REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 01 | 2020
   

EDITORIAL

año 17, núm. 178 2015

La gran ausente: la crítica literaria

La crítica literaria, vital para el desarrollo de la poesía, de la novela, del cuento, del ensayo, ha sido la gran ausente en México. Tenemos unas cuantas personas que se ocupan esporádicamente de tal actividad, pero al ejercerla seleccionan autores clásicos, consagrados, que poseen abundante bibliografía sobre su vida y obra. De esta manera han surgido libros o largos ensayos sobre Balzac, Darío, Pessoa, Homero y Cernuda hechos por autores como Reyes, Torres Bodet y Paz. Pero no abordan los libros que van apareciendo. Se trata de especialistas que valoren las obras de nuevos autores: la crítica viva, por así decirlo. Que tenemos gente dedicada a comentar libros, claro, no lo niego, pero ¿quiénes son y qué hacen, cuál es su preparación? ¿Podemos considerar válidos los análisis −infaltables, inefables, supuestamente infalibles− de fin de año, donde de modo doctoral son comentados alrededor de una docena de libros en siete cuartillas? De ser afirmativa la respuesta, estamos viviendo en medio de una gran pobreza intelectual. En México la crítica es el arte de elogiar a los amigos o a aquellas personas de poder dentro de la cultura nacional y soslayar despectivamente a los miembros de otros grupos o “enemigos”.
La crítica es empleada para tener poder literario, imponer modas o para ofender con violencia. Es manifiesta la influencia de más de setenta años de priismo: el gran dedo señala y determina (toque mágico del rey Midas, piedra filosofal que transforma el oro en plomo o al revés) quiénes son los novelistas, los poetas, los ensayistas “valiosos”. La tarea se realiza por designación. Y los que no pertenecen al grupo de genios son frecuentemente maltratados sin ningún análisis responsable, sin siquiera haberlos leído.
Contravenimos las disposiciones naturales del desarrollo artístico: primero fue la crítica, luego la literatura. La crítica la engendra. En el mundo la crítica poética −para utilizar el término clásico− es consistente. En México tiene pies de barro. Baudelaire señalaba que un artista es ante todo un temperamento: toca a la crítica la tarea de hacer comprender ese temperamento. Sólo que ningún favor les harían nuestros imaginarios críticos a los escritores al intentar descifrar temperamentos artísticos. A su vez, Azorín decía tajante: “No hay más que una crítica: examen, observación, asociación, disociación. Y el examen −laudatorio, condenatorio− puede revestir diversas tendencias.” Pero ¿cómo los imaginarios críticos locales van a emitir juicios basados en estudios rigurosos que exigen sólida preparación cultural? No expresan más que una serie de ideas inconexas resultado de una apresurada lectura cuyo fin no es edificar sino demoler.
Para Ortega y Gasset el asunto central de la crítica no es, desde luego, dividir las obras en buenas y malas, sino explicar secamente sus valores. No recuerdo ejemplos mexicanos que le dieran la razón al pensador español. Me ha sido difícil hallar una crítica seria sobre Elena Garro.
Por experiencia propia, he notado que la crítica literaria en EU, por ejemplo, proviene de la academia. Es decir, se ha preparado para ejercerla. T. S. Eliot explicó en Sobre la poesía y los poetas que los grandes críticos actuales son producto del rigor académico: “La mayor parte de la crítica realmente interesante es obra de hombres de letras que se han abierto camino en las universidades y de eruditos cuya actividad crítica se ha ejercido primero en las aulas.” ¿Qué podríamos responderle desde México a Eliot?
Para hacer el panorama más oscuro −y en esto deberían reparar los escritores mexicanos en lugar de señalar, tal vez siguiendo a Faulkner y a Hemingway, que la crítica no les importa, que escriben sin pensar en ella− debemos advertir que los propios narradores y poetas se han convertido en críticos ocasionales haciendo un esfuerzo para valorar la obra realizada por sus compañeros de oficio y en otras dejándose llevar por los vicios nacionales. Es cierto, como explicaba Baudelaire, sólo en la crítica es el artista quien comprende a los artistas. También es exacto −siguiendo tesis de Martín Alonso− que “el crítico ha de tener si no facultades artísticas, por lo menos análogas a las artísticas; debe penetrar en la génesis de la obra y ponerse, hasta cierto punto, en la situación del autor analizado...”
Vayamos a ejemplos más concretos: la crítica realizada por escritores pierde objetividad (a menudo es resultado de un encargo o compromiso amistoso), carece de los méritos axiológicos propios de la crítica bien entendida, la que cumple su función creadora y nos permite comprender la verdadera magnitud de la literatura. ¿Quiénes otorgan un premio de novela, cuento o poesía? Pues novelistas, cuentistas y poetas. Se supone que deberían ser críticos-sinodales para conceder un galardón en un concurso literario. El INBA promueve más de veinte concursos literarios al año. Los integrantes del jurado suelen ser creadores, no críticos. Algo peor, su idea es dañar a sus pares, no ayudarlos en su desarrollo.
Los premios, en México, se otorgan por simpatía, porque ahora te toca a ti, porque eres buen amigo o porque estás enfermo y a punto de morir, y son negados exactamente por razones inversas. Esto es, no existe la mediación de un juicio crítico literario. Hemos llegado a la aberración de predecir el triunfo de un poeta o un novelista tan sólo por la configuración del jurado.