REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 10 | 2018
   
06-07-2016 
Lettera 19 (cuento)
Autor: Eduardo Velasco
Lettera 19.


Román Trueba era un hombre de gustos vintage como lo constataba su colección de vinilos y la máquina de escribir lettera 19 sobre la que escribió su última nota. Magos, la vecina de enfrente, lo escuchó entrar la noche anterior del final, alrededor de la nueve de la noche. Lo recordaba bien porque era la hora de su pastilla para dormir; el portero no pudo hablar ya que además de ser mudo había salido a comprar bombones. Ruvalcaba llegó a las once de la mañana de la semana siguiente, cuando el resto de los vecinos levantó el parte.
El aroma impregnaba todo el lugar. Desde la puerta del edificio percibió el dulce olor a muerte. Procedió al allanamiento apoyado con una barreta que alguien hizo llegar hasta sus manos. La puerta crujió al segundo intento. Para entonces sus fosas nasales ya se habían saturado de la química de la descomposición. Tocó el abdomen con la misma barreta, lo sintió a punto de estallar. Cuando alguien muere por cuenta propia, además de extinguirse, condena su propia historia, dejando la puerta abierta a conjeturas y suposiciones de curiosos que intentan encontrar alguna razón, como si la misma vida tuviera un motivo. Eso pensó Ruvalcaba cuando vio los libros sobre la mesa, la ceniza del tabaco, la botella de coñac a medio acabar, rastros de lo que fue la vida de aquel hombre que ahora lo veía desde el suelo con la misma mirada de un pez globo. Los geranios marchitos en la ventana eran los únicos testigos. Echó a los mirones, llenó un balde con agua que vertió sobre las gargantas sedientas de las agonizantes flores. Sacó su bolígrafo y tomó nota del crimen. Ya no había sangre, sólo una espesa pasta color magenta, proveniente de la sien izquierda, petrificada como lava volcánica que había llegado hasta la mitad de la habitación.
El apartamento no era muy grande, más bien diminuto pero abierto, tipo loft. Desde la puerta se podía tener una vista completa, salvo el cuarto de baño, que era el único que requería de una puerta para entrar. Caminó con el cuidado de no cometer una torpeza. La duela de madera crujía a cada paso, la luz de enero entraba mortecina, debilitada por el invierno, no había cama, un sofá hacía esa función, la almohada aún tenía cabellos de su último sueño.
El librero estaba atestado de historia antigua y se podían ver figurillas prehispánicas por doquier. “Antropología”, fue su primera deducción; salió del error cuando encontró el título hurgando entre los cajones del escritorio. “Etnolingüista”, egresado de la ENHA. Ruvalcaba ni siquiera conocía esa profesión. También pudo ver su carnet de identidad: Román Trueba, cuarenta y tres años, Calle Tenerife, Colonia Insurgentes Mixcoac. Con fecha de expedición de cuatro años atrás, tuvo que hacer la suma y anotar en su libreta cuarenta y siete, la edad del fiambre.
A simple vista todo encajaba con el móvil del suicidio, su experiencia en homicidios le había enseñado a olfatear los errores del asesino, por lo regular sobreactuados. Encontrados con anticipación, los cuerpos casi nunca llegan a apestar tanto, ya que siempre surge algún interesado o alguien que se beneficia con la muerte. En este caso sólo había putrefacción. El tipo estaba tan solo como el desierto, ni gato, ni perro que le ladrara, ni siquiera había correspondencia acumulada en el buzón que diera cuenta de su vida. Al parecer ya se había suicidado socialmente, antes de decidir hacerlo de manera definitiva. El arma estaba enganchada a su dedo índice, como un guepardo con el hocico ensangrentado después de cazar. La mancha en la pared, relataba aquel momento. La bala atravesó sigilosamente la corteza cerebral, sin detenerse a especular, siguió su trayectoria hasta alojarse en la pintura de Gauguin "Pechos con flores rojas". Las dos tahitianas del cuadro lo miraban con esa mirada turbadora de enigma insondable, como el mismo artista lo había descrito cien años atrás en sus cartas a André Fontainas después de fallar con el arsénico.
La situación planteaba un problema, después de realizar la inspección Ruvalcaba no había encontrado ninguna prueba. Buscó entre la ropa y al interior de los libros con la esperanza de encontrar algún texto suicida, pero sólo consiguió estornudar con el polvo añejado en las páginas. Para él estaba claro, se fatigó de vivir. Pero no era suficiente, tenía que haber un motivo en el expediente. Las fotografías tampoco probaban nada, eran una bitácora de viajero, típicas postales con su cara sonriendo a la cámara, únicamente variaba la escenografía. En todas aparecía solo, disfrazado de Indiana Jones. París 1993 fue el único álbum donde estaba acompañado; ambos se veían jóvenes, él había dejado crecer su barba hasta la garganta y ella parecía amarlo. La mejor es donde aparecen fundidos en un beso como dos personajes de película francesa, bajo el arco de la Rue de Nevers.
El lugar era una ermita, no había televisión, ni artefacto alguno que lo comunicara con el exterior. Murió en silencio, el tocadiscos con mueble de madera estaba apagado. Cuando interrogó a los vecinos, todos coincidieron en la misma versión, salía cada tercer día y a veces ni siquiera eso. La alacena estaba vacía, sólo lo indispensable, un frasco de café, azúcar y tabacos. Ruvalcaba tomó uno. No lo encendió hasta que encontró los fósforos debajo de un manuscrito que había pasado por alto. Mientras soplaba el humo, observó el cadáver otra vez, era un globo aerostático en inflamación; saturado de muerte, la vida cobraba sentido, millones de bacterias danzando en su interior. Cogió el tranco de hojas y puso lo que consideró el último disco. Con sigilo hizo a un lado los pies de Román para sentarse a su lado en el sillón. Le faltaba un zapato. Quizá lo perdió después del impacto cuando el cuerpo se relaja y escapa el alma. La música de Johannes Brahms invadió el espacio. Cuatro canciones para coro femenino, dos trompas y arpa. El texto no era un manuscrito, lo supo desde la primera página. Las marcas de la lettera 19 estaban en toda la tipografía. Setenta cuartillas sin doble espacio, cientos de palabras comprimidas, tal vez miles. El texto no prometía demasiado. Se componía de cinco capítulos y anotaciones marginales. Carecía de pulpa para ser usado como un diálogo de despedida o un diario post mortem que revelara su estado anímico antes de tomar el revólver. Lejos de aportar material de prueba, las sospechas parecían confirmarse: muerte por hastío.
Si hay un asesino que no escatima en dejar huellas, ese es el suicida. Ruvalcaba lo sabía bien. A diferencia del asesino común, éste es el único que siempre está presente en la escena del crimen. Tal vez se deba a la imposibilidad física de salir huyendo, pero todos los suicidas suelen quedarse, disfrazados, ocultos bajo la piel de la víctima, pocos son los que olvidan dejar una nota póstuma. Román Trueba se olvidó de firmar. Sus últimas letras fueron frías e impersonales, plasmadas en ese montón de hojas bajo el título de "La lluvia y el fuego". A pesar del hedor y del abotagamiento de su rostro, sonreía como un muñeco de ventrílocuo que amenaza con despertar en cualquier momento con la satisfacción de haber cobrado la vida del animador.
Ruvalcaba llenó el vaso que Trueba había dejado sin acabar. El coñac le parecía un licor de infusión dulce, pero al beberlo de golpe no percibió el azucarado sabor. En algún momento se había dedicado a la docencia, Ruvalcaba lo dedujo de las cédulas de calificaciones y de las tizas blancas encontradas, además de la boleta de pagos de la Universidad Metropolitana. “Metafísicos o sentimentales”, tampoco encajaba con el perfil. Buscó incluso en los imanes del refrigerador, pero no había ningún post-it de amor. Ningún recado a dios.
De todas las personas con las que convivió, el mudo fue el único que dio una descripción elocuente. Dijo no saber nada, al menos eso parecía dar entender cuando abrió su boca para mostrar su lengua mutilada. El resto dio una multiplicidad de versiones, tan imaginativas como inverosímiles; nadie lloró, pocos lo conocían. Los que sabían de su presencia, lo padecían, sobre todo por esa costumbre de escuchar a Handel de madrugada. No tenía agenda, tampoco solía recibir visitas. Buscó alguna lista de amigos o familiares. Sin rastro alguno, sin pasado, sin futuro. Sólo tenía ese presente, amortajado, condenado a la extinción como un mamut siberiano. Su destino: la fosa común. Por su condición actual ni siquiera sería donado a la ciencia, al primer corte de escarpelo explotaría como una bolsa de popcorn. Apenas tendrá un espacio en el congelador, junto a los otros cuerpos como jerséis olvidados en la caja de objetos perdidos, antes de ser apilados en un rincón del Panteón Dolores.
Ruvalcaba pasaba las hojas como un náufrago, perdido en ese mar de enunciados, como si tratase de descifrar algún códice sumerio. Las oraciones cada vez se transformaban en ilegibles líneas de tinta china y eso dificultaba más la búsqueda. En un abismo de palabras, se sintió perdido, como un neandertal en la jungla africana. Como un cazador había pasado toda la mañana siguiendo las marcas en la tierra, olfateando el miedo, recolectando las boñigas de su existencia, pero cada vez que sentía su proximidad, se alejaba como un sueño interminable.
El día ya había menguado, pronto llegarían a recoger el cadáver. Román Trueba seguía avanzando en su descomposición y Ruvalcaba ya daba muestras de agotamiento. En ese ambiente enrarecido era difícil encontrar un átomo de oxígeno sin olor a muerte. Las moscas sarcófagas pululaban con descaro. El agente Fermín Ruvalcaba estaba allí para aportar las pruebas técnicas del suceso. El suicidio en sí ya era un problema, pero un suicidio sin móvil era una aberración que no existía en los formularios. Nadie muere por existir, reflexionaba Ruvalcaba mientras el fajo de hojas caía de sus manos y se desperdigaban por el suelo. Necesitaba un descanso, el agente necesitaba desintoxicarse de la muerte. Cuando se asomó por la ventana vio la vida tersa e inmóvil, tan inofensiva como las tórtolas que se posaban en los cables de luz. El viento de la calle entró como un huracán removiendo todo a su paso; cuando Ruvalcaba intentó organizar las hojas que volaban por el departamento encontró una que llamó particularmente su atención. El encabezado decía "Después del fuego los hombres dominaron el mundo, después del lenguaje los hombres aprendieron a reescribir su historia". La solución estaba allí, frente a él, en las teclas de la lettera 19. Eran las 4:45 y los empleados del Servicio Forense pronto estarían rondando como hienas; no podía dejar ir la presa viva. Román Trueba y todo su drama existencialista poco importaba. Había un expediente que llenar, un número qué asentar en la historia de aquél cadáver hinchado, un hombre asesinado por la vida. Un hombre que simplemente se había hartado de existir.
Expediente 32/17A26
Román Trueba. Muerte tipo F. Evidencias tipo B; revólver 22. Declaraciones; José Suárez, de oficio portero.
Carta póstuma; de móvil pasional
Tipográfica; Lettera 19.