REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
05 | 04 | 2020
   

Arca de Noé

El derecho al acceso a la información


Cirilo Gilberto Recio Dávila

Al tomar en cuenta ese principio de respeto, esa máxima dorada de la convivencia, mediante la cual evitamos un proceder hacia el otro porque no lo deseamos así para nosotros mismos, se establece un primer paso de reciprocidad y equidad. Al mismo tiempo, se genera en el individuo cierta autoridad moral frente a la sociedad. Cuando el profesional del oficio periodístico actúa sobre este cimiento del respeto, se abre ante sí un panorama muy extenso de trabajo. Contempla entonces que las personas con quienes trata en la búsqueda de información, opiniones o de mera investigación de datos, le franquean las puertas porque el respeto es la clave para comunicarse unos con otros.
Es verdad que esto también sucede en los procesos naturales de la comunicación diaria, pues la relación humana, compleja como lo es, no deja nunca de regirse por pautas de entendimiento, pautas de las cuales no es posible sustraerse, a menos de buscar a propósito un relativo aislamiento. Pero si esto es así en la vida cotidiana, con más razón el informador debe cultivar este principio de respeto, porque le hará ganar en autoridad moral frente a sus auditorios.
Algunas situaciones del mundo actual, en el que existe una desmesurada oferta informativa, nos llevan a pensar en ocasiones que la disponibilidad de información es absoluta, completa y total. Se trata de una suposición ideal, pero en la práctica entraña muchos obstáculos. En teoría las personas pueden conocer acerca de todo lo que permita su capacidad sensible, intelectiva y emocional. La vida práctica demuestra que este pensar tiene mucho de ilusión y utopía.
Las barreras propias del lenguaje —tanto la estructura mental que permite la representación del concepto, así como la convención que hace posible su comprensión y transmisión a los demás— no sólo se interponen entre diferentes idiomas. También se hacen presentes, como barrera o impedimento de comunicación, aspectos que implican a la percepción, actitud atenta, voluntad o capacidades individuales. Para comprendernos —ese arduo cometido del entendimiento mutuo— el idioma se erige en obstáculo en relación con otros idiomas. Pero en la comunicación se involucran también situaciones que dificultan formar la autoridad moral adecuada y justa para el ejercicio de la actividad profesional del comunicador. La voluntad de mutua comprensión, la calidad de la percepción y de la emisión del mensaje, la atención y la capacidad personal son algunos de los aspectos que intervienen en el entendimiento mutuo que permite la comunicación mediada por el lenguaje.
No es, por lo tanto, suficiente con que proceda con una actitud de respeto a terceros, de reciprocidad y de equidad hacia los demás. Es necesario también que sepa enunciar y comunicar oportunamente su pensamiento y el contenido de sus informaciones y que esto sea recibido, asimilado y comprendido adecuadamente de modo que genere una respuesta.
Es en este sentido que son valiosas las consideraciones sobre la recuperación de la palabra que advertía el comunicólogo Alejandro Aura en el Foro de Radio Educación, que ha sido ya mencionado en este trabajo: “No sólo la recuperación de las palabras importa; importa también que estemos dispuestos a escucharlas, que tengamos ganas de oírlas. Y es aquí, en el capítulo de la voluntad, en donde se invierten horas y horas cocinando en las agencias publicitarias y en las direcciones de los complejos radiofónicos, en busca de lo que el público quiere oír”.
Bajo este mismo razonamiento, veamos ahora lo que expresa Horst Kurnitzky en su libro Vertiginosa inmovilidad. Los cambios globales de la vida social 1, citado anteriormente:

[…]Percibimos la reducción sensorial de las imágenes electrónicamente mediadas por la pantalla de la computadora o de la televisión. Acostumbrados a retraducir en el cerebro, en imágenes reales las señales que vemos en la pantalla, automáticamente tocamos la frontera de nuestras capacidades cuando se trata de señales que no guardan relación con nuestra esfera de experiencias. La imagen del video clausura el acceso al mundo de las cosas mediado sensorialmente, porque la inmaterialidad de la imagen electrónica solamente concede acceso a la realidad y a la experiencia a través de los símbolos y señas.

La posibilidad de conocer, de enterarse de determinados acontecimientos del momento, crece en la proporción del interés del auditorio; somos audiencia cautiva de las informaciones que revisten importancia para nosotros en lo personal o lo social. El oído atento del radioescucha se afina en el momento en que comienza a surgir una voz que le comunica algo directamente. Empero esa misma disposición para escuchar se reduce en cuanto otros estímulos superiores en su consideración lo distraen, o en cuanto se inician los anuncios publicitarios, perfeccionados hasta un nivel extraordinario de sutileza seductiva. Si el interés del público receptor de una información periodística o de un mensaje mediático de diversa naturaleza, sea éste entretenimiento, educación o publicidad, establece un filtro a la información que ese mismo público demanda y necesita, hay que precisar también que los ofrecimientos informativos mismos, los contenidos, dependen en una cierta medida de los propios informadores, por su presentación y por decisiones de empresa o de intereses creados.
El profesional de la noticia presenta, expone y retrata el acontecimiento con una predisposición particular para dar a conocer ciertos aspectos y algunas consideraciones del suceso. Ejerce un papel de filtro sobre la presentación de contenidos, pero estos rebasan por mucho las posibilidades personales de asimilarlos. La oferta informativa en los días de este tiempo, en estos primeros años del milenio, es descomunal en virtud de la demografía de nuestro mundo, por las dimensiones de los propios medios, así como por el desarrollo de las tecnologías informáticas. Por eso la anarquía en los contenidos noticiosos conjuga un universo de enfoques culturales dispersos, ángulos y actitudes de amplia variabilidad. En teoría, cualquier persona tiene libertad de acceso a la información.
En realidad, esta libertad está delimitada por muchos factores que la condicionan. Aspectos como la edad, cultura, idioma, capacidades intelectivas y emotivas, intereses, subjetividades, creencias, son variables que filtran ese aparentemente inacabable, o quizá infinito, horizonte de información al que se podría tener acceso sin restricción alguna. Además, el acceso a la información es una alternativa subordinada a un conjunto de situaciones sociales, leyes, costumbres, valores convencionales, formulismos de comportamiento social y, en términos generales, las tensiones entre la fuerza de quien busca difundir una información y de quien intenta evitarlo.
Aunque este panorama es suficientemente complicado por sí mismo como para desarrollarlo en toda su magnitud punto por punto, es posible precisar algunas pautas éticas sobre la libertad del acceso a la información. En especial si tomamos en cuenta que existen ejemplos particulares sobre repercusiones sociales o personales de este excesivo panorama mediático. El primer criterio que nos parece indispensable considerar en este tema es el principio del respeto a terceros. El informador ha de ser consciente de las implicaciones de la difusión informativa sobre un tercero, sea en su reputación o se trate de afectaciones en su vida privada. Al considerar al periodismo como un oficio que se ejerce con base en las libertades de pensamiento, de empresa, de expresión y de asociación, con fines de servicio público, quien se dedica a esta actividad ha de cuidar entonces que el ejercicio de estas libertades sea efectivamente de servicio público, de esta manera el acceso pleno a la información estará garantizado por la autoridad moral derivada de su labor.
Es pertinente comentar que ninguna de estas libertades, de estos derechos fundamentales, es prerrogativa exclusiva de quienes ejercen el oficio de la información. El derecho a la información, al margen de las consideraciones que determinan un filtro o una barrera intrínseca para quien apele a esta libertad y de las ya señaladas, es un valor ético y un derecho humano reconocido. Por él cualquier persona puede solicitar información en los campos de la empresa, gobierno o de las organizaciones civiles; ciencia, artes o del conocimiento, y está en posibilidad de recibirla sin restricción alguna, a menos de existir un impedimento contractual o una reserva establecida por protección del principio de respeto a terceros. Es decir, en un momento dado, la solicitud de cierta información puede requerir del consentimiento de un tercero ajeno al interesado en obtenerla. En el caso de cualquier persona que ejerza esta garantía individual puede no existir mayor consecuencia que la obtención de los datos requeridos de su interés.
Por otra parte, la pluralidad de manifestaciones expresadas en los medios de comunicación no puede tener restricción alguna excepto si significara agravio al otro, a un tercer individuo, como hemos reiterado. Esta pluralidad de las expresiones en el universo mediático, electrónico o impreso, deriva de derechos humanos elementales, entre otros, los derechos culturales, a los cuales hizo atinada referencia la investigadora Beatriz Solís Leere durante el Foro de Radio Educación que hemos comentado en estas líneas. En tal ocasión, la investigadora aludió a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas, respecto de los derechos culturales de los individuos. Entre otras cosas, propuso el derecho a la cultura; generar una conciencia sobre los derechos culturales como derecho fundamental de los individuos.
Obligación —y no dádiva generosa de los estados— y exigir la oferta de frecuencias (radiofónicas en el caso en comento) para cumplir la importante tarea de transmitir los valores culturales y promover una cultura jurídica en consecuencia. La libre expresión de valores culturales tiene un significado singular para este tema del derecho a la información, puesto que “[...] toda persona tiene deberes respecto de la comunidad, pues sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad”, según establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Esto nos marca un lineamiento central de la libertad de acceso a la información, pues únicamente quien conoce, quien ha recibido suficiente información y la ha enriquecido por medio de la comunicación con el grupo social, con la comunidad a la que pertenece, puede hacerse responsable de los deberes que asume ante su sociedad y estar consciente de sus derechos. Como hemos observado, la situación específica de los medios de comunicación en general, y del informador en particular, implica que la libertad irrestricta para acceder a la información requiere consideraciones de carácter público, en vista de que el manejo informativo tendrá indiscutibles consecuencias sociales y personales.
Ése es justamente el caso de la previsión en las legislaciones de la reserva de información en lo referente a secretos de Estado, que de inmediato excitan la imaginación menos perversa. Mientras que el otro extremo lo constituye la divulgación de toda clase de chismografías con propósitos de entretenimiento, que a veces hasta logran iluminar las fantasías más inverosímiles, que por lo demás contienen el riesgo de banalizar la información o la amenaza mayor de intromisión en la vida privada, como ha sido demostrado reiteradamente en situaciones de escándalo o de notoriedad de personalidades célebres. Estos dos extremos nos dicen algo sobre la posición privilegiada del informador y los medios informativos donde se desempeña, ese estatus social en el que se sitúa al medio de comunicación y a quienes le dan vida, sus integrantes, sea en la locución o en la redacción: la posibilidad de influir para el bien común o para servir al negocio mediático y al poder en turno.
Ahora bien, la desmesura informativa a la que nos hemos referido a lo largo de todos estos apuntes tiene efectos perniciosos sobre la credibilidad de los medios y sobre la recepción de la información. Un ejemplo de esto fueron las explosiones de los ductos del drenaje de Guadalajara el 22 noviembre de 1992. La prensa nacional escrita, radio y televisión dieron cuenta de la emanación de gases de gasolina en las calles de la ciudad un día antes. Sin embargo esto no evitó la tragedia que ocurrió un día después. En un espacio de democracia liberal, como lo expone Alejandro Guerrero en su cuadernillo sobre transparencia del IFAI del que hemos hablado, los medios cumplen funciones de bien público porque sus atribuciones son precisamente informar, crear el debate público y vigilar a favor de los ciudadanos. En un contexto de sobreoferta informativa que nos alerta de nimiedades y nos bombardea de ruido —en la acepción que lo empata con los factores que impiden la comunicación— estas facultades de los medios se encuentran impedidas y por lo tanto sus funciones de servicio público disminuyen.
Pero no sigamos adelante sin antes referirnos a la pertinente diferenciación enunciada por el publicista Eulalio Ferrer acerca de este par de vocablos. En su libro 2, Ferrer advierte que los términos informar y comunicar son distinguibles y no son sinónimos. Precisa que la información nos habla de los signos, mientras que la comunicación se expresa a través de estos signos. Comunicarse es entablar una conversación, dialogar, reaccionar, responder, argumentar, ponerse en juego con el gesto, la palabra o la opinión entre dos o más personas. Informar significa transmitir una noticia, no englobar esa retroalimentación que establece la comunicación, al poner en común ideas y pensamientos.
Concluyamos ahora estos apuntes breves. No existe comunicación sin libertad. Para crear y dar vida a un diálogo es necesario que quienes participan en él tengan la libertad para expresarse. La libertad logra que la comunicación sea completa. Cuando algo o alguien limitan esa comunicación, cuando existe algún obstáculo a la libertad, la expresión se desvanece y, por lo tanto, disminuye también la capacidad comunicativa. Libertad y comunicación son valores cercanos, su vinculación le da al individuo posibilidad de integrarse al medio social, pero también le ofrece el potencial para relacionarse con otras personas. Por otra parte, para establecer y determinar un compromiso la comunicación es indispensable. Si no existe el diálogo, la palabra, la comunicación, entonces el compromiso no puede formularse. La comunicación compromete, pues nos involucra con el otro y con los demás, nos lleva a tomar una actitud, a asumir una postura verbal y a respaldar esta posición con el valor de nuestros actos.
NOTAS

Vertiginosa inmovilidad. Los cambios globales de la vida social, Colección Vino tinto, Blanco y negro Editores, 1998.
2 Información y Comunicación, Ferrer, Eulalio, primera edición, Fondo de Cultura Económica, México, 1997.