REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 10 | 2018
   
06-07-2016 
Entrevista imaginaria (en tanto que 'entrevista') a José Emilio
Autor: Héctor Osorio Lugo
ENTREVISTA IMAGINARIA (EN TANTO QUE ENTREVISTA) A JOSÉ EMILIO

Por Héctor Osorio Lugo

Este texto se basa en mis experiencias, en persona o por lectura, con José Emilio Pacheco. Todo dato es real, si acaso, a momentos, me permití dar por hechos deducciones que se imponen. Pensé pedir al escritor -quien, por cierto, no me conoce o más exactamente no debe recordarme-, que lo revisara, pero me pareció un atrevimiento extremo, como atrevimiento es –pero menos- la publicación del presente.
(Escrito en el año de 2013, ignorante del deceso -en los albores del siguiente año- del ilustre escritor).
Y ahí estaba él. A los 33 ó 34 años de su edad. Teatro del Estado, Xalapa, Veracruz. Público escaso, era de tarde, entre semana. Hoy estaría bien lleno. Recuerdo que leyó “Premonición del halcón”. Escrito antes de que conociéramos y se viera operar a “Los halcones”, el grupo paramilitar que reprimió, asesinó o si no hirió, y fue buscar a su cama al hospital, y de ahí de plano ultimó: a marchistas del 10 de junio de 1971 en San Cosme.
Era José Emilio Pacheco.
Desde ese día hasta hoy he aprendido bien las claves de lo que es constante en él. No da entrevistas. Por esto –gracias, José Emilio, porque has accedido a que platiquemos pese a tu credo en el anonimato del poeta. Seré muy breve.
-Ni lo digas, hombre. Adelante. (En estas sus primeras palabras percibo hoy lo que he visto en él desde que lo conocí, una sencillez absoluta que lo hace sentir a uno como si fuera conocido suyo y nos hubiéramos visto en el almuerzo de hoy mismo. [“Usted que me ha leído y no me conoce./ No nos veremos nunca pero somos amigos.” ] ).
-Tu casa familiar se encontró en las calles de Zacatecas en la colonia Roma. Fuiste a la escuela cerca de ahí. ¿”Las batallas en el desierto” es autobiográfica?
-¿Te parece a ti?
-Bueno, no sé. Sí. Sí me lo parece. –Contesto ante la pregunta devuelta.
-Qué bueno. Sí así te parece es que la narración es creíble. Qué bueno. –Comenta, sin contestarme nunca.
-… Hablando de escuelas, Dehesa escribió que los adolescentes del Colegio México te hacían ver tu suerte como profesor.
-¡Germán y sus comentarios! Contesta el escritor, mientras niega con la cabeza pero más bien queriendo decir que cómo es posible. (Aquí otra vez persiste mi duda pues no sé si entender cómo es posible que Germán revele eso, cómo es posible que Germán invente eso, o cómo es posible que los muchachos hagan así a sus maestros).
-Laura Emilia, tu hija, escritora, narra en “Días de entrega” la devoción con que de niña veía a su padre escribir afanosamente sus textos para publicaciones periódicas. También nos cuenta que…
-… cuando salíamos a la calle por cualquier cosa, yo la hacía detenerse ante alguna construcción emblemática para platicarle la historia encerrada en aquella casona…
-… de tu ciudad, dolientemente amada (“José Emilio Pacheco sufre auténticamente como si cada una de las dolencias del mundo fueran la suya”: Vicente Quirarte).
-Durante la inauguración del “Homenaje nacional a Juan Rulfo” mientras veíamos al escritor presa y no otra cosa del acto, flanqueado además por un López Portillo desbordante…
-Te dije que Rulfo se veía afligido…
-Sí. Ni duda cabe.
-A partir de ese mismo autor escribiste un gran poema que poco se conoce compuesto con puras palabras directas de su obra. El texto vertebra aquellas frases, deslumbrantes en su sencillez.
-Colaboraste con un paisano de él. -Prosigo.
-Sí. Arreola tenía encima el compromiso de entrega de un libro con la UNAM. Había dejado pasar los días y no lo comenzaba. Mientras sus discípulos sufríamos en carne propia la demora. Así que le dije: “Me dicta o me dicta”. Se recostó, y fue dejando salir de su portentoso caudal lingüístico: “Bestiario”.
-Todo lo cual recoges magistralmente en “Fui amanuense de Arreola”, un “Inventario” para “Proceso”. Una de las contadas veces en que hablas de ti mismo, si bien con relación a otro que es el protagonista de la anécdota. Un hablar de ti mismo que no consentiste cuando te pedí en “El Colegio Nacional” que dedicaras conferencias a tu propia obra.
-Sí, hombre. Fui tajante. Te dije que de hacerlo sería “ególatra”.
-Efectivamente. A mí me pareció un tanto excesiva la respuesta.
-Veamos, veamos: me darás la razón… ¿Recuerdas el ciclo en la Capilla Alfonsina donde los asistentes que escribían poemas les daban lectura? ¿Recuerdas que mi papel se limitaba a hacer referencias a lo que acabábamos de escuchar? Muy bien ¿no es esto mejor a que yo me ponga a hablar de mi trabajo propio? Creo absolutamente que la poesía es de todos, es la tesis de mi respuesta a Moore:
No leemos a otros: nos leemos en ellos.(…)
(…) que más da que sean míos / de otros / de nadie.
En realidad los poemas que leyó son de usted:
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.
-Carlos Monsiváis, en tus 70 años, recordó…
-… El día que nos conocimos él y yo. Días antes, al quedar de acuerdo en la cita, nos habíamos preguntado cómo identificarnos uno con el otro. Una de las opciones que se consideró fue llevar a la vista la fotografía de nuestro escritor preferido, para reconocernos sin problemas.
-Sí, como enarbolándolas. Seguramente es una de las conversaciones entre escritores más entrañables que se hayan escuchado en Bellas Artes. El Instituto haría bien en editarla y ponerla a disposición del público. Monsiváis llevaba un texto para leer, pero mejor se pusieron a platicar los dos. Resultó inolvidable.
Termino, para dejar al poeta con su público. Espera la dedicatoria personal una larga fila, libro en mano. Observo a los que la forman. Siento profunda alegría porque son jóvenes a cual más. Veo sus caras. Miran a José Emilio no con admiración, ni siquiera con devoción: lo observan con aquella mirada única e inconfundible con que se ve a un ser querido (“Sigo pensando/ que es otra cosa la poesía:/ una forma de amor que sólo existe en silencio,/ en un pacto secreto entre dos personas […] ”) Uno –en la fila- eres tú, Leonardo Hernández, a quien ha estado dedicado este artículo.
hectorosoriolugo2013@yahoo.com.mx