REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Gabriel García Marquez y los advenedizos andares políticos


Benjamín Torres Uballe

Sólo habían transcurrido unos cuantos minutos después de las 3 de la tarde, era Jueves Santo. Mi mujer y yo comíamos en un pequeño restaurante ubicado en la Plaza Washington de la colonia Juárez, en la inusualmente tranquila ciudad de México.
De pronto timbró el iPhone y contestó. Después de algunos segundos en los que escuchó con atención, concluyó la llamada sin ninguna emoción especial en el rostro.
“Muchas gracias”, dijo a su interlocutor.
Mientras siguió comiendo, lo compartió conmigo:
“Ha fallecido García Márquez”.
Es la subdirectora de un periódico de circulación nacional y quien llamó para avisarle era el editor de la sección cultural. Recordé, como en carrusel, muchas notas periodísticas de los últimos días conteniendo las más diversas especulaciones sobre la salud del admirado escritor sudamericano.
Previamente, desde que supimos de su ingreso al hospital y al sigilo con que proporcionaron la información, habíamos comentado en varias ocasiones las probables causas de esa secrecía. Nuestras conclusiones eran que Gabo seguramente se encontraba más delicado de lo que intentaban aparentar y eso nos entristeció, pues ambos somos admiradores y seguidores irredentos de su espléndida obra.
Mi hija ya mayor se llama Amaranta, en honor a uno de los protagonistas de su novela Cien Años de Soledad; así lo imaginé cuando hace aproximadamente 27 años leí esa creación sublime. Me impactó tanto la narrativa y el personaje que pensé malévolamente hacerme del nombre si alguna vez tenía una hija. Pocos años después, tal deseo se me hizo realidad. Así de poderosa y convincente es la literatura del colombiano ganador del Premio Nobel en 1982.
Al buscar mayores detalles del deceso en los portales informativos y en las redes sociales, observé manifestaciones de pésame y vasta información al respecto. Los medios ya lo esperaban y se habían preparado para la ocasión. Esto proporcionó abundantes datos biográficos.
El pero ––lo detestable desde mi punto de vista–– es el oportunismo mostrado por diversos políticos para “lamentar profundamente” la muerte del destacadísimo integrante del Boom latinoamericano, siendo que gran parte de ellos evidencia su desconocimiento en la trayectoria y labor en las letras del nacido en Aracataca, Colombia.
Tanta es su miopía e insensibilidad, particularmente en el tema de la cultura, que apresuran textos y mensajes, meros esperpentos, que sólo terminan por exhibir su enfermiza adicción demagógica y deseo patológico de restregarse vanamente ante la ciudadanía.
La cultura ––está demostrado históricamente–– interesa poco a los gobiernos, pues no es algo ––según ellos–– que les reditué altos beneficios políticos en el corto plazo. Prefieren patrocinar y apoyar los patéticos conciertos populacheros de Justin Bieber y demás fauna del ofensivo y frívolo circo del “espectáculo”.
Y van más allá, no sólo la mantienen alejada, sino que obstaculizan a todo artista que se convierte en crítico de la “nomenclatura” gobernante. En nuestro país existen cientos de talentosos creadores que por no plegarse a los intereses y adulaciones que exige el sistema permanecen en una especie de inmoral exilio, “castigados” mediante la exclusión de las becas y estímulos de los programas oficiales, entre otras calamidades.
Así es que ciertos señores de la clase política harían bien en no agraviar con sus disparates y desatinos en el Twitter o Facebook el doloroso momento que atraviesa el mundo cultural, el de las humanidades, en el que los verdaderos afectados por la pérdida de García Márquez son millones de lectores.
Si en verdad están interesados en la cultura deben mostrarlo en los hechos, en destinar más recursos, y sobre todo privilegiar el interés, disposición e inclusión de ese rubro en los planes estructurales de gobierno, pues ello irremediablemente deviene en la grandeza de todo pueblo.
En el homenaje llevado a cabo en el Palacio de Bellas Artes, ahí estuvieron los verdaderos críticos literarios que inequívocamente encumbran a los virtuosos y los hacen sus consentidos, y se dan a sí mismos el derecho inalienable de llamarle “Gabo” en una relación espontanea, sincera y cariñosa. Sí, ellos, el ejército de lectores que labraron la gloria de este excepcional colombiano, quien a su vez eligió a nuestro México para radicar inmerso en su calidez y nobleza.
Ojalá que en un acto de sensatez y respeto se hubiesen abstenido de hacer presencia todos los profesionales del politiqueo que nada tenían que hacer en la ceremonia y para quienes lo importante era aparecer en la foto lo más cerca del Presidente, pero que no aportan un ápice a la cultura en México, por el contrario, agraviaron a los seguidores de nuestro querido y entrañable Gabo.
Hechos son amores, dice el adagio popular, y es tan fácil para quienes manejan el erario y asignan las partidas presupuestales hacerlo en serio, con la importancia que merece la cultura, al tiempo de extender el compromiso con quienes día a día aportan su talento y creatividad para enaltecerla no sólo con aquellos beneficiados por las prebendas obtenidas mediante el halago fácil e inmoral y sobre todo con el abyecto silencio que imponen a las críticas que deberían manifestar.
“Gabito”, como le decían sus más cercanos, se ha adelantado y, sin embargo, Macondo no está de luto, le preparan una fiesta que va a durar cien años, no de soledad, más bien de amor, aunque no sean tiempos de cólera y haya una abuela desalmada o una Cándida Eréndira que platiquen precisamente del amor y otros demonios, en tanto consuelan al coronel, pues a éste nadie le escribe, aunque siempre quiere hablar a todo mundo sobre las memorias de sus putas tristes.

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