REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 01 | 2022
   

EDITORIAL

año 17, núm. 185 2016

Carlos Fuentes, el éxito como vocación

A la mayoría de los grandes escritores del siglo XX los conocí a través de mi padre. A otros pude llegar por propio pie: Rulfo, Arreola, Monterde, José Luis Martínez, Rubén Bonifaz Nuño, Pellicer, Carlos Fuentes... El éxito abrumador de este último de fantástico cosmopolitismo y elegancia abrumadora, me llamó la atención y a mis poco más de quince años de edad, leí La región más transparente y me deslumbró y fui a la librería (El caballito) donde firmaría ejemplares de su novela. Allí hizo a un lado a personas mayores y permitió que yo fuera uno de los primeros en recibir su autógrafo. Salí emocionado y he conservado el ejemplar con sumo cuidado, ahora se encuentra en el Museo del Escritor.
Fuentes se hizo notar con Los días enmascarados, un libro de cuentos que Juan José Arreola revisó. En declaraciones iniciales dijo que se iría de México para encontrar las críticas indispensables para saber qué clase de obra hacía. Supuse que era una exageración. Pero no tenemos una crítica seria que nos haga saber los méritos y los defectos de una novela o un libro de poemas. Emmanuel Carballo, amigo cercano, señaló, parafraseando a Vasconcelos, que leía a Fuentes de pie y no sentado. Sus panegiristas son cientos y lo estudian en distintas facetas. Pontificaba desde Londres sobre el país que apenas conocía. Merced a un diálogo con el inefable e infaltable Monsiváis, sabemos cuáles eran sus películas favoritas. Le dieron una comida en el Castillo de Chapultepec para coronarlo nuevo emperador de las letras latinoamericanas. Los demás sólo soñamos con irnos de México a buscar un puñado de comentarios que permitan saber qué hemos hecho. El poder lo amó: como antes el priismo, el PAN, en su paso por Los Pinos, a través de Josefina Vázquez Mota, autora de libros de superación personal, quien fuera secretaria de la SEP, precisó al felicitar públicamente al autor de La “ciudad” (sic) más transparente diciéndole, “Querido Octavio Paz, en este tu cumpleaños…” Fuentes, gracias a su cosmopolitismo sonrió comprensivo.
El éxito de Fuentes despertó envidias y oleadas de admiración. Jesús Arellano, un escritor de filoso humorismo lo acusó de plagio y hasta dio pistas tanto en La región más transparente como en Aura; en el primero la presencia del Manhattan Transfer de John Dos Passos era evidente, en el segundo, la de Henry James con Los papeles de Aspern y dio precisiones en un trabajo ciertamente ocioso que más adelante retomaría Enrique Krauze. Nada ocurrió, nada salvo que no le concedieron el Premio Nobel de Literatura. Carlos reconocería no el plagio, sí las influencias. En sus primeras fastuosas intervenciones de autor exitoso precisó en Bellas Artes (ciclo Los narradores ante el público): Que ya tenía alas propias para volar. Desde entonces ha desdeñado a sus críticos y se ha hecho amigo de todo aquél que pareciera tener talento. A diferencia de Paz, Fuentes se negó a ser caudillo cultural. Aceptó participar en el reinado de Octavio, pero pronto, a pesar de la influencia de El laberinto de la soledad y de la admiración por Piedra de sol, rompieron abruptamente luego de la publicación de un texto perverso de Enrique Krauze, interesante y de tres bandas: "El guerrillero dandy", se acabó la amistad. El novelista se limitó a decir que una “cucaracha” había dado al traste con la espléndida relación.
En su libro autobiográfico, En esto creo, Fuentes nada dice acerca de sus relaciones con el poder, que las tuvo; tampoco acerca de sus enemistades peligrosas, alardea sus muchas lecturas, de los grandes personajes que aplacaron o inquietaron su espíritu. Es parecida a las de Collingwood y Bobbio, autobiografías intelectuales, pero sin el toque de transformador que estas dos tienen. Fuentes respiraba aires de frivolidad. Desdeñó el trono vacante por la muerte de Paz. Como a este ogro filantrópico le gustaba el poder y lo ejerció. En México, los intelectuales que gobiernan políticamente a la poco mundana y excesivamente antidemocrática “república de las letras” pertenecen a la estirpe de los intelectuales orgánicos, quienes con habilidad ponen su talento al servicio del poder y reciben méritos exagerados: están sobrevaluados.
Fuentes obtuvo todos los premios y reconocimientos con su talento y exilio europeo. Podríamos decir so pena de ser cursis que gobernaba espíritus y no personas, que lo respetan o fingen respetarlo. Poco venía a México y cuando lo hacía era por una razón poderosa: la publicidad. Cultivó esmeradamente su imagen. Daba la impresión de ser insensible o ajeno a las penas familiares. La fama ante todo. Es leyenda. En París se habla de él, en Viena, Nueva York, Londres o Buenos Aires, no existe país donde no haya libros suyos. No tan célebre como Rivera y Frida, su obra es referencia mexicana o casi, porque un profesor norteamericano decía irónico que era el primer autor chicano. Su elegancia y distinción fueron proverbiales en un mundo que se globaliza en ropa no casual sino en harapos como los que hicieron célebre a su tocayo Monsiváis. Un reportero lo describió: “Sólo bebe vino blanco y champaña. Le gusta comer en restaurantes donde el trato es cálido y, por ello, en Londres, su lugar preferido es el conocido como La familia...
Carlos Fuentes fue capaz de reunir a los partidos en pugna. Lo amaba el PRI, el PAN y el PRD. Cruzó pantanos sin mancharse. Fue embajador de Luis Echeverría en Francia, se desgañitó señalando, junto con Fernando Benítez (otro de historial oscuro, busquen su larga entrevista laudatoria a Carlos Hank González, fundador de una estirpe de pillos, y que terminara en el servicio diplomático de un sistema que fingió desdeñar) que era Echeverría o el fascismo. Renunció al cargo cuando Díaz Ordaz fue nombrado representante de México en España, retornando a la heroicidad contestataria de los tiempos en que visitó a los muchachos rebeldes en París 68. Su éxito hubiera convocado las envidias de Reyes, Vasconcelos, Guzmán…

René Avilés Fabila