REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Gabriel García Márquez: El maestro de las letras


Rafael Martínez de la Borbolla

Al recibir el premio Nobel de literatura en 1982, Gabriel García Márquez señaló que “América latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
“Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre estos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.” Con estas palabras recibió el premio Nobel.
El domingo 6 de marzo de 1927, en un pueblito colombiano de nombre Aracataca, que en la mano de Gabriel García Márquez puso a América Latina en el imaginario de millones de lectores con una palabra mágica: Macondo, alrededor de las nueve de la mañana, en medio de una tormenta poco habitual para esa época del año, Doña Luisa de tan sólo 21 años, dio a luz a un niño, que cariñosamente sería conocido como Gabito.
El bebe nació con una vuelta de cordón alrededor del cuello -luego él mismo atribuiría su tendencia a la claustrofobia a aquel contratiempo temprano- y pesó, según se dijo, cuatro kilos doscientos gramos. Su tía abuela, Francisca Cimodosea Mejía, propuso que lo frotaran con ron y le echaran agua bendita, por si había algún otro percance'. Así rememora el biógrafo inglés Gerald Martin, en Una vida, la llegada al mundo de Gabo. A juzgar por la épica vida del pequeño, el extraño menjurje de ron y agua bendita de la tía Francisca produjo en su querido sobrino el efecto contrario: le impuso sobre su destino la estrella luminosa del éxito. El Universo y su genialidad conspirando a su favor.
Los años de infancia en la casa de sus abuelos -Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán- fueron determinantes en la vida del pequeño, antes de ingresar al Colegio de San José, en Barranquilla, en 1936. Son las vísperas de su vida. Donde todo empieza, imaginémoslo aprendiendo a leer y escribir. Quizá por intuición comprendió que “La vida no es lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda, y como la recuerda para contarla”. En sus libros atrapa la belleza oculta, pero no de las dimensiones invisibles, sino de nuestra propia existencia mundana, encontrando desde entonces su inspiración en el mundo en que vivimos, entremezclando mito con realidad. Con sus luminosos relatos el genio colombiano se identifica con un nosotros incluyente y, al lograrlo, los mundos paralelos de su imaginación se convierten en referentes universales. Su obra fue fecunda, con títulos como El otoño del patriarca (1975) y cuentos como 'Isabel viendo llover en Macondo' (1968). En todos aparece el drama cotidiano de la vida humana, convertido en empatía. Quizá ese es su mayor logro.
En los años 40’s, influido por lecturas de libros de escritores como Kafka, Camus y Joyce, comenzó a escribir una novela, titulada La casa, fundamento de lo que más tarde fue su obra cumbre, Cien años de soledad. Su primera novela fue La hojarasca (1955) para la cual tardó un gran tiempo en hallar editor y, al publicarse, el autor no obtuvo tantas regalías ni ganancias. Luego vino El amor en tiempos del cólera (1985), donde narra el romance entre dos parejas casadas. Vino después una de su obras cumbres, Cien años de soledad, que escribió en dieciocho meses. Fue traducida a 37 idiomas y vendió 25 millones de ejemplares alrededor del mundo. 'He leído el 'Quijote' americano', escribió Carlos Fuentes tras leer el manuscrito de Cien años de soledad. Así definía Fuentes -fallecido en 2012- en una carta que le escribió a Julio Cortázar esta novela que después se convertiría en obra clave del realismo mágico, y que al escritor mexicano le parecía 'una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora'.

Es 'un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas', le contaba Fuentes a Cortázar y lo recordaba en el prólogo de la edición conmemorativa de Cien años de soledad (1967) preparada por las Academias de la Lengua Española.


En el origen de la genial novela está también el viaje que el escritor colombiano hizo en 1950 con su madre a Aracataca, para vender la casa donde había pasado su infancia, como evoca García Márquez en sus memorias, Vivir para contarla. Don Gabriel fue un observador de la memoria cotidiana, poseía un conocimiento innato de la conducta humana, entendió sus luces y también sus sombras, adquiriendo una sabiduría popular que trasmitió con una narrativa magistral en sus obras, llegando a conclusiones tan francas y directas como que “El Sexo es el consuelo para los que ya no tienen amor”, en su libro Memorias de mis Putas Tristes.
En lo personal descubrí al Maestro García Márquez en su libro Crónica de una Muerte Anunciada, donde el drama y la tensión crecen a cada página. Como suele suceder en la vida real, todos saben lo que se planea, lo que acontece excepto el interesado. La virtud de esta crónica, consiste en que motiva a continuar la lectura pese a conocerse de antemano la suerte del protagonista, pues leemos en la primera línea: “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana”. Se cuenta qué ocurrió. De cómo las circunstancias, omisiones o destino impiden que el afectado conozca lo que ya saben todos en el pueblo de Manaure: su inminente asesinato por parte de los hermanos Vicario. Del cómo de los sucesos nos enteramos en detalle sólo al final del relato, cuando los hilos del destino han sido vueltos a tejer, sin resolver por completo, con la escritura, el misterio de la trama, porque la duda permanece; ahora con una fuerza lógica fundada en el prejuicio de lo supuesto íntimo, y en el espejismo de verdades públicas aparentes. Nos recuerda que a veces el destino está de antemano escrito. Pasará lo que tiene que pasar.
En su obra El coronel no tiene quien le escriba, el protagonista vive esperando eternamente una carta donde se le otorgara su pensión por haber participado en la guerra, una vez más este genio de las letras, de forma paralela describe lo que acontece en el sentimiento de sus semejantes, esa espera que asfixia y angustia por una nueva oportunidad, por un negocio, un amor, un acto de justicia, una reivindicación, que la mayoría de las veces no llega, pero que de cierta manera nos hace permanecer vivos. Todo acontece a partir de esta espera y el autor da lujo a los simbolismos como el estar rodeado de objetos que le recuerdan su ubicación entre el pasado y el futuro, tiene que vivir bajo esta tensión del tiempo. Especialmente la existencia del reloj, al que el coronel da cuerda todos los días, le recuerda sin piedad el avance del tiempo. Este reloj, que nunca se vendió́ a pesar de un intento realizado por el mismo coronel, no le permite escaparse de este presente angustioso y de una interminable espera. De manera por demás magistral el escritor nos demuestra que en la vida la incertidumbre es el mayor de los males y la esperanza lo que nos hace permanecer vivos.
La leyenda comenzó el 17 de abril: Gabriel García Márquez falleció en jueves Santo, igual que Úrsula Iguarán, personaje que creó en su obra cumbre Cien años de soledad. Úrsula amaneció muerta a los 115 años. El premio Nobel de Literatura murió alrededor de las 14 horas, a los 87 años de edad.
García Márquez nació en Colombia, pero eligió México, donde fue recibido como uno de los suyos, para vivir y morir. Sólo aquí se da un sentido festivo a la muerte, se despide al maestro con mariposas de papel amarillo disparadas con cañones, se le reza y canta con fervor. Un final digno entre la algarabía y la nostalgia para el creador del realismo mágico latinoamericano. Aunque desde hace tiempo lo sabíamos inmortal por la genialidad y magia de sus letras, reconociendo que aunque el hombre muere queda su obra, se despidió de nosotros otro de los grandes, se está cerrando el círculo del Boom latinoamericano de monstruos de las letras; primero fue Octavio Paz, después Carlos Fuentes, ahora Gabo, nos queda Vargas Llosa con esa capacidad de renovarse y abrir mundos a través de sus letras.
Necesito creer y quiero pensar que ahora mientras escribo estas líneas, un chiquillo en alguna parte de nuestra América Latina, esté leyendo sus libros, imaginándose protagonista de esa historia, cuestionándose cómo podría haberse mejorado el argumento o incluso imaginándose otro final por uno más de su agrado, nutriéndose de literatura, alimentándose de fantasías, escuchando cuentos o anécdotas de sus familiares, absorto en inventar fantasías que anidan en su mente, e inventando tramas y aventuras, soñando despierto, forjándose a través de sus propias experiencias, para que de pronto, se enfrente a su destino y enfrente a la página en blanco para que a través de su pluma todas sus ideas cobren vida y aún sin saberlo, cautiven al mundo, llevándonos a distintas latitudes y tiempos para así continuar haciendo brillar a la literatura latinoamericana y quitándonos el aliento a cada párrafo que leeremos, contribuyendo con sus escritos a la cultura universal y para mantener a las letras hispanoamericanas en el lugar que desde los tiempos de Cervantes de Saavedra merecidamente nos hemos ganado.
Entre realidades, deseos, sueños, alegrías, agradecimientos, imaginaciones y, sobre todo, por el paraíso irrepetible de su lectura, Gabriel García Márquez está ahora en el lugar que le corresponde; en el reconocimiento de todos sus lectores, en la memoria colectiva y permanente del ciudadano común, en la lectura imprescindible y obligada de su obra para las nuevas generaciones, en fin: en la inmortalidad, rodeado de la nostalgia, tristeza, alegría y en sí milagro de esto que llamamos vida.