REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Confabulario

Revistas, mujeres y una enciclopedia


Juan Luis Nutte

La primera mujer que vi desnuda fue a mi madre. Y por extraño que parezca no conservo en la memoria ni una imagen de ella así. Sé que la vi desnuda. Tengo la certeza de ello. Y por más que exijo a mis recuerdos no logro visualizarla en su totalidad. No es bloqueo pudibundo de mi inconsciente… Ahora que lo pienso, sí, recuerdo sus piernas…, torneadas, blancas y regordetas, mojadas, con hilos de espuma escurriendo de un mechoncito de pelos nacido entre sus muslos, por las rodillas y de allí hasta sus pies. Me era imposible ver más de ella, mi cabeza debía permanecer agachada para evitar que la jabonadura penetrase mis ojos, o que el agua anegara mi nariz. Además las duchas parecían una tortura en vez de un ritual de relajación y limpieza. Las manos de mi madre, sus dedos, oprimían y rasguñaban mi cráneo como si deseara arrancar una costra de mugre.
Las otras mujeres que descubrí sin ropa o semidesnudas, fue en una revista, la Interviú. Mi padre era un lector fiel de la publicación, seguro que le gustaban los artículos, pues se pasaba horas tendido en la cama leyéndola hasta que lo vencía el sueño. La revista resbalaba invariablemente de su pecho al suelo. Esa era la señal para que yo, como un piel roja acechante me arrastrara por el suelo, evadiendo la vigía de mi madre, sorteando peligros entre el bosque de patas de muebles hasta llegar a mi presa. Tenerla entre las manos, temblando por la emoción y el temor a ser pillado en plena lectura, bueno, más que lectura, regodeo del ojo en esas mujeres encueradas…; mis dedos, animalitos nerviosos recorrían los contornos de las imágenes, se detenían allí, abajo del ombligo, en ese triángulo oscuro que se presentía afelpado. Mis dedos instintivamente tocaban los senos, deseaban asir los pezones en la desesperante lisura del papel. Momentos de placer puro, primigenio, intuitivo. No había más… Quizá una pregunta, ¿por qué estaban esas mujeres así? Todas sonreían a pesar de que su piel erizada las delataba friolentas. Las cimas de sus senos casi podían salirse de las páginas de tan erectas. Y así ojeaba una y otra vez las revista de inicio a fin pero me quedaba allí, justo donde la morena Marisol, rostro cándido, casi adolescente, peinada con descuido, lucía una blusita semitransparente que se le untaba al torso dejando ver los pechos concisos de prietas puntas, que parecían ojos penetrantes, altivos, velados por una tela para evidenciar más su incógnita. En esos momentos cómo deseé arrancarla, doblarla con ternura y llevarla conmigo a un lugar seguro, solos ella y yo, mis dedos y sus tetitas, mis ojos y su sonrisa, puerta entornada a los placeres presentidos que sólo lograban endurecer, para mi sorpresa, mi imberbe pene.
Mis padres trabajaban todo el día. A veces mi madre nos llevaba con ella. Era profesora de primaria; nos mantenía presos en el salón de clases. Para mantenernos ocupados y que no la interrumpiéramos de su magisterio, debíamos hacer nuestros deberes, ayudarla en alguna actividad sencilla, o debíamos leer algún libro que nos proporcionaba. Pobre de mí y mis hermanos si no le dábamos un resumen oral del libro en cuestión, nos reñía y nalgueaba frente a sus alumnos. Humillados y furiosos contra los demás niños que nos veían sin ocultar sus burlas, planeábamos venganzas. Pero todo eso terminó cuando entramos a la pubertad, a la secundaria. Entonces nos dejaba solos en la casa. Horas de ocio. Días de libertad y exploración. Así conocí verdaderamente mi casa, sus rincones, los secretos tesoros de mis padres; explorador de mi casa la hice verdaderamente mía, seleccioné mis espacios, mis territorios, hallé placeres. Si mis padres se hubiesen enterado de mi curiosidad me habría ido mal. Mis búsquedas, ladrón de secretos, desvelador de placeres prohibidos me llevaron a ser meticuloso en cada incursión.
El ropero de mis padres resguardaba fotografías de ellos en varias épocas de sus vidas, el traje de novia de mi madre, joyas que jamás usaba mamá, su ramo de novia, un birrete dentro de su caja, prendas de mi padre que sólo vestía en ocasiones especiales, un traje negro que usó en el velorio de mi hermana recién nacida, una chaqueta cazadora de piel que nunca vistió, juguetes de mis hermanos y míos que dábamos por perdidos, plumas fuente que en su armazón tenían una geisha que al menor movimiento podía vestirse y encuerarse, ah, cómo me deleitaba descubrirle las chichitas a esas japonesas… Lo más importante de las exploraciones era devolver todo a su orden original, colocar los objetos tal y como habían estado antes de mi curiosidad. La más imperceptible variante en el orden mi madre la percibía. Si la premura o el descuido me hacían errar, no me preocupaba, pues los reclamos caían sobre mi padre que los ignoraba tirando de a loca a mamá.
Otro lugar maravilloso, abrevadero de secretos, era la cama de mis padres. Bajo el colchón. ¿Para qué guardaban tantas cosas allí y por qué?, ¿a falta de un mejor lugar para ocultarlos? No creo. Teníamos tres roperos, dos semivacíos, excepto el de mis padres. Aún hoy sigo buscando respuesta al enigma, a la costumbre practicada por mis padres.
Levantar el colchón era abrir las fauces de una bestia, fuerte aliento exhalaba la cama: como a polvo y telas viejas, a papel y humedad. Había un traje de Arlequín que mi madre vestía los días del niño en la escuela, un camisón raído y pajizo, calzones de mi padre, una boina de mi abuelo, cartas, periódicos amarillos con titulares de la visita a la luna, revistas Buen Hogar, Mari Claire, tejidos inconclusos de bufandas y pantuflas, folders con documentos y recortes de recetas de cocina, monederos retacados de monedas oxidadas, medias raídas, libros… Libros y revistas. Me pasaba horas sentado en el suelo, al lado de la cama, observando paisajes europeos, repasando a las modelos de ropa interior, de vez en cuando leía alguna cosa, media novela inédita de Corín Tellado. De los libros que allí había ninguno acaparó mi atención: Manual de Electricidad, muchos diagramas y fórmulas; antologías de poesía romántica, devoción, nostalgia de la difunta, asuntos que yo no comprendía; un Manual de Carreño… Y me topé con un librito, edición rústica de tapas manoseadas, los colores de la portada parecían haber sido rojos, la ilustración era una pareja desnuda que tomada de las manos, daba la impresión de caminar con tranquilidad sobre una playa desierta y enrojecida por un sol crepuscular, más al fondo, olas embravecidas, púrpuras, esmeraldas, que en lugar de amilanarlos los atraía más a ese torbellino de mar apasionado. El libro, y su título sobre todo, seducido un poco por la imagen de la portada fue lo que me decidió a hojearlo en desorden y luego leerlo completo durante una semana. Abismo de lujuria, palabras extrañas para un adolescente. En ese entonces me daba por corresponder a las palabras que no entendía con colores y objetos, las relaciones casi siempre eran disparatadas. Y en este caso Abismo de lujuria tenía los colores negro y rojo. Aún recuerdo a los protagonistas de la novelita, un matrimonio que aburrido de la rutina, comenzaba a buscar experiencias que les reviviera la pasión, exploraban su sexualidad, se iban olvidando el uno del otro, dando prioridad a sus gozos personales, así asistieron a orgías en hoteles, clubs swingers, hasta hicieron una película porno, en fin, se abandonaban a un abismo de placeres. Cada capítulo, una revelación, me excitaba imaginarlos, era tan vívido y vedado para alguien de mi edad. Ya no podía ver a mis tías, a mis compañeritas de la escuela sin imaginarlas desnudas y cogiendo en las mismas situaciones que los personajes de la novelita. Fue el primer libro leído, el primero que me sedujo con sus palabras y no cuestioné su verosimilitud. Mi padre llevaba leída la mitad del libro. Quizá lo aburría o demoraba su lectura para deleitarse más, quién sabe.
Pero cuando me masturbé por primera vez, fue cuando descubrí entre las láminas a color de una enciclopedia de Historia del Arte, la sensualidad de los desnudos. Primero, las esculturas decapitadas, cojas y mancas de algunas deidades griegas o romanas; esos senos rotundos en su brevedad, con pezones erectos, las túnicas que untadas a sus cuerpos sugerían los detalles de sus honduras y pliegues íntimos me causaron algo, como una fiebre que me urgía a tocarme… Pero apareció una mujer, luminosa, prometía placeres exclusivos al tacto y la vista. La dama, tendida de costado sobre un lecho con paños sedosos y revueltos, se abandonaba cándida al reposo sobre almohadones blancos; sus brazos entrelazados detrás de su cabeza en actitud de expectante coquetería, preparándose para abrazar al amante; me veía con tranquilidad, dibujando apenas una sonrisa de lasciva candidez, casi despectiva, parecía aguardar un atrevimiento de mi parte, pues ella, allí, desnuda, estaba dispuesta a mi tacto. Recorrí su rollizo cuerpo demorando el índice en las tetas, displicentes una de la otra, de dureza evidente, diminutos pezones lechosos, aureolas nulas, jamás mamadas pero urgidas de libación. Luego descubrí su ombligo, pozo de promesa lúbrica, zócalo en la cartografía de su cuerpo desde donde podía viajar a sus senos y de allí a su rostro de ingenua viciosa, luego reculé demorando el desplazamiento, explorando las cordilleras de sus nalgas hasta llegar postrado a sus pies y rozar cada uno de sus dedos chatos, infantiles y regordetes… Y retorné al ombligo por senderos que bordeaban sus caderas, evitando caer en un triángulo de castaño vello, pues tan sólo mirarlo se presentía el abismo, el fin o el inicio a un tiempo, verlo producía vértigo en mis apetencias, deseaba estar allí, no podía soslayar el ardor. Así, mi ojos primero, luego mi tacto, recorrieron una vereda que nacía en su ombligo y florecía en su pubis; senda seguramente recorrida por sus amantes infinidad de veces. Y mi cuerpo estremecido, pródigo en sensaciones. Una de mis manos trató de calmar el ánimo de mi pene, que de tan erecto era doloroso; el masaje rítmico, arriba, abajo, relajó el dolor, atizó el placer, arriba, abajo… en mi cabeza se mezclaban las piernas de mi madre; el rostro de la dama del cuadro; el agua mojando los pies de mi madre; mi pene duro, enrojecido, anheloso; el manchoncito de pelos entre los muslos de la dama del cuadro; el mechón de pelos de mi madre escurriendo espuma; los senos redondos, orgullosos, el ombligo de la dama del cuadro; mi mano subiendo y bajando, enrojeciendo, irritando mi pene que presentía algo, incontenible; la mirada de esa mujer, la del cuadro, sus brazos a punto del abrazo, sus rodillas lisas y brillantes de tan blancas; las rodillas de mi madre, blancas y enjabonadas, su ombligo con una cicatriz, burda como un cierre, que bajaba casi hasta su pubis; el vientre ligeramente abultado de la dama del cuadro, inmaculado y virginal, su ombligo, su pubis castaño, su línea, sutil vereda que…; y mi mano aferrada a mi pene, una gana como de orinar; una explosión; un tumulto; un grito ahogado; un estremecimiento que se desea eterno… un relajamiento, el cuerpo laxo, la mente fija en la dama de la pintura, ahora humedecida, colmada de uno mismo. Y la preocupación. ¿Qué hacer si mi madre descubría lo que hice? Sería malo. Vergonzoso. Arrancar esa página. Sí. Mejor eso. Podría conservar a la dama conmigo, para futuras contemplaciones.
Un día que mi madre hacía limpieza y daba nuevo orden a la pequeña biblioteca familiar, hojeó fortuitamente el volumen mancillado; enfureció al descubrir la amputación de la página. Hizo indagaciones, ni yo ni mis hermanos aceptamos el acto vandálico, sin embargo fuimos castigados severamente.
Dejé pasar unos días, debía ser prudente antes de volver a pensar en un reencuentro con la dama de la pintura. El único momento de intimidad era cuando me bañaba. Me trastornaba el reencuentro, deseaba explotar nuevamente, vaciarme en ella. Fue casi imposible verla, el papel que había plegado con delicadeza se rasgó al querer desdoblarlo.
Lo único que pude ver de la dama de la pintura fue la sonrisa, ahora francamente burlona, y un trozo de sus pies. No me explicaba por qué el papel, sus pliegues, estaban tiesos, adheridos como si se le hubiese vertido engrudo.