REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

Cuentos


Herminio Martínez

UN MARIDO FIEL

Y bien, ya que hablamos de esto, por mi parte la única vez que estuve a punto de serle infiel a Norma, me llevé un gran susto. Volvía yo de una de mis frecuentes caminatas por las colinas a donde -de recién casados- solía salir a despejarme un poco la cabeza, cuando por un senderillo de casuarinas y nopales apareció una joven. Veinte o dieciocho años, cuerpo hermoso, la mirada ardiente, manos ávidas, nerviosa lengua en punta como una cola de alacrán. Algo decía con la mirada; mi pensamiento respondió y, dócil, la seguí hacia unos prados en los que florecían los mirasoles y había hojas tiernas, pero también espinas, rocas y unas fragancias misteriosas, que, casi sin darme cuenta, me perturbaron los sentidos.
Ella me contemplaba, riendo y su actitud traía hasta mí un mar de limpia música. Yo no entendía por qué. Hasta que, quitándose la ropa, me atrajo hacia su piel, toda cubierta de una pelusa gris, en el preciso instante en que a sus manos les crecían las uñas y una cola de lobo se le movía en la espalda, agitándola, mientras en cuatro ágiles patas corría a mi alrededor, gruñendo, olfateándome, dando saltitos como la gata o la perrilla a la que se le ofrece un trozo de hígado.
-¡Ave maría Purísima! -exclamé- ¿Qué está pasando? ¿En qué animal se ha convertido?
Y cogí un palo. Pero la fea criatura continuaba rodeándome, ansiosa, a punto de saltar sobre mi boca, seguramente para darme un beso, morder mi cuello, romperme la camisa, el pantalón, hacerme suyo.
-¡Tiene que ser el diablo! -continué-. Voy a rezar un Padrenuestro y a partir la vara en dos para formar la cruz.
Y sí, en cuanto la puse ante sus ojos, tras un hondo chillido reculó asustadiza, mirándome el estómago y desapareció entre los peñascos.
En tanta confusión, no le conté nada a mi esposa ni anduve con la curiosidad de conocer más del asunto, porque mi pensamiento era otro:
-¡Ni loco regreso a esa colina! -murmuraba-. No volveré a caminar por la barranca.
Hasta que, por casualidad, un día, al salir del mercado, encontré a uno de los señores con los que ocasionalmente conversaba al bajar del cerro. Al recordarme, sin más se puso a platicar la historia de varios adolescentes muertos aquel mismo año y en las mismas laderas a las que yo subía.
-¡Qué bueno que a usted no le tocó! Estaban destrozados. Sin ojos, sin entrañas, sin sus partes íntimas.

TONTO

Nuestro matrimonio no iba bien. Desde el primer día, Clementina me llamó insecto, cucaracha, rondón, escarabajo. Pero no experimenté la sensación de ser algo distinto, diferente a mi cuerpo de sólo veintiún años cumplidos: apuesto, erguido -según los comentarios de mamá-, culto, estudios, responsable y muy trabajador.
Ella tampoco era este monstruo. Las cosas empeoraron a partir de que inventó que yo andaba con otra. Nada menos que con la hija de un herrero al que le habíamos mandado hacer una ventana. Y después con otra, y otras. No hubo felicidad, sólo alegatos, gritos, golpes.
En una ocasión traté de hablar con ella, motivándola a cambiar sus hábitos y ser más consecuente.
-Intenta comer menos, Clementina, para que vivas sana, existen fórmulas; busca lo natural. Haz ejercicio…
-¡Por eso no has querido que tengamos hijos! -argumentó llena de rabia-. Para sentirte libre, gusarapo… -y me arrojó un cuchillo, el cenicero, la guitarra-. Para irte por ahí, pero te arrepentirás cuando conozcas mi poder, llegará el día en que necesitarás de más de cuatro patas para moverte por la tierra, insecto.
-Conoces la recomendación del médico -le dije-. Hay que bajar de peso, tienes el colesterol muy alto. Pondrías en riesgo tu estado de salud y el del bebé, si lo tuviéramos… Tal vez después, con tratamientos y menos carne roja, ni refrescos.
-¿Me llamas gorda? ¡No me ofendas, Arturo! -estalló-. ¿Qué insinúas, ciempiés? Te guste o no, así me siento bien.
-Pesas ochenta kilos más que yo. Perdóname.
-¿Y qué?
-La calidad de vida, Clemen.
-¡Mosquito! -disparó.
-La autoestima, mujer.
-¡Maldito!
-Hay que querernos más.
-¡Energúmeno!
De ahí en adelante la noté distinta. Aun me acompañaba a la iglesia, colgada de mi brazo, pero sin suspender la retahíla de denuestos con que continuamente me trataba.
-¡Estúpido! ¡Sólo a alguien como tú se le ocurre no tener un niño! Con lo que yo los amo… Mis chiquitos.
-Algún día…
-¡Algún día! ¡Algún día! ¡Siempre es lo mismo, imbécil! ¡No sales de ese cuento!
-Perdóname… -insistí.
-Ni para eso sirves. Ya ves, Carmen el loco, loco, loco, pero lleva tres y al hilo. Seguramente Guadalupe y él ya habrán pensado en cinco.
-De acuerdo, pero es que…
-¡A callar!
-Está bien, no quiero que te enojes.
Sin embargo, continuó insultándome, esa mañana y todas las demás, vistiéndome con todos los oscuros nombres que su alma le dictaba: zancudo, ruedalomos, chapulín, langosta, insecto, tijerilla, araña, ¡perro!
Su poderío es asombroso. Dice que lo heredó de su mamá y ésta, a su vez, lo trajo de la suya, quien tenía la virtud de hipnotizar lechuzas y murciélagos, preparar bebedizos y transformarse en una hormiga, de esto ella se jacta.
Ayer volvió a lo mismo. Ya casi anochecía, porque era la hora de cenar y discutíamos…
-Entonces ten paciencia -respondí-. Con el amor de Dios todo se puede.
-¿Paciencia?
-Vamos a pedírselo al Señor. Se necesita fuerza; voluntad, amor, coraje. Todo consiste en que controles esa manera de comer.
-¿Otra vez con eso?
-Dios es muy grande. Él…
-¡Silencio, come santos y caga diablos! ¡Cállate!
-Perdón…
-¡Hormiga!
La alcancé a escuchar. Estábamos en la cocina, contemplándonos. Ella, enojada; yo, preparándome un café. Luego gritó:
-¡Fuerza de voluntad! ¡Yo tengo esa fuerza! ¡Donde las mujeres comen las hormigas lloran! ¡Tonto!
Y siguió comiendo, burlándose de mí, que me quedé tirado, bocarriba, asustado, moviendo las patitas, tres, cuatro, seis… ¡Ocho! Ocho y una barriga enorme, aparte de las antenas, el olor y mi cabeza con su tenaza en la mandíbula.

LAS MUCHACHAS
El autobús se detuvo justamente cuando Ramiro Beltrán Rosas, el Beltranejo, parado a media carretera le apuntaba al conductor con un rifle de diábolos.
-¡O se para o se muere! -gritó, como si en realidad hubiera sostenido un arma de fuego, sin siquiera titubear frente a la gran mole de fierro y láminas que, bramando peor que una tormenta del verano, se le venía encima- ¡Se tiene que parar el hijo de su madre! -repitió con el dedo en el gatillo y el ojo bien puesto en la mira del cañón.
-Ojalá lo haga, porque detrás de nosotros vienen más de diez hombres disparándonos tiros de verdad… -murmuré yo, abrazado a una de las tres chicas recién rescatadas de El Palmar de Ojuelos: prostíbulo, fonda, cantina y hotel de paso, del que acabábamos de huir. Rosa Rangel, Albertina de Santiago y Ana Lilia Arriaga eran las jóvenes mujeres, adolescentes todavía, que tres días antes, al llegar nosotros a aquellas playas de Salina Cruz, habíamos visto bañándose, completamente desnudas, en un mar intenso y plagado del color azul de los sitios recónditos que tienen la costas de Oaxaca. “¿Qué es lo que ven mis ojos?”, clamó uno de nosotros. 'Pescaditos dorados', me acuerdo que respondí yo, tropezándome en la arena. '¿Qué no son ilusiones mías?', exclamó otro. 'No, son cuerpos -insistí-. Las ilusiones no poseen volumen ni formas de ésas'. 'Pero también brillan, ¿no?', se defendió estático el otro compañero.
Nosotros: Ramiro Beltrán Rosas, Luis Valdés del Pinar, Lino Dorantes y yo, habíamos optado por irnos de vacaciones, de aventón hasta Puebla o hasta donde el dedo nos llevara, dando la feliz casualidad de que el segundo auto que nos levantó, ya en las goteras de la ciudad de México, iba a Cholula, conducido por un médico borracho, quien, casi sin preguntarnos nada, se detuvo a recogernos, porque, como nos explicaría después, vio que éramos escolares con cara de buenas gentes. 'Pongan sus mochilas atrás para que vayan cómodos, chamacos', nos pidió, bajándose él mismo a abrir la cajuela del equipaje. Observamos que también era gordo, alto e iba muy bien vestido. '¿De dónde son? ¿Qué rumbo llevan? ¿Dónde estudian?', nos interrogó con la curiosidad de un policía. 'Somos de aquí y vamos adonde nos lleve el viento... Estudiamos el tercer semestre de filosofía', Ramiro se anticipó a mentir. 'Pues entonces ni hablar: llegaremos a Cholula, si ustedes lo desean, porque ése es mi destino'. Después, con el gusto reflejado en las palabras, uno a uno le fuimos recitando nuestros nombres. Al último, él nos dijo el suyo, sólo que era tan largo que únicamente se nos grabó el tercer apellido: de los Cobos y Sánchez de Tagle Melgarejo. 'Ya que nos hace este favor, nos quedaremos en Puebla. De allí continuaremos el viaje a Veracruz -manifestó, otra vez por nosotros, Ramiro Beltrán Rosas. 'Ustedes nada más ordenan. Yo haré lo que me indiquen, chavos'. Concluyó de los Cobos y Sánchez de Tagle Melgarejo.
Recorrimos más de cien kilómetros hasta la urbe poblana. En compañía de aquel médico a quien nuestra plática lo llevaba emocionado y hasta medio sobrio. Y él, por su parte, hablaba y hablaba de un familiar suyo que era poeta, al que iba a ver porque recibiría, lo recitaba con orgullo, la Flor Natural en los Quincuagésimos Sextos Juegos Florales de la Escuela Normal Superior de aquel estado. Era un hombre de lentes, con más papada que pelo en la cabeza y seguramente más dinero que un senador de la república, por el carro y las alhajas que le fuimos admirando hasta la “ciudad de los conventos” donde nos dejó tras habernos regalado cincuenta pesos a cada uno, antes de continuar él solo por su camino. 'Que se diviertan mucho... -todavía nos dijo al despedirse-. De verdad. Están en la edad de merecer. Vayan con Dios, hijos'... '¿Y los suyos? -alguien preguntó, ya casi sin que hubiera necesidad-. ¿Sus hijos, doctor? ¿Son pequeños todavía?'... 'Yo no tengo hijos. Me casé, pero no pude conseguir familia. Ahora vivo solo'. Nuevamente le dimos las gracias y lo dejamos ir.
Al principio, no supimos qué hacer; sólo vagar, vagar y vagar, observando los aparadores, los árboles, la catedral, los portales, la gente, hasta que nos metimos a una librería de monjas. 'Aquí nos quedaremos a pasarla bien, en buena cama y con mejor cena', les dije yo, con la misma determinación con la que día a día me iba enfrentando a los ramalazos que no lograban hacerme huir completamente de los recuerdos de una infancia hundida en la pobreza, para lo cual, antes de cruzar las primeras palabras con las religiosas que estaban al frente del establecimiento, con aires de ser personas sumamente ocupadas, les expuse:
-Ustedes nada más síganme. Escuchen bien cómo voy a hacer creer a estas monjas que somos seminaristas -les conté en secreto a mis amigos. Después, con gran ternura y dominio de la situación, me dirigí a ellas: 'Madres, somos paulinos'... '¿De los de México? ¿De los que hacen libros?', se apresuró a preguntar una de ellas, no de tan mal ver y casi tan joven como nosotros. 'Sí, de Taxqueña'. 'Aquí vendemos La familia cristiana y todas sus colecciones de libros sobre pastoral -continuó explicando la religiosa, antes de hacer la obligada pregunta-: ¿Qué andan haciendo por acá? ¿Adónde se dirigen, si se puede saber?'. Se interesó. 'A las misiones, madre. El padre Costamagna nos envía al Soconusco. Allá vamos a vacacionar haciendo adobes... ¿usted cree?'. '¡Magnífico! -exclamó ella, aún más interesada-. ¡Magnífico y adelante! El padre Costa es un gran apóstol. Somos amigos, de vez en cuando también nos visita. Qué bien que los envíe a esa región de México. ¿Son novicios?', volvió a preguntar. 'Sí. Por eso mismo vamos. A los profesos les permiten ir a sus casas, a nosotros no'... 'Lo sé. Lo sé. Yo también pasé por ésas. Un día fui novicia'. Habló otra vez, suspirando. Al parecer, era la que mandaba en la librería 'San Pablo'. Más tarde les expliqué a los compañeros cómo era que yo conocía los nombres de los superiores y las actividades que los muchachos, allí en el seminario paulino, realizaban desde su arribo, durante la niñez hasta su ordenación sacerdotal ya en la edad madura. De modo que esa noche, bastante fría, la pasamos en la casa de las hermanas, donde cenamos a cuerpo de rey y -tal como se los había pronosticado- dormimos en buena cama hasta que fuimos descubiertos por una postulante que, mientras nos turnábamos la regadera de un baño que estaba en el otro extremo de la construcción, se había metido a revisar las pocas pertenencias que llevábamos, encontrando de todo, menos vidas de santos ni sotanas: preservativos, revistas de mujeres denudas, nuestros minúsculos trajes de baño, visores, el rifle de diábolos, cigarrillos, bronceadores y hasta una botella de tequila a medio consumir, robada al médico. Naturalmente que su hallazgo puso en alerta a la pacífica comunidad. Armadas con sartenes, cuerdas, escobas y recipientes para recoger basura, nos enfrentaron. 'Mejor váyanse -clamó la superiora: una redonda y sonrosada alma de Dios, quien, al mirarnos en nuestros cueros, soltó un largo suspiro-. ¡Váyanse ya, por caridad, antes de que llamemos a las fuerzas públicas!'. Y sí lo hubieran hecho. De no haber sido por las edades que teníamos, seguramente hubiéramos ido a parar a la cárcel con todos nuestros huesos. Pero nos vieron tiernos, sin malas intenciones; nada más con el afán de divertirnos. 'Nos vamos, madre'. Murmuró Luis Valdés, temblando. 'Nos vamos', repetí yo, sin avergonzarme para nada. 'Sí, nos vamos', agregó Lino Dorantes, guiñándole un ojo al Beltranejo, quien comenzó a reír: '¡Ah, qué madres!… Ni hablar... Nada más permítanos cubrirnos, ni modo que nos vayamos así, nos lincharían, ya ven cómo son de mochos los poblanos'. '¡Tienen quince minutos para que se arreglen y desaparezcan de esta casa! ¡Ni un segundo más! ¿Entendido?'. Exclamó la mujer, quien voluntaria o involuntariamente volvió a suspirar, paseando su mirada entre los cuerpos. 'Correcto', otra vez tomó la palabra Ramiro Beltrán Rosas. 'Y no vuelvan a burlarse, criaturas', murmuró ya más tranquila, apartándose de nosotros, pero sin desviar los ojos. 'Lo prometemos. Ésta ha sido una emergencia. Gracias'. Se atrevió a concluir el Beltranejo. De manera que antes de la una ya íbamos hacia Veracruz en un camión de tablas, celebrando la victoria y la ocurrencia. Ni siquiera habíamos almorzado. Después lo haríamos con toda libertad y a manos llenas, antes de subirnos al tren, también de carga, que esa noche nos llevaría hacia Juchitán, ya en el estado de Oaxaca.
Lo demás sucedió en el trayecto, durante la madrugada. En el vagón sobre el que nos habíamos recostado a contemplar el cielo, algo se empezó a agitar debajo de las lonas sobre la que habíamos acomodado las mochilas. '¿Qué ocurre? -se inquietó Luis-. ¿Escucharon? Parecen fieras'... 'No lo sé, algo ruge allá abajo, es verdad -le respondí, poniéndome de pie-. Es como si este ferrocarril llevara leones'. “¿Qué?”, exclamaron los demás, levantándose también, impulsados por el mismo susto. 'Sí, ¡leones! Óiganlos'. Efectivamente, el carro se estremecía por los zarpazos y los brincos que adentro de él daban las fieras. El hambre los había despertado. Nos olieron, nos sintieron al alcance de sus garras y querían comernos. Eran de un circo. Lo supimos en Juchitán. Para nuestra desgracia, al abordar clandestinamente el tren, coincidimos en el vagón donde llevaban también los animales. Eso fue todo. Saltaban con la esperanza de alcanzarnos, sin lograr su objetivo, porque nosotros, al escucharlos rugir, calculábamos bien el momento en que brincarían a arañar la lona con que iba cubierto el carro. Así nos fuimos divirtiendo, jugando con las fieras, y al llegar a la estación donde nos bajaríamos para de allí irnos hasta Salinas Cruz, corrimos la cubierta para arrojarles los restos de unos pollos que habíamos comprado en Veracruz, antes de partir. La escena fue espantosa, casi se mataban entre ellos por una brizna. 'Desaparezcan -habló Ramiro Beltrán Rosas-. O estos demonios nos engullirán también'. 'Si se escapan -dije-. Porque de otra manera, no”... 'Salten. Vámonos. Dejémoslos antes de que otra cosa nos suceda', insistió. Fue cuando en el carro contiguo descubrimos el letrero, “Circo Rey”, entre lienzos multicolores, barras de acero, cuerdas, rollos de alambre, vestidos de artista y enanos que cantaban canciones de amor bajo la luz de las estrellas, como para contrarrestar la enorme tristeza que el silbato de aquella locomotora iba regando por los pueblecitos tropicales. El tren continuó hacia Tonalá. Nada más alimentaron a los leones y a otros animales: varios camellos, algunas llamas y no menos de una docena de caballos blancos.
Fuimos a comer algo mientras llegaba el transporte que nos llevaría al mar. Recorrimos las callecitas del lugar y conversamos con todas las mujeres y hombres, que, a esas alturas del amanecer aún no se acostaban. Al puerto de Salina Cruz arribamos en un camioncito verde que se llamaba El Tunco Loco, al filo del mediodía. A esas horas, en que desordenadamente soplaba el viento, el mar brillaba como un vidrio quebrado por el fragor del aire. Comimos en una palapa, junto a un río de flores y enredaderas primorosas; en seguida se nos ocurrió irnos a caminar, entre las tortugas y los cangrejos gigantes que nos salían al paso, para presenciar el milenario aunque siempre nuevo acontecimiento del atardecer hecho crepúsculo.
Fue entonces que las vimos. Allí estaban las tres, como las sirenas de Ulises, nadando solas y bellas en una superficie de aguas y luces encendidas. El vendaval lo había acercado todo: el cielo, el sol, las emociones de hallarnos en aquel sitio sin nadie, nada más nosotros y la selva. '¿Ya vieron? -preguntó Luis-. Observa, Leonardo Albor, échate ese taco de ojo'. Me dijo a mí. 'Sí. Ya veo', respondí, aferrándome al suelo para que no me fuera a derrumbar el viento. '¿Y tú, Lino? ¿Y tú, Beltrán?'. 'No estamos ciegos ¡caramba!... Sí. Allí están: son tres'. Dijeron. 'Sí, tres hermosas niñas para estos cuatro niños, ¡ahh!”. Hicieron bajo el enrojecimiento general de aquel ocaso. 'Vamos a verlas, pues'. 'Vamos a agarrarlas antes de que se las lleve la tormenta”... “A hablar con ellas. A que nos platiquen una historia”.
En sólo quince minutos nos enteraron de su vida. Y aunque estuvieron con nosotros hasta que la oscuridad barrió completamente los añiles, no se quisieron fugar esa noche con nosotros, como les propusimos, por temor a ser asesinadas. “Si nos escapáramos ahora. Si ya no volviéramos al Palmar de Ojuelos, nos buscan. ¡Son unos desalmados! Además, tienen espías en todas las regiones. A quien no trabaja la estrangulan. 'Las visitaremos. ¿Están de acuerdo?”… 'Claro. Si pagan el consumo... Ése es precisamente su negocio. Si quieren ayudarnos, vayan mañana al Palmar de Ojuelos y allí planearemos nuestra fuga”... 'Iremos. De eso no tengan la menor duda. Mañana iremos a bailar con ustedes hasta el amanecer'. Dijimos, mientras ellas seguían informándonos cómo, desde pequeñas, todas aquellas mujeres allí cautivas eran secuestradas en otras poblaciones, para ser llevadas a ése y otros antros que eran propiedad de los señores Pola. Albertina era de Torreón; Rosa de Tlaxcala y Ana María de Pénjamo. Además, después de trabajar, las encadenaban. Y solamente les daban permiso de ir a bañarse a la bahía para que las sales del mar les desinfectaran aquello tan buscado por una clientela compuesta de truhanes, pendencieros, borrachos comunes y prestamistas de nivel. Viudos, escolares precoces y alguno que otro cónyuge de buen comportamiento. De manera que, a la noche siguiente, las conocimos en su ámbito de humo, gritos y pleitos en los que de inmediato sacaban las pistolas. Su historia nos conmovió pero no estábamos enamorados de ninguna de las tres. Simplemente quisimos ayudarlas a escapar de aquel punto sin ley. Con ellas hicimos planes, fingiendo ser sus clientes. El dinero que nos regaló el médico sirvió para comprarles algunos tragos y caricias. 'Entonces hasta mañana', les dijimos. 'Sí, hasta mañana”, respondieron al servirnos y servirse la última copa con nosotros, y cobrarnos los tragos y los besos. De manera que al día siguiente, en punto de las diez, de pie en la angosta carretera, esperábamos con ansiedad el autobús que nos llevara a la ciudad de México. Ramiro continuaba apuntándole al conductor, y el muy bruto hubiera sido arrollado de no haberse detenido aquél, justamente en el instante en que la turba de los enardecidos clientes y dueños del negocio estaba a punto de alcanzarnos.
-¿Qué sucede, muchachos? ¡Suban! ¡De prisa! -dijo el hombre, abriéndonos la puerta.
-Nada, señor, que nos persiguen -respondió Beltranejo, ocultando el rifle-. Vinimos a cazar pajaritos y esos señores se enojaron...
-Se nota -respondió el chofer, cuando ya había acelerado el motor y estábamos fuera del alcance de ellos.
-Salimos a cazar güilotas y hallamos estas tres -dije yo, ruborizándome-. Es de diábolos -enseguida agregué, señalando el rifle-. Para que nadie se preocupe...
-Siéntense por ahí. Así es la gente en esta costa brava. Cuando no sucede de noche sucede de día, pero es lo mismo.
El camino fue largo. Y aunque todavía traíamos dinero, el conductor no quiso nada.
-Déjenlo -dijo-. En México les hará falta. Seguramente van a tener que dormir en algún hotel. Les recomiendo El Perro Negro, en el corazón de la Merced.
Pero no tuvimos que dormir en ningún hotel de paso, porque las muchachas decidieron regresar inmediatamente a sus hogares, no sin antes despedirse, llorando, de cada uno de nosotros, dándonos sus direcciones, con la promesa de que en cuanto estuvieran con sus padres nos escribirían para invitarnos a ir a visitarlas. Lo cual no sucedió.