REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Amigas lectoras de este espacio de libertad, espacio que está dedicado a buscar entre las verdades literarias, entre las líneas, entre soneto y verbo, entre prólogo y capítulo, las voces de sus creadores, a buscar algún rincón en el cual meterse y solazarse y tratar de vivir la vida de una manera más amplia y más plena y más a fondo. O sea, dicho de otro modo, que, así como lo cuento, me lo hicieron saber, cuando en la cantinucha de la esquina nos empujamos siete tequilas blancos y todos me confesaron que ellos -el siete veces H. Consejo Editorial- marchan siempre de acuerdo conmigo en cuanto a la idea y la apreciación que a la lectura se refiere, esto es, que las letras, el gozo de leer novelas, cuentos, poesía, nos llevará siempre a mundos maravillosos, mundos en donde la imaginación volará hacia las regiones de los sueños profundos, mundos lúdicos en donde el espíritu se reconfortará con los espíritus que de los libros saldrán airosos al ir abriendo las hojas en las que estaban “presos”. Esos espíritus son a la vez los espíritus de sus padres creadores: Shakespeare, Gorki, Dostoyevski, Lope, Calderón de la Barca, Cervantes, titanes de la imaginación todos ellos, poderosos investigadores del alma humana, detectives sinceros de la psique universal, confesores de los hombres que sufren, de las mujeres que gozan. Confesores plenipotenciarios de las almas de la raza humana. Confesores que no -por fortuna- respetarán el silencio que les es dado guardar. Por ese “delito” nos comunicarán todo lo que les fue confesado, todos los pecados capitales saldrán a la luz, todas las cosas buenas serán escritas, todas la verdades, todas las mentiras, todos los crímenes serán puestos en los libros de estos autores-confesores. Sí, al leer el Hamlet saldrán a la luz algunas de las miserias y traiciones que son el pan de cada día en las relaciones diarias de las familias, sean de la realeza o no. Al abrir las hojas en donde está el Quijote, saldrán a borbotones las peripecias por las que un hombre bueno debe andar, y verá con tristeza que el reino de los malos es el que impera siempre y que la justicia es algo como la sombra, siempre estará detrás de uno.
Y cuando el Crimen y el Castigo campean en el campo de batallas del Mago Ruso, vemos el fiel retrato de la podredumbre humana, de las bajezas a las que se llega para lograr lo que se propone alguien en particular. Y por ese recorrido que debemos hacer, que debemos de emprender alguna vez en la vida, nuestra percepción -buena o mala- de las acciones cotidianas de hombres y mujeres o cambia o se fortifica o sufre alguna modificación sustantiva. Después de leer Ricardo III nuestra visión general de los actos de los políticos no será la misma que teníamos antes de su lectura. Por eso, jugando con la frase cartesiana digo que para existir hay que leer. Ni más ni menos. Una lectura plena de Oscar Wilde nos pondrá en un lugar distinto del que ocupábamos en el pasado. Y si nos remitimos a profundizar en las tesis de Marx, evidentemente que el mundo no tendrá el mismo color que tenía antes de penetrar en el mundo filosófico de Karl. Y al conocer la historia de los Papas, de la Inquisición, de la quema y tortura de los “infieles”, la intolerancia y sus dogmas, nuestra percepción de la Iglesia Católica tendrá un giro de noventa grados. Y cuando cerremos la última página de la vida de Giordano Bruno, nuestra voluntad, nuestra alma, nuestro espíritu estarán firmemente unidos a este hombre singular, hombre que jamás claudicó de sus ideas ni lo vencieron las torturas a las que fue sometido. Y así, amigas insumisas, la lista de las obras maestras de la literatura llena el espacio de las bibliotecas. El leer nos lleva a otros lares ignotos. El leer nos lleva de la mano hacia los anillos de Saturno, o nos guía hacia la boca y cuerpo de una Venus candente, o nos precipita al fondo del océano en donde bucearemos con los pulpos y las mantarrayas y divisaremos el barco hundido hace quinientos años, y quizá, siendo náufragos, estando en la isla desierta, ser llamado con un canto melodioso a abrazar y nadar y jugar y sumergirse en los calientes mares con una Sirena y pasar con ella el verano entero. Todo es posible en el mundo ignoto de los libros. Todo puede ser cierto, todo puede suceder con Salgari y con Julio Verne, lo único que se necesita es tomar ese libro, abrirlo y prepararse para los viajes etéreos. Ponerse las alas y volar presto a todos los rincones del universo, montarse en Pegaso y recorrer los países más bellos. Subirse al Globo de Cantoya y observar los volcanes y los valles y ver el cauce de los ríos y verse retratado en las aguas de las lagunas. Así las cosas, digo que no queda otra solución más que tener las ganas enormes de leer. Sentarse cómodamente, servirse un tequila o un vino tinto, poner el sillón de frente a la ventana que mira los árboles del parque y leer, leer y volver a leer.
Os lo recomiendo. Vale. Abur.