REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
07 | 07 | 2020
   

EDITORIAL

año 13, núm. 143 2012

John Lennon en 2012

Ayer en un programa radiofónico dijeron que en Inglaterra una revista de rock había hecho una elección para saber quién era el mejor músico de las últimas décadas. Resultó John Lennon. Compitió con las figuras centrales del rock. Habrá que precisar que John se formó musicalmente en un contexto formidable.

Está allí la recién iniciada Revolución Cubana, el Che Guevara todavía vivo, la heroica defensa de Vietnam, los diversos movimientos estudiantiles que iniciaron en mayo 68 en París, el hippismo, la revuelta sexual, las drogas, el amor entre flores e ideas comunitarias, las manifestaciones de distinto cuño por la paz y en contra de la guerra, las acciones revolucionarias de los negros en EU como Black Panther, Black Power o las encabezadas por Malcom X. Para redondear el panorama repleto de inquietudes positivas, en África se agitaban los pueblos árabes y negros, amparados por ideas de no alineación política con ninguna de las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética. Se acababa rápidamente el colonialismo, surgían nuevas naciones y proyectos socialistas armados o pacíficos. En América Latina teníamos dos tipos de lucha en perspectiva: la vía armada y la ruta electoral como en Chile. Es lo que muchos han llamado la década prodigiosa, un periodo de activismo político, rebeldía y amor libre al amparo del rock que hizo vibrar al mundo entero.

Las nostalgias de hoy tienen fundamento en ese periodo que va, para ponerlo de modo claro y fácil, de 1960 a 1970 y algo más. Imposible las precisiones, no hay fechas exactas, de allí que sea Elvis (1955) quien arranque la década y se cierre con grupos y movimientos posteriores a los sesentas y desarrollados en los setentas. Los datos fijos, históricamente hablando, no existen, siempre hay antecedentes, personajes anteriores, que permitieron los cambios y otros que toleraron su extensión antes de morir. Los Beatles, sobre todo John Lennon, amaron a Elvis, luego, al encontrarse con él en Graceland, el rey los descontroló: no era más el rebelde que sacudió al mundo anquilosado, absorto ante las canciones cursis de Bing Crosby o de la inefable Doris Day. En este caso, Frank Sinatra se cocina aparte. Fue un caso notable y absolutamente memorable del pasado que supo hacerse leyenda sin modificar un ápice su estilo y el fraseo genial que lo hizo un fenómeno artístico y le permitió morir rodeado de éxito humeante por los cigarrillos que fumó y por la cantidad de whisky ingerido incluso en los escenarios. Todavía en pleno auge de Beatles y Rolling Stones, de Dylan y Jim Morrison, metió algunas canciones al Hit Parade. A su vez, Lennon cantó más de una rola de Presley, Gene Vincent o Budy Holly, en homenaje a los pioneros de mayor talento.

De todos los pioneros del gran rock, los Beatles ocuparon un primer lugar. Al principio los vi uniformados, con el mismo corte de pelo, propios y agradecidos con el público (el “respetable”, diríamos los mexicanos, cuando todo tiene menos respetabilidad) que comenzaba a idolatrarlos. Brillaba Lennon, a pesar de la presencia de Paul, la simpatía de Ringo y la seriedad de Harrison. Alguna vez le preguntaron a Keith Richard si era mejor guitarrista que su compañero de banda, Ron Wood (quien sustituyó a Mick Taylor en 1974), no lo sé, repuso el extravagante roquero, ídolo del actor Johnny Deep, pero juntos somos insuperables. Ésa era la clave de los Beatles: juntos eran geniales, no importaba que Ringo o Harrison fueran de menor talento, reunidos en el escenario o en el estudio de grabación eran inmejorables y muy pero muy peculiares.

Los Beatles encantaban, poseían el arte de evolucionar. Pronto fueron más famosos que Jesucristo y desde luego más gozosos. Tengo sus discos, incluido el asombroso Álbum blanco en primera edición. Me acompañaron por años, hasta que los Beatles anunciaron su dolorosa separación. ¿Tan rápidamente un grupo genial rompía su amistad y trabajo colectivo, luego de una profunda e imborrable huella? Muchos responsabilizaron a Yoko Ono, otros vieron la ruptura como parte del discreto enfrentamiento entre los dos mayores talentos de la banda: John y Paul. Cada quien hizo lo que pudo por su lado y quienes mayores triunfos consiguieron fueron justamente Paul y John. Harrison los siguió con discos formidables, el album All Things Must Pass, digamos, en cuyo interior estaban “My Sweet Lord” e “Isn’t it a Pitty” y Ringo puso en juego su simpatía y cordialidad para grabar viejas melodías que le iban a su estilo y no le fue nada mal, supo conservar la relación con sus ex camaradas y tocaba la batería con unos y otros.

Sin duda una etapa estaba llegando a su fin y la anticipaba la ruptura de los Beatles, la desaparición de otros grupos de alta calidad y la fatiga política del bloque socialista que, dicho sea entre paréntesis, no era muy dado a permitir el carácter subversivo del mejor rock y prefería seguir en las tranquilas aguas del estalinismo, sólo útil para impedir ver lo que abajo ocurría: poco a poco se desmoronaban los cimientos que Lenin logró hacer y donde no pudo construir el edificio completo, serían sus sucesores los autores de una obra de pésima calidad y cuyos resultados ya no están a la vista. La revolución marxista, la gran utopía, había muerto o estaba en plena fuga.

John Lennon y su eterna Yoko se fueron a posiciones más radicales y provocativas. Posaban desnudos, hacían música audaz y letras contestatarias, peleaban con los medios de comunicación más atrasados desde las camas de hoteles famosos. Alguna vez le preguntaron a Lennon si era hippie y él repuso con sencillez complicada: No, soy un Beatle. Ya solo, sin Paul, George y Ringo, compuso su propia y única música, era poco común, desgarradora, de limpia protesta como “Imagine” o “Mother”, asimismo volvió a sus inicios, al rock and roll de los cincuentas. Se hizo un buen padre y optó, aferrado literalmente a Yoko, por vivir en Nueva York, una ciudad maravillosa, que para él fue letal. Su asesinato es bien conocido. Para mi desgracia, en esos días estaba yo por viajar a tal sitio, para una plática en la Universidad de Columbia, así que la noticia me impresionó todavía más. Como muchos otros fui al lúgubre edificio Dakota, donde filmaron El bebé de Rosemary de Roman Polansky. En la puerta estaban muchachos acongojados, flores por docenas, veladoras y fotografías del que fuera líder del grupo más exitoso del orbe. Caminé por allí, entre jóvenes y policías, pensando que (John era de mi edad, de mi generación) una época había acabado. “The Dream is Over”. Sí, comenzaba un largo periodo de nostalgia, del que no hemos salido por más que hayan aparecido cientos de figuras musicales de talento. Lennon era algo más que un cantante, que un músico, era un revolucionario sincero, un agitador, un provocador necesario, indispensable, un tipo genial que no hizo más daño que llenarnos de excelente música y justas propuestas de cambio, dejando de lado la tonta etapa de la India y su espiritualidad entre comillas.

Años después de su muerte, Paul estuvo en México todavía con Linda que movía graciosamente un pandero. Atrás del ex Beatle aparecían fotos de Lennon y él, de Lennon solo. Lo sentí como un acto de oportunismo y escribí una nota: “Querido Paul, para qué demonios fui a verte”. El mejor momento del concierto fue cuando tocó las viejas canciones que firmaron Lennon y McCartney. Para colmo, poco después Paul reclamó que deberían ser suscritas al revés, pues su papel había sido fundamental. Volví a pensar en que la razón de la ruptura fue el choque de personalidades y no la fea de Yoko, cuya historia de amor es intensa. Si no eran golpes de oportunismo, al menos sí una puñalada a un muerto. Algo semejante escuché decir a Joan Baez en televisión, hablaba de esos años y de sus figuras señeras. Obvio, tocó a Dylan y dijo que había traicionado sus principios. No lo entendí, me pareció una tesis exagerada. Meses después, tuve la humorada de presenciar una estúpida entrega de premios Oscar, ceremonia de total tedio y la prueba de que el show business es ramplón y meloso por excelencia. El Oscar a la mejor canción fue para Dylan, quien estaba en Australia o en Tanzania. La cámara vía satélite lo enfocó y lo vimos nervioso, inquieto, retorciéndose las manos como quinceañera antes de bailar el vals con Marcelo Ebrard, cuando escuchamos las palabras más anheladas del mundo: “And the winner is…” Bob Dylan y aquél que se preguntaba dónde estaba la respuesta y respondía que en el viento, sonrió agradecido en la peor actuación comercial de su vida: la respuesta estaba no en el viento sino en Hollywood, como Elvis la halló en Las Vegas.

No son más los tiempos de la década prodigiosa. No hay bipolaridad y el socialismo se esfumó. Janis Joplin fue sustituida por Madonna y Lady Gaga. La tragedia es suplantada por el espectáculo. Paul es noble, aristocrático, como el gordito amigo de Lady D, Elton John, ambos van a Palacio de Buckingham y la reina los recibe para ganar popularidad. Muy lejos quedó la expresión irónica de John Lennon: aquellos que están en gayola, aplaudan, quienes están en los palcos y en primera fila, agiten sus joyas. Todo se comercializó y quedó en manos de los poderosos, empresarios y políticos. La revolución se alejó huyendo del neoliberalismo, la globalización y el show frívolo.

Los revolucionarios pocas veces llegan a viejos. Los tenemos siempre jóvenes, muertos en plena grandeza: en cine James Dean, en la lucha social, figuras como Emiliano Zapata o Ernesto Guevara, en la música John Lennon. Así se mantendrán, inalterablemente, en el tiempo: radiantes, lejos de la terrible vejez. No nos legaron la foto cobrando la pensión, ayudados por un bastón o muletas o ingresando al hospital en silla de ruedas. A veces la muerte llega de una mano asesina, otras de la propia, como Kurt Cobain. No padecieron la decrepitud. Los seguiremos viendo vigorosos y en plena acción, poniendo su esfuerzo en hacernos distintos.
He sido un largo fanático del rock, de principio a fin, excluí grupos como los Archies y los Monkys, hoy sigo, pasando por Pink Floyd o Leed Zeppelin, por Oasis y Green Days, a veces por U2, cuando no visita a Ernesto Zedillo o a Felipe Calderón. Pero cada tanto vuelvo a la música de esa década prodigiosa, donde Lennon nos pidió imaginar un mundo sin religiones y sin violencia y demandó que fuéramos soñadores.

El Búho