad absoluta.
El inmortal que nunca se movió y yacía sobre la arena con los ojos fijos en la inmensidad del cielo azul, simboliza la postura del hombre atado en parte al mundo, pero con la vista hacia el ideal; significa encontrarse metafóricamente entre el cielo y la tierra.
El hombre no muere del todo, cuando su obra continúa a través de los demás. La cueva oscura por la que desciende el protagonista del “Los inmortales”, es también el sótano al que penetra Borges para ver el Aleph. Para encontrarlo es necesario bajar las escaleras, que representan un medio de entrada y salida, de descenso y ascenso. No es posible hallar el Aleph con los ojos abiertos; es necesario cerrarlos, que significa abrirlos a la percepción espiritual, de la esencia no sujeta a nombres. Cuando cerramos los ojos a todo lo que pueda perturbarnos y nos mantenemos atentos a la verdad oculta en el interior oscuro, inexplorado, aparece el Aleph que permitió a Borges, mirar todos los rostros de Beatriz y todos los puntos del universo, porque todos convergen en uno solo: él. En cada hombre existe un Aleph ignorado; lo infinito oculto en la finitud. Borges dice que nadie es alguien, sino todos, partiendo del Aleph encontrado. Su individualidad desapareció al descubrir que “los otros” estaban dentro de él; porque todos somos esencialmente iguales y finalmente un hombre es el espejo en que se reflejan todos, ¿o el que todos reflejan?
La obra que el tiempo transforma en simple letra, no fue escrita a la luz del Aleph, ese universo circular sin origen, ni fin. El hombre sólo alcanza la inmortalidad cuando la letra es consecuencia de la individualidad, pero causa de la intervención del Aleph, que ve en ella un medio de expresión. Cada ser humano hace suya la circunstancia del autor; la vive a través de lo que cree imaginación y no es más que su propia alma, amando su reflejo en los demás.
Si sólo sobreviven las letras, ¿por qué o para qué escribió Borges? Lo hizo sin pensar en la inmortalidad, porque ésta no existe; es impensable, ya que aún en el caso de la supervivencia de su obra, en ella estarían “todos”; no sólo el Borges particular, sino el incluido. Él es la manifestación de su Aleph y en eso estriba la grandeza de su arte. Por eso resulta imposible comprenderlo, partiendo de la empatía individual. El escritor provoca la sensación fantasmal de lo impersonal; de estar frente a algo que no existe, porque no podemos personalizar a través de nuestra experiencia limitada una obra que tiene por protagonista a la esencia humana y por lo tanto, a todos los hombres.

LUZ MARÍA CORTEZ MOGUEL.