REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Confabulario

Instinto suicida


Jesús Yáñez Orozco

Arrastra lento sus necias piernas adheridas a una telaraña invisible. Mueve su cuerpo contrahecho, como si trajera encima el peso de todo el dolor del mundo: no más de 40 kilogramos y 1.50 de estatura. Sostenida su irremediable masa de carne y huesos de un famélico bastón metálico plateado bañado de óxido.
Padece agudas secuelas de polio. Treintañero.
Es criatura de Dios.
Hace descender su cuerpo de plomo de la banqueta. Cruza con desesperada lentitud su pesada humanidad al otro lado de la acera, dirigiéndose a la camioneta del transporte colectivo donde me encuentro. Tarda casi 40 segundos en cruzar 10 metros.
“Regáleme un peso, mi hermano, no he comido”, suplica con acento costeño –que se acentúa en su moreno rostro– al chofer de la unidad, una Van blanca para 20 pasajeros, aquí en el laberíntico paradero de Cuatro Caminos.
“¡No tengo!”, escupe el conductor con desprecio, mientras en su marimba se encuentran desmayadas monedas de todas denominaciones. Las observé al momento de subir.
La escena, a metro y medio de distancia de donde me encuentro: exactamente a espalda del chofer, unos 20 centímetros nos dividen.
El inválido permanece un minuto al pie de la unidad, a la espera de que el conductor se conduela de él, como quien espera el milagro ante un santo.
Indiferencia como respuesta humana inhumana.
Ni una sonrisa de regalo.
Da media vuelta como si su cuerpo fuera una pesada esfera de metal.
Viste pantalón negro de gabardina, zapatos negros, playera del mismo color a su espalda una extraña leyenda que recuerda a un grupo de rock de finales de los años 60:
The house of the rasin sun –la casa del sol naciente– en letras bermejas. La correa de una desgastada mochila oscura cruza su torso, como carrillera. Dentro, en lugar de balas, lleva su cotidiana carga de desesperanza.
Su fantasmal figura se pierde lenta sobre el negro asfalto que hace más oscuro el sol de una tarde invernal.
La unidad arranca. Ruge silencioso el motor. Como un suspiro mecánico. Vamos 15 pasajeros a bordo. Entre ellos una pareja con un bebé de casi un año.
Vengo de la ciudad donde tomo terapia sicoanalítica cada 15 días. Pienso en los lapsus, obsesiones, suposiciones y, sobre todo, miedos fundados e infundados de la sesión. Suelo hacer seis horas de trayecto, ida y vuelta, de la zona conurbada a la capital del país.
No pierdo el tiempo: siempre leo. O casi siempre. A veces se me alborotan los demonios internos y tengo que aplacarlos. Es mi pasión la literatura. Descubrí que cada que abro un libro es como hacer el amor. Con la garantía de que en ellos no hay infidelidad.
Me entristece mirar cómo la gente ve pasar la vida en blanco durante los prolongados y mortales trayectos, asesinos del tiempo y del pensamiento.
Más cuando supe una descorazonadora estadística que escucho por la radio del vehículo donde vamos, al parecer la voz es de Fernanda Tapia:
Sólo dos por ciento de los 120 millones de habitantes tiene el hábito de la lectura en México.
En contraste, Japón: 91 por ciento.
Pero también, reflexionó: un libro cuesta, en promedio, entre 150 y 300 pesos. El salario mínimo es de poco más de 65 pesos.
Alcanza sólo para comparar miseria.
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Hace seis años entré en depresión y me separé de mi familia. Fueron más de cinco años de vacaciones en el infierno que a nadie deseo. Lo que más me dolió fue la lejanía de mis hijos. Vivo con mi madre.
“Gracias a Dios que saliste del sarcófago”, comentó un día ella, en referencia a que siempre estaba en cama, fundidos en mi todos los anhelos frustrados de la humanidad.
Hasta que un día, cuando cumplí mil en el simbólico féretro, pensé:
“¡Ya basta de vivir paralizado por el dolor que duele!”.
A partir de entonces comencé a superar eso que llamo “locura light”.
Porque además, es la enfermedad más común. Y de tan común se hace “normal”. Y no lo es tanto cuando el pensamiento recurrentemente necio es quitarse la vida. Reflexiono que la obesidad también es una variante de la depresión.
Suicidio como un anestésico contra el dolor cotidiano de ser nada, pensamiento cotidiano cuando uno no quiere saber de uno.
Durante ese tiempo, que no fue perdido como dicen amistades y familiares, miré pasar mi vida cientos de veces, miles quizá, en mi pensamiento lleno de oscuridad.
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Iba yo absorto en mis elucubraciones.
Recordaba a mi hija.
“Belleza”, suelo decirle, aunque siempre se ruborizan sus mejillas de luna llena.
En días pasado me había devuelto mis zapatos de futbol soccer Reebok, de material sintético, que había comprado ocho años atrás para los partidos que anualmente, todos los sábados santos, solemos jugar padres contra hijos en un equipo que 40 años atrás resultó campeón de futbol de la liga del barrio, en la colonia Pensil: el famoso Cuautla.
Algo parecido al Atlético San Pancho de la película.
Ella, mi hija, práctica un ejemplar deporte. Ultimate, se llama. Es una actividad atlética casi marginal. Es poco conocido. Porque rompe con los estereotipos de lo que significa la victoria.
Es una mezcla de futbol americano y basquetbol que se juega al aire libre en una cancha de pasto.
Y digo ejemplar porque en este juego no hay árbitro. Todas las jugadas polémicas se dirimen entre los mismos actores, hombres o mujeres, o en partidos mixtos.
Es la antítesis del futbol soccer donde lo único que importa es ganar. Cueste lo que cueste.
Si se permitiera, por lo que se mira en la cancha a través del telexcremento, matar al rival, los jugadores lo harían sin grima alguna.
El espíritu de Ulama de basa en algo que los seres humanos hemos perdido: honestidad.
Se práctica con un frisbee o plato volador de plástico.
Los botines deportivos estaban prácticamente destartalados. En fase terminal. Casi inservibles. Llevé a curarlos a la reparadora de calzado. Cuarenta pesos me cobraron por coser las suelas y hacer el milagro: soñar con volverlos a usar con infantil ilusión.
Iba ensimismado con los zapatos deportivos rojiblancos en mis manos. A cada uno retiré el sarro adherido durante casi tres años. Me costó trabajo quitarle una masa viscosa, especie de chicle que, pese al tiempo, aún tenía un tenue olor a menta.
Utilicé la filosa hoja principal de una navaja suiza.
Vino a mi memoria, un destello, cómo boleaba mis zapatos de gruesa piel durante mi infancia y adolescencia cuando practicaba futbol, dos y hasta tres veces por semana.
Siempre ha sido mi pasión jugarlo que no verlo, mucho menos por la telemierda, Televisa, y sus adláteres balompédicos.
Siempre los lustraba con amorosa pasión. Era como besar a la novia. Aún en época de lluvias. No importaba que al primer puntapié al balón se mancharan de lodo o tierra.
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Había pasado al centro de la ciudad, entre el bullicio de la gente, a comprar a la tienda la Europea una botella de ron cubano, Glorias de Cuba, se llama. Me recuerda mi estancia de tres meses en La Habana, casi 30 años atrás, cuando recibí una beca del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.
Su sabor me remite a qué sabe La Isla, una curiosa mezcla: tabaco, caña de azúcar y mujer.
En el mercado de Coyoacán adquirí dos kilos de la fruta de temporada que más disfruto en invierno y que ya está a punto de terminar: limón real. ¿Costo?: 25 pesos.
Me devolvió a mi realidad percatarme que viajábamos a unos 110 kilómetros por hora en un extremo de los carriles de alta velocidad del Periférico. Suele ser una velocidad peligrosa con casi 15 pasajeros a bordo.
Pero como iba de espalda nunca me percaté del riesgo que corríamos. Miraba fugaz de qué manera los edificios danzaban, huían, a nuestro paso por los laterales de la vía rápida.
Cuando suele ser así, irse por los carriles centrales, el conductor pregunta a los pasajeros si alguno baja antes de las Torres de Satélite.
Insisto: no fue el caso.
Volvimos a los carriles laterales. Comenzó el descenso paulatino de usuarios. Su manejo se hizo más brusco de lo que suele suceder con los conductores que manejan unidades del transporte colectivo en el Estado de México.
Supuse, erróneamente, que era normal.
Siempre traen al pasaje como pollo descabezado.
No era así.
Quedábamos cuatro hombres a bordo. Al extremo de mí, en el mismo asiento, iba un hombre cuarentón, pegado a la puerta.
Algo extraño miró en el chofer de la unidad que llamó mi atención, sobre todo por su tono de voz.
“¿Estás bien? ¿Necesitas un dulce? ¿Eres diabético? ¿Se te bajó la presión?”, “¿tomaste tu medicamento?”, interrogó con alarmada serenidad.
“Estoy bien”, balbuceó casi inaudible.
Más delante descendió la pareja con su bebé.
Los focos amarillos se encendieron en mi pensamiento. Nunca sentí que hubiera zigzagueo alguno de la unidad que me hiciera sospechar alguna irregularidad.
Comencé a escuchar un leve quejido apagado del conductor, de mujer parturienta.
Cuando dejamos la lateral de Periférico y nos incorporamos a una de las colonias del municipio de Atizapán de Zaragoza había embotellamiento. Habían pasado unos 40 minutos desde que dejamos el paradero del metro Cuatro Caminos.
Mi vecino, que tenía de frente al conductor, insistió:
“¿Te sientes bien?”. “¿Te tomaste tu medicina?
Seguía la retahíla de preguntas.
Para entonces, y con la intención de calmar mis nervios e incertidumbre, extraje de mi mochila el libro de Ray Bradbury, Farenheit 451, que hacía 35 años había leído.
“Bajo en la siguiente”, ordenó el personaje que iba a mi lado.
Caminamos unos 20 metros entre la lenta sierpe metálica. Extrañamente al auto comenzó a apagársele el motor cada vez que nos deteníamos.
Pensé en que la camioneta se había averiado o que el chofer lo hacía así para ahorrar gasolina, pues estaba a punto de terminársele.
Si uno supone generalmente yerra.
Cuando se percató de que el conductor no se orillaba, el pasajero descendió, huyó, cuando hizo alto total, sobre el carril de alta velocidad, hasta el otro extremo de la acera.
Caminamos menos de 20 metros y cada alto el carro se apagaba una y otra vez. Mi semáforo mental encendió el último foco que quedaba apagado: el rojo.
Se puso más intenso el tono bermejo cuando el chofer no arrancaba.
Después de unos segundos voltee a mirarlo. Observe al conductor pegado al volante. Mi primera impresión fue que se le había trabado y que intentaba destrabarlo.
Lo miré con más atención un par de segundos y me percaté que se convulsionaba. Como si recibiera una descarga de mil voltios.
“¡Yo manejo!”, exclame bajándome de la unidad, mientras indicaba con ademanes a los conductores de la serpiente ferrosa que teníamos un problema, pero que enseguida arrancábamos. Quedábamos tres pasajeros.
Uno de ellos, Carlos –supe después que así se llamaba– me ayudó a mover al chofer, quien se mantenía reacio a usar el asiento del copiloto, paralizado ante el volante. Sus pies se atoraron en la palanca de velocidades cuando lo levantamos casi en vilo.
Ya para entonces su cetrino rostro, de rasgos indígenas, estaba perlado de sudor. En su boca había una especie de flema amarillenta.
No era espuma.
Estaba en la inconciencia total.
Con una pátina de inseguridad tomé el volante. Hacía cinco años que no manejaba, debido al consumo de la antidepresiva fluoxetina. Cuando se toma esa sustancia se recomienda no manejar. Pero hacía siete meses que la había dejado.
Me armé de valor. Encendí la unidad y a los pocos metros me volví a sentir como pez en el agua al volante.
Comencé a hacer los cambios de velocidades como me había enseñado mi padre. Había sido taxista y luego chofer de camión foráneo de pasajeros, durante 50 años: con suavidad, como quien acaricia a una mujer.
“¿Es usted chofer?”, interrogó Carlos, con cara de sorpresa, mientras intentaba tranquilizar al convulsionado conductor.
“No. Soy reportero, desempleado”, respondí con vergonzoso orgullo.
“No se le nota. Parece jipi de los años 60 o 70, con su sombrero, tirantes, botas vaqueras y pantalón de mezclilla. Lo digo porque tengo un tío que tiene un look parecido que presume de haber estado en un festival de rock en Avándaro”, comentó.
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No le dije que yo también había estado ahí, junto con otros 250 mil jipiosos que en aquel entonces escandalizamos la moral de la sociedad mexicana, debido a la manipulación de los medios informativos.
En el colmo se publicaron fotos donde se decía que la neblina matinal era la humareda de quema de grifa.
Se decía que había sido una orgía de sexo y drogas. Sí, hubo uno que otro desnudo de hombres y mujeres que se bañaban en un riachuelo cercano.
La imagen más conocida fue la de la encuerada de Avándaro, aquella adolescente, que no se supo si era de Monterrey o Guadalajara, que se quedó sólo en bragas, sobre el toldo de un camión, a un lado del escenario.
Exacto en ese momento yo miraba su figura extasiado a unos 30 metros de distancia, con unos prismáticos de esos que usan los espectadores en el teatro.
Mota sí hubo. Y a pasto. Incluso la vendían los mismos soldados, un puñado, que custodiaban orden.
En total fue una veintena de grupos que actuaron durante dos días: 48 horas de pesado rock mexicano pesado. Tinta Blanca, Peace and Love, Tequila, Three Souls in my mind (El Tri), Love Army, Dug-Dugs
Han pasado más de 40 años de esa historia y aún, grupos ultraconservadores, hacen escarnio de ese hecho en páginas de internet.
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Carlos estaba familiarizado con ese tipo de cuadros convulsivos. Comentaba, en el trayecto, que tenía un compañero en la oficina del banco donde trabajaba que seguido le daba “el patatús”. Y que él solía auxiliarlo en esos trances.
El conductor estaba fuera de sí. Como esos boxeadores que están noqueados de pie. O los toros de lidia que se amorcillan –así se llama en términos taurinos– muertos, sobre sus cuatro patas, adosados a las tablas, el burladero.
Rojos los ojos, su piel parecía más oscura. Su transpiración se hizo más copiosa. Parecía sufrir los efectos de un baño sauna.
Quisimos extraerle grueso suéter para evitar que se fuera a deshidratar. Pero opuso resistencia. Quizá en su inconsciente había la idea de que lo íbamos a robar. A despojar de su unidad.
Comenzamos a reflexionar sobre en qué momento el conductor había entrado en crisis.
Y concluimos que desde que salimos del paradero todos los pasajeros estuvimos en riesgo. Pudimos habernos volcado o chocado. Se justifica esta idea por la urgencia del conductor de llegar a la otra base, y por eso ingresó a los carriles centrales de la vía rápida.
Quién sabe cuándo perdió la conciencia. Pero estuvimos en riesgo mayúsculo. Todos.
“Tiene instinto suicida”, coincidimos ambos.
Obvio: a nada respondía el conductor. No supo –o no pudo– decirnos si tenía celular, qué medicina tomaba, dónde vivía, cómo se llamaba, cómo podíamos localizar a un familiar, cómo contactar a un compañero de su ruta…
Sólo nos miraba con la mirada perdida, tizones incandescentes, extraviada en la nada.
Daba grima mirarlo convulsionándose. Duró así casi 40 minutos.
Temí por su vida.
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Pero en mi inconsciente apareció prendido de un alfiler el recuerdo de cuando yo también padecía ese instinto. Cuando inicié mi vida como reportero era común que llegara alcoholizado a mi casa paterna en las madrugadas, sin saber cómo lo lograba.
Era una forma de contener la ansiosa ansiedad por ganar la nota. Remedio que se convierte en vicio y que desemboca en alcoholismo y que, a su vez, lleva a la muerte.
Sólo una vez me accidenté. Destrocé un Dodge Dart 1977, azul eléctrico. Me quedé dormido unos 50 metros antes de un semáforo en rojo y me estampé contra un pickup.
Esa costumbre se me quitó 10 años después, luego del nacimiento de mi hija. Algo hizo que me cayera el veinte y dejé de tener ese instinto suicida.
Me consolé porque sólo me ponía en riesgo yo, y no a los demás, como en este caso.
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Después de 20 minutos y unos 15 kilómetros de camino se hizo el milagro: encontramos una patrulla sobre la calle Hidalgo, a la altura de la Fuente, así llamada popularmente, que nunca ha tenido agua.
Como el claxon no servía hice ademanes y silbé al patrullero. Puso cara de what? Descendió de la unidad y preguntó qué pasaba.
Expliqué.
Pidió que me orillara. Busqué un sitio con sombra para que el conductor no estuviera más expuesto al calor y siguiera deshidratándose.
“Ahorita pido auxilio”, dijo con la juvenil calma veinteañera.
“Viene un paramédico”, añadió dos minutos después envuelto en la mortaja de su uniforme azul marino.
Durante los 15 minutos que tardó en llegar el auxilio busqué en los compartimientos de la unidad en busca de alguna identificación del chofer, su celular o alguna medicina.
Se llamaba Noé Saúl Rodríguez, 62 años, originario de Pachuca. Encontré un frasco blanco de plástico con medicamento, supe después, para diabéticos.
Íbamos en el arca mortuoria de Noé.
Carlos, solidario, por la experiencia de tratar con personas que les da el “soponcio”, no se despegó del conductor.
A tirones y jalones logramos pasarlo a la parte posterior de la unidad. Quise recostarlo en un asiento.
“Es más conveniente acostarlo en el piso”, aclaró Carlos. Así lo hizo. Le pasé una franela roja que encontré para colocársela bajo la cabeza.
Las convulsiones no paraban. Parecía que viajaba en un carrito de la montaña rusa.
Llegó el paramédico, de unos 33 años de edad. Venía envuelto en su coraza de piel azul con negro y botas y casco a bordo de una moto Suzuki de mil 200 centímetros cúbicos.
Comenzó a hacerle preguntas al enfermo. Tampoco hubo respuesta. Seguía inconsciente. Tras evaluarlo, y hablar a su centro de operaciones, explicando qué sucedía, comenzó a aplicarle una sonda.
Primero suero y luego otra solución para estabilizarlo. Colocó el catéter en el dorso de su mano izquierda.
“¿Cómo se siente, don?”. “¿No se tomó la medicina, verdad?”. “¿Dónde vive?”, “¿trae celular”?...
Seguía sin responder. Tenía una aguda descompensación diabética. Seguía abrazado a su inconsciencia.
El paramédico pidió al policía que permanecía con el grupo que retirara la llave de su moto.
“Es que le acaban de robar una a un compañero”, justificó.
Al fin en la bruma de su pensamiento Noé comenzó, lento, a volver en sí. Sacó su celular. Intentaron localizar a algún familiar. Dieron con uno de sus hermanos que se encontraba a unos 100 kilómetros de distancia, en Texcoco, otro municipio del Estado de México.
Interrogó si tenía algún tipo de servicio médico porque había que hospitalizarlo de urgencia.
Tras la negativa, informó que habría que canalizarlo a un nosocomio del sector Salud, el Herrejón, a unos 20 kilómetros, sobre Periférico.
En la seminconsciencia, Noé miraba extrañado dónde se encontraba, como boxeador noqueado sobre la lona.
“¿Sabe dónde está?, volvió a preguntar el paramédico. Miró a su alrededor como niño desamparado en medio de la muchedumbre.
Negó con la cabeza.
“Está en su unidad”, dijo Carlos.
Volvió a negar. Seguía semiinconsciente.
“Ésta no es la mía”, balbuceó mientras hacía caminar su pesada mirada por el interior de la unidad.
Noé trató de quitarse la cinta adhesiva donde tenía la sonda.
“¡No se la quite, porque se va a lastimar!, exclamé desde la puerta de la camioneta.
“No don, porque si no lo estabilizo se va a poner peor”, secundó el paramédico.
La expectación de los vecinos hacía parecer más drama donde ya lo había. Una mujer, treintañera, piel morena, casi se quería meter a ver qué sucedía.
“Se le van a quemar los frijoles en su casa”, dije con ironía. La fémina me barrió con la mirada y sólo se hizo unos pasos atrás.
Cuando tomé conciencia que mi presencia de nada servía, más que de estorbo, y que la vida del chofer no corría peligro, decidí retirarme.
Carlos se sumó. Tomamos otra camioneta igual, de la misma ruta.
Durante el trayecto, a nuestros respectivos destinos, que duró unos 15 minutos, comentábamos lo sucedido de un extremo al otro de la camioneta que, para no variar, venía repleta. Como lata de sardinas.
Los pasajeros parecían indiferentes pero ponían oído a todo lo que decíamos. Más cuando me preguntó sobre mi oficio como reportero.
Carlos descendió y nos despedimos con un “hasta luego”.
Cuando pagué mi pasaje el chofer de la unidad, sin pregunta de por medio comentó:
“No pude evitar oír lo que decían. Ese chofer sabe que no puede manejar. Todos sabemos que está enfermo. Pero como la unidad es de él, nadie le marca un límite. Ha trabajado en varias rutas. Lo han echado porque puso en riesgo al pasaje”.
Y remató:
“Hasta que no provoque un accidente, mate o se mate, va a quedar en paz”.
Como suele suceder en estos casos, no se dimensiona el riesgo en que uno estuvo, sino unas horas después.
Sentí coraje en contra de Noé y su sarcófago con ruedas. Y reflexioné qué hubiera pasado si nos accidentamos con la pareja y su bebé a bordo.
Pasaron varios días, hasta que de nuevo viajé a la Ciudad de México. Me esperaba hora y media de trayecto, mínimo, en la hora pico. A veces hacía dos, cuando se cargaba el tráfico.
Iba absorto en mi lectura, Sufrían por la Luz, de Tahar Ben Jelloum. Cerré el libro porque volvía a sentir la brusquedad en el manejo que se me hizo familiar.
Entré en pánico cuando voltee a mirar al conductor…