REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Confabulario

Cabellos en el agua


Juan Luis Nutte

El sol caía inmisericorde sobre el lomo de todo lo que podía calentar en el patio. El abuelo sentado en su silla de mimbre, abrigado con una cotorina a cuadros se empapaba de sol para calentar sus artríticos huesos. Yo, sentado en cuclillas, observaba con deleite a un puñado de lombrices que se retorcían en el ardiente piso de cemento, enredaban adelgazando y engrosando sus enrojecidas longitudes, buscando una grieta para huir de la superficie que las tostaba lentamente.
-¿Por qué se retuercen?, ¿por qué son así de flacas y largas?, ¿cómo nacen?, ¿de dónde salen?
El abuelo, abrumado por tanta pregunta, mesaba su cabellera, rascaba sus espinosas mejillas, sonreía y machacaba con la punta de su bastón a las insoladas lombrices. Se daba tiempo, meditando su respuesta. Cuando hizo una pasta con los gusanos aporreados, me ordenó:
-Al rato que se duerma tu abuelita vas y le arrancas una greña negra, no le quites una cana, esas no sirven para nada, luego le quitas un cabello a tu mamá y otro a tu hermanito. Cuando los tengas, mañana me los traes y ya veremos, ya veremos mañana lo que quieres saber.
Al siguiente día le mostré mi botín. Bastantes cabellos, no sólo de la abuela y mi mamá, sino de mi padre que todas las mañanas los dejaba desperdigados en su cama, y varios de mi hermano y míos, de mis tías, hasta de un gato que sorprendí mientras dormía.
-¡Ah, muchacho…, pus qué quieres dejar pelones a todos!- exclamó mi abuelo mientras trataba de arrancarse algunos pelos de la cabeza, luego abriendo la palma de su mano me ofreció varios pelillos fui tomando de uno en uno, con timidez, con delicadeza, como para no asustarlos y los reuní con los otros que ya estaban pegados al sudor de una palma de mis manitas.
-¿Y ahora, qué hago?
-Ponlos en una bandeja con agua y los dejas allí, debajo de las higueras, donde no les dé mucho la resolana. Si no, no salen las lombrices, eh. Hay que esperar una semana, ya luego veremos, ya luego veremos.
Me quedé pasmado, alelado, tratando de darle una lógica explicación a las instrucciones del abuelo.
-Ándale, muchacho, ándale, haz lo que te digo, luego vienes a sobarme los pies- y se descalzó las pantuflas, sus pies arrugados, pálidos como ratones recién nacidos, se acurrucaron uno contra el otro, amparados por el piso caliente.
Todas las noches me iba a la cama, primero emocionado, luego desesperado, imaginando de qué tamaño serían las lombrices que nacieran de esos cabellos puestos a remojar en la bandeja, pues para eso los puse, como indicó el abuelo, si no para qué. Supuse que del larguísimo pelo de mi abuela nacería una larga, flaca y plateada lombriz; podría amaestrarla, le enseñaría trucos, a saltar, a disfrazarse como lápiz, a hacerse nudo, rollitos, hacer figuras, leones, árboles, caballitos, la enseñaría a escribir mi nombre igual que con las letras enredadas que me enseñó a garrapatear mi mamá…
Todas las mañanas de una semana me iba debajo de la higuera. Los cabellos seguían allí, al fondo de la bandeja, muertos, rodeados de sedimentos, el agua cada día se enturbiaba adoptando un color lechoso primero, luego amarillento, oxidado, la superficie espesaba su nata de polvo e insectos ahogados. Una profunda decepción quería brotar para reclamar mi abuelo por sus embustes. Estaba muy molesto con él, no lo auxiliaba si él lo requería, no le contestaba si él me decía algo, lo ignoré durante todo el tiempo en que mi fe, mi ilusión por tener unas lombrices nacidas de cabellos, duró. Y cada día, mi fe, lejos de quebrantarse se afianzaba más. Y cada día el agua de la bandeja se espesaba, se pudría y se evaporaba.
El último día de la semana, por la noche, calló una borrasca. No pude dormir pensando que los pelos tal vez a punto de ser lombrices, se perderían por el torrencial aguacero. Aún llovía por la mañana. Mi madre me dejó salir al patio hasta que escampó como a medio día. Mi abuelo ya estaba allí, bajo la higuera, hurgaba con una varita en el fondo de la bandeja, se sobresaltó al descubrirme a su lado.
-Mira, allí las tienes, están largas y gordas. Yo creo que el agua de lluvia les cayó más que bien, eh…
Yo, con esa capacidad que tenemos de niños, logré husmear cierta patraña en mi abuelo, no quería acercarme para ver dentro del recipiente, temía una broma de su parte.
-Ándale muchacho cabrón- urgió el abuelo, una de sus manos me atenazó de un brazo. Sus dedos regordetes y viscosos de lodo fresco, con tierra bajo las uñas, me causaron repulsión.
-Tienes lodo, me ensucias, mi mamá me va…
-Muchacho mamón, ¿no que querías lombrices?, ándale acércate…
Y yo, un poco molido por la presión de las garras de mi abuelo, veía con azoro el fondo de la bandeja. Una lombriz, larga, larga, flaca y plateada se retorcía mientras hacía esas letras enredadas, como las que escribía mi mamá. La lombriz garabateaba mi nombre.