REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

La colección 1/2


Adán Echeverría

Aprendí,
en la fraternidad de los árboles,
a reconciliarme,
no conmigo:
con lo que me levanta, me sostiene,
me deja caer.

Octavio Paz


                                MAMÍFEROS


TAPIR
(Tapirus bairdii)
Inundado en luz, el tapir camina rutas de selva
con el silencio pegajoso de la trompa revolviendo la hojarasca.
Gigante de paso torpe, agita el miedo en las caobas.
Son pocos los deseos de la muerte:
el aroma de los frutos abiertos a sus fauces,
el almíbar del olfato que arrastra por el lodo.
Atraviesa los pastos, hasta la flor de agua,
y la laguna detiene el tiempo en su mirada.
El tapir sabe de la noche, la conquista.
Deglute días de sol
y arroja sombras al detritus
que se amontona bajo el fuste de los cedros.
Gigante de humedad, piel de bronce,
punto misterioso de escondites vegetales,
refugio amenazando el destino de tormenta.
Contempla la calma del lago.
Ese malestar lluvioso en las caricias demoradas
que los helechos trepan a las piernas heridas del chicozapote.
Consumación del equilibrio entre sus muelas áridas.
Extinciones al desecar la selva.
En la sabana marca la huella de los siglos.
Muy dentro del oscuro ramaje de las ceibas,
entre carrizales, habitan sus pupilas de cobre.
Es la fuga hacia lo verde inexplorado.
Sobre tu lomo pardo,
alrededor del blanco vientre,
pasea la angustia sus amaneceres.
Bajo tus patas se agita la planicie.


JAGUAR
(Panthera onca)
¿Qué sentido puede tener la selva si el jaguar no la recorre?
Miedo de encontrarse al acecho. Ser presa indeterminada.
El viento trae los olores de la sangre
hasta enarbolar rugidos en el eco de las calles vegetales.
Giran las hojas de los ficus
atrapando la sensual sombra de este dios de ámbar.
Hay que buscar en la agonía del venado
esa furia que desprende en la carrera.
Persecución de muerte sobre el cuello:
líquido jaguar de la memoria.
En el malestar de los cenotes,
la verde duermevela extiende sus finos pasos por las enramadas:
jaguar sin destino de quimera.
Y ese dios que nos asiste,
tuerce la cola pero no desespera sobre las ramas del cedro,
reposando la violencia del enigma se transformó en piedra.
En el artesanal jade se ha establecido el destino de su historia,
y caerá la estrella de su época hasta la oscuridad abierta del cenote.
Enmohecido silencio, dactilar presencia:
el jaguar camina arrastrando sombras.
Levanta la vista,
trepa el orgullo hasta la despedida de la lluvia...,
¿y las garras?, imploración de sangre herbívora.




YAGUARUNDI
(Herpailurus yagouarondi)
Antes que la noche quiebre las estrellas en el horizonte,
cuando el viento aleje la sensación de odio
y nazca de la aurora el vaticinio de ser explorado
por el ojo de vidrio de los sapos.
Mucho antes que los carrizales pidan auxilio al aire
y siembre luz el sol en la sabana
el yaguarundi retornará los pasos
hasta la yugular del equilibrio.
Desenvolver silencio de los prados.
La ruina de la carne que deshebra
el misterio de transmutar energía.
Oscuro corredor nocturno
remolino de ausencia impregnando deseos
indócil pestañar de la laguna:
el yaguarundi, en el remanso del cenote
acecha.
Piel antigua separando madrugadas.
Piernas acortadas
hacia la carrera ágil de la sombra
que descuelga sus mordidas.
Sigilosa presencia de amarillos ojos.
Tatuado en el depredar de la memoria que surge
de la planicie vasta, el yaguarundi permanece atrapado
en la esencia primigenia de las ceibas.


PUMA
(Puma concolor)
No se detiene el puma ante la noche, ni la mañana hace posponer empeño. La sangre inunda los latidos. Narices hinchadas por el hambre. Crecen los deseos, las garras relumbran. El puma anhelante de gargantas.
Desaparecer neuróticos rebaños de corderos. Adrenalina victimaria paseando cólera sobre la ruina que vigila dentro de la oscuridad.
Sonido áspero. Posibilidad auténtica en el sabor caliente de las madrugadas.
Crece la aurora y arroja su silencio dentro de la ventisca.
Los colores comienzan su recorrido y el puma teje la muerte entre las patas.
Latiendo bajo la luna, crece como piel evaporada.


OCELOTE
(Leopardus wiedii)
Aniquilada sonrisa de amanecer: el ocelote se conforma con detener colmillos sobre las gargantas de los temazates. Con lentitud dibuja la estela de muerte sobre el polvoso camino en la sabana, arrastrando el cadáver de la delicadeza.
Que los conejos se escondan, víctimas del dolor en la quijada.
Que se remonten días, sueños, ateridas cargas de suplicio inquebrantable.
La maquinaria de manchas recorre pastos tras la erosión de las cactáceas.
Suda posibilidades inhóspitas en esta agreste agonía de la tierra.
Pero la soledad abarca hasta las nubes
que derraman angustia sobre las bromelias incrustadas en los árboles,
olvidadas, alrededor de la sabana abierta.
Debajo de la frescura que esconde la muerte.
El ocelote marcha, necesario, estridente, pegajoso,
por los innumerables dobleces de la noche,
hasta verter sangre en este polvoriento hábitat.


TIGRILLO
(Leopardus pardalis)
Devoradores de miedo
cazadores de sombras.
Son más imponentes los latidos del amanecer
que la incrustación del sueño partido por las manchas.
Se presiente la silueta inesperada del felino miniatura
dentro del laberinto de leguminosas
que hunde sus raíces fijadoras de nitrógeno
como una dinamita proteica
hasta el fondo de la tierra
hasta la calcárea voz de la penumbra.

Partiendo la noche
los tigrillos amenazan con la sonrisa cortada por el rayo
y el cojinete esperando acceder a la violencia.


ZORRA GRIS
(Urcyon cinereoargenteus)
La zorra identifica los olores azules de la carne
y levanta el penacho gris de los secretos.
El azul de la mañana rememora lagunas extintas.
Olvidar agua,
bosquejar sonidos detrás de carrizales.

Sobre las ramas de los árboles sus antepasados vigilan.
Crecen los rumores de floresta
por la historia de selvas accidentadas
hasta detenerse tras las dunas.

Y esperar...
Esperar que se alimenten
los intensos sentidos putrefactos de la respiración
el dactilar humor de la amargura:
¡Ahí está la zorra,
con su carga intrépida
sobre el hocico largo!


CABEZA DE VIEJO
(Eira barbara)
El cuerpo devolviendo a la Oscura
el brillo lunar, diamante abierto.
La cabeza, con su casco de luz,
traspasa el verdor de las columnas de cedros.
Como flecha de aire revienta el gris de los fustes,
liberando astillas de plata.
Recorre la sabana entre sombras.
Lejano, como el olvido,
contempla la ruindad de la conciencia
de aquellos cazadores de tuzas,
que silenciosos esperan tras los matorrales.
El cabeza de viejo desciende los caminos de polvo,
mientras sus tersas patas agitan el hambre.
Saltando, entre carrizos y pastos que crecen en busca de sol,
olisquea el viento, y se mantiene lejos…,
lejos del Humano y sus atroces genocidios.


MONO AULLADOR
(Alouatta pigra)
Esperar los dientes de sol sobre la heladez de la ventisca. Latente angustia al despuntar amaneceres. Ellos permanecen colgados en el deterioro de los cedros, arrimados unos contra otros, inaugurando partituras estridentes.
Empecinados en conquistar la solemne presencia del círculo anaranjado en el horizonte, los aulladores vierten alaridos a la muchedumbre de pájaros.
Estos monos se pasean por las ramas arañando el vértigo. Silencian los costados de la muerte que desgarra los cedros, donde atisban la creciente luz, contemplando las fauces de sus depredadores que esperan su descenso a beber agua. Los aulladores agitan la furia de sus hocicos mientras intentan someter el remolino que crece en la oscuridad de su garganta.


MONO ARAÑA
(Ateles geoffroyi)
para Yariely Balam
Comienzan los retos de altura.
Caen frutos de esperanza pútrida al volar sobre la cumbre de los álamos.
Violencia de escapar la cacería.
Ser alimento para depredadores niños que sacian sus pesadillas con tu carne.
El equilibrio de las manos persiste.
Remolino de sombras recorriendo las copas de los cedros, de las jícaras;
abriéndose paso entre el follaje que rodea la laguna.
Desgajan ramas en la huida, enredadera contra liana.
Cola prensil, brazo ágil,
distiende el vértigo hasta la victoria de la noche
y el sobresalto de la madrugada.



TEMAZATE
(Mazama americana)
No hay que despedir la madrugada de sus ojos.
El camino se impregna en feromonas y luz nocturna:
estallan las dagas en la frente.
El brinco mortal del dardo; nacientes plántulas
equidistantes al agrio dolor de los espejos de la luna
que baña los ficus cada noche:
el temazate, hambriento,
enarbola cada amanecer,
en los pastos, el pliegue de su miedo,
grabando su aroma en la corteza de los álamos.

VENADO COLA BLANCA
(Odocoileus virginianus)
Hay que situarse entre las astas que huyen a través de la enramada, para comprender la violencia de la persecución; lucha continua contra el cazador, que permanece sentado al borde de los álamos tejiendo las líneas de hambre sobre el rostro.
¡Oh venado de ágata!
Recorre los prados, la sabana, el manantial de la amargura.
La sed traicionera te acerca a la quilla de la muerte.
El filo de luna persigue tu sombra.

Eres voluntad de viento
aroma de olvido
espacio cerrado hacia la quietud de la agonía.

Apresado por el odio y el hambre
el venado se condena a ser alimento:
manjar de la pobreza.


PECARÍ DE COLLAR
(Pecari tajacu)
De ellos nadie se queja. Se perciben lejanos y acuden, desde los pastos, a profanar la carne. Afilan colmillos sin quitar la vista a los felinos que sacuden sus bigotes en el deseo de sobreponer las dentelladas. El pecarí los mira y el miedo dibuja su rostro en las pupilas atigradas.
Ásperos en su pelaje, negro, gris, blanco; cuello de perlas apestosas. Sólo el pecarí sabe su furia. La mirada perdida, y el castañar de su quijada detrás de la sombra de los árboles maduros. Esa veloz carrera inicial hacia la confusión del predador.
—Mírate. Tu luz radiando la sombra de los mangles. Olvidada sombra de fango. Transparencia del lodazal perenne. La frescura y el sol cabizbajo.

Son la rueda del día, doloroso astro que sangra lamentos al quemar pieles.
Basta de ser y de pensar en la humildad de los olores, el almizcle cercando el nicho.
Su estúpido cuerpo es agria sensación en la mordida, colmillos que renacen.
La fama de omnívoro no es coincidencia. No ataca el cuello ni regresa por despojos.
Lo que asombra es su sentimiento de carne, su perezosa sensación sesuda en ese palpitar de glándula con que marca el territorio de la angustia, sobre la ruda corteza de los arbustos, deja su huella de olores. El misterio de sus crías cafés con el dorso pintado de negro, extraña en la memoria del viento.
¿Por qué esperar la formación del lodo, por qué no cavar entre los montes?
¿Y el agua? regando las siluetas, las pezuñas, el árbol escondido.


MAPACHE
(Procyon lotor)
Camuflajeados ojos ostentan los mapaches.
No hay que ser sabios para saber qué esconden:
la voluntad del hurto, el defender las presas y su sinceridad de agua.
Entre frutas asimilan frustraciones.
Sentirse carnívoros y no poder mancharse los bigotes.
Con sigiloso paso, el mapache atraviesa la oscuridad
y entre las huellas, deja el sentir del ansia, la garganta agónica de sangre.


TEJÓN
(Nasua narica)
Se cuelgan de las ramas de los huanos
brincan la cola por los chicozapotes.
Siempre prestos a recibir disgustos
los tejones salen en procesión por alimento.
Nada los detiene en su avanzar de ejército.
Suben las ramas más altas para hacer el nido.
Juegan a volverse aves y carecen de plumas.
Equilibristas finos
circulan por la copa de los mangles
atravesando milpas
con la sombra reflejada en la laguna.


ARDILLA
(Sciurus yucatanensis)
Salto con salto
la ardilla agita la mañana
hasta desprender el fruto inolvidable
que cuelga solitario
en el árbol favorito de Dios.


MURCIÉLAGO
(Glosophaga soricina, Desmodus rotundus)
para Javier Sosa
Látigo del atardecer, murmullo nocturno,
el silencio habitando el rumor de las grutas.
Consumidor de los sabores que despunta el universo.
Maquinaria silente recorriendo el aire
ofrece el aroma de las frutas;
la pestilente sangre latiendo dentro de la yugular de los cervatos.
Conquistador de ceremonias sanguinarias,
recolector cargado de polen,
acarreador de vida selva a selva.

Nocturno habitas
la oscura,
dibujas el miedo de las pesadillas humanas.
Los comercios de la carne te persiguen,
y es destino la hibernación de la calumnia.

Todo el poder colgado a tus membranas,
agitar el aire de la confabulación incierta;
despertar los colmillos y la mirada
que atraviesa el párpado silente de luz.

Cada eco recibido en el crepúsculo
el pretexto de dibujar los círculos al vuelo.
Despertar de las mentiras en el radar ennegrecido que apuntala el tiempo.

Retornar a las cavernas,
habitante silencioso de las grutas.
Ante la inevitable persecución lumínica,
cruzas los brazos envolviéndote en el sueño, lejano al sol.


TEPEZCUINTLE
(Agouti paca)
Descubridor de secretos de la noche, caminas sediento de frutos que retiene la tierra.
Escarbas para aprovechar el tiempo vegetal de los fósiles, ¿qué detiene la silenquietud de las estrellas?
Atraviesas los caminos hasta el agua que espera recoger el aroma de tus huellas.
Noble catador de frutos y raíces, artesanal silueta bebiendo oscuridad. Por la tradición certera en que se proclamó la vida, descuidas el destino de permanecer nocturno en las praderas; preñando a tus hembras bajo la complicidad del agua, ahuyentando los aromas de la violencia de tus depredadores.
Con tus dientes largos raspas las cortezas para marcar el territorio de tu angustia y escapar hacia la vida de la noche.


CEREQUE
(Dasyprocta punctata)
En el espejo de la noche construyes el servicial empleo de acompañar la caricia de sol sobre las piedras.
Restregando la luz contra el tronco de los árboles, recoges frutos destinados a compartir la madriguera de los nichos que traslapas con el tepescuintle.
El pelaje grisáceo esconde la sombra de mártir que camina en tu lengua, royendo las raíces hasta arrancarles la vida.
Te guardas al caer la última gota lumínica, esperando que tu enemigo, complementario, venga a recoger las sobras, y completar el ciclo:
Cuando el cereque duerme,
el tepescuintle fluye
en el destino de atrapar la oscura por los dientes.


FOCA MONJE
(Monachus tropicalis)
Se consumió la sal.
Derrotado, el océano se tragó tu historia.
Se han colgado en la memoria los silencios de angustia:
naufragar, con los milagros, la existencia.
El devenir del tiempo consume traumas y se alejan las olas y la transparencia.
Siglos ha que retozabas sobre las playas vacías de los litorales.
Hasta que el europeo colonialista (proclamador de muerte)
comprendió la belleza de tu piel impermeable.

Hablan las bitácoras de los barcos:
—Era imposible acercarse a playa alguna en esta Península de Yucatán. La contaminación del aire resultaba insoportable. Los cadáveres de las focas monje, esparcidos en la arena, espectáculo apocalíptico dibujado en nuestras costas.

DELFÍN
(Tursiops truncatus)
Nada es más importante que la risa tenue de las crías humanas. ¿Para quién?
Dentro de la esclavitud de sentirte vulgar payaso, acometes, con el instinto, las mil y un piruetas que requiere el silencio de pertenecer al destino escrito por el Hombre.

La libertad requiere destreza y sentirte universo de agua.
Equilibrista del abismo, el lumínico oleaje se cuelga de tu mente.
Como ángel del océano conquistas vuelos y profundidades: agitando los átomos de espuma.