REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Emmanuel Carballo: molesto, pero necesario I


Héctor Anaya

El Emmanuel Carballo directo y sincero: El escritor y periodista de larga y fructífera carrera Héctor Anaya entrevistó a Emmanuel Carballo el 23 de agosto de 2010, cuando estaban vivos varios de los autores mencionados y criticados por Emmanuel: Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Gabriel García Márquez. La conversación en que se muestra Carballo con toda la crudeza de un crítico iconoclasta, se publicó en el capítulo Voces de la insolencia, del libro de Anaya, El arte de insultar, aparecido en agosto de 2012. Carballo nunca fue complaciente, pero en esta entrevista, como él mismo subraya ('Yo nunca he dicho tantas cosas tan terribles, como las que te cuento') hace señalamientos contundentes, que tal vez expliquen por qué tan pocos escritores hablaron de Emmanuel a su muerte, a diferencia de los que se manifestaron ante el fallecimiento de García Márquez.
Tal vez esta entrevista permita conocer más profundamente a quien se consideró un verdadero francotirador y quizás el último gran crítico literario que conoció el país, el supremo juez de la República de las Letras, que en su opinión gozaba de mejor salud que la real.
El Búho reproduce esta entrevista excepcional por considerarla un documento literario en México con pocos antecedentes y acaso con pocos seguidores. Pero ya es tiempo que dejemos el tono complaciente o melifluo de la crítica literaria y veamos a las celebridades, tal como fueron, y que los medios de comunicación y el poder político han decidido que son las mayores de la humanidad.

El Búho

Emmanuel Carballo: molesto, pero necesario
Héctor Anaya

Voces de la insolencia ha habido muchas. Por fortuna.
De quienes están vivos, seguramente la más claridosa y fundamentada es la del reconocido iconoclasta, Emmanuel Carballo (1929– ), que se asume francotirador y disidente, y como crítico literario se autodefine «molesto pero necesario».
Poeta y narrador en sus primeros años, se entregó tempranamente al estudio y a la crítica literaria, que a lo largo de su vida ha combinado con la edición, la promoción cultural, la docencia y el periodismo, tanto en prensa, como en radio y televisión.
Perspicaz investigador, supo detectar talentos literarios a los que impulsó, promovió y editó, convencido partidario de la innovación, a escritores novicios que con su permanencia en la vida literaria demostraron el buen tino que tuvo al elegirlos. Pero también ejerció con rigor su juicio literario, que en no pocas ocasiones sepultó afanes de escribidores.
En una larga entrevista se erigió en tribunal del magisterio de la lectura, pues asegura que sólo le ha interesado hablar de las mejores expresiones de los escritores nacionales y extranjeros. Pero, ¿lo ha hecho con comedimiento o con insolencia?
¿Te consideras una persona insolente? ¿Has sido insolente con alguien?
–Con quien lo merece sí. Pero no me parece una insolencia, sino una justificación y al mismo tiempo decirle: «Eres un tonto. Soy tu espejo. Te estoy diciendo cómo te veo y te veo así. Eres una porquería».
¿Y se lo has dicho a alguien de frente o nada más por escrito?
–Yo me di cuenta de que era crítico en una calle de la Guadalajara de mil novecientos, años treinta, en el siglo XX.
Estábamos mamá y yo en la ventana viendo pasar la vida. Y en el balcón de enfrente salió una señora con su hijo. Yo me le quedé viéndola y digo: «Paco, ¡qué feo eres! Te pareces a tu mamá». Y entonces se cerró la ventana de los Ponce y se cerró la ventana de los Carballo. Y se acabó una amistad simplemente por decir la verdad. Mi gran desgracia, era ésa. Me acuerdo que mi mamá me decía: «Hijito, si tú no cambias te vas a parecer a Don Quintín, el amargo, pieza de algún autor español… creo que un sainete».
Zarzuela o algo así…
–Yo cada semana ganaba un enemigo. ¿Por qué? Porque decía lo que veía. Decía lo que veía en un libro. Si me gustaba decía porqué. Que es una cosa que en México, no se dice. Yo lo digo y ya. «Bueno éste es un pendejo». Pero tenía que demostrar que lo que estaba diciendo fuerte, estaba basado en razones, no solamente en lógicas, sino estilísticas, estructurales, que tenían que ver con la Filosofía del Lenguaje.
¿Y no supusiste que te podrían devolver la pelota?
–Claro, claro, claro. Yo he sido… Yo he sido el eterno postergado.
Pero te inhibiste de hacer creación literaria, ¿no?
–Bueno. Lo que yo escribo es creación literaria. Una crítica bien hecha… es tan importante como un soneto de Shakespeare.
Pero me refiero a una ficción ¿no? Novela, cuento…
–Escribí, por ejemplo: Las memorias
Y también escribiste los cuentos de Gran estorbo la esperanza.
–Escribí cuentos. Pero no era buen cuentista. Y, el verdadero crítico empieza en su propia casa y en su propia persona. Si yo no era un buen cuentista como le exigía a los demás, y no podía dar textos que yo decía: «Hay que escribir así». Me abstuve de molestar a la gente con mis obras. Y lo mismo hice con la poesía. Mi poesía era de 7.5 y yo exigía poesía de10 puntos. Y si no la podía escribir… la podía leer, escrita por otras personas. Y, en mi crítica ser exigente. Si era exigente conmigo… tenía el derecho de ser exigente con los demás.
¿Pero no dejaste de escribir por pensar que te podrían atacar también a ti?
–No, no. ¿A mí? ¡Ay!, mira… Estaría en un convento de tartufos. A mí si no me atacan, el desayuno no me sabe: ni la avena me sabe a avena, ni los frijoles a frijoles. A aserrín me sabrían las comidas. ¡Hombre!
¿A quién empezaste a criticar?¿Recuerdas cuál fue tu primera crítica un poco violenta, un poco amargosa, o algo parecido?
–Yo empecé hablando de las gentes que tenía en mí alrededor. Los escritores de Guadalajara… a los que… verbalmente les decía lo que pensaba. A Ramón Rubín de la Borbolla1 le dije, por ejemplo: «Hay que dedicarse a lanchero y no a escritor». Porque escribía sobre novelas del mar. Nao. Una botella arrojada al mar, o quién sabe cómo se llamaba…
Sí… Pero allí tenías mucho material. Hay muchos escritores en Jalisco…
–Sí, pero escritores de segunda, de tercera categoría. Yo he tratado de formar una aristocracia en la literatura mexicana. De poner solamente lo mejor. Que lo tenemos. Y no confundir lo excelente con lo mediano y con lo malo. Que los malos, se ocupen de los malos. Los críticos, que les pagan por escribir. O que quieren escalar puestos haciendo… elogios de su jefe.

Los escritores que conoció
Una de las facetas de este crítico e historiador literario, es su labor periodística, particularmente como entrevistador de grandes escritores, que plasmó en su libro Protagonistas de la literatura mexicana, que a partir de 1965, cuando apareció la primera edición, se ha mantenido como una obra de consulta obligada y por tal motivo ha sido objeto de reediciones y de adecuaciones por parte del autor. En la edición original se ocupó de 20 escritores fundamentales para entender las letras del siglo XX, de José Vasconcelos a Carlos Fuentes.
¿A Mariano Azuela2, lo conociste?
–Ayer di una Conferencia sobre la novela de la Revolución. Y tomo como un ejemplo de la novela… Dos grandes escritores: Azuela, la versión popular. ¿Por qué se levantan los de abajo? Y Martín Luis Guzmán3… ¿Por qué se levantan los de arriba?
–A mí me parece mucho mejor prosista don Martín
–Es el mejor prosista del siglo XX
Pero Azuela es un poco lineal ¿no?
–Azuela es un escritor del siglo XIX, que le tocó vivir en el siglo XX.
Es un poco lineal, ¿no?
–Pues sí… Ahora, él no trató de ser más que eso. A una gente le tienes que criticar lo que él quiso ser. No pedirle… peras al olmo. O que una gente sea Tolstoi y otra Dostoievsky. Ya con que sean Pérez Galdós 4, es suficiente.
¿Quién, de los escritores que conociste, te causó la primera admiración?
–Pues yo creo que con López Velarde 5.
¿López Velarde? Pero no lo conociste, el murió mucho antes que tú nacieras.
–Él murió en 21, yo nací en 29.
¿Pero de los que conociste…?
–Bueno… Por carta, mi primer entusiasmo, y sigue siendo un entusiasmo, sesenta años después, es Alfonso Reyes 6. Si yo alguna influencia tengo en mi prosa de los últimos años –ya no es leer sus libros, sino recordar las lecturas de sus libros–, es Alfonso Reyes. Sus obras completas. No importa de qué habla... sino cómo habla de lo que habla. Habla de una naranja. Habla de este libro que está puesto sobre esta mesa. Y se ilumina la mesa y el libro por la manera cómo habla de las cosas. Ahora el gran problema de Reyes, es que realmente siempre habló del libro y la mesa. No de los grandes problemas humanos.
Eso le reprochó Borges
–La angustia, el deseo… El deseo de ayudar a tus semejantes, el terror a la muerte… a la enfermedad, al dolor, un miedo a todo eso.
Bueno, ya estaba muy lastimado por la muerte de su padre.
–Eso te iba a decir… Ahora, El nueve de febrero… que es un libro precioso. Decía: «Ese día murió mi padre y morí yo», «Preguntadle a los hados de febrero porqué soy como soy. Allí murió mi padre y allí morí yo, frente a Palacio Nacional». Y le preguntaba un reportero, no muy inteligente: «¿Y de qué murió su papá, don Alfonso? …dicen que de ametralladora».
¿Cómo pueden llegar a entrevistar con tanta ignorancia? Pero bueno, sabemos que así hay muchos.
–Fíjate una cosa. Cuando entrevisté a Alfonso Reyes, le dije: «Mire, don Alfonso, vamos haciendo una cosa. Yo creo conocer su obra bastante bien.

Entonces, no lo voy a entrevistar, voy a entrevistar a sus libros. Por cada pregunta que le quiera hacer, me voy a encontrar en sus libros la respuesta. Y cuando lo termine se lo traigo a ver qué le parece. Estaba emocionado». Pero dice: «Aquí yo fui demasiado severo con este escritor. Yo no quiero tener problemas con nadie». Y se corregía a sí mismo para que no lo fueran a… atacar ¿no? Tenía miedo. Porque, hasta Jesús Arellano, en un cuartito que rentaba en la colonia Bondojito, tenía un altar de Alfonso Reyes. Y don Alfonso sufría con los colofones de metáfora… con las bromas.
Con las mentáforas,
¡Mentáforas! Sí, sí. Yo quiero. Estoy haciendo un trabajo sobre la injuria en literatura.
¿Tú también?
–Haciendo un juego, en los ataques que nos cruzamos. Metáfora y la Revista Mexicana de la Literatura. La literatura que propugnábamos hacer Carlos Fuentes y yo, con la literatura nacionalista. Los polkos, nos decían, en lugar de combatir a la influencia norteamericana, nos íbamos a los centavos de la Rockefeller. Era la lucha entre el pasado y el presente que querías en el futuro. Sin embargo, Arellano se atrevía a decirnos cosas. Y esto en el México de ahora, ya no lo encuentras. Añoras que ya no haya Arellanos. Que haya viles personas, que sin dar su nombre, te hagan las maldades terribles contra tu vida, tu honra, tus trabajos. Todo eso. ¡Es horrible!

La ruptura con Carlos Fuentes
¿Cómo van tus relaciones con Fuentes? ¿Se rompieron? ¿Terminaron? ¿Se apartaron, no?
–Absolutamente. Están rotas… completamente, rotas*. Pero sin embargo, hay cosas que cuando yo hablo en mis memorias de Fuentes, cuando tengo que decir cosas que no me gustan de Fuentes lo digo. Por ejemplo, en… las cosas que andan publicando en la Revista de la Universidad. Carlos me atacó en la última novela suya. Que ya es la penúltima, parece conejo, pare cada tres meses una novela. Le pone a su personaje Lucha Zapata. Y Lucha Zapata era una mujer a la que yo quise mucho, Ya murió.
¿Zapata Vela?
–Zapata Vela, exactamente. La famosa familia de izquierda Zapata Vela, comunista.
–Y me decía Carlos: «Emmanuel, ¿cómo puedes andar con Lucha, si es comunista»? «Carlos, es una mujer y me gusta mucho. Y para joderme, le pone a su personaje Lucha Zapata, duerme en un petate, y es una barrendera que hace tortillas con la mano y no con tortilladora. Y le digo: «Carlos, eres un hijo de la chingada. Tú puedes… así…, poner las cosas de una persona, al convertirla en personaje, pero no puedes usar su nombre. Es una canallada lo que has hecho». Ella está muerta, su familia también. Ya nadie se acuerda, solamente las gentes como tú.
Y ¿cuál fue la razón de que se apartaran?
–Razones políticas.
Porque tú eras más de izquierda.
–Absolutamente.
Que apoyabas a Castro9, las luchas revolucionarias. En un principio Carlos también fue de izquierda
–No, no. Fíjate. En un libro que escribió Orso Arreola, el hijo de Juan José 10, en sus memorias, cuenta Juan José, cómo conoció a Fuentes. Era de la ACJM 11. Era un católico absolutamente beligerante y… combatiente. Y cuando entró a la literatura vio que ser de derecha…
–No era buena recomendación.
–No era buen negocio. Que había que ser de derecha, pero no decirlo. Practicarlo, pero a oscuras. Y así es como hace su literatura. Fíjate que yo nunca logré, que Carlos entendiera lo que se estaba jugando en Cuba. Que era… Pensábamos, entonces, que iba a ser el futuro de América Latina. Y estábamos equivocados. Carlos tuvo razón. El inmovilismo es mejor que el movimiento, en política. El PRI vale más que… que el PRD
¿Crees?
–Le dio cierta tranquilidad a México y muchas injusticias. Y luego se dedicaron a pelearse entre sí. Y a usar el botín que la derecha les daba y seguían siendo la izquierda. Yo llegué a la izquierda, pero no por gentes mexicanas de mi generación… O de generaciones anteriores. Yo llegué por la Revolución del 17…

Escritores de izquierda y derecha
Pero, a Revueltas 12, un escritor comunista, sí lo apreciaste.
–No como ideólogo. Sí, no me parecen los grandes escritores… de la línea de Dostoievsky. En mis memorias venía diciendo que es uno de los grandes escritores. Yo le publiqué sus obras completas en Empresas Editoriales. Neus le publicó sus obras completas obra por obra en Era. Nunca logramos que fuera popular, que la gente lo leyera. Sí a mí me parece extraordinariamente bueno, pero… Dios en la Tierra. Ese cuento…
Es maravilloso. Sus cuentos son… estrujantes además.
–Pero una cosa es el escritor y otra cosa es… Yo no estoy con las tonterías del Tolstoi de su última época de salvar el alma del mundo, sino por La guerra y la paz, por la novela de la mujer adúltera que se echa a las vías de un tren: Ana Karenina. Yo respeto a la gente de derecha, como François Mauriac: me gustan mucho sus novelas, pero no su ideología. Ahora, como ser político tengo mis amigos y mis enemigos. Y gentes que desprecio y gentes que amo.
¿Y con qué escritores de derecha o de izquierda has tenido más polémicas o conflictos?
–Pues mira polémica… Mira como una buena polémica… Yo estaba haciendo unas entrevistas con un poeta español al que admiro mucho. Creo que es el mejor poeta de la generación del 27 en España: Luis Cernuda. Y estaba haciendo una serie de entrevistas. Entregué mi artículo. Fui a tomar un café. Regresé a Novedades a corregir mi artículo. Y me encuentro en el cubículo, o en los cubículos de México en la Cultura, borrachos: Jaime García Terrés (1924–1996), Fernando Benítez y Carlos Fuentes, bailando… Le habían echado alcohol, del que estaban bebiendo, a mis cuartillas. Y gritaban: ¡Pinche, puto!, ¡Pinche, puto! ¡Pinche, puto! Y aquí lo cuento, tal como te lo estoy contando a ti. Perdí… hoy pues Benítez, está muerto, García Terrés, está muerto y Carlos Fuentes, está vivo 15. Es la venganza, por ejemplo, de Lucha Zapata. En fin. Pero yo lo vi hacer eso. Lo cuento en mi Diario público. Mi polémica con Fernando del Paso (1935– ), aquí está. Cuando se trató de ponerle un enemigo importante a Rulfo (Juan 1917–1986), se pensó en Del Paso. Y Orfila (Arnaldo (1897–1997), creyó que iba a ser el gran escritor, y su primera novela no funcionó.
José Trigo, ¿no?
José Trigo. Y yo dije que, pues José Trigo, no era una buena novela, es una novela del montón. Lástima de tanto Joyce (James 1882–1941) y tanta novela si no había talento en la persona que lo hacía. Y yo era jurado de Bellas Artes, para el premio Rómulo Gallegos. Leí las novelas de los últimos años. No vi ninguna novela que valiera la pena. Hice una carta en que México se abstenía de concurrir a Caracas, al premio Rómulo Gallegos, porque no había ninguna novela… que mereciera representarlo.
¿No fuiste muy drástico con eso?
–Fui muy drástico porque decía la verdad. Lo que falta en México es ser drástico. Decir las cosas con huevos, pero al mismo tiempo con cerebro. Saber leer, saber escribir y tener la presencia de decir lo que piensas en público. María del Carmen Millán (1914–1982) era la otra, el otro jurado, Sergio Fernández, no podía ser, porque él había publicado una novela. Y el ingenuo de Sergio pensaba que podía ser premio Rómulo Gallegos, que entonces era importante. Y a Fernando del Paso lo habían endiosado tanto… Querían ponerle a Rulfo un contrapeso. Y entre Rulfo y Del Paso, era como comparar a Spota con Thomas Mann (1875–1955). No hay absolutamente punto de contacto. No son de la misma familia.
Y tuviste problemas con Del Paso…
–Bueno. Pues no problemas. Entonces escribió, defendiéndose, y yo le contesté. Y fue un atorón… Y esa polémica está desde el principio hasta el final en este libro.
Entonces con Del Paso, tienes esta polémica.
–Otra con Gabriel Zaid (1934– ).
–¿También con él? ¿Por qué?
–Yo era… Trabajaba en el Fondo de Cultura Económica, hacía La Gaceta, hacía un programa de televisión, un programa de radio.
Y con Gabriel cuál fue el problema
–Entonces manda un libro de su autoría… Un primer libro de poemas. Yo hago el informe respectivo: «Este señor hace muy bien sus versos. Es un repostero de primera. Su harina, sus huevos, su royal, todo es perfecto. Lo único que le hace falta es la gracia del verdadero chef. Y si ese chef sin la habilidad suprema que te dan los dioses, se te… Metes al horno tu producto y se te cae en lugar de subir». Y eso le pasa a Gabriel Zaid. Sabe hacer un pastel y le falta la gracia para sazonarlo. Siempre será un erudito que hace poemas y no un poeta que hace obras maestras. Mandó a sus achichincles que me atacaran. Le contesté y luego…
¿Y te contestó?
–Pues sí. Siempre mandaba a sus peones de brega. Matador. Tenía que matar y su espada no tenía filo. No mataba al toro. Y ahora, han pasado por esta... Salió en Sábado, el suplemento de Huberto Batís (1934– ).
Sí, que andaba siempre, amarrando navajas, ¿no?
–Para que la gente hable. Ahora nadie habla. Toda la gente te chinga, pero en tus trabajos. Te levanta falsos testimonios. Ya te contaré las cosas que me pasan a mí que… Y, entonces, él (Zaid) habló con Orfila. La nota de Carballo la leí, pero no la tomé en cuenta y publico este libro. Perfecto, pero usted, Orfila, cometió un error. No actuó como un verdadero director de una editorial. Sino un hombre que le conviene publicar a un autor que es importante… pero que no vale la pena. Y yo tenía razón, de eso hace cuarenta años. Él es ensayista, no es poeta.
–¿Te disgustaste con Orfila también por eso?
–Bueno, hay razones y razón. Las razones se las dejo al lector... Y la razón es… que yo era un hijo de la chingada. No respetaba a nadie.
–También con Benítez, tuviste problemas, ¿verdad? Porque no te dejaba decir todo lo que querías decir al principio ¿no?
–Cuando llegué de Guadalajara, recién llegado con la beca Rockefeller… «Premio Mexicano de Escritores»… Llegué diciendo todo lo que pensaba. De toda la gente… Yo nunca he atacado tontos, sino a la gente importante, ¿no? Si un crítico se dedica a hablar de gente más tonta que él, es difícil encontrarla.
–Tienes que atacar a la gente que vale la pena. Y con la que quieres convivir y vivir. Tú quieres ser una de ellas.

Los conflictos con Paz
¿Con Octavio Paz cómo te llevaste?
–Escribí que el Laberinto de la Soledad era un libro reaccionario. Era un libro que en lugar de ayudar a los mexicanos a dejar atrás sus complejos, se los aumentaba. Que les explicaba toda una serie de cosas, pero no completamente. –Sí, ustedes tienen este mal, pero decir vamos… cómo superamos ese mal, es lo que no supieron ver ni Samuel Ramos (1897–1959) ni Octavio Paz. Y tenemos complejo de inferioridad. Pero ahora, carajo, si no lo tuviéramos, no tendríamos ni eso. Es nuestra única… el sarapito que nos cobijamos cuando hace frío en el mundo.
–Sergio Magaña (1924–1990) decía que no tenemos complejo de inferioridad, sino que somos inferiores…
–Ahora, atacar es muy fácil. Hay que construir. Es decir, la literatura mexicana no es la francesa, no es la alemana… No es ni siquiera la española que es quizá la más floja de Europa. Aquí, una gente que no tiene talento puede llegar a ser una luminaria. La Academia de la Lengua está llena de gente que firma con dedo… Porque no saben escribir. No han hecho una obra que valga la pena. No conocen la gramática. Sobre todo tienen una riña permanente con el talento.
–A ti jamás te llamarán para la Academia.
–No y me han propuesto. Salvador Elizondo (1932–2006) me propuso… y obviamente me rechazaron. Oye, yo nunca hice la menor… al contrario. En general las Academias son… la cosa irreal en la Academia, va contra las leyes mexicanas. Es una potencia extranjera. Y no debemos aceptar medallas sin pedir permiso al Senado. O sea, que hasta legalmente está mal hecha la Academia. Después le quitaron ya lo de Real Academia. Es la Academia Española de la Lengua. Quitaron lo de la Real. Seguíamos siendo súbditos, doscientos años después. Y ellos son súbditos de España. Y hablamos de libertad ¿Cuál libertad literaria si dependemos de Madrid?
–Pero tú siempre has dicho que la República de las Letras goza de mayor salud que la República Política.
–Pues sí, pero imagínate cómo estará la República de Carne y Hueso frente a la de Papel y Tinta.

Los inteligentes de México
La conversación toma otro sesgo. Emmanuel abre un nuevo ramal, a partir de la admiración por la inteligencia y rinde homenaje a un hombre que si en principio luchó a favor de la independencia de México, participó también en el movimiento separatista de Yucatán y apoyó la separación de Texas, por lo que el Estado le canceló la condición de mexicano al considerar que había traicionado al país.
– Yo creo que el mejor pensador, el hombre más inteligente de México en el siglo XIX fue Lorenzo de Zavala (1788–1836). Y este señor sirvió a Yucatán, primero, después fue… quiso ser separatista. Sirvió a España, fue diputado a Cortes. Sirvió a México. Zavala, es el hombre más inteligente de México. Como escritor, El viaje a los Estados Unidos es notable, su periodismo es magnífico. Un hombre de inteligencia, atroz.
–Y en el siglo XX, ¿quién podría ser el equivalente de ese hombre más inteligente? ¿A quién encontrarías con una capacidad semejante…?
–Pues yo creo que sería en… pienso en varios, que entre todos harían uno. Mira, pondría a Octavio Paz, pondría a Vasconcelos.
–Hasta cierta edad… A Vasconcelos
–Sí, a Vasconcelos, en cierto momento y además, como Ministro de Educación Pública. Y en el siglo XX, hace un modelo educacional, que todavía, a principios del siglo XXI, si se pusiera en práctica, saldríamos de los dominios de la Profesora y seríamos un país… Cada vez estamos más bajo, más bajo, más bajo, mundialmente, en la educación. Bueno… Yo metería a Paz, a Vasconcelos, quizá al historiador Francisco Bulnes (1847–1924). Ah y algo de Samuel Ramos, Jorge Cuesta (1903–1942)…
–No has incluido a ninguna persona de izquierda. O son del centro o son de derecha…
–Pues mira Arnoldo Martínez Verdugo (1925– ), a quien yo estimo mucho en lo personal, no dejó nada escrito. Adecentó, por dentro al Partido Comunista, lo adaptó al 20 Congreso… Valentín Campa (1904–1999), hombres que entregaron su tiempo, estuvieron en prisión, sus familias comían una vez al día… Yo los admiro, Héctor. El único partido, mientras existía el Partido Comunista, al que yo nunca pertenecí pero sí admiré, es el Partido Comunista… Yo fui Director de Difusión Cultural en la Universidad de Puebla, en la época en la que estábamos en contra del Estado de Puebla. Y en contra del gobierno mexicano. Íbamos cada semana a llevar un muertito al panteón, cantando La Internacional y las consignas más terribles. Yo hice una labor muy interesante… Antes de lo del 68, o no, después del 68. Sí, sí… Y coincide un poco cuando yo conozco a Beatriz. Iba por mí a Puebla los viernes y nos… Yo estaba de lunes a jueves hacía Diógenes, que era más de izquierda, jugaba el juego de la democracia que publicaba en la extrema... Yo jugaba con puros grupos: los Tupamaros, los Sandinistas, los Cubanos… Más de izquierda… yo podría ser… Ah, también, cuando era miembro de la revista Casa de las Américas de la Habana, la mejor revista de izquierda que hay en el mundo.

Cuba y García Márquez
En su revisión de los escritores que ha conocido, Emmanuel Carballo, quien está consciente de que su oficio «se presta más a la censura que al elogio», exploró también en la larga charla con el autor la literatura y la ideología de Gabriel García Márquez (1927– ), Premio Nobel de Literatura en 1982:
–Cuando Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, estaban en Mundo Nuevo, este… uruguayo Emir Rodríguez Monegal (1921–1985)… era la derecha. Cuando se dio cuenta Gabo, de que por ahí no… entró a Prensa Latina como reportero… Nunca quiso ir a la Habana, nunca quiso meterse a la Casa de la cultura, a la Casa de las Américas, porque no quería comprometerse. Ahora cuando vio la posibilidad, ya siendo famoso, de tener un amigo de talla internacional que pudiera abrirle caminos, que podría hacerle cancha en otros predios, empieza sus viajes a Cuba y lo tratan como un pachá de derecha y no como un luchador de izquierda. No hizo nada por Cuba. Cuba hizo por él. Lo ayudó a que fuera famoso ahora sí como grandísimo escritor. Yo leí, en originales Cien años de Soledad. Él me llevaba todos los sábados lo que había escrito en la semana para que lo leyera y le devolvía lo que había hecho la semana anterior. Y le decía «Lo que tú escribiste es perfecto. Difícilmente los hombres pueden llegar a tal perfección»
–¿Es el escritor del siglo XX al que más admiras?
–No, no… En su momento sí. Pero ya hay muchos muy buenos. Ya después, posteriormente… En sus memorias, en el bogotazo, donde está Fidel Castro a quien no conoce, tratando de cambiar la faz de América Latina, él rompe la vitrina de una tienda que vende artículos de lujo para caballeros y se roba un smoking. Fue lo que hizo en el bogotazo… Asqueroso. Verdaderamente lamentable
–¿Quién hizo eso? ¿García Márquez?
–Gabo. García Márquez. Claro. Sí, sí, en el bogotazo
–¿Pues no que no le gusta el smoking? Recibió el premio Nobel vestido de otra manera.
–Pues sí, pero entonces tenía 20 años. Si todos eran de determinada manera, él quería… y fue muy hábil. Era un publicista de sí mismo notable. Esa cosa gruesa, guayabera tan desagradable, tan cursi. Él la usó y la usó con dignidad: fue a Estocolmo a recibir su premio en guayabera. La primera vez que una guayabera no estaba reñida con el talento… Pobres yucatecos.
–¿Y tú no crees que sea necesario para un escritor hacerse ese tipo… de publicidad?
–Yo he hecho al revés. Toda la gente me conoce. ¿Por qué? Porque he sido un iconoclasta 24 horas y tiempos extra.
–Pero además has aprovechado todos los medios ¿no?
–He usado todos los medios: la radio, la televisión. Tú me has ayudado en eso. Y una cosa que es la mejor manera de llamar la atención. Decir la verdad. Sin pudor, pero con razones
–¿Te arrepientes alguna vez de haber hecho calificación?
–Bueno, me he equivocado, me he equivocado. Por supuesto
–Pero… ¿has corregido? ¿Le has dicho a la persona a la que criticaste mal que te habías equivocado?
–No. Pero bueno, yo no tengo por qué decir: «Me equivoqué». Me lo digo a mí mismo. Con eso basta y sobra. Y si puedo, en otro texto digo: me equivoqué por esto, y por esto y por esto, más bien no supe entender.

Con las mujeres escritoras
–¿Has sido, más insolente con los hombres que con las mujeres?
–Bueno, insolente no he sido… He tenido momentos de insolencia. Sobre todo cuando eres joven. Te sientes guapo, que tienes éxito con las mujeres, que la gente te conoce. Te vuelves un poco insolente. Pero, afortunadamente, verdad, la Naturaleza se cobra y tú eres la primera víctima: te vuelves viejo, calvo, sin dientes, panzón, artrítico, diabético. Y ya, todo eso.
–Pero el veneno… el veneno no te falta.
–No. El veneno… algo me quedó. Ahora ya soy un… humilde venenoso de tercera categoría, y antes fui de primera.
–Una cobra en reposo.
–Eso, una cobra en reposo.
–Bueno. Pero me refería a tu trato con las mujeres escritoras. Con la gente de la cultura, que también has tenido que comentar. ¿Cómo las has tratado…? ¿Has tenido especiales consideraciones?
–Yo fui descubridor de Elena Garro (1920–1998)... de Inés Arredondo (1928–1989), de Beatriz Espejo (1939– ), de Elena Poniatowska. Yo creo que mi única equivocación fue Elena Poniatowska.
–¿A Rosario Castellanos (1925–1974) cómo la trataste?
–Bien, incluso fuimos compañeros de generación. En mis Protagonistas de la literatura mexicana digo que es una buena poetisa de segunda fila. Y como novelista es muy mala. Oficio de Tinieblas y todo eso, son novelas indigenistas, de consigna. La literatura no es consigna, es exposición de un universo. Y que el lector saque sus consecuencias. No se las estás dictando desde la primera línea
–¿Qué escribiste de Rosario en relación con su trabajo?
–La entrevisto en mis Protagonistas… pero pues sin mucho entusiasmo. Que dé sus puntos de vista. Me gusta mucho un poema suyo, “Lamentación de Dido”. Es extraordinariamente buen poema, perdurará hoy y mañana y pasado mañana, entre los grandes poemas de la literatura mexicana.
–Sobre todo porque se anticipó y resultó autobiográfico ¿no? En la entrevista ella te lo declara.
–Lo hizo autobiográficamente. Otro libro suyo que me gusta mucho. Que no sé si debieran publicarse: sus Cartas a Ricardo Guerra. Que es un poco la “Lamentación de Dido” en prosa. Ricardo (Guerra 1927–2007) le hizo la vida… Pero le dio la materia prima para que fuera una mujer desencantada. El desencanto la llevó a la poesía. Y a la gran poesía. Sin Ricardo hubiera sido una poetisa de tercer orden
–Yo creo que el desencanto empezó cuando se enamoró de Wilberto Cantón (1923–1979).
–La perseguían puras cositas chiquitas, como Tito Monterroso (1921– 2003), como... Yo fui compañero de estudios de beca en el Centro Mexicano de Escritores. Platicar con ella era como jugar «ping pong». Una malicia… tuya, y te contestaba otra. Igual o mayor. En cinco meses, al carajo. Esto no conduce más que a la desviación de los demás y de ti mismo. Pero, la inteligencia debe aplicarse a cosas positivas y que valga la pena. Pero en ese tipo, esos torneos en que verbigracia. Rosario estaría en unos primeros lugares. Y femeninamente, yo no he conocido una mujer con un talento para ese tipo de cosas como Rosario Castellanos.
–Yo conversé mucho con ella. Nunca fue mi maestra, formal, pero sí lo fue en la vida. Porque conversaba mucho con ella. A mí me llamaba mucho la atención la perfección con la que hablaba.
–Rosario era 4 años mayor que yo. Y cuando yo llegué a México, ella era 20 años superior en cultura, en mundo, en toda una serie de cosas. Ha sufrido mucho. Los hombres fueron ingratos con ella.
–Para comenzar su familia. Su familia fue terrible con ella.
–Me hizo recordar, Rosario, una frase que es ésta: la definición de poetisa: «Poetisa es una mujer fea que se hace el amor a sí misma en verso.» No es mía esa frase. Es de un escritor español, muy importante, cuyo nombre por razones obvias, no cito… Es buena frase y se aplica a muchas…
–Muy misógina.
–Como era en el siglo XIX… Cuando en 53 yo llegué a México, la única escritora con la que podías hablar, era ella, una mujer muy culta, muy inteligente. Ahora, ser muy inteligente no quiere decir que sea buena escritora. Hay mujeres que no son muy inteligentes y hombres que no son muy inteligentes y homosexuales que no son muy inteligentes, que hacen obras maestras. Y gentes muy talentosas que fracasan en la novela, en la poesía, en el ensayo. Y en todos los demás géneros literarios.
–La cultura tampoco te da esa pasión creativa, ¿verdad?
–Y hay quienes son incultos, solemnemente incultos, y son grandísimos escritores. Y al revés: gente muy, muy culta que cuando escriben sus cultismos los llevan a la pedantería…

Salvador Novo, Monsiváis
–No hay muchos Góngoras, ¿verdad?
–Ni Quevedos.
–¿Tú crees que aquí haya habido un Quevedo? ¿Cómo consideras tú a Salvador Novo, que era el maestro de la invectiva?
–Bueno pasa por la línea de Quevedo... por la sátira aguda que tiene. Yo le publiqué en Empresas Editoriales… toda la prosa. Bueno, yo estuve un poco…
–Sí, sí. Yo tengo ese libro. Claro que sí.
Mis entrevistas que agregué a mis Protagonistas… las más grandes son con Salvador Novo. Le publiqué sus notas en los periódicos. La vida en México por periodos presidenciales: Cárdenas, Ávila Camacho, Alemán. Mi admiración por Novo era… más grande antes que ahora. Se repetía mucho. Era un Monsiváis, con talento.
–¿Cómo te llevaste con Monsiváis?
Bueno, yo lo descubrí… Yo le publiqué La antología de la poesía mexicana en Empresas Editoriales. … Tardaba cuatro o cinco años, se quedó como con 70 libros míos. Le publiqué su autobiografía que era muy buena. El primer Monsiváis es excelente. A Monsiváis lo que lo pierde es la fama… y tener un público. Buscar un público. Entonces escribía para ese público y ya sabía cómo divertir a ese público. Ahora tú le escribes a un público, especial, con tus características morfológicas, sexuales, intelectuales, entonces no piensas en todo el público, sino en un sector muy reducido. Y cada vez Monsiváis escribía para sus admiradores. Y sus admiradores son realmente tontos, pedantes, incultos. Entonces le pasó eso a Carlos. Ya no escribía para los lectores inteligentes. Para sus trescientos y algunos más…
–En los homenajes se estuvo hablando acerca de que Monsiváis se había interesado en el pueblo, que escribía para el pueblo. Y yo creo que no. Yo creo que escribía… para que ciertos intelectuales supieran que se interesaba por el pueblo
–Él era el pueblo. Yo cuando conocí a la mamá de Monsiváis me hablaba todos los días, una o dos veces diarias, hablando pestes de Carlos. Pero por cariño, no, no porque lo odiara, sino por ese cariño que le ves errores a tu hijo. Porque lo quieres mucho y te da pena y dices: «Yo amo a mi hijo». Le ves defectos, para que digan: «No señora está usted equivocada, su hijo…» No, Carlos Monsiváis tuvo un arranque de caballo de aquí a Londres. Llegó a la meta como burro.

José Emilio Pacheco
–¿De José Emilio (1939– ), qué piensas?
–También es otro descubrimiento mío. Él me hizo la Poesía del siglo XIX. Nunca se atrevió a hacer la autobiografía. Yo digo que tuvo miedo de ver qué traía adentro. Fíjate que José Emilio nunca hablaba de sí. Se ha retratado en algún personaje. Batallas en el desierto. Es un poco su infancia. Está medio enamorado de la mamá de un compañero. Fue la única infidelidad en… Que no podía enamorarse de una mujer casada. El pecado más grande que ha cometido. La falta de erotismo, la falta de compromiso. Nunca ha sido un apóstol tratando cuestiones religiosas. Nunca ha cometido errores sexuales de enamorarse de una mujer equivocada. De una mujer mejor que la que tienes y que te da lo que tú necesitas y no te da nadie. Y su poesía… Es un filósofo que hace versitos. Es como las cosas de Selecciones, que ponen abajo de los artículos, pensamientos de los grandes hombres… dichos en pequeñas píldoras
–Sabiduría en pocas palabras
–Pero es una gente muy talentosa… Le tuvo miedo a la vida y a sí mismo… Que ahora, como escritor, yo no conozco a nadie en México, que tenga tanta cultura, tanta capacidad personal para escribir.
–Y de investigación.
–Bueno, todo. Como periodista en Proceso…
–Yo recuerdo que nos leía a todos. Siempre sabía lo que acababa de escribir, y así escribiera yo en un periódico poco conocido, en una revista. A mí me sorprendía: Bueno, ¿cuándo tienes tiempo de leernos a todos?
–Mira, yo como talento en México. De gentes que yo haya descubierto, es el más talentoso. Ahora, qué carajos ha hecho con su talento. Cosas inferiores a lo que pensábamos que iba a ser José Emilio. Han sido muy aplaudidas, pero van a ser muy pronto olvidadas. ¿Por qué? Porque no hay vida adentro. No hay una visión del mundo, de hombres, de sí mismo. De sus horrores internos. De tus errores personales. Políticos… Nunca se ha metido a la política. Se va a la cargada, a la que firman los escritores. ¡Yanquis go home!, Díaz Ordaz. Nunca estuvo en Tlatelolco, como estuve yo, como estuvieron muchas gentes. Estamos vivos, porque tuvimos suerte. Pero nos la jugamos. Le faltó jugársela. Afrontar. Como si fuera un toro bravo, agarrar la brida por los cuernos. Tuvo miedo, es decir, ¡pastelero!, volviendo a los pasteles
–Bueno, López Velarde también tuvo miedo de entrar a la lucha armada.
–No, no, no.
–Aunque fue maderista. Fue maderista, lo defendió como su abogado y con Pedro Antonio de los Santos (1854 –1913), hizo el Plan de San Luis.
–Pero Madero, era como el liberalismo del siglo XIX en pleno siglo XX. Es una figura anacrónica la figura de Madero. La Revolución empieza más tarde, con Lázaro Cárdenas, con Calles, con Obregón. Madero era un pobre… Panchito. Porfirio Díaz: «Mira Panchito, vas a despertar al tigre y no vas a saber cómo poder encerrarlo en su jaula». Y así, pasó. Díaz tuvo razón, conocía. Un hombre rico que nos quiere… que quiere que los pobres sigan tomando Madero XXXXX, y no alguna bebida de otra marca. Pues ese es Madero, un señor muy bien intencionado, pero las buenas intenciones en política no cuentan sino los resultados.
En la larga conversación sostenida en su casa de Cuajimalpa, de la cual Carballo es su cronista, se extiende con su facundia característica sobre cualquier tema. Y hay que resistirse a la seducción sirenaica de sus palabras y taparse los oídos con la cera del motivo de la entrevista.

Luis Spota
–Tú tuviste fricciones muy fuertes con Luis Spota, ¿verdad?
–Bueno, no fricciones. Puedes tener fricciones con gentes de tu misma altura. Yo, decía lo que pensaba de él. Ahora, por otro lado, desde el punto de vista puramente de talento personal, si Spota no hubiera sido tan pillo, si no hubiera querido triunfar tan rápido. Que los medios, el box, que esto, lo otro, el más allá. Spota tenía dotes de ser un excelente novelista y él mismo se rompió las piernas para no hacerlo, aliándose a las causas innobles. Por ejemplo… Esa cosa de Tlatelolco, que hizo…
–¿La plaza?
–Es de las novelas más infectas que se han escrito en México. Pagado por todos lados. Si Spota hubiera tenido ética, ¿sabes? La ética, pensaba que era un pastelillo que vendían en Sanborn’s. Es una cosa que se nace con ella, o sea, ya no se aprenden. Es como decían: «Ese no es Spota, es Sputa». Como cuando decía Novo de su mamá.
–Pero, Spota era un buen contador de historias.
–Ah, pero excelente, excelente.
–Ahora… ¿Eso es suficiente para ser buen escritor?
–Si tú te pones a estudiar. Y tienes una moral. Sabes qué es el papel que vas a representar. Y escoges tu público. Y tratas de ayudar a tu público. No a divertirte de la manera más fácil, sino agarrar la parte de arriba y buscar que tu lector se eleve a sí mismo al leer tus obras. Si en lugar de hacerte tres puñetas, te hacías cuatro, después de haber leído El paraíso. Era una cosa… Políticamente le decías «Eh, eso es una porquería. Váyase a que le paguen más». Y no hay moral, hay lana. Si Spota hubiera sido un hombre éticamente decente, hubiera sido un excelente escritor, no lo fue. Blanco Moheno (1920–2001), era otro caso parecido. Quiso ser un Bulnes y terminó siendo un mamarracho.
–¿Pero basta la Pasión?
–No, claro que no. pero no, ¿pero la pasión?
–Que fue el caso de Blanco Moheno, por ejemplo.
–Ah, es una isla… La isla de la pasión. La pasión es una isla.
–Ésa es otra obra
–Por un momento que estás afuera de ti mismo. Y crees que lo azul es rosa y lo rosa es azul. Pero las pasiones pasan muy pronto
–Casi el paraíso es una obra muy lineal. Cuenta muchas cosas, pero no usa recursos literarios.
–Y es muy inculto. Yo me acuerdo que Eduardo Villaseñor (1886–1978), uno de los fundadores del Fondo de Cultura Económica, mandó una carta a La Gaceta cuando publicamos la obra para aclarar: “En Sicilia no hay caza mayor”. Y unos personajes de Luis Spota, se van de cacería cuando esos animales no existen, en el lugar a donde van a cazar. Se tiene que tener cultura, le faltaba cultura y honradez. Era muy inculto. Era cultura de periodista de la época. De Denegri (Carlos, 1910–1970) y Barrios Gómez (Agustín 1925–1999). Si hubiera sido más decente, pudo ser un excelente escritor. Tuvo algunos problemas, de novias: Elda Peralta (1932– ), que lo defiende y lo defiende. Y bueno, las regalías le tocaban a ella. Nunca le dio el título de esposa, sino de amante preferida, pero le dejó sus obras. Que cada vez recibe menos. Yo digo que: «De tomar caviar a tomar frijoles».
–Alguna una vez tú hiciste una mención de Spota delante de su hija. Tú eras maestro de su hija.
–Sí. En la Ibero… Una señora salía, se iba llorando. Era la hija de Spota. Así pienso yo de su papá. Que llore más y le diga al papá ¿por qué eres tan pillo? Ojalá que la niña le hubiera dicho a su padre. Lo hubiera salvado a él y a la literatura mexicana. Y no lo hizo la malvada muchacha. En ti, esas cosas no corresponden a tu imagen de hombre que… no define la sensiblería.
–Pero ¿sabes qué pasó? Que le llevó la queja a su papá. Y Spota me contó. Porque yo colaboraba en el Suplemento cultural del Heraldo. Entonces, me dijo que, para eso él era… el Jefe de la Comisión de Box. Le voy a mandar a Emmanuel Carballo uno de los gorilitas que tengo para que lo busquen en la calle y le hagan un pleito. No sé si lo hizo.
–No, no lo hizo, afortunadamente. Pero yo hubiera seguido pensado lo mismo, es decir, que ese señor iba a aprovechar su puesto para mandar un gorilita… y darme en la madre.
–No lo hizo, me aseguras, pero ya el hecho de que lo pensara… a mí me hizo sentir mal con él. Porque era un pensamiento gangsteril, totalmente. Cómo voy a mandar a alguien... Oye, en todo caso vengo y te reclamo: «¿Por qué eres majadero y ofendes a mi hija?»

El trato con Krauze y con Paz
Con Emmanuel es fácil divagar. La entrevista comenzó temprano, con un convite de café y galletas, el crítico en traje de casa, cómodamente instalado para escribir y escribir, la historia de la literatura, sus memorias, sus simpatías y diferencias, en honor de su admirado Alfonso Reyes, pero hay que volver a la razón de querer conversar con un iconoclasta, el «francotirador» de las letras, como se ha definido: su trato con escritores.
–Tus relaciones con Octavio Paz, nada más las insinuaste, ¿pero qué hubo con él,
–Bueno, primero, es mi maestro. Después, hicimos la revista Mexicana de literatura. Carlos Fuentes y yo éramos los socios. Por «walkie talkie» le consultábamos todo a Octavio y hacíamos lo que Octavio decía. Fíjate qué decentes fuimos Fuentes y yo. Enrique Krauze, empezó a ser, primero el malvado… Una de las gentes más malvadas de cuello duro que yo conozco es Enrique Krauze. Primero convenció a Paz de que era talentoso, después, se apoderó de la revista, luego, decía ¿quién es el heredero de Paz? Fuentes. Recuerdo que la única vez que yo he platicado con Krauze, me invitó a comer. Fui. Ya trabajaba con Paz y era de sus hombres de confianza, después lo traicionaría. Él sería el Judas de Octavio Paz.
–¿Pero ya lo traicionó?
–Lo traicionó, pero ya te contaré por qué lo traicionó.
–Me invitó a comer a un restaurante para que le hablara mal de Carlos Fuentes. ¿Qué pensaba Fuentes? ¿Cuáles eran sus intenciones? Si realmente admiraba a Paz Y todo apuntaba contra Paz. Yo, como nunca he hablado mal de Fuentes, ni de Paz. Hasta Artemio Cruz, Carlos me parecía un excelente escritor.
–¿A pesar de los modelos que según se ha dicho ha tomado siempre?
–Bueno, bueno, el que no tiene buenos modelos, es un pinche escritor. El que tiene buenos modelos aunque sean unos pillos es un gran escritor. En ese sentido… Tú puedes tomar influencias de un pillo…pero no puedes ser un pillo.
–Pero si superas al que estás tomando de modelo, bueno. Pero si no lo superas…
–Bueno, sí claro
–Los papeles de Aspern es mejor que Aura. Y está tomado de allí.
–¿Quién carajos no tiene su genealogía? Como decía… no recuerdo quién… creo que Villaurrutia, la frase decía: «Hay que tomar y fusilarte a un artista, leer a un autor, aprovechar a ese autor y después matarlo para ser tú el único que se queda con esa herencia»
–Bueno, Octavio Paz lo dijo: «El plagio se justifica con la muerte del plagiado», idea que a su vez tomó de Diderot (Denis 1713–1784) y ciertamente la mejor.
–Déjame contarte algo que no le he contado a nadie… Yo creo que esto que estamos haciendo, aparte de ser una entrevista. Yo nunca he dicho tantas cosas tan terribles, como las que te cuento.
–Te la voy a pasar para tu libro
–Sólo una gente inteligente cómo tú puede hacer que una gente hable de cosas que valen la pena, desde un punto de vista de uno de los protagonistas de la literatura mexicana
–Gracias, querido protagonista. ¿Qué es lo que ibas a decir?
–Ah pues entonces te decía lo de Krauze. Entonces, apuntaba a toda la gente que conocía a Fuentes. Yo no le dije nada contra Fuentes, yo lo que tengo que decir lo escribo. Logró que Octavio Paz repudiara a Carlos Fuentes. Se apoderó de Octavio Paz. Vuelta. Muere Octavio Paz y en lugar de seguir con la revista que hacía le paga, usurariamente como un judío, a Marie-Jo, la viuda de Paz, las acciones de Octavio Paz. Mata la revista que tenía la firma y la fama de Octavio Paz y hace su propia revista en la que no se habla de Octavio Paz, o de pasada. El importante es él y se hizo una gran figura, es un héroe con pies de barro. Es un sinvergüenza a base de toda esa serie de ma… Bueno, no mató a Paz, fue amable. Y empezó hablando de Paz. Ahora no sale una sola mención de Octavio Paz en la revista. Antes: «Maestro, esto, lo otro», «–¿Qué horas son?» «–Las que usted quiera, maestro». Todas las abyecciones de la mala literatura, por escrito u oralmente, las hacía Krauze con Paz. Y ahora, él manda al maestro al diablo…, saca su propia revista para ser la gran figura. Es la gran figura de la derecha. Cómo andará la derecha en México...

Leer segunda parte...