REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

Cuentos


Herminio Martínez

NÓMADAS

Lo encontré dormitando sobre una hoja de encino, a pierna suelta, sin ninguna prevención, junto a una roca que, para él, podría tener el tamaño de un castillo. Al principio lo confundí con una avispa o una libélula, pero era un guerrero joven, varón, por la agilidad para mover el mazo y lanzarme flechas, con una gritería casi inaudible y todo lo demás... Había más huellas; seguramente diez o veinte individuos que por ahí vagaban. Tal vez cazaban un ratón, un lagartijo o ¿por qué no? hasta una víbora o un conejo. Antes de la “pelea”, pude observarlo bien: sus músculos bien desarrollados, las piernas fuertes y velludas, sin más calzado que unas pequeñas fundas hechas de ala de grillo o escamas de serpiente. Pero el cuerpo, desnudo, sólo llevaba a la cintura una risible daga.
-¿Será verdad? -pensé-. Acaso sólo sea una jugada más de la imaginación, que así nos trata. ¿Qué es esto, quién es y por qué está aquí?
Y ya lo iba a tocar con un popote, cuando de un saltito el joven esquivó aquella basura, lanzándole a mi dedo dos mazazos y con la velocidad de la centella asió el cuchillo. En realidad no era más grande que una nuez, pero aun así no fue sencillo someterlo. Lo atrapé como se atrapa un tábano para verlo mejor, dejándole asomar la cara entre mis dedos. Él me veía con susto; yo nada más con precaución.
-Dime quién eres -le dije, sin gritar, al sentirlo latir cubierto por mi piel. Él nada más callaba, flotando en el vacío, cautivo entre mis yemas. “Lo llevaré a la casa y me haré célebre por haber encontrado al hombre más raro y pequeño de este mundo -pensé-. Vendrán de Sudamérica, el Japón, la India, Roma, todos con el anhelo de fotografiarlo y estudiar su especie”.
Me hacía las ilusiones. Fantaseaba, soñando en el dinero, la fama, el cine, los contratos. Y a mi mujer cada semana con vestido nuevo, joyas, un auto. Y yo en la hamaca del jardín, rodeado de periodistas y científicos o leyendo poemas, cuentos y novelas como A sangre fría.
-¡Vaya que hoy sí me ha ido bien! Vine por leña y me encontré el tesoro… Mercedes va a volverse loca.
En esto estaba cuando sentí el aguijonazo; la mordida o cortada que en mi carne enterró aquel zumo amargo.
-¡Ay! -hice sintiendo el cerebro entorpecido-. ¿Qué me picó? ¿Una araña?
Y no recuerdo más, porque inmediatamente me derrumbé como un tronco quebrado, ardiente, hueco, con una venda obstruyéndome la vista y un nudo en la garganta. Sin embargo, pese a lo tembloroso de mis piernas y aquel dolor profundo, desde mi mano hasta la boca, la columna y los órganos, pude alcanzar a ver al joven abriéndose camino entre las falanges y mis uñas, rumbo a los otros pasos de diez, veinte individuos, marcados en el polvo, a quienes probablemente allí estuvo esperando.
Y no fue sino hasta el tercer día cuando volví a saber de mí; me habían hallado unos pastores, quienes me llevaron a la clínica. De esto hace ya un poco más de un año, pero aún no se me va de la cabeza aquel sudor, la horrible fiebre, la fiera cuchillada, mordida o punta de flecha con veneno, qué sé yo… ¡He aquí la cicatriz!


RAYAS

-¡Don Plácido! -exclamé al ver al hombre sentado delante nada menos que de la jaula de los tigres-. Pero hombre de Dios, ¿qué hace usted aquí? Se va a resfriar.
-Cuidándolo… -respondió él con una tristeza que me dio lástima-. Es lo que hago desde hace… ocho años.
-¿A quién, qué cosa, hombre?
-A mi hijo… -sollozó-. Desde ese día vago detrás de él, de feria en feria y de pueblo en pueblo.
-Vamos -le dije, poniéndome a su lado-. Usted ya no está para estos trotes. Déjelo que haga por su vida él solo. Somos de la misma edad, si acaso uno o dos meses… En muchas ocasiones Luis Manuel me comentó que su mayor deseo era trabajar en algún circo, ¡de verdad, don Plácido! Si ya está aquí, pues déjelo.
-¡Hasta que muera él o muera yo será éste mi destino! –argumentó tajante y comenzó a llorar.
Al terminar la telesecundaria, como lo hicimos los demás, Luis Manuel sintió el deseo de irse a la ciudad. En el pueblo no había bachillerato, pero don Plácido se opuso con argumentos que a nadie convencían: “Te vas a pervertir. Lo único que los jóvenes hacen allí es divertirse; se van con las mujeres, no estudian, fuman, beben, duermen en el antro. ¡No! Tu madre ha muerto, somos nada más tú y yo, pero tenemos tierras, ganado, las gallinas, este tractor. ¡A trabajar se ha dicho, a trabajar!”. Fue su respuesta. Pero Luis Manuel de todas maneras se las ingenió para inscribirse conmigo en el bachillerato, al que estuvo asistiendo hasta que definitivamente se perdió; es decir, ya no lo vimos más.
-Sucedió en ese tiempo… -continuó el hombre-. Cuando me desobedeció para irse a la ciudad. Sé que iba contento y que iba bien. Hasta que se lo prohibí definitivamente, advirtiéndole. “¡Y si no me escuchas, te va a caer mi maldición! ¡Serás un perro!”… Y en perro se trasformó mi hijo.
-Oiga… -iba a hablar, pero don Plácido no interrumpió el relato.
-Permíteme, Isaías; por favor escúchame; tú estuviste con él; lo conociste; era un muchacho noble, bueno, amoroso… Muy sonriente.
-¿Un perro? -insistí.
-¡Un perro! ¿Te das cuenta? -continuó-. A nadie, jamás, le revelé el secreto. Nada más a ti. Y no, no desapareció, ni emigró a otro país, ni lo secuestraron, ni se fugó con una mujer de Cacalote. Fue la maldición, Isaías, la maldición de un padre… Tras mis palabras dejó su forma de hombre; le salieron orejas, cola, colmillos, mucho pelo y ya no habló. Sólo ladraba, echándose a mis pies. “¡Dios mío!, ¿qué hice?”, me arrepentí; mas ya era tarde. Un día supe del mago, el de este circo… Lo vi en una función. “¡Magnífico! -pensé-. Si convierte papeles en palomas y pañuelos en víboras, podrá ayudar a Luis Manuel. De eso estoy seguro. Iré a pedirle ayuda”. ¡Claro que lo ayudó! Le dio algo de beber; le echó conjuros… Y desde entonces, muchacho, aquí estoy, siguiéndolo, mirando cuánto come, qué come; cuándo lo sacan de la jaula para que salte por un aro encendido, sintiéndolo pasar y verme con esos ojos que tanto me recuerdan a su madre.
-¿De verdad?
-Allí está, el poder del mago logró que dejara de ser un simple perro.
Por instinto volteé hacia la jaula donde una sombra se movía. También don Plácido. Un rugido estalló. Pero no era la voz de cualquier fiera, sino un derrumbe de sonidos, un estruendo largo, que, tras hacerme estremecer, me llevó hasta los años cuando aquel joven y yo en su camioneta viajábamos a la ciudad donde había el bachillerato, él con los libros y sus cuadernos escondidos en una caja de madera debajo del asiento; conversando, haciéndonos preguntas sobre las materias que cursábamos.
No pude resistir; me acerqué un poco más a verlo y sí, aquel enorme tigre era el hijo de Plácido Santana. ¿En qué lo descubrí? En algo más masculino que animal: las pupilas, su andar, el duro pecho y la suave sonrisa que, pese a los rugidos, era la misma de él. De nadie más. Sólo mi gran amigo sabía reírse así. Ah, y la gran mancha entre la nariz y uno de los párpados.


CECILIANO ARCÁNGEL

¡Pero cómo diablos no!… De alguna manera el fanfarrón encontró su merecido. La horma de su zapato. El estigma de una criatura desgarrada. Frases de odio. Astillas de desprecio. Un musculoso y patilludo tractorista, vayan ustedes a saber, fue quien se le puso al tú por tú bajo aquel amarillento calor del medio día.
Ladre o relinche (me refiero a él), igual que ustedes algunos creen que era toda una “dama”. Otros, sólo una maldición, me incluyo. Y no porque haya andado hablando mal de mí y de la que en unos días va a ser mi esposa, sino por tantas calamidades que nos trajo al pueblo su fanfarrón perverso.
Suele suceder, aun entre los de su religión, que, por ser sacerdotes, debían de ser prudentes, respetuosos, no darse a conocer por estas cosas, y a él, ya les habrán dicho o lo habrán leído, cuando andaba borracho no le importaba nada, ni le salía bien el Padre Nuestro. Yo lo llegué a escuchar: “El pan dulce de cada día, dánoslo hoy…”. O: “El pan duro que nos diste ayer”... ¡Háganme el favor! Los labios relucientes y todavía húmedos de besos… Tampoco quiero imaginarlo; si habrá besado el hocico de un marrano o los bigotes de un vicioso, muy su gusto… Ah, porque al último, hasta borrachos levantaba; algunos de esos que ya no llegan ni a dormir. Vamos a especular: mientras se sentía toro de lidia en su actitud de clérigo, fino corcel llevando sobre sus lomos a alguno de esos, le falló el corazón, se tropezó en la almohada y cayó muerto. Eso es todo, señores. El frío de la muerte le atravesó el resuello como una espada azul y su pelo color caca de perro se le bañó en sudores… El individuo, rigurosamente supersticioso, es también casi siempre un creyente ciego y a él le daba lo mismo creer en Dios que en el instinto… Cuatro camionetas, dinero, amantes, casas, juegos, comidas, fiestas… ¿Sigo?
Su fama se había convertido ya en un túnel de sombras cada vez más tétricas, donde su arcángel, sacerdotes, vivían en el fondo y aquí vino a tirar el alma ese maldito. ¿De qué se espantan, pues? Hay bueno y malo: aquí y en todas partes.
Sin embargo, busquen en todo el estado y aun en todo el país y en ninguna parte encontrarán aire más puro, agua más transparente, un cerro más hermoso y gente más hospitalaria que la nuestra. Somos hombres de paz. Los Tercios, con sus trigales encorvados, los surcos de maíz con las orejas levantadas y las guías de frijol trepando por las cañas, son una bendición de Dios, de nadie más, aunque en el gobierno digan lo contrario… Aquí vivimos sin arrogancia ni molestar a nadie. Yo tengo vacas, tierras, hermanos, dos tractores, papá, mamá, la casa, veintiocho años y la misma novia... No había necesidad, ¿por qué? Soy ingeniero, algo aprendí en el tecnológico, gracias a mi papá, que se sacrificó para que yo estudiara. Tal vez a eso se deba que desde el principio su cura no me dio confianza y me veía como quien mira al diablo.
Tampoco es presunción, pero aquí las únicas echadas que nos gustan son las gallinas, y eso únicamente cuando están poniendo. Las demás no... Ceciliano Arcángel arribó a este pueblo con el espíritu en los huesos y una avidez, que ya la quisieran los más conspicuos comerciantes. Es la costumbre salir a recibirlos. En todos los lugares es igual: la gente va con flores, música, cohetes, la comitiva, a darle la bienvenida al nuevo párroco. En esa ocasión yo también fui, acompañando a mi mamá y mis dos hermanas. Hacía años que no había quien casara o bautizara en este pueblo y a las personas les pareció un milagro que en la diócesis se hayan acordado de nosotros.
Después supimos que lo enviaron acá para esconderlo de varios padres de familia y algunas investigaciones judiciales. Y sin embargo, no dijimos nada. Hasta que se descontroló. Hasta que ya no pudo o ya no quiso portarse bien y entonces, como en El Salitre y Paredones; El Rejalgar y El Berreadero; Colines y Panal de Arriba, la pus le reventó.
¡Nos quiso ver la cara! Se le notaba de aquí hasta la ciudad de donde ustedes vienen. Primero fue la economía. Comenzó a pedir como si fueran enchiladas. Hablaba de levantar una basílica a un mártir recién canonizado. Y se valía de las mujeres y los niños para convencer a los papás de que vendieran los potreros y el ganado para arrancar la construcción. Pero ya su prestigio era una flama oscura. De las comunidades, con las lluvias recientes habían llegado otras noticias.
Sus treinta y tantos años no fueron suficientes para darle la madurez al animal, que hasta para portarse bien se necesita. Yo andaba en veintiséis. Tampoco voy a echar de cabeza a nadie, ¿para qué o por qué? Lo sucedido fue cuestión de muchos. Ofendía sin razón y andaba también con las esposas... Con varias, a las que les lavó la mente con el agua bendita de su vanidad y de su verbo, sólo para cubrir las apariencias, padres míos. Están equivocados si piensan otra cosa... Con muchos y con muchas quiso quedarse el hombre, pero, por lo visto, aquí sí le falló.
Era un demonio el desgraciado. Un rufián. La tarde de los hechos yo no estaba aquí; por supuesto que puedo comprobarlo. Andaba en La Maroma con mi papá y un tío. Fuimos por esa yegua blanca a la que hemos llamado María Félix… Se la compramos a un Genaro Silva, el dueño de la hacienda. Cuando hablen con él les va a decir lo mismo. Estuvimos allá toda la tarde, mientras acá, alguien arrastraba a su angelito como se arrastra un puerco muerto, un bulto, a golpes, a patadas. Todo se ha declarado ya, coméntenle a su obispo que no sabemos nada. Que el padre desapareció como desaparecen muchos ciudadanos y no duden de que alguna de las cabezas encontradas en San Fernando Tamaulipas, haya sido la de este pérfido, que un día llegó aquí con su modo de ser más propio de ave de rapiña que de párroco, presumiendo de influencias y de pertenecer a una familia poderosa, relacionada con altos personajes de la economía y la política.
-¿Y eso qué, padre? -le preguntó María Desamparada.
-¿Cómo? -le respondió iracundo- ¿No sabes lo que es la sociedad? ¡Pobre pendeja!
Ella guardó silencio.
-La educación, nuestra cultura, nuestras relaciones personales, el conocimiento, buena ropa, las costumbres, el olor, comer bien, beber mejor, ser respetado.
-Mmmmm… -rodó un murmullo.
María Desamparada se quedó escuchándolo, viéndolo con sus bigotes rubios, sus cejas depiladas, aquellas manos finas y toda la actitud que, desde ese día, tendió ante nuestros pies como una alfombra de hoyos.
Ahora todos nos preguntamos dónde se halla. Ustedes presumirán que su alma está en los cielos; nosotros nada más que los esplendores de su pasado duermen en una tumba. Y en eso de que la pederastia tiene cura, yo les concedo la razón, señores, pero podríamos agregar que también obispo, cardenal y tal vez Papa.


LA PUERTA

La luz de la sala se veía encendida cuando los vecinos oyeron la ambulancia; fue lo que me dijeron antes de las diez, cuando en su camioneta Libia Nájera me llevó a la casa. Habíamos ido a tomarnos un café; con frecuencia lo hacemos; hay temas de qué hablar y deliciosas galletillas en El Céfiros.
Algunos aseguran que se escuchó un disparo, otros que dos o tal vez tres. Como haya sido, el caballero llevaba ya veinte minutos de haber muerto… Fue la opinión del médico. Y en cuanto llegué supe la noticia: “Ya se lo llevaron”. “Iba con la cabeza destrozada”... “Lo sentimos, señora”. “La acompañamos en su pena, doña Brígida”.
Entré, olí la sangre, dije: “¿Qué pasó?”… “Cualquiera diría que fue un suicidio”, murmuró Rosita, la empleada del servicio, aquí presente. Al principio pensé que era una más de sus hipótesis. Le tengo prohibido hablar e irse de la casa si no le he dado la orden. “Escuché la explosión, corrí asustada -comentó la mucama, ahogándose-, vinieron los vecinos, la ambulancia… Pienso que se mató, señora”. “¡No digas eso! ¡Juan Carlos era un ángel, Rosa! Me parece increíble que haya tenido valor para accionar el arma. ¡No!”, concluí, observándola.
Les digo la verdad, Juan Carlos era un marido fiel, muy obediente y responsable. Un ángel, a su modo. Nos amábamos desde que los martes me llevaba flores, ¡uf! Lo que son las cosas, ahora seré yo quien se las tenga que llevar cada año hasta su tumba. Espero no sean muchas, porque de ahora en adelante, con su pensión, no alcanzaré a vivir. A cambio, ya no tendré que decirle no entres a la casa con zapatos, no sudes, no hagas ese molesto ruido al masticar, no leas, no escribas mientras esté durmiendo, no ronques, no sueñes, no cenes, no comas ajo, no molestes a los pájaros, no guardes en mis cajones tus camisas, no fumes, no reces, no declames, deja en paz a los gatos, no te muevas, no uses el teléfono, porque está por llamarme Berenice. Ah, porque para eso sí que era un fastidio… No cruces las piernas al hablar, no te rasures las patillas, córtate la uñas, ponte pomada para el pie de atleta, mañana voy a teñirte el pelo como a mí me gusta, ya no te pongas ese pantalón ridículo, no vayas a la plaza, no te levantes tan temprano, líjate los talones antes de que te metas a las sábanas; ¿por qué no te mudas definitivamente a la otra habitación? ¡No te bañes desnudo, no sea que Rosa María entre a la recámara!
No tuvimos hijos, pero sí cuarenta y nueve años de felicidad matrimonial. A veces discutíamos. Antier fue nada más una de tantas, aunque en esta ocasión lo sentí más débil, menos resistente, como si estuviera ya vencido: “¡Estúpido! -le grité-. La blanca es más bonita. Es la que a mí me gusta, la del vitral con alcatraces rojos. No quiero otra; la que tú has señalado es de mal gusto”. El sol era tan viejo al medio día. Quiero decir que el resplandor me pareció más amarillo que otras tardes, igual que las facciones de Juan Carlos. Habíamos ido a elegir la nueva puerta de la sala; pensábamos cambiarla, mejor dicho yo lo decidí. “Antes de la llegada de las lluvias, tendremos una nueva puerta. La que tenemos ya no gira; raspa el piso”, le comenté después del desayuno. “De acuerdo, Brígida -respondió-, iremos cuando regrese de la loma; voy a ver si los becerros del Parchado no se han metido a la parcela”. Y sí, se fue temprano para estar pronto de regreso e irnos a la ciudad. No piensen que soy frívola, sencillamente tengo mejores gustos y él…, bueno, por algo se murió ¿verdad?, porque hasta para vivir hay que tener carácter. Era un marido muy viril, de eso no hay duda, aunque siempre corriendo como una gallina sin cabeza.
Los vecinos son víboras, a veces cuervos, no hay que creerles todo, habrán dicho de mí: “Genio tan fuerte como el de la señora, sólo el mal tequila”. “En una crisis de violentas lágrimas lo empujó a morir”. “Para el pobre señor fue como un negro día de calabazas e ira”. ¡Malvados! Los conozco bien. Es envidia. Él me temía pero también me amaba. Las frías fuentes de su miedo fueron las que lo condujeron a morir.
Cuando íbamos, lo sentí manejar sin novedad; el motor del vehículo ¡perfecto!, hasta que nos estacionamos y nos metimos a la tienda, donde, si no se hubiese puesto a discutir, a dar puntos de vista, a pronunciar contrariedades, el dueño del negocio de inmediato hubiese mandado colocar aquélla puerta y ni Rosa María ni yo estuviéramos aquí esperándolo.
¡Ya entreguen el cadáver! Al fin que de todas maneras tarde o temprano habría de suceder. Morirse es pan de cada día. ¿Por qué tantas preguntas? ¡Vamos a darnos prisa! Porque, aunque cansadas y con sueño, no vamos a dormir. Y todavía tenemos que velarlo.