REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

Historia, novela y leyenda en María Elena Melgarejo


Edwin Lugo

Después de la desafortunada desaparición de nuestra eximia autora Rosario Castellanos, cuya muerte fue causada por un malhadado accidente ocurrido cuando estaba en la plenitud de su actividad creadora, hacía falta una pluma que con honradez, vigor, imaginación y autoridad, nos hablara con pleno conocimiento del sureste mexicano, acudiendo a la verdad histórica, e interpretando con profundidad psicológica el pensamiento, el sentir y el desarrollo conductual que resume la vida de los mexicanos avecindados en tan lejano rincón de nuestro país. Por ello nos ha colmado de satisfacción descubrir a una escritora que conjuga en su obra LA REPATRIADA, la novela con sus protagonistas y personajes perfectamente trazados mezclada con la leyenda que introduce en una narración, bien estructurada, donde el uso del lenguaje, casi coloquial, rebosa frescura, animación, y claridad, tal y como si la narradora nos estuviera relatando entre una y otra taza del aromático café de Chiapas la larga biografía de la protagonista, por cierto su abuela materna.
Ella es MARÍA ELENA MELGAREJO, quién tiene en su haber tres novelas publicadas, siendo la primera galardonada y editada en l988 por el Instituto Mexiquense de Cultura en el marco de una inolvidable presentación, que la declaró triunfadora de un concurso en el que no faltaron ameritados candidatos a la codiciada premiación.
Melgarejo nos relata con la amenidad de quien domina su oficio los aconteceres que ha revivido con ayuda por una envidiable memoria, añadiéndoles imaginación, investigación concienzuda, y el sabroso condimento de la leyenda; así los hechos, las peripecias y los desenlaces de sus personajes, cuyas existencias resultan particularmente interesantes, nos acercan a otros seres, que como nosotros, aman, piensan, sufren, tienen fe, esperan, y poseen valores y defectos, pero que al final, como todos los humanos sólo han ido en pos de una ilusoria esperanza y de una dicha que a ratos se vislumbra con la rapidez de un relámpago, para después volver más duro su destino, y más espantosa su realidad; no obstante, frente a los sufrimientos, decepciones, y anhelos nunca logrados de la infeliz protagonista, víctima del machismo, la violencia, la ignorancia y la ambición de un marido infiel, desenamorado, y autoritario; las consecuencias de su comportamiento se minimizan frente a la suerte, mucho más triste y desesperada de otros seres, que aparecen también dentro de la obra, y que ocupan la parte medular, donde la narración deja de ser el entretenimiento literario, para convertirse en denuncia que rebela y conmueve, ello son los peones encadenados a la oprobiosa multinacional extranjera, de infausta memoria: la United Fruit Company.
Esos humildes peones jamás conocieron la libertad, y nacieron negados no sólo al disfrute de la más remota dignidad humana, sino lo que es todavía peor a ser objeto de la compasión.
Ese otro drama, dolorosamente humano es el que la autora describe constatando así que el talento femenino de las hermanas Bronté, Aurora Dudevant, conocida como George Sand o Emilia Pardo Bazán la inolvidable autora de Los Pazos de Ulloa, no es absoluto el don exclusivo de las extranjeras, sino que es igualmente constante en nuestras autoras nacionales, que al igual que sus colegas de todo el mundo, comparten con su misión de madres y esposas, su vocación por las letras, abrasando con amor una de las más difíciles profesiones, que es la creación literaria, porque crear implica aportar algo donde no existía nada, y por lo tanto el creativo, aunque en su humilde condición humana, es un imitador de Dios, que apoyado por espiritualidad, trabajo y disciplina disfruta y participa de un don privilegiado, que como todos los privilegios, que nos han sido concedidos conlleva también un compromiso con nuestros semejantes, porque el arte debe ser comprometido y denunciar la injusticia.
María Elena pertenece a ese clan de mujeres esforzadas que con trasparencia y valentía se ocupa de describir las infamias de la transnacional norteamericana cuya insaciable codicia la indujo a perpetrar las más graves injusticias contra los infelices ciudadanos centroamericanos quienes colmados de hambre, miseria, y enfermedades, para mal sobrevivir tuvieron la desgracia de enrolarse en una labor más propia de bestias que de hombres.
A este hato de explotados sin freno ni medida, objeto de malos tratos, soberbia, racismo, vejaciones sin límite e impiedad en su máxima expresión, habría que añadir las otras víctimas en otra terrible época: el infausto destino de los trabajadores del Canal de Panamá. Dicha obra, prodigio de ingeniería, fue concebida inicialmente por el conde Fernando de Leseps, creador del Canal de Suez y protegido de la española Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón II “el pequeño”, si bien Francia imposibilitada de costearla debido a la guerra con Alemania, desistió del intento, dejándola en manos de la voraz empresa yanqui, quien por la codicia del beneficio no escatimó crueldades con tal de obtener las cuantiosas ganancias derivadas de su explotación, pisoteando el derecho internacional, ya que Panamá es tierra colombiana y el Congreso de esa nación hermana votó por la negativa de que su territorio fuese mutilado en beneficio del imperialismo, por lo que con alarde de fuerza y prepotencia, fue inventado un país espurio gobernado por un mandatario títere absolutamente sumiso a los intereses de los invasores, pero a la vez al costo de miles de las vidas de miserables peones que sucumbieron trabajando bajo condiciones espantosas, no sólo por el clima malsano, el terreno agreste, los animales, insectos y ofidios cuyas picaduras eran mortales, sino por el hambre, la miseria, la malaria, la disentería, el paludismo y el esfuerzo tan intenso que les carcomía la vida después de 7 u 8 años de trabajo brutal, sin un solo día al mes o al año de descanso, entre la tortura de la sed, el hambre y las agresiones de una naturaleza hostil.
Los trabajadores de la United no podrían jactarse de un trato más benigno; con las espaldas llagadas cargaban las pesadas pencas verdes de los bananos, bajo un sol inmisericorde, y jornadas extenuantes, conduciendo hasta los furgones de los ferrocarriles el llamado oro verde que se fletaba en los barcos con destino a la Unión Americana, sin que ni entonces ni nunca, ninguna autoridad religiosa hubiera levantado una voz de protesta y muchas naciones, de las que se auto nombraban civilizadas, se hubieran ocupado de la suerte de aquel puñado de infelices.
No obstante que la trasnacional se asentó al principio en Guatemala la ambición de otras empresas similares como la Vaccaro Brothers, la Standard Fruit y la Tela Railroad, extendieron sus tentáculos por todos los demás países de la región incluyendo: El Salvador, Nicaragua, Honduras, y la misma Costa Rica…
Melgarejo no escribe una sola palabra que contenga un reproche o un reclamo de tan vil proceder, pero detalla la vida en aquel infierno, mencionando la participación de un ingeniero mexicano cuyo triste cometido es servir a los intereses de las empresas bananeras, traficando armas, y cometiendo graves ilícitos al servicio de los verdugos poseído de una insana ambición de riqueza; el nefasto sujeto es quién desposa a la protagonista, a quién no se conforma con llenar de hijos, sino que su infidelidad, desamor, machismo, y prepotencia lo convierten en el prototipo del macho totalmente desprovisto de sentimientos o de principios.
Trato no mucho más benigno recibían los miserables cafetaleros al servicio de los alemanes a quienes algunos gobernantes mexicanos habían regalado inmensos latifundios, oprobio que también compartían los chicleros asentados en El Petén, y los esclavos que laboraban en las fincas henequeneras, propiedad de españoles y de algunos mexicanos, oriundos de Yucatán, pertenecientes a la llamada “casta divina” que se concedían el lujo de beber champagne en los prostíbulos del Paris vicioso y degradado, mientras a sus trabajadores les sangraban las espaldas bajo el cruel látigo de los sádicos capataces.
Para 1920 la United ayudada por la masonería y con el apoyo del intrigante Departamento de Estado, había ganado con el “oro verde” nada menos que 242 millones de dólares, suma nada despreciable para la época, y empleando la doctrina “divide y vencerás” o valiéndose de sucias intrigas había puesto presidentes peleles que lejos de defender a sus connacionales favorecían las injusticias contra los de su misma raza, y que permitieron que muchos norteamericanos vinieran a vivir a Centroamérica, mientras en Honduras estallaba la guerra civil capitaneada por Manuel Cálix Carrera y el hijo del inglés Juan Pablo Wainwright, lo que propició que Estados Unidos dizque en defensa de sus intereses invadiera el país.
A esta crónica de horror, Melgarejo trae a colación algunos sucesos acaecidos en el mismo tiempo en nuestra capital mexicana, haciendo desfilar las honrosas figuras del Presidente Madero, asesinado junto con Pino Suárez por el dipsómano Victoriano Huerta y la complicidad del embajador norteamericano, del maestro de América José Vasconcelos, impedido de llegar a la presidencia del país por la oposición de Calles y la intervención de Dwight Morrow embajador yanqui, también menciona a Rómulo O’Farril y a Don Jaime Torres Bodet, secretario de Relaciones Exteriores en la época del presidente Alemán, y uno de los puntales de la educación nacional, recreando además con acertadas pinceladas la metrópoli de principios del siglo XX con sus antiguos barrios como la aristocrática colonia Roma, la populachera Candelaria de los Patos, el parque Venustiano Carranza con su cine y su arena y la estación del ferrocarril de vía angosta ubicada en San Lázaro, terminal de los convoyes procedentes del sur del país, y donde un día arriba “La Repatriada” venida de la jungla tropical. La novelista no olvida el terremoto ocurrido en l9l7, mientras la Europa muy culta pero colonialista se debatía en la primera guerra mundial.
Muchos años después el presidente Obama se ha disculpado con Guatemala por los bárbaros experimentos que los norteamericanos ensayaron contra ciudadanos guatemaltecos internados en hospitales, reclusorios, manicomios o casas de salud, excusa válida pero tardía. Muchos norteamericanos honestos y justos se sienten avergonzados ante el mundo por las terribles agresiones cometidas por algunos de sus connacionales indignos de llamarse hombres.
A los mexicanos también nos toca sufrir la vergüenza por esa lacra que nos desprestigia y que es el machismo salvaje o encubierto; porque mientras haya trata de personas, golpeadores de mujeres, individuos irresponsables y agresivos, no podemos levantar la cara ni ostentarnos como la nación civilizada, que de acuerdo con la época del auge científico y tecnológico, conserva, proclama y practica los valores acordes e inherentes con nuestra auténtica mexicanidad.