REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

El maestro (Lobos y chacales)


Roberto Bravo

M., decidió hacer con su vida algo que lo explicase a él, a los demás y al todo. Pensó que había una esencia única que se repetía en sí como persona, después en los demás como grupo, y luego en el todo como universo. Esa esencia aunque irreductible, otros, antes que él, la habían intentado encontrar y cuando creyeron tenerla, le dieron un nombre y clasificaron sus posibles variantes. M. se dio a la tarea de conocer todas estas modalidades que la esencia había adoptado en el tiempo. Lo hizo con celo desde su juventud, y sus logros le valieron un reconocimiento precoz y autoridad en el tema. Situado en esa plataforma y sin concederle una comprensión total al asunto, continuó en su búsqueda hasta dar con el origen de esa nada simple que siendo vacío, era origen a su vez de sí mismo, los demás, y el universo: “Soy en mi trabajo lo que soy, desde lo que es que es en mi, y con los fenómenos que acaecen en lo creado”. Cuando exponía sus ideas al respecto, provocaba burlas y chistes de sus alumnos, los jóvenes tienden a rechazar lo que les atrae de esa manera. No obstante, cada vez tuvo más adeptos hasta que, aunque con reservas, su teoría terminó siendo aceptada, digamos generalizando, por todos; aunque los envidiosos y egoístas del éxito ajeno murmuraron desavenencias como sucede en estos casos. Cada vez eran más los inteligentes quienes acudían a escucharlo, no tanto para seguir auscultando en su descubrimiento, eso estaba hecho y no admitía a ningún interesado que no fuera quien lo había develado, sino para percatarse cómo pensaba. Por supuesto que les interesaba conocer cómo había tirado del telón sobre su asunto, pero sobre todo, acudían a sus pláticas para aprehender a pensar. M. se dio cuenta de eso, y aprovechó para hablar de otros tópicos que también le atraían y juzgaba no habían sido estudiados apropiadamente. Sin querer, en estas pláticas, abrió caminos que sus alumnos más inteligentes convirtieron en motivo de sus estudios para el resto de sus vidas y con ello emprendieron sus respectivas andanzas.
Esa vez, M. fue invitado por los actores de una compañía de teatro a una fiesta que le dijeron era en su honor. Sucedió en aquella fiesta en su honor que dijo palabras de agradecimiento como corresponde a una persona de buenos modales, y aceptó un distintivo que pusieron en la solapa de su saco. Le pidieron también que expusiera su teoría, y lo hizo haciéndoles los guiños de simpatía de alguien poco acostumbrado a condecoraciones y honores, sino con la timidez de quien se pasa el día frente a sesudas teorías, y se divierte caminando por las tardes para pensar en lo que ha estado leyendo, y en sus conclusiones. M. era lo que algunos llaman un ratón de biblioteca, aunque otros lo comparaban al sacristán de un iglesia, siempre apurado por mantenerla en orden. Los actores que le festejaron, que se distinguían porque usaban el vestuario con el que salían al escenario aún estando fuera de él, después de escucharlo, le pidieron que modificara ciertas partes de su discurso con las que no estaban de acuerdo. M., se mostró desconcertado, lo que los actores tomaron como negativa, e inmediatamente pidieron a otro que dijera lo que M. no quiso decir. Los comediantes al parecer traían un guión hecho para aquella fiesta, y como el parlamento de M. no coincidía con el de ellos, lo sustituyeron como actor. Aún más desconcertado, más bien conmocionado, M. dio las gracias y se retiró del evento. Después, tomó distancia del suceso y fue a la casa, que la leyenda dice que él mismo hizo en el bosque, a practicar lo que siempre le gustó hacer, pensar y escribir el producto de sus disquisiciones. Una vez que pasó todo aquello y estuvo lejos del infausto momento que duró la fiesta para él, M. aceptó que su presencia en ella había sido un error. Encontró, en una de las secciones de su obra que ese tipo de caídas en la vida de una persona estaba contemplada en su teoría.
Aunque en público no se pronunció sobre el particular, muchos de los que le envidiaban, entre ellos, algunos de sus alumnos, y otros que sin conocerlo, igual que sus discípulos, torcieron la base de su pensamiento teórico, para reprocharle llamándolo estúpido, acusándolo de comulgar con aquellos actores de pacotilla, que aunque se sabía que eran malditos, todavía no habían perpetrado el final de su representación.
Hoy, la compañía que organiza las fiestas está formada por sus detractores. De sus alumnos, una mujer salió en su defensa, uno más, después, mostró arrepentimiento y se retractó de sus ataques. Los otros, conocidos y desconocidos para él, forzando la verdad siguen encasillando en el mismo lugar su persona y su trabajo. No hablan del significado de su obra, sólo de su yerro, y narran para desacreditarlo, una y otra vez su corta asistencia a la fiesta de la compañía de los malditos.


[...]—Señor –exclamó, y todos los chacales aullaron; lejanamente, remotamente, me pareció una melodía–. Señor, tú debes poner fin a esta lucha, que divide el mundo en dos bandos.
[…]—Puede ser, puede ser –dije–, no quiero juzgar asuntos que están tan lejos de mi competencia; parece una enemistad muy antigua; debe estar en la sangre; tal vez sólo termine con la sangre.

F. Kafka... La condena