REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 02 | 2020
   

Arca de Noé

¿Acaso existe… el AMOR?


Salvador Quiauhtlazollin

La sociedad actual cree en el amor como un dogma indestructible, perdurable, inclemente, definitivo. En los 60 fue el lema por excelencia de los que se autoerigieron como salvadores del mundo, creían en él como una suerte de mantra todopoderoso que automáticamente acabaría con guerras, terminaría con el dolor y fabricaría una automática utopía. Pero, ¡oh, tristeza! Las cosas siguieron igual de jodidas porque se confió en un espejismo, una ilusión, un yerro de la percepción. Y es que el amor, como se le concibe, sencillamente no existe. Ante la afirmación anterior saltarán todos aquellos cuya chamba tenga como base convencer a los otros de que lo mejor es amar sin esperar ser correspondidos. Pero todos ellos ignoran lo innegable: nuestras vivencias son una sucesión de apariencias que constantemente nublan nuestros sentidos a la realidad tangible. Tomemos de ejemplo al mejor amigo del hombre: cuando un cachorro llega a su nuevo hogar se le trata con todo tipo de consideraciones. El can lo toma como algo natural, pues no espera menos de su manada, en este caso representada por la familia que le acoge. Ante la comida, los mimos, las caricias, los baños antipulgas y demás tratos elementales, el cuadrúpedo reacciona instintivamente con agradecimiento, conformidad, obediencia y muestras de alegría: la naturaleza lo dotó instintivamente de ello para fortalecer sus nexos con su manada. Pero el amo no lo atribuye a un comportamiento condicionado, sino que lo toma como un sentimiento que arranca del corazón del can hacia su persona, es decir, lo toma por 'amor'. Y a su vez, quiere corresponder con creces a ese aparente amor, surgiendo en su interior un sentimiento más fuerte por el perro. Así, tenemos la patética situación de un hombre que abre sus ojos después del sueño y lo primero que piensa es: '¡Solovino!', mientras que Solovino lo único que espera para ese día es una nueva dotación de purina, agua, un buen lugar para echarse, una vuelta a la manzana y algunas caricias a las que corresponder de forma totalmente límbica. La misma relación de aparente amor surge entre los seres humanos, pero con una complicación adicional: estamos condicionados a formar parejas, pero biológicamente no estamos dotados para elegir a la pareja. Es entonces cuando el azar determina a quién vamos a enamorar y las tretas que utilizaremos para ello: desde la rosa y los chocolates para adolescentes con retardo mental hasta las sutiles señales que se envían en el mundo adulto y abarcan desde la presunción más elemental (ese monigote que ajusta sus mangas para que se vea el Rolex) hasta el chantaje más ojete (aquel cuate que le habla a su prospecto soltera para felicitarla efusivamente porque cumplió 34 años). El resultado es similar al del Solovino, sólo insincero, porque por lo menos Solovino no involucraba su salud mental, y en este caso son dos los que se metieron a un ruedo del que muy difícilmente se sale sin ser psicológicamente lastimado. De hecho, tal parece que el objetivo en este juego, que ya desnudado resulta siniestro, sería precisamente ser psicológicamente lastimado. ¿Por qué entonces nos prestamos a este juego de apariencias e ilusiones (o desilusiones)? ¿Por qué la naturaleza no nos dotó de mecanismos efectivos de defensa contra esta alucinación perniciosa? Tal parece que por dos beneficios de orden estrictamente biológico: porque el 'amor' favorece la reproducción y el cuidado de las crías. Pero quizá el objetivo evolutivo sea aún más complejo. Se conoce la innegable existencia de químicos cerebrales segregados en los estados de 'enamoramiento'. Y se sabe bien que en los próximos años la gente mejor adaptada buscará la mejor pareja en forma global (preferentemente por Internet) o permanecerá tranquilamente solitaria. La razón es muy sencilla: este tipo de personas prefiere el equilibrio. Y conforme aumenten las experiencias en las que ante todo resalta la estimación por el individuo mismo, se podrá llegar a uniones verdaderamente satisfactorias para ambas partes. Será entonces, dentro de muchas generaciones, cuando la ilusión sea derrotada y nos abramos a una placentera realidad. Quizá así el amor sea tangible y coadyuve a la verdadera felicidad. Si no, por lo menos estaremos un escalón arriba de Solovino.