REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Volveremos 1/2 El eterno retorno como frontera de la evolución


Marcos Winocur

Si el tiempo reuniera nuestra materia después
de la muerte, y nuevamente la ordenara
tal y como está ahora, y otra vez nos
fueran dadas las luces de la vida (...)

Lucrecio


I


Dijo mamacita Naturaleza:
Saliste un día de la nada con el compromiso de regresar otro día a la nada. ¿No lo recuerdas? ¿Cómo que no sabes de qué estoy hablando? ¡Se trata del breve recreo conocido como la vida! Las plantas, los animales, el hombre. Todos despiertan a la vida. La vida: un alinearse de partículas inorgánicas sujetas a instrucciones y dotadas de magia, magia denominada propiedades de la materia.
Pero yo no quiero regresar a la nada o lo que sea. No será nada fácil convencer a Mamacita. Pero lo intentaré. Veamos. ¿Cómo el hombre volcó esa magia a su favor? ¿Qué practicar la cirugía, inventar el oficio de médico, en una palabra: invadir el recinto del cuerpo humano, confieso que se viene haciendo desde hace milenios. Segundo, trasplantes de órganos, desde hace décadas. Tercero, la construcción genética, desde hace algunos años. Finalidad confesa: la longevidad. Finalidad secreta: acabar con la muerte, no regresar a la nada.

Has sacado viaje redondo, me recuerda Mamacita Naturaleza.
No me importa, no quiero.
Pero si no duele.
Ahí está el problema, no duele nada, ni me doy cuenta, entro a una zona de insensibilidad para después acabar en la nada.
No es para tanto, se trata de un recaer en el reino inorgánico, eso es todo.
Callé, me quedé pensando. ¿Qué es eso de recaer en el reino inorgánico? ¿Así disimula el regreso a la nada? A mí, que no me venga con cuentos. Una vez reducido a polvo ¿quién irá a rescatarme? No, no y no. Me rebelo contra Mamacita Naturaleza, perdónenme.
Me gustaría imaginar mi regreso a la nada pero no puedo, no puedo entender qué será mi propio no-ser, es extraño, no logro ponerme en paz conmigo mismo, quizá resultaría más adecuado preguntar: ¿cómo no-será mi propio no-ser? Y llegado a este punto, me pierdo completamente, ya ni sé de qué estoy hablando. Ser, no-ser, morir, dormir, son las palabras de Hamlet. Claro que en él tienen otro sentido: el ser es más bien su deber ser dentro de la vida, enfrentar a los asesinos de su padre. Y aquí, en este diálogo con la Mamacita, estamos navegando en aguas metafísicas, es un no-ser que desde luego supone no-vida.
La mente se dispara, no la puedo detener. Preferiría pensar en un suave helado de fresa o en una suave mujer, pero ya la mente está disparada, rechaza las tentaciones. ¿Cómo será no ver, no oír, no moverse, mirarse sin ojos en un espejo sin imagen, no estar, y a pesar de todo continuar siendo? Lo curioso es que, si bien no puedo imaginar mi propio no-ser, sí puedo concebir la muerte del otro. Ahí está su cuerpo, tendido en la caja, esperando el fuego. Ahí están sus cenizas, esperando la tierra. Y ahí está su ausencia. Está su ausencia presente, es algo que se palpa, le pasa a los otros, la muerte, un día están, al siguiente no, y la vida continúa.
Pero yo ¿dónde quedo? ¿Qué es eso de estar ausente y no estar en ningún otro lado? El lugar de donde me fui ¿cuál es? Ese lugar ¿se va conmigo o permanece “acá abajo”? Ese lugar ¿lo ocupa mi cuerpo desprovisto de energía, es decir, mi cadáver, mis cenizas, mi nada? Porque recaer en el reino inorgánico, es una broma de Mamacita Naturaleza, no creo que nadie me reconozca en el polvo o en la piedra o en el viento. Tampoco al otro, es cierto. Pero de él está su presencia ausente y su ausencia presente, tal vez sea un inútil juego de palabras, no encuentro mejor manera de expresar las ventajas que tiene sobre mí aunque él tampoco a su turno, pueda explicarse su propio no-ser y sí pueda hacerlo con el mío porque yo, para él, soy el otro.
Pero hay más. ¿Por qué? ¿Por qué la nada? ¿No se trata más bien de el todo? Ese todo indiferenciado donde yo hacía precisamente la diferencia. Estaba vivo. Pertenecía al reino animal. Era un primate sujeto a evolución. Así, era parte del todo más que de la nada, diferenciándome cada vez más, de un individuo a otro.
Como si escuchara mi pensamiento, Mamacita Naturaleza retoma la palabra.
Hijo, ya estuvo bueno, deja de intervenir en lo que no sabes, ya estuvo bueno de andar curando enfermedades, de cirugía, de médicos, de trasplantes... ¡y la construcción genética es el colmo, tu temeridad no tiene límites, eres el clásico expulsado del Paraíso que trata de recuperarlo a como dé lugar, atragantándote con los frutos del árbol de la ciencia! Ya vimos qué hiciste con tus descubrimientos en el campo de la energía nuclear, ya lo vimos: Hiroshima, Nagasaki, Chernobyl, y el revólver atómico constantemente puesto en la sien de la humanidad, claro, con abundante retórica en contra de las armas de destrucción masiva. Mira, te lo repito: mejor déjame hacer a mí, hasta ahora las cosas no me han salido tan mal que digamos, manejo una buena herramienta, ¿es que no has oído hablar de la evolución?
Cómo no, la tengo muy presente: ¿quién sino ella nos ha traído hasta el punto en que estamos?, nos ha dado una reforzada inteligencia poniendo en nuestras manos torpes (ahí está Chernobyl, ahí Hiroshima y Nagasaki) poderes tan peligrosos como la energía nuclear o como la clonación. Y de ahí hemos pasado a creernos dioses, cuando, con suerte, somos aprendices manejando irresponsablemente la facultad de dar vida y de quitarla, y repartiendo apocalipsis a tontas y a locas. En una palabra, la evolución, herramienta en manos de Mamacita Naturaleza ¡nos dejó en posición de volvernos contra ella y de paso contra nosotros mismos! Pero nada dije y Mamacita Naturaleza retomó la palabra.
Hijo mío, no tengas miedo. Tus cenizas serán echadas al vuelo o en la corriente de las aguas. También allí se encuentra tu hogar, dejarás lo orgánico para entrar a lo inorgánico. Este deambular es conocido y se celebra desde remotos tiempos. El poeta Virgilio en su Eneida así lo describe: “y la vida retrocedió a los vientos.”
Sólo que… pero déjame recordarte a Sócrates, el filósofo sin par. Condenado a beber la cicuta, declara a sus discípulos que ha descubierto algo maravilloso: la muerte. Y la describe como una alternativa donde “el tiempo íntegro no parecería más largo que una sola noche.”
El agua o el aire, allí donde tus cenizas encuentran el nuevo hogar, sea durante una noche socrática, sea por mudanza instantánea, te serán generosos: han de devolverte al mundo de los vivos. Entrar, es salir de la piedra. Claro, desde la limitada conciencia planetaria, que es la tuya, la muerte luce como el fin de todo, o bien te encomiendas a un ser superior, cuyo nombre escribes con mayúscula. No, chiquito, no. Te insisto: no acaba de disiparse la energía de tu cuerpo, cuando ya estás de regreso al mundo de los vivos. ¿No me crees...? Pues, pregúntale a la piedra, al relámpago, a los vientos, a las aguas, a tus futuras cenizas. ¿Y qué te dirán? ¡Que ellos no traen reloj!
Y si no traen reloj, no envejecen. Así que, vámonos. ¿No te convence? Pero mira que eres necio. No será para ti otra cosa que el antiguo susto de ser inyectado, más que dolor sientes tu piel vejada, allí, allí mismo: donde un día de tu infancia decidiste depositar los miedos: las inyecciones... herramientas para curar, eso dicen. Para ti, la mismísima muerte.
-Y los miedos, ya sabes, se guardan intactos, y luego, multiplicados, en plena actividad, te nublan el relevo: siempre conservarás el ser, harás pausas en el existir. Es la milicia de Job, esperar todas las horas el relevo. Un día estás aquí, otro no lo estás, un día vienes, otro te vas, el futuro te ha traído y te traerá tantas veces como no tienes idea. Tu existencia es vertical como la coordenada del tiempo, y horizontal como la coordenada del espacio. Ambas un día se encuentran, tú saltas a la existencia y los relojes se ponen en marcha.
-Mira, hombrecito. Déjame decirte algo más. Cuando te quitas la soberbia y aceptas que “todo es vanidad”, te vuelves inteligente y tu cabeza dicta las palabras del Eclesiastés, que más sabias no las hay. Escucha, por favor. Escucha tu propia voz: “lo que es, ya fue; lo que será, ya ha sido (...). Lo que fue, eso será; lo que se ha hecho, eso se hará; y acá en la tierra no hay nada nuevo bajo el sol.” Y continúa con esta pregunta: “¿Hay acaso alguna cosa de la cual se diga: ‘Mira, eso es nuevo’? Eso ha existido ya en las edades que nos han precedido. Aunque no hay memoria de las cosas pasadas, ni habrá tampoco memoria alguna de las cosas que sucederán después.”
-Te invito a que lo leas nuevamente en el contexto de la Biblia. Y así, el domingo por la mañana, cuando unos pesados llamen a la puerta de tu casa, recomendándote la lectura del libro sagrado, tú podrás contestarles “ya lo hago”. Y me dirás si las páginas del Eclesiastés no te traen serenidad, en esto le damos razón a los predicadores del domingo y ya, que de una vez se vayan. En cuanto tú les haces el menor comentario, te sueltan un sermón... es parte de su trabajo. Pero tú tienes otra milicia y callas y te atrincheras en Job: “Muerto el hombre ¿podrá volver a vivir? Entonces, todos los días de mi milicia esperaría la hora de mi relevo.”
-¿En qué estábamos? Ah, sí. En que tú, hombrecito, de nada eres creador, eres repetidor de todo. Y la ignorancia te protege. Pues, si recordaras lo que pasó, conocerías lo que pasará, y eso, hijito, te quitaría las ganas de vivir. La novedad, su descubrimiento, es lo que te mantiene en pie.
-Y algo más. Hablo del eterno retorno, no de la reencarnación de las almas, no confundir. Del eterno retorno que pone límites a la evolución. En cuanto un evento se repite sin agregarse nada nuevo, la evolución cesa. No en general pero sí en determinada área del tiempo y del espacio, y todo entra a repetirse. Es el eterno retorno donde la evolución no existe, ya nada va a cambiar. Todo seguirá cambiando, es la evolución limitada por el eterno retorno. Todo seguirá cambiando, nada va a cambiar.
Así dijo Mamacita Naturaleza. La quiero mucho, pero, no sé, huele a gato encerrado.

II

Y ¿qué creen? Hamlet no se ha ido y quiere saber de qué se trata, si nuestro “ser” se relaciona con el suyo, que significa vengar al padre, castigar al asesino y usurpador del trono, en una palabra: la acción comprometida. Y cuando el “no ser” se confunde con el morir, dormir, cerrar los ojos, dejar correr a la infamia, nada quiero saber del mundo, arréglenselas sin mí. ¿Triunfa la infamia? No es cosa mía, los espectros del pasado no me conciernen, así sea el de mi padre. Ya conocemos la decisión de Hamlet.
Lo nuestro difiere con la situación vivida por el joven príncipe. No nos debatimos entre dos actitudes morales, donde el “ser” es el “deber ser”. No, lo nuestro es el “no existir” atemporal: un sueño profundo como ningún otro, sin imágenes, donde el despertar es: el existir de quien nunca ha dejado de ser, y que hace entrada a escena armado de mente fresca, memoria virgen, músculos a estrenar. Un volver a la vida, que es desmorir y más tarde será desvivir, volver a la vida, que es desmorir y... así por los siglos de los siglos.
En fin, la inmortalidad con cortes. Y “lo demás es silencio”, diría Hamlet.

III

Y bien, tengo las manos libres. Incluso para llevarme de acuerdo con la ciencia, sus cifras son a tal punto desmesuradas, que equivalen a lo infinito para nos, los pobres terrícolas. Enunciarlas es relativamente simple. Darse una idea de las medidas que cubren, es ya otra cosa. Entonces, digamos: cifras a la enésima potencia.
La vertical del tiempo me multiplica, contiene todas las posibilidades, entre ellas la que más nos interesa: nosotros mismos. En fin, prefiero la metáfora a las cifras, no me atrevo a intentar desplegarlas, tampoco computadora de por medio, me limito a darles este trato: “a la enésima potencia”. Y sin embargo, tales cifras son posibles dentro de nuestra lotería cósmica. Más: son inevitables.
Persiguiéndolas, llenaría primero un libro, luego una biblioteca. Y no habría hecho más que comenzar.

IV

Sí, seremos lo que fuimos: polvo, pero “polvo enamorado”, al decir de Francisco Quevedo y Villegas. Cuando venas y médulas “serán ceniza mas tendrán sentido, polvo serán, mas polvo enamorado.” Si me propusiera traducir el lenguaje poético al biológico, diría: esa tendencia de lo inorgánico a devenir en lo orgánico; esa tendencia que se resiste a despedir para siempre la vida, es el “polvo enamorado”. Tárdense lo que se tarden, mis partículas tienen cita conmigo. Así es este juego del nunca acabar. La virtud del infinito, por su parte, se manifiesta en el movimiento perpetuo, éste, padre del tiempo: todo se va y nada se va, todo se acaba y nada se acaba, todo está y no está pero nunca deja de ser, “nada se pierde, todo se transforma”, es la palabra de la Física.
La virtud del infinito, decía... Para tener una referencia de lo finito no hay problema, suficiente con mirarnos al espejo. Pero lo infinito... Una imagen ha ido pasando de mano en mano, no, de cabeza en cabeza. De los griegos antiguos, Sixto el Pitagórico, unos cinco siglos a. C., a los reflexivos de la modernidad, alrededor de dos milenios después, como Thomas Bradwardine, Nicolás de Cusa, Blas Pascal, llegando hasta nuestro hoy. ¿Y cuál es esa imagen?
Ésta: el infinito es un círculo cuya circunferencia está en ninguna parte y cuyo centro está en todas partes. La definición nos gana por su ingenio y originalidad. Además, toma una de las figuras más respetadas de la Geometría, el círculo, gran señor de la perfección: todos los puntos de la circunferencia son equidistantes de otro llamado centro. Pero ¿qué ocurre? A pesar de un comienzo tan auspicioso, algo anda mal: hago centro en un punto y no llego nunca a describir la circunferencia, de donde el centro queda como punto a secas, y el círculo se evaporó. En este ejemplo, circunferencia y centro están reconocidos como los elementos constitutivos del círculo pero en condiciones de imposibilidad. Y el centro en todas partes, que daba la impresión de ventaja, no había que ir a buscarlo vaya saber a qué galaxia, a la postre resultó un elemento de incertidumbre, como si estar en todas partes y en ninguna fuera lo mismo en definitiva. Nos han timado. O, si se quiere, este juego geométrico ha demostrado una cosa: la impotencia para describir lo infinito.

V

Apostamos por él si se trata del gran animador de la fiesta, el señor don Nunca Quieto, el señor don Movimiento. Nos retiramos del juego si la cuestión versa sobre la extensión del universo, cuáles son sus límites, si los tiene o si es como el mentado círculo. Y votamos decididamente por el principio de conservación de la energía (y de la masa) pues nos entusiasma saber que ni una sola de las escenas será omitida por extravío cuando toque el eterno retorno, donde cada secuencia vivida hoy ya fue, e infinito número de veces fue e infinito número de veces es.
Veamos.
De Lavoisier en el siglo XVIII a Einstein en el siglo XX, se consolida el principio de conservación de la energía (y de la masa) al punto que Carl von Weizäcker, uno de los notables físicos contemporáneos, ha escrito en la Biblioteca de autores cristianos: “no se conoce una sola experiencia que, ni hipotéticamente, pudiera presentarlo como falso”. Si la equivalencia entre energía y masa enseña que todo es uno, el principio de conservación de la energía enseña que todo es siempre. Ambos son presupuestos del eterno retorno, ninguna combinación posible de los elementos del universo se escapa, ninguna se consume y desaparece para siempre, sino que deja su sombra: muta en otra, y la combinación que ha sido desplazada se guarda dentro de un sobre cerrado, custodia a cargo del Ser. A la espera del regreso, a la espera del llamado al juego del eterno retorno. Éste, cuando la mutación consiste en la muerte biológica, es un entrar a la piedra y en el acto salir a repetir la actuación, según discurso de Mamacita Naturaleza.


VI

Y preside la contradicción. ¿Cuál? Ésta: sólo podemos abarcar lo finito a condición de concebir lo infinito. Abarcamos lo finito: voy de aquí para allá, de la sala al comedor, de Puebla al Bronx, de la Tierra a la Luna. Multiplicado el ojo por el telescopio, recibe el brillo de una estrella que estuvo situada a la distancia de no sé cuántos años luz. Así, hay un área para el ir y venir dentro del sistema solar, otra área para percibir la presencia de astros lejanos, de distintas galaxias. ¿Y luego? Se siguen áreas dando la continuidad al percibir de nuestros sentidos. ¿Y tras de las galaxias? Nuevas y nuevas áreas... no podemos concebir la ruptura en el universo, sólo la continuidad. Incluso si al cabo de “los algos” nos envuelve la nada, esa nada ¿qué otra cosa puede ser sino una distancia mayor entre objetos celestes?
Así, lo finito a condición de concebir lo infinito, ni más ni menos que los números cardinales, según la axiomatización de Peano: “el sucesor inmediato de un número es un número”. Que, traducido al mundo de los objetos, da: la sucesora inmediata de un área es un área (de un “algo” es un “algo”, de un segundo es un segundo). Es la sucesión de lo finito... que no se acaba.
Es decir, lo finito es inconcebible si no encuentra su “más allá” en proyección indefinida. Es un mundo donde reina la continuidad hacia lo desconocido. Así, no podemos apostar a que los objetos se prolonguen eternamente (en el tiempo) o infinitamente (en el espacio) y tampoco los números. Para unos y para otros, objetos y números, preferimos el término de “indefinidamente”, que no nos compromete, quiere decir: por lo que sabemos y deducimos de la experiencia, no tienen fin. De ahí que nuestra certeza sea el sucesor “inmediato”, sobre los mediatos nada apostamos.
Como aquel cartelito de la tienda: “Hoy no se fía, mañana sí”. Pero nunca llegaba el prometido mañana, nunca aparecía el cartelito que dijera: “Hoy se fía”. Y al dueño de la tienda le bastaba con dejar puesto el mismo cartelito un día y otro pues en realidad la leyenda debía leerse así: “Hoy no se fía, mañana tampoco”. Y la serie de los días “de no fiar” se prolongaba indefinidamente. Pero nadie podía asegurar que de pronto, en un acceso de locura, contagiado por las ideas del sobrino, el dueño de la tienda por fin anunciara: “Hoy sí se fía”.

VII

Es el eterno retorno que, sin embargo, no termina de convencer ni nos predispone a compartir el júbilo nitzscheano sino más bien su locura. El miedo, como efecto cultural de la muerte, el miedo sordo y sin pausa, alojado en las vísceras, no se calma con la promesa “sine die”, sin fijar fecha para el regreso con la historia del instante único vivido o “morido”. Puede más lo que está a la vista, la degradación del cuerpo, que todo ese rollo. Y sin embargo, el eterno retorno no tiene trampas, claro, si aceptamos sus premisas base. Una, el carácter incesante del movimiento. Dos, el carácter finito de las partículas integrantes del cosmos asequible. Dejamos de estar, dejamos de existir, pero no dejamos de ser. Caemos del reino orgánico al inorgánico, es la muerte. Caemos de lo complejo a lo simple, es la muerte. Pero provisoria. Y a la manera del príncipe víctima de un encantamiento, llega un día el beso de la doncella para dejar la forma de sapo y retomar el continente humano.
“Es un soplo la vida”, dice el tango. Y no menos cierto -agrego-: es un soplo la muerte. Y también, como alguien escribió, “de la vida no saldremos con vida”, agrego: de la muerte no saldremos con muerte. Claro que no, el eterno retorno nos irá a buscar a los confines del universo para ordenarnos, como a Lázaro:
- Levántate y anda.
Y de la muerte saldremos con vida. Acatando desde luego el catálogo de modelos posibles de Mamacita Naturaleza. Allí figuramos, somos el “homo sapiens sapiens”, alineados escalones arriba de nuestros abuelitos los primates, escalones abajo del marciano telepático, del ET tipo película ET, del langostón modelo filmes “Hombres de Negro” o “Día de la Independencia”, etcétera. Por desmesurado que sea, el catálogo es finito como finito es el número de partículas cósmicas y, por lo tanto, finito el número de combinaciones posibles entre sí, por desmesurado que resulte.
Volveremos. Lo proclamaron Nietzsche y Blanqui en el siglo XIX. Jubilosamente el primero antes de caer en la locura, el segundo durante vacaciones forzadas después de la Comuna de París. Y lo habían adelantado los hindúes y los griegos antiguos, Platón y otros, la idea cautivó a Borges y no fue ajena a Engels si se lee el prólogo a su “Dialéctica de la Naturaleza”. Luego de afirmar “la sucesión eternamente repetida de los mundos”, cierra Engels el texto con estas palabras: “por la misma férrea necesidad con que un día desaparecerá de la faz de la tierra la floración más alta de la materia, el espíritu pensante, volverá a brotar en otro lugar y en otro tiempo.” Por su parte, la literatura y el cine de nuestros días han dado cobijo al eterno retorno. Kundera, el novelista, arranca su conocida obra La insoportable levedad del ser, con una prolongada reflexión sobre el tema. Por su parte, Tarkosvski, el director de cine, en su filme El sacrificio nos presenta un cartero culto de nombre Otto, quien discurre también sobre el eterno retorno. Sí, es una idea que seduce, un espermatozoide idéntico de mi papá idéntico ganará idéntica carrera para fecundar idéntico óvulo de mi mamá idéntica. Y colorín colorado, este cuento habrá recomenzado.
¿Cuál cuento?
Éste: un soplo de existir, un soplo de no existir... y así de seguido en el eterno retorno de cada uno de los modelos contenidos en el catálogo de Mamacita Naturaleza, donde lo posible cobra existencia y deviene lo real. Puede aquí cerrarse el razonamiento o todavía ir más lejos. Veamos. En el infinito espacial todo está sucediendo. En el infinito temporal todo ha sucedido y todo sucederá.
¿Volveremos, volveremos para que lo posible sea real? El mundo físico, que está a la base, se conduce por rígidas leyes como la ya mencionada: “nada se pierde, todo se transforma”. Y luego, cuando de lo general descendemos a los procesos de transformación, nos damos con que las estrellas siguen un determinado curso evolutivo y la ínfima mota de polvo también.
Dentro de esas leyes físicas cabe el eterno retorno. Pero se interpone Mister Tiempo. A ver, a ver, un chequeo. Ese doble mío del futuro ¿quién es? Por más idéntico que a mí sea, es otro, hay algo de él que no se puede reproducir: el lapso durante el cual yo existí. El tiempo, no conforme con hacernos envejecer, nos juega una mala pasada. A ver, a ver. Yo desaparezco, me ha tocado morir, preguntan por mí, no estoy. De cabeza, me fui al pasado. ¿Y quién podría descender hasta allí, darme unos plumerazos quitándome el polvo para una segunda vuelta? Dicho en forma tajante, nadie. Existí, ya no existo, punto. Todo podrá duplicarse, menos el lapso durante el cual existí. Con mi muerte, nos separamos, yo brinqué al pasado inmóvil, el movimiento a su destino incesante.
Un solo hecho es suficiente para dar jaque al tiempo desde el pasado inmóvil y ningún hecho pone fin al tiempo, a su destino incesante.