REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Fragmentos diarios 8


Hugo Enrique Sáez A.

¿Cómo le fue a tu selección de futbol?
Un mundial de futbol -asimilado por algunos intelectuales al circo romano- resulta una encrucijada muy oportuna para reflexionar sobre los nacionalismos y sus efectos tanto creativos como destructivos. Al respecto, la pregunta es: ¿de qué manera se contribuye a fortalecer el tejido social o bien a deteriorarlo aún más mientras se mira televisión o se asiste a un estadio? En principio, no conozco país alguno que esté habitado por santos impolutos y los espectáculos de masas no son ajenos a la violencia de los resentidos. Por lo general, los mejores seres humanos se hallan entre los trabajadores, aquellos que se dedican a los más diversos oficios y profesiones y aportan sus resultados a la sociedad. Y tampoco se trata de clases sociales. Ya Marx había identificado que entre los explotados surgían cómplices y aliados de los explotadores, y los llamó lumpenproletarios. En cambio, grandes emociones he tenido junto a campesinos y obreros que con impecable generosidad me han brindado sus humildes alimentos, y los degusté como ambrosía.
Los peores integrantes de una nación configuran una cultura de corrupción desde arriba hacia abajo. En México se les llama gandallas. Su ocupación permanente se orienta por el engaño, la mentira, la simulación, la apropiación del patrimonio público o de arrancar con violencia objetos de transeúntes o de pasajeros de transporte público asaltados con inclemente violencia. Se los encuentra entre los políticos, los empresarios y los pandilleros, aunque también hay gente honesta en esos sectores, minoría, por cierto.
Volviendo al mundial de futbol, los gobernantes aliados al poder económico y ambiciosos de enriquecimiento intentan convertir los triunfos de una selección en patrimonio personal de su grupo de interés. Los más fanáticos en el estadio se sienten empujados a azuzar a las escuadras provenientes de su país como si se tratara de un ejército obligado a exterminar enemigos que se mueven en el mismo pasto. De todos modos, tampoco es adecuado generalizar sobre las personas sentadas en una tribuna. Las llamadas barras bravas son proclives a golpear sin medida ni razón, e inclusive suelen albergar algunos ex presidiarios. Luego se ubican los aspirantes a burgués que consideran un privilegio presenciar el partido y se suman a cualquier liviandad; suelen caracterizarse por una falta total de ética y concurren con sus compinches para aprovechar cualquier oportunidad de burlarse de alguien o de abusar de mujeres. El grueso de espectadores está compuesto por familias con tiernos niños que se emocionan, ancianos ecuánimes, solitarios inofensivos, es decir, un estrato de decentes aficionados al deporte.
Luego de los partidos viene el espejismo del triunfo embriagador o de la derrota suicida. En conclusión, no es justo esgrimir el nombre de una nación para odiar al que no posee la misma identidad. Como señala Mempo Giardinelli, básicamente son once jugadores vestidos de un color que enfrentan a once jugadores vestidos de otro color, o como escribía Borges con relación al ajedrez, en el que blanco y negro se odian. Sería absurdo negar que el desarrollo de la justa deportiva genera un sentimiento colectivo de entusiasmo contagioso, al que es difícil resistirse. No obstante, en esa vorágine yo trato de recordar que no reconozco como compatriotas a los explotadores económicos y políticos, a los vecinos tramposos, a los policías extorsionadores, a los militares asesinos, a las bandas de delincuentes, a los profesionales estafadores, y a toda una laya de gente despreciable que usa un pasaporte o una credencial de identidad con la misma bandera. Si están de acuerdo con esta posición, seguro que se inclinarán por la solidaridad internacional con quienes compartimos ideales humanitarios más allá de las banderas locales. A mí me entristeció la humillación de la selección brasileña frente a la escuadra alemana, pese a que la lógica futbolística indicaría que argentinos y brasileños tienen que odiarse. Falso de toda falsedad. Agréguese al galimatías anterior, que también soy mexicano. Comencemos, en nombre de la coherencia, a suprimir el posesivo cuando se aluda a la nacionalidad. Nadie es propietario de una comunidad, entendida como una trama de mutuas obligaciones y derechos.

¿Quiénes son los mejores del mundo?
Las pasiones tristes hay que espantarlas porque debilitan el ánimo, diría Spinoza. En la final del campeonato mundial de futbol se dio un partido bien jugado que podía definirse para cualquiera de los dos contendientes, y se definió. Mi sentimiento, como es obvio, estaba con la selección de futbol argentina y habría preferido que el gol lo convirtiera Messi. No fue así, quizá en otra ocasión que la suerte juegue a su favor. Si respondiéramos a la ley de hierro del capitalismo tendríamos que pensar: la competencia le asigna el ser al ganador y la nada al perdedor. Sin embargo, en las guerras floridas de los mexicas no se trataba de matar al adversario sino de tomarlo prisionero. Los guerreros libraban las batallas en su interior como un proceso de crecimiento con las armas de la flor y el canto. Se le daba más importancia al aspecto ritual y simbólico que al registro estadístico, ese cementerio de cifras sin sentido.
Claro que, desmenuzando los hechos, las estadísticas tienen un sentido en la conformación de mentalidades colectivas. Reflejan el predominio del cálculo en la calificación de todos los órdenes de la vida. Hay ranking para todo: riqueza en dólares, educación, deportes, derechos humanos, belleza física, ciencia, literatura, y una larga lista de actividades. Detrás de ese cálculo se ubica el capital. Hasta los equipos de futbol se ordenan en función de la cotización de sus integrantes.
Quienes en Berlín festejaban con frenesí la obtención de la Copa mundial de futbol tendrían henchidos sus pechos con la convicción de ser los mejores del planeta, signifique esto lo que signifique. Por ende, la igualdad como valor social queda relegada. Se prefiere entronizar a quienes doblegan a otros. Supongamos que las 32 escuadras que llegaron a Brasil hubieran sido declaradas las mejores del mundo sin competir. Tengo la impresión de que las masas de fanáticos no quedarían satisfechos en el caso de considerar muy fuertes a los equipos objeto de su culto. Precisamente, el espectáculo moderno es la religión moderna, con la peculiaridad de que sus sacerdotes y acólitos lo ignoran.

Puros cuentos
Un viejo lobo de mar soñaba, en el fondo del ídem, con encontrarse a la Sirenita mientras ésta le llevaba a su abuela una canasta llena de sardinas. Su plan se desbarató porque el primer huracán de la temporada a él lo arrojó en las costas de Luisiana y la Sirenita se enamoró de un cubano que iba flotando en una llanta hacia Florida.

Una visita muy arriesgada de Juan Carlos I y doña Sofía
Escribe Antonio Navalón en El País: 'Juan Carlos I ha sido el único rey en una España y una América libres, con democracias consolidadas o al menos sin riesgo de asonadas militares.' Este jilguero del poder tiene memoria muy corta. Yo recuerdo por lo menos un hecho que lo desmiente. A sabiendas de que su gesto significaba un apoyo tácito a los genocidas, el rey Juan Carlos I y la reina Sofía visitaron Argentina en 1978 cuando gobernaba la dictadura cívico-militar encabezada por Videla. La finísima corte de los masacradores del pueblo les ofreció el 27 de noviembre una recepción en cuyo transcurso la nota destacada fue la sustracción de la capa que la reina había dejado en el vestíbulo. Creo que luego obligaron a que la honesta dama autora del hurto, miembro del círculo dictatorial, la devolviera. Pero, hay que imaginarse qué harían con los enemigos si esas actitudes exhibían con los aliados.
Quizá fallaron los servicios secretos de la corona española, que nunca se enteraron del humanismo revelado por el gobernador militar de la provincia de Buenos Aires, general Ibérico Saint Jean, al declarar en mayo de 1977: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos.” Y el rey tiene cara de tímido, valiente con elefantes indefensos.