REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

Bitácora de una navegación efímera


Ulises Paniagua

La Isla insoportable
Puerto de Eros, Archipiélago desconocido

Una vez tocamos tierra para evitar el contagio de la fiebre, Ella se encargó de cuidarme. Cuando caí enfermo; me asiló en su casa de cantera pulida, bajo sus bóvedas mudéjares; entre los largos corredores y las amplias habitaciones del palacio.
Me refugió en sus brazos ante un posible fin; hasta que sané.
Agradecido, reí con sus bromas simples; desnudé mi cuerpo entre sus sábanas; probé sus muslos voluptuosos; besé su cintura breve; aspiré perfumes y esencias de su piel, permaneciendo atento a cada capricho, a cualquier urgencia suya por entrelazar nuestros cuerpos en noches de gozo. Me olvidé de la tripulación. A lo lejos miraba el campamento que mis hombres instalaron para erradicar la enfermedad, sin que me importara su destino. La isla, sumida en un hondo letargo, parecía ejercer un efecto de indolencia en mi persona. Sólo podía encaminar mis sentidos a los sucesos mínimos que se presentaban en la jornada: el graznido dolorido de algún papagayo; el canto misterioso de una sirena. Por su parte, la servidumbre de la mujer era silenciosa, discreta en extremo; lo que volvía al lugar más solitario, y a mis pensamientos, distantes.
Habrían pasado dieciséis o diecisiete lunas de encuentros incitantes y salvajes, de caricias dulces impregnadas de incienso; cuando a Ella se le antojó hacer el amor en una hamaca que colgaba en la terraza. Ardiendo ante la voluptuosidad de su cuerpo, me sumergí en los tatuajes de su piel bronceada.
Pero de pronto, en el momento en que nos fundíamos en el gemido prolongado del orgasmo, al contacto de la brisa proveniente de las playas, volvió la inquietud del océano a mi corazón. Después del encuentro, mientras recargaba, dócil, mi cabeza en su vientre, me di cuenta que terminaría por volverme lento y perezoso entre tantos manjares y placeres que se me ofrecían. El mar, en cambio, tenía un aroma tan particular e ineludible. Deseé entonces dejar las camisas de seda fina, de brocados orientales, con el fin de perderme en la excitación del azar.
De manera gradual, Ella se dio cuenta. Me dijo que la mirada triste me denunciaba; que por las noches, mientras dormía, no dejaba de confesar mis fervores de navegante. Mandó construir una jaula de metal macizo donde me hizo encerrar. Con serenidad aterradora, aseguró que yo le pertenecía, como cada bestia que se paseaba en los jardines de su mansión, como cualquier cerdo que marranaba en sus pocilgas. Angustiado, le juré que estaba equivocada; que yo había dispuesto envejecer con Ella, dormir el resto de mis días en su lecho. Al oír mis palabras, se lanzó feliz a mis brazos, urgiéndome a que no aplazáramos la eternidad; rogando le permitiera construir un gran sepulcro en el que nos emparedaran juntos. No dejé de alabar la idea, de pedir que construyeran el mausoleo lo más pronto posible. Pero entre rejas, arrinconado, tramé mi escape. Para ello comencé a hacer conversación a una joven mucama, a la que no olvidé describir la belleza infinita de tierras lejanas, prometiéndole la oportunidad de conocer el mundo. Al principio, se mostró hermética y evasiva; pero pronto se atrevió incluso a sonreír con coquetería, a espaldas de su patrona.
Días después, valiéndome de un espejo lujoso que Ella hizo traer ante mis alegatos de higiene personal, conseguí comunicarme con mis hombres, empleando un código de reflejos. La tripulación, con señas grotescas y aullidos, me hizo saber que la fiebre había desparecido. Por la noche, con la complicidad de la sirvienta, conseguí la llave de la jaula. Mientras mi dueña dormía; deserté del lujoso cautiverio, al amparo de la luna.
Zarpamos bajo un sigilo absoluto. Contento, abracé a cada uno de los sobrevivientes. Largamos el trapo y abandonamos el puerto. La joven no dejaba de agradecer, con euforia desmedida, que la alejáramos de ese reino convencional. Llegada el alba, me contó despojándose de una pesada losa de discreción, sobre la sospechosa longevidad de su antigua dueña: sugirió dotes oscuras y habilidades extraordinarias bajo su belleza sin par. También confesó el hábito resignado de la hermosa hechicera: supe entonces que una vez ocurrida mi partida, Ella caminaría melancólica hasta el patio principal, para recargarse en la albarrada, suspirando por mi ingratitud. Contemplaría, inmóvil, el rompimiento del oleaje contra los cimientos del palacio; disfrutaría del vuelo distraído de algún albatros. Luego volvería a lo suyo: ansiosa, en su puesto, aguardaría la visita de un nuevo náufrago a su lecho, como lo había hecho conmigo; como lo venía repitiendo, sin odios ni resentimientos, de marino en marino, desde hace más de una veintena de siglos. Por mi parte, debo reconocer que durante tres o cuatro noches me asaltaron sueños recurrentes donde me imaginaba feliz a su lado. Y más de uno de mis marinos jura, que entrada la madrugada, me oía repetir su nombre sin recato: Calypso, mi hermosa Calypso.

El espacio y el desasosiego
Fecha sin importancia
Entre proezas de navegantes, tuve conocimiento de ciertas maravillas que despiertan el asombro entre los escuchas, y gran sed de aventura. Más lo que he mirado hoy, si bien no puedo afirmar sea más sorprendente que los episodios que otros refieren, sí puedo garantizar inquietantes particularidades.
Subí a la proa antes del alba. El gaviero dormitaba, y el timonel fingía estar alerta, pero era evidente que sus pensamientos apuntaban lejos, más allá de tablones, crujías, mares y cielo. Quizá empezaba a extrañar a alguna amante de turno en un puerto lejano.
Me acerqué al sextante que yo había colocado en cubierta por obsesión: el instrumento había perdido rumbo o referencia. Acudí al astrolabio que guardo entre mis ropas. También parecía haber enloquecido. Seguro que el cuadrante y la ballestilla tampoco serían de utilidad en ese momento.
No pude comprender. Caminé hacia la borda, alarmado. Entonces, justo en el primer fulgor que emitían los rayos de sol, pareció abrirse una extraña brecha. Una luminosidad diáfana y amplia me hizo cerrar los ojos. Al abrirlos, me quedé sin habla. Me hallaba en un espacio tibio y pacífico, como si me hubiese hundido en las aguas del vientre materno, o en las posibilidades de un río puro, en el que se podía no sólo nadar, sino levitar entre las moléculas del líquido, sin percibir ahogo o angustia.
Debajo de mí no había nada. Sobre mi cabeza, tampoco. No podía percibir colores ni formas. Ninguna voz acudía a llenar mis oídos con quejas, conversaciones o griterías. Era un espacio sordo.
Flotaba en esa masa, navegaba sin que pudiera encontrar referencia a la cual asirme. ¿Cuánto tiempo había transcurrido mientras exploraba la sensación de extender mis manos buscando capturar la luminosidad del sitio? ¿Un par de minutos, jornadas, algunos meses?
Era extraño, de alguna manera yo era yo, pero era otros, y no era ninguno. De la misma forma en que mis pies parecían estar sostenidos por una suave corriente de aire, y mi cintura se hundía en el confortable y mullido espesor de una paca de eternidad. Me era imposible verme, pero sabía que mis ojos y mis dientes eran luz, y mis cabellos brillaban. Una sensación cercana al nacimiento, como permanecer dentro de una muerte serena para renacer y volver a morir, al instante, y retornar a la vida; si tal fenómeno existe. Cada pieza ligada, en una unidad independiente. Arriba y abajo, adentro y en rojo, cerca, azul y eterno, espiritual y permanente. El Caos, la noche, la respuesta y la interrogante.
Volví en mí gracias a las picantes especias que empleó el contramaestre para recuperar mi conciencia. Según algunos cálculos, cuando me encontraron debían haber transcurrido veinte o veinticinco minutos. Me había derrumbado sobre cubierta.
Algunos no creyeron mi historia. Me miraron como si hubiera bebido el vino de las barricas que viajaban a bordo. Unos pocos atribuyeron el episodio a la venganza de la bella Calypso. Pero otros aseguraron que yo había topado con la Gran ballena de luz:
-Es un animal curioso -comentaron-, similar a un rayo que acostumbra confundirse con la mañana.
-Conoce cada detalle, desde los primitivos cráteres y corrientes marinas, hasta la última planta que ha crecido sobre la Isla Fortunata.
-Es antiquísimo. Algunos aseguran que es un elemento del orden primero.
-Los que sí creemos firmemente, vemos en la ballena un símbolo de Jesucristo, como el león y el águila; los moros, sin embargo, la consideran un puente que une dos mundos alternos.
Desconcertado, agradecí el socorro y las referencias que me brindó la tripulación; fueron amables en extremo. Una jaqueca terrible se había apoderado de mí. Víctima del desconcierto, me encerré en el camarote, para meditar; al llegar, comprobé que la normalidad había vuelto al astrolabio. La jaqueca comenzaba a desaparecer; sin embargo, mi rostro guardaba algo velado, un oscuro secreto, y en mi cabello asomaban cuatro o cinco canas nuevas, que no existían una noche antes.

Leprosario
-Ascendiendo ciento trece peldaños se llegaba al templo de fustes dorados e indescifrable frontón, donde varias vidas son posibles. En los amplios corredores, dentro de las gigantescas salas, en las habitaciones remotas, colgaban las ánimas, los espíritus en espera de ser llenados por el cuerpo, como si se tratara de un guante adecuándose a la mano. Sólo que en este lugar, era posible no sólo usar un guante, sino muchos a la vez. Entonces uno descendía la escalinata de vuelta, satisfecho, enfundado en la vida de un monje franciscano, de un guerrero turco, de un recaudador, e incluso de una doncella, en tiempos simultáneos.
Tal era la historia que me exponía el contramaestre del barco, para mitigar el aburrimiento de una tarde de navegación sin percance. Cada tres o cuatro frases, no perdía oportunidad de beber algún trago de vino, que le refrescaba el gusto y la memoria.
-Ese lugar del que me cuentas, ¿dónde queda? Podríamos visitarlo, desviar el curso sin que los reyes lo sepan. Valdría la pena -susurré, en un tono suspicaz que me hizo desconocerme.
-No tendría caso, Almirante -contestó pensativo, el marinero-, cuando termine este relato usted se dará cuenta del mentiroso oficio del mundo.
Bebió un par de veces, para continuar una parte de la historia que parecía dolerle.
-Mi mejor amigo y yo llegamos hasta ese templo, Almirante. Nos dimos nuestras mañas, empleamos la fuerza, sobornamos y pactamos para conseguir la ubicación exacta. Al llegar, subimos con prisa, llenos de ansiedad.
“Más no era como lo habían contado: dentro, las habitaciones y los pasillos se desquebrajaban en sus pinturas vegetales. No había almas colgadas ni guardadas en estantes. Lo que sí había era un montón de leprosos, arrastrando su miseria por cada rincón de ese santuario. Sus lamentos calaban en el alma del viajero, como un recordatorio de que cualquier búsqueda de multiplicidad o permanencia eterna, no correspondía a los humanos. En el leprosario algunos habían perdido narices, orejas, e incluso dedos. Sus rostros hinchados, sus miembros tumefactos y ese olor a rancio que despedían (no sé sí a causa de la enfermedad o motivado por largos periodos sin higiene), despertaban repulsión.”
“¿Quiénes eran ellos? ¿Cómo habían llegado al templo? ¿Existían las almas que juraban habitaban allí, y algún leproso se había adueñado de ellas para infectar con sus permutaciones el lugar? ¿O habíamos sido víctimas de una broma malsana, y tal leyenda era la invención de un campesino lerdo que se estaría divirtiendo a nuestras costillas? La incertidumbre es una daga que desangra la esperanza, con lentitud. Nadie puede sobrevivir a la incertidumbre.
“Cuando comprendimos la futilidad de nuestra exploración en ese edificio, comenzamos a reñir. Sacamos los puñales y nos lanzamos uno sobre el otro con intenciones homicidas. Era como si respiráramos un aire de maldad entre esos muros, en su peste. Sin embargo, éramos hábiles en la lucha cuerpo a cuerpo, y no pudimos hacernos verdadero daño. No un daño corpóreo, desde luego, porque nuestra amistad había muerto a partir de asestar el primer golpe. Presas de la desesperanza, abandonamos el lugar, dejamos atrás y sin gloria los ciento trece peldaños que gobiernan el acceso y la salida. Nos dirigimos una mutua mirada de desprecio, y partimos por caminos distintos. El templo había destruido nuestra lealtad.”
-¿Y no te interesa volver a buscar ese espacio? -insistí, con una curiosidad que se comenzaba a tornarse insana-. Tal vez los leprosos hayan dejado el templo, y las ánimas están de vuelta, colgadas en el mismo sitio que antes ocupaban.
-No -concluyó el contramaestre-. Estoy convencido de que se trata de una leyenda estúpida, un ocioso embaucamiento. Años después, en Palos, me enteré por boca de una prostituta, que mi compañero regresó al lugar sólo para hacer arder el templo. Le prendió fuego a su propia decepción y a la incertidumbre misma. Si los leprosos alcanzaron a salir, es algo que desconozco. De lo que estoy convencido, es de que maravilloso o no, ese lugar era lo más cercano al ojo de un demonio. Algo maligno lo habitaba.
Dio el último trago y pidió permiso para retirarse. En evidencia, contar la anécdota le había incomodado. Cuando se marchó, me encaramé en la borda de estribor para ver chocar las olas contra el casco de la embarcación. Sólo quedó grabado en mi oído el incesante oleaje, como un eco persistente en su multiplicidad y durante un largo periodo.

*Tomados del libro Bitácora de una navegación efímera de Ulises Paniagua.