REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
09 | 08 | 2020
   

Letras, libros y revistas

Dos escritores cubanos (Severo Sarduy y Guillermo Cabrera Infante) y yo


René Avilés Fabila

No conocí personalmente a Guillermo Cabrera Infante a pesar de la admiración que sus libros me despertaron. A cambio, conocí a su amigo Severo Sarduy, en París, en los primeros meses de 1970. Tanto uno como el otro, en los orígenes, pusieron sus esperanzas en la Revolución Cubana. Muy pronto se decepcionaron y luego de trabajar para esa causa, emigraron a Europa. En esos días complejos la cultura oficial de La Habana les hacía violentas críticas. El primero dio un gran paso hacia la fama al ganar el Premio Biblioteca Breve con su novela Tres tristes tigres, el segundo con De donde son los cantantes, editada en México en 1967 por Joaquín Mortiz, serie Del volador. No recuerdo (¿debería?) quién me dio la dirección de la empresa editorial (Seuil) donde trabajaba Sarduy y su número telefónico, en pleno Quartier Latin. Una tarde fui a buscarlo, acababa de salir, le dejé, entonces, un mensaje breve: soy un escritor mexicano, su lector, me gustaría conocerlo personalmente.

Sarduy se reportó al día siguiente y me dio su dirección personal, en las afueras de París, en una zona desconocida para mí. Hasta allá fui a buscarlo, sólo que mi inexperiencia me impidió llegar puntual y por supuesto el narrador no estaba en casa, un departamento en un edificio encantador, de buen gusto. De nuevo recurrí al mensaje y en esta ocasión a un libro propio recién salido de las prensas de su mismo editor mexicano, Mortiz: La lluvia no mata a las flores, en la colección Nueva narrativa hispánica.

A la mañana siguiente, antes de entrar al salón de clases, le telefoneé para concertar un encuentro ahora en un café de Saint Germain-des-Près, cerca de Saint-Michel. Cuando al fin nos encontramos, me llamaron la atención su elegancia y marcada personalidad, esbelto. Era un hombre cordial, amable, podría concretarse en una palabra: fino. Hablamos de literatura, de nuestras preferencias. Tomamos una copa de vino rojo. En algún momento, una vieja entrometida que bebía café en la mesa contigua, nos preguntó en qué idioma hablábamos.
Sarduy se apresuró a responder: Nous parlons l’espagnol, madame, mais nous somes latinoamericains, dijo poniendo distancia con los peninsulares de Europa. Hablaba un francés distinguido, con un ligero acento indefinible. En algún momento me dijo algo desconcertante: Es usted mejor en persona que en fotografía. Supuse que se refería a la imagen que ilustraba la cuarta de forros que llevaba el libro de cuentos que le obsequié. Sólo pude decir, gracias, no acostumbrado a los piropos de varones.

En algún momento la plática quedó centrada en Guillermo Cabrera Infante, a quien consideraba como a uno de los más talentosos escritores y críticos de cine de América Latina. Coincidimos en que Tres tristes tigres era una de las novela mayores del castellano. A cambio, fue modesto con su propia obra. Eran otros tiempos y ambos acudíamos a la cita con traje y corbata, sin la informalidad que ahora nos invade. La conversación tenía aires de excesiva formalidad, por ejemplo, a lo largo de tres encuentros, jamás asumimos el tuteo. A mí Severo Sarduy me parecía poco cubano, poco latinoamericano. No daba la impresión de ser muy sociable ni de buscar amigos. Nos despedimos, luego de quedar en vernos la semana siguiente en el mismo sitio.

Tuvimos dos encuentros más y siempre aparecía en la conversación Cabrera Infante y ambos evitábamos toda referencia a la Revolución Cubana y a Fidel Castro. Yo por cautela, de sobra conocía sus posturas políticas y tenía una relación de amistad cordial con Alejo Carpentier, a quien conocí en México en casa del editor de origen español Rafael Giménez Siles, y lo reencontré en París trabajando como diplomático al servicio de su país. Él, Sarduy, que nada sabía de las mías, simplemente evitaba un tema que le desagradaba y dolía, supongo. Casi al final del último encuentro, sacó una pluma fuente y puso en una tarjeta la dirección de Cabrera Infante, en Londres. Visítelo, René, le agradará. Yo asentí.

En esa época, y siendo estudiante en París, era fácil viajar de un lugar a otro, de un país a otro, las excursiones y tours para jóvenes eran diversos, fascinantes y baratos. Pronto me encontré en Londres. Llevaba la tarjeta de Sarduy, pero no me atreví a buscarlo: mi admiración literaria no sobrepasaba a mi ideología marxista y de simpatía por Fidel Castro. Era, pues, riesgoso visitarlo. Para qué enturbiar una admiración, ya me había ocurrido con otros escritores. Aquél era un tema polémico, candente. Fui un simple turista que culminó el viaje londinense con una visita al cementerio donde está enterrado Marx.

Ahora, muchos años después, lo pienso: fue una oportunidad perdida, entre más leo a Cabrera Infante más lo aprecio y mis diferencias políticas con él se han limado un tanto. Fui tonto. Ser militante del Partido Comunista me hizo daño en más de un aspecto a pesar de que jamás estuve del lado del realismo socialista, el obligado compromiso político con la literatura, mi espíritu inalterablemente crítico y mi sentido del humor me salvaron. Tal vez valga la pena leer Memorias de un comunista, maquinuscrito encontrado en un basurero de Perisur.

Escribí estas líneas en 2008. Sarduy y Cabrera Infante están muertos. Es un buen momento para reflexionar. Al menos para dejar constancia de las cosas que no hice y de lo que me arrepiento. Recuerdo que durante mucho tiempo estuvo en mi agenda la dirección de Julio Cortázar y estuve a punto de tocar su puerta por lo menos dos veces, no me atreví. Me inhibía su espléndida obra y su personalidad, sobre todo en esos días en que buena parte de los escritores latinoamericanos del Boom rompieron con la Revolución Cubana estimulados, entre otras cosas, por el caso de Heberto Padilla. Cortázar, en muy corto tiempo, había reanudado la relación al escribir un poema intenso, abiertamente comprometido (1971): “Poli-crí-tica en la hora de los chacales” (advertía que en medio estaba la palabra cri, grito en francés), donde defendía de nuevo el derecho de esa Isla a ser socialista. Lo que hacía yo, acobardado por su enorme personalidad, era dejar algún libro mío en el buzón. Alguna vez, interrogado Julio Cortázar, supo reconocer mi nombre entre una lista de nuevos narradores mexicanos. Claro, el cartero misterioso que le dejó dos libros de René Avilés Fabila, era yo.

Hace unos quince años, en la Universidad de Kansas, en Lawrence, a donde fui para hablar con alumnos que buscaban doctorarse en literatura latinoamericana, me dijo su profesor, el crítico literario John Brushwood (ya también fallecido), mostrándome un hermoso río, aquí estuvo Guillermo Cabrera Infante y miró largamente el paisaje y el río en particular, al parecer le recordaba una escena cinematográfica, pues algo comentó del viejo Oeste. Le conté a John mi desencuentro con el cubano. Mi amigo norteamericano sonrió con sus ojos azules y me explicó: Tu invitación a dar pláticas a esta universidad iba a coincidir con la visita de Cabrera Infante, sólo que hubo dificultades administrativas. Estaba visto que nunca llegaría a conocerlo.