REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

México, su revolución traicionada


Carlos Bracho

México es uno de los países que más han pesado en la historia de América Latina. Su lucha permanente por la Independencia Nacional y su Revolución, durante mucho tiempo lo convirtieron en ejemplo y objeto de admiración para muchos países latinoamericanos. Hoy ha perdido su viejo prestigio revolucionario, sobre todo desde que la Revolución Mexicana mereció -en pasados años- los elogios del Gobierno y Prensa Norteamericanos.

ANTECEDENTES
México era un país muy pobre en 1910. Un país en el que la inmensa mayoría de la población vivía en un estado semejante a la esclavitud, en que la población asalariada tenía niveles de vida muy inferiores a los de otros países -como Argentina y Uruguay- en que 11 mil hacendados poseían casi el 60% del territorio nacional; en que el 88.4% de la población agrícola eran peones -en situación semejante a esclavos-, el 97% eran cabezas de familia rural sin propiedad agrícola, y sólo el 2% eran hacendados; en que los índices de analfabetismo alcanzaban la cifra de 80%; en que la población que no hablaba español era el 13%; en que el 52% de los habitantes vivían en chozas; en que la mortalidad infantil era de más de 305 niños por cada 1,000 nacidos vivos. (Estadísticas Sociales del Porfirismo, 1877-1910. México. Dirección General de Estadística, 1956).
A estas circunstancias históricas, y otras muchas que dieron motivos más que suficientes para levantarse en armas, había que agregar las políticas de control hegemónico del porfirismo. Le represión en contra de todo aquél que tuviera una voz que denunciara los excesos del régimen. Persecución y cárcel para los periodistas independientes; torturas para los obreros que se organizaran; muerte civil para aquellos que trataran de reivindicar sus derechos laborales. Policías y soldados eran el brazo derecho del porfirismo, y la Iglesia que callaba las arbitrariedades de los poderosos; y el poder judicial también servía como soporte legal para las atrocidades de generales y funcionarios, políticos y empresarios.
Sí, los empresarios, los industriales, en su mayoría extranjeros o empresas con mayoría de capital externo, dominaban a su antojo el panorama económico.
El cerillo que prendió fuego a la liberación del pueblo y a la derrota del caudillo llamado Porfirio Díaz, fue la entrevista -1908- del periodista norteamericano James Creelman y el anciano General. “Si en la República llegase a surgir un partido de opositores -decía el presidente-, lo miraría yo como una bendición y no como un mal, y si ese partido desarrollara poder, no para explotar sino para dirigir, yo le acogería, le apoyaría, le aconsejaría y me consagraría a la inauguración feliz de un Gobierno completamente democrático”…
Los Flores Magón, Madero, Zapata, Villa y otros revolucionarios -en su tiempo- le tomaron la palabra y emprendieron la larga lucha para llegar a ver -por fin- un México libre, democrático y en donde la justicia fuera clara, rápida y expedita y que la riqueza fuera repartida equitativamente.
Han pasado varios decenios, y hoy, el juicio está hecho: México ya no es ejemplo de América Latina. En México mismo la Revolución ha sido traicionada. Sí, la Revolución fracasó.
Vayamos al año de 1906. El ambiente político no era nada halagüeño, el pueblo sufría en carne propia las injusticias y los atropellos del régimen porfirista. El Partido Liberal Mexicano hace la defensa de los intereses de muchos, hace eco de las demandas de gremios y ciudadanos al decir: “Un gobierno que se preocupe por el bien efectivo de todo el pueblo no puede permanecer indiferente ante la importantísima cuestión del trabajo. Gracias a la dictadura de Porfirio Díaz, que pone el poder al servicio de todos los explotadores del pueblo, el trabajador mexicano ha sido reducido a la condición más miserable… El capitalista soberano impone sin apelación las condiciones del trabajo, que siempre son desastrosas para el obrero, y éste tiene que aceptarlas por dos razones: porque la miseria lo hace trabajar a cualquier precio o porque si se rebela contra el abuso del rico, las bayonetas de la Dictadura se encargan de someterlo… En más deplorable situación que el trabajador industrial se encuentra el jornalero en el campo, verdadero siervo de los modernos señores feudales… ni siquiera el menguado salario perciben en efectivo. Como los amos han tenido el cuidado de echar sobre sus peones una deuda más o menos nebulosa, recogen lo que ganan esos desdichados a título de abono, y sólo para que no se mueran de hambre les proporcionan algo de maíz y frijol y alguna otra cosa que les sirva de alimento… (Ésas fueron las bases en las que operaban las tristemente célebres “Tiendas de Raya”). El trabajador no es ni debe ser en las sociedades una bestia macilenta, condenada a trabajar hasta el agotamiento sin recompensa alguna; el trabajador fabrica con sus manos cuanto existe para beneficio de todos, es el productor de todas las riquezas y debe tener los medios para disfrutar de todo aquello que los demás disfrutan…
“No se puede decretar que el Gobierno sea honrado y justo; tal cosa saldría sobrando cuando todo el conjunto de leyes, al definir las atribuciones del Gobierno, les señala con bastante claridad el camino de la honradez: pero para conseguir que el Gobierno no se aparte de ese camino, como muchos lo han hecho, sólo hay un medio: la vigilancia del pueblo sobre sus mandatarios, denunciando sus malos actos y exigiéndoles la más estrecha responsabilidad por cualquier falta en el cumplimiento de sus deberes. Los ciudadanos deben comprender que las simples declaraciones de principios, por muy altos que éstos sean, no bastan para formar buenos gobiernos y evitar tiranías; lo principal es la acción del pueblo, el ejercicio del civismo, la intervención de todos en la cosa pública.” Y agregaba el Partido Liberal Mexicano: “Es axiomático que los pueblos no son prósperos sino cuando la generalidad de los ciudadanos disfrutan de particular y siquiera relativa prosperidad. Unos cuántos millonarios, acaparando todas las riquezas y siendo los únicos satisfechos entre millones de hambrientos, no hacen el bienestar general sino la miseria pública, como lo vemos en México.”
Con estos señalamientos, el Partido Liberal le daba banderas a los miles y miles de inconformes. El perol en donde bullían los gérmenes de la inconformidad, nos va dando una idea de cómo se gestaba, poco a poco, un sentimiento explosivo, por demás, de libertad y de independencia.
El Partido Liberal Mexicano, a cuya cabeza estaba Ricardo Flores Magón, ponía a la Dictadura porfirista, con este programa reivindicador, en un punto en el que no había retorno. El magonismo cundía por toda la república y sus programas calaban ya la conciencia del pueblo en general, y ponían a temblar a algunos núcleos de poder. Eran los primeros pasos que desembocarían luego en la lucha armada y en la posterior caída de Porfirio Díaz. En estos documentos, los liberales, adelantan las ideas fundamentales en que habría de apoyarse la Revolución Mexicana:
“El mejoramiento de las condiciones de trabajo, por una parte, y por otra, la equitativa distribución de la riqueza y de las tierras, con las facilidades de cultivarlas y aprovecharlas sin restricciones, producirán inapreciables ventajas a la Nación… no renunciar a su calidad de hombres libres… la desatendida rapacidad de los actuales funcionarios para apoderarse de lo que a otros pertenece, ha tenido por consecuencia que unos cuantos afortunados sean los acaparadores de la tierra… los puestos públicos no serán para los aduladores y los intrigantes… los funcionarios no serán esos sultanes depravados y feroces que hoy la Dictadura protege y faculta para que dispongan de la hacienda, de la vida y de la honra de los ciudadanos… desaparecerá de los tribunales de justicia esa venalidad asquerosa que hoy los caracteriza… la responsabilidad de los funcionarios no será un mito en la futura democracia; el trabajador mexicano dejará de ser, como es hoy, un paria en su propio suelo, dueño de sus derechos, dignificado, libre para defenderse de esas explotaciones villanas que hoy le imponen por la fuerza… no estará allí la Dictadura para aconsejar a los capitalistas que roben al trabajador y para proteger con sus fuerzas a los extranjeros que contestan con lluvia de balas a las pacíficas peticiones de los obreros mexicanos; habrá en cambio un Gobierno que, elevado por el pueblo, servirá al pueblo, y velará por su compatriotas…”
Estas afirmaciones, este mapa descriptivo en el que el gobierno se desenvolvía, estas críticas severas pero ciertas, hechas en 1906 por el Partido Liberal Mexicano, tienen ahora, sin lugar a dudas, una vigencia; y sólo basta con recorrer la vista y el oído y poner la atención en lo que sucede en el México de hoy para corroborarlo. Por eso la Revolución Mexicana ha sido traicionada.
Cabe mencionar aquí lo siguiente; “Por un breve lapso en 1908 y 1909 Reyes el poderoso general Bernardo Reyes, se había convertido en el centro de la oposición de clase media contra Díaz. Temiendo que lo derrocara, Díaz había enviado al general al exilio. Para debilitar a la oposición que él -Reyes- encabezaba, Díaz estaba dispuesto a tolerar las actividades de otros grupos que consideraba inofensivos. Incluso los alentó concediendo una entrevista al periodista citado -James Creelman-, en la que dijo que no competiría por la presidencia en 1910.”
El que primero tomó la mano del reto porfirista, fue Francisco I. Madero.
Pero sigo haciendo eco de la corrupción que era el común denominador en la época porfirista.
Por eso miren lo que Luis Cabrera decía en aquellos ayeres -1909-, aplicable hoy de los olvidos y del retroceso funcional de la Revolución Mexicana: “Los científicos -los porfiristas- han estudiado a fondo la ciencia de la política y han descubierto que el derecho no es más que un producto del momento histórico, y de acuerdo con esas teorías, han sustituido la ciencia de lo justo por el arte de la influencia, y convertido los tribunales en instrumentos suyos, haciendo de la justicia a la vez que la ayuda más efectiva de sus intereses, el arma más peligrosa contra sus enemigos. Han convertido en delito todo acto que ataca sus intereses. Llaman revolución -en sentido peyorativo- al despertamiento democrático del pueblo, asonada a toda manifestación popular, y agitadores y molinistas a los jefes democráticos sobre quienes dejan caer el desdeñoso calificativo de “gente oscura y sin prestigio”. Son por último -dice don Luis- los perfeccionadores de un sistema de amordazamiento y eliminación cuando no de corrupción, de la prensa independiente, que les permite conservar el monopolio del periodismo.” Y otra anécdota que ha quedado ya impresa en la memoria colectiva en donde este mismo personaje -Luis Cabrera- se vio envuelto: Corría una más de la sesiones de la Cámara de Diputados. Había sido electo al triunfo maderista. Tomó la palabra el diputado Luis Cabrera y con su voz de hombre entero dijo: “Ante ustedes, compañeros, acuso al diputado Gómez de haber dispuesto indebidamente de una partida del presupuesto, para su uso personal”. Ante las miradas de sorpresa de todos, el diputado Gómez tomó la tribuna para decir: “Yo le pido al diputado Cabrera que me pruebe tal acusación”. A lo cual respondió solícito el diputado Cabrera: “Compañero diputado Gómez, le acuso de ratero, no de pendejo”. Y eso es lo que hoy, en el México de hoy sucede, se puede acusar a presidentes, a diputados, a senadores, a funcionarios, a políticos de haber usado indebidamente partidas presupuestales u otros conceptos monetarios y nadie encontrará culpable a nadie. Sí, tontos no son.
Por eso no avanzó la Revolución, por la cultura del robo, de la impunidad. No existe un presidente ni un político del partido PRI, PRD y PAN que pueda resistir una auditoría responsable, clara, republicana y justa.
Ante eso es necesaria una explicación, aunque breve, pero más o menos clara, estos elementos que citaré a continuación, ayudarán a entender mejor el porqué de ese fracaso. Aunque es evidente que un ingrediente principal es el señalado arriba: la impunidad.
Ahora bien, no podemos negar algunos hechos históricos. La historia es el resultado de las varias acciones que a diario tienen lugar en esos procesos. O como dicen algunos hombres del campo: Una de cal por las que van de arena. Sol y sombra, blanco y negro.
Sí, cómo plantear ese fracaso ante una revolución que fue paradigma de los pueblos latinoamericanos y no incurrir por ello en errores de apreciación. Veamos:
Es cierto que México tiene todavía, al día de hoy, índices económicos, sociales y políticos superiores a varios países de Centro y Sudamérica; pero luego contemplamos las altas cifras de mortalidad infantil, analfabetismo, desnutrición, la población ocupada en el campo está sin atención adecuada, los obreros sufren despidos y cada día pierden parte de sus beneficios sociales, el fraude cotidiano y la turbiedad, por decir lo menos, en las elecciones políticas, y mucha gente, ante ese retroceso, ante esa corrupción, se pregunta: ¿Fracasó la Revolución Mexicana?
Y luego cuando se observa la distribución del ingreso y las enormes diferencias que hay en los niveles de vida; cuando vemos que el ingreso de una familia es tan bajo que en un tiempo corto en las estadísticas son los millones marcados en los números como de pobreza extrema, y para otras familias apenas es suficiente para satisfacer las necesidades mínimas de alimentación, vestuario, habitación digna, y diversión; cuando se conocen estos datos y se ve en la realidad la miseria que priva en los grandes sectores de la población, surge otra vez: “¿La Revolución Mexicana, fracasó?”.
Y para explicarnos el fracaso o para tratar de responder a estas preguntas que hieren, para penetrar al fondo de la debacle, debemos citar elementos de juicio que están plasmados, como lo sabemos, en la historia, veamos: Ya arriba dijimos que México era un país muy pobre en 1910; que los campesinos, indígenas, obreros vivían en situación lamentable y su estado era casi un estado de esclavitud. De allí, de estas condiciones imperantes salió la Revolución. Luego en pocos años, los gobiernos revolucionarios alcanzaron tasas de crecimiento muy superiores a los de Argentina, Brasil, Colombia, y una de las tasas de acumulación de capital más altas de América Latina.
Que el desarrollo de los años cincuenta y sesenta, por ejemplo, fue importante. Que con el reparto de tierras se creó un amplio mercado interno que no existía, que con las expropiaciones se creó una independencia económica que no había y la posibilidad de una política económica nacional; que con la construcción de carreteras aumentó el mercado interno, aumentó la inversión de mexicanos, se incrementó notablemente el crecimiento de la clase media y el mercado de trabajo industrial, y se fomentó una integración nacional y una conciencia nacional, en un país hasta entonces aislado y que en los años de los cincuenta a los setenta del pasado siglo se consideraba como uno de los mejores comunicados y más conscientes -políticamente hablando- de América Latina, eso era una realidad palpable y comprobable.
Hasta aquí la apreciación parece buena, pero también es cierto que la Revolución Mexicana no ha beneficiado a la totalidad de la población, que el desarrollo que engendró y de las libertades que creó sólo han podido participar ciertos sectores -grandes empresarios, algunos elementos de la clase media urbana, ciertos industriales del agro- mientras que los grandes núcleos de la población, como he anotado, viven al margen del desarrollo, tanto en lo económico, como en lo cultural y en lo político.
Y veamos esta debacle desde este ángulo: Es triste ver que la Revolución Mexicana sólo logró dar un paso que del desarrollo colonial pasó al desarrollo nacional de tipo semicapitalista -esto hasta los años 80, porque hoy, 2014, el esquema vigente es de tipo capitalista, sin rodeos.
Pasó de un sistema dependiente que reduce los beneficios del desarrollo a un grupo pequeñísimo de extranjeros, a un grupo de gobernadores, presidentes de la república, políticos, militares y latifundistas. Hoy nuevamente se dan esos “beneficios” a los presidentes, a los gobernadores y a infinidad de políticos. Por lo tanto los beneficios siguen sin llegar a la gran mayoría.
¿Qué pasó en México? ¿Cómo fueron los hechos -políticos, económicos, culturales- en el proceso histórico que se conoce con el nombre de Revolución Mexicana? Repasemos otra vez esta historia:
A lo largo de su trayectoria, la Revolución Mexicana ha regresado al punto de partida prerrevolucionario, a ciertas formas sociales del porfirismo, pero también, en un momento dado -durante el cardenismo- recuperó su fuerza y volvió por los fueros revolucionarios.
En ambos casos ese retorno no es completo, el desarrollo acumulativo, el desarrollo de las fuerzas productivas, de las técnicas de trabajo, de los asuntos culturales, el desarrollo de las ciencias sociales, impide el regreso a una situación exactamente igual a la porfirista o a la revolucionaria.
Algunos grupos piensan que las oleadas contrarrevolucionarias nos llevarán al México de 1910 -que como hemos anotado, sí está presente ese retroceso en una medida determinada-, otros desean que los ímpetus revolucionarios se midan hoy, se implementen hoy con los empujes del cardenismo.
Pero México ya no es igual, cierto. México está sumido hoy en la apatía, en el ofuscamiento, en el miedo, en la confusión, en la inequidad, en la cultura del fraude y de la irresponsabilidad y con el Ejército presente en todos los caminos; antes se combatía a la guerrilla, luego a los comunistas, ahora matan a los hombres y mujeres que se dedican al tráfico de drogas, y son asesinados, también hombres, mujeres y niñas de la sociedad civil y que nada tienen que ver con ese fenómeno.
¿Por qué la Revolución Mexicana no llegó a coronar sus expectativas?
En la Revolución Mexicana, semicapitalista, -insisto en ese fenómeno- el ciclo revolución-contrarrevolución está presente. La revolución acaba con el latifundismo semifeudal, impulsa la empresa nacional, inicia la industrialización; modifica infinidad de estructuras económicas, políticas, sociales y culturales. Pero debo anotar aquí que la revolución fue semicapitalista; el país, por lo tanto, no llega a tener una gran industria pesada, no llega a constituir una hegemonía económica, política y cultural, esto es, que depende en gran parte para el abastecimiento de sus medios de producción de los Estados Unidos, y que ve, por lo tanto, amenazada su capacidad de competencia con otras potencias. México importa sobre todo productos manufacturados y exporta productos primarios, y tiene un mercado exterior casi limitado al poder de los Estados Unidos y por lo tanto, como arriba digo, su dependencia a este país es casi total.
Además México tiene un mercado interno pobre y limitado -más de cincuenta millones de pobres lo atestiguan-. Las clases dirigentes tampoco llegan a tener capacidad de negociación por ser éste un pequeño -no encuentro otro adjetivo- país capitalista. Su capacidad de negociación es débil ante una potencia imperialista o ante cualquier potencia mundial. Dependen esos grupos en el poder, para su sobrevivencia, de la voluntad de los países ricos y se ayudan, en todo caso, de los sectores populares nacionales, pero estos mercados internos están indefensos, están sumamente limitados por la población depauperada, no organizada, sin cultura política, sin cultura nacional -o sea sin una identidad nacional-, mantiene por ello la debilidad estructural de los pequeños estados capitalistas.
Es bueno señalar que en una revolución capitalista y/o semicapitalista, el nacionalismo perdura siempre; pero mientras en la revolución capitalista se vuelve agresivo e incluso imperialista, en la semicapitalista -la Revolución Mexicana- no acaba por completo con la estructura interna de una sociedad colonial, en que conviven diferentes etnias y razas dominadas y dominantes, y grandes núcleos de población marginales y una cultura heterogénea y que no acaba, no pule, no eleva la Revolución, por ende, no acaba con la debilidad de origen anotada del Estado semicolonial.
El incremento de las fuerzas de producción, la industrialización, la urbanización, el crecimiento de las comunicaciones y de los medios de comunicación que desata la dinámica semicapitalista no son suficientes para romper íntegramente la estructura interna y externa de la vieja sociedad colonial y semicolonial, que a la postre se convertirá en el obstáculo principal a la expansión del mercado interno y exterior, impide la formación de un Estado Nación, y a la expansión plena, si fuera el caso, del propio capitalismo.
Estos fenómenos se han presentado a lo largo del tiempo en la historia de la Revolución Mexicana. Los repasamos:
1) De la eliminación del latifundismo y la implantación de la pequeña propiedad y la forma de Ejido, el ciclo de la revolución lleva a la acumulación de tierras y a la formación de empresas rurales de tipo capitalista.
Y los campesinos son explotados mediante la especulación de sus productos y el control -ajeno a ellos- del mercado.
2) Del nacionalismo agresivo, que se alía con el campesinado y al proletariado para romper el monopolio colonial y lograr negociaciones exitosas, se pasa a la integración de grupos de puro interés comercial, especulativo, de evidente limitada independencia.
3) Los sectores nacionalistas y revolucionarios quedan con el tiempo reducidos a jugar un papel económico y político secundario. Por otra parte los grupos capitalistas y de extrema derecha cambian el equilibrio de fuerzas mediante acciones notoriamente contrarrevolucionarias -en asuntos políticos y económicos- mientras la clase media depauperada y ciertos sectores obreros buscan nivelar las cosas sin conseguirlo. Así que de tomar medidas revolucionarias que destruyen intereses capitalistas y del latifundio, se pasa a tomar medidas de crecimiento económico y social que afectan únicamente los intereses creados, confundiendo el crecimiento de ciertas fuerzas y servicios con una política integral de desarrollo. Y los intereses creados son los intereses de una burguesía nacional y extranjera. Es imposible la aparición de un frente nacional como el del período cardenista en la lucha contra esos intereses, incluso sabiendo que esa lucha puede significar una mejoría y un paso hacia la política de desarrollo capitalista, mediante medidas de redistribución del ingreso, diversificación de mercados exteriores, control de inversiones extranjeras, planeación de obras públicas. El Estado crea una política de crecimiento dentro de los intereses creados.
4) De la capitalización nacional proveniente de las expropiaciones de bienes extranjeros, y que constituye una verdadera acumulación de capital, se pasa a una acumulación basada en el abatimiento del consumo popular, mediante procesos inflacionarios que afectan particularmente a los grupos marginados. Del incremento del mercado interno, mediante la repartición de la riqueza, de las tierras, y de alzas de salario y prestaciones sociales a los trabajadores, se pasa a una expansión del mercado alentando las inversiones extranjeras, a cuidar el turismo, a vender las playas, a proteger los intereses extranjeros. De poseer la soberanía sobre el petróleo, los transportes carreteros, los ferrocarriles, líneas aéreas, el acero, la electricidad, la minería, paulatinamente es entregada a los citados grupos de interés. La independencia en el comercio con los Estados Unidos lograda en el período revolucionario, es entregada de nuevo al poder norteamericano.
El poder económico entregado a los Estados Unidos impide la autonomía y soberanía nacional, pues es imposible para México el control de la devaluación y no puede manejar para su interés nacional la inversión extranjera.
Por lo tanto el ciclo de la revolución lleva así de desalentar las inversiones extranjeras, a alentar esas inversiones extranjeras. Eso, claro es un retroceso revolucionario.
5) Es de hacerse notar que durante el proceso de capitalización el peculado ha sido una de las formas más comunes. El peculado es el común denominador de los gobiernos emanados de la revolución. Excepción hecha y donde no se dio este tipo de robo fue el período cardenista y el de Ruiz Cortines. Con la aparición de las empresas públicas y cuyos mandos recaen en la clase política y dada la opacidad en la rendición de cuentas, se dan los casos frecuentes de peculado. Por ende esas empresas públicas -propiedad del Estado- al sufrir estos atentados económicos, lentamente fueron cayendo en la quiebra o en el menoscabo de su situación financiera.
6) La Revolución Mexicana no supo integrar a la nación en un todo congruente y una comunidad que tuviera los mismos valores políticos, culturales y económicos, persisten hasta este día dos clases: la clase dominada y la clase dominante, con todos los agravantes que ello significa.
No hay por lo tanto una integración nacional. Este problema viene desde la época española y llega con agudeza hasta nuestros días. Se sigue viviendo una discriminación racial hacia las comunidades indígenas.
En las relaciones políticas, económicas y culturales, el grupo dominante -minoritario, pero dominante- controla los procesos electorales, las luchas sindicales, con actitudes colonialistas.
El país no ha evolucionado hacia un tipo de relaciones sociales que fomente la unidad nacional, que induzca a trabajar por el bien común; por el contrario, las relaciones de dominio, de solución de conflictos por la intervención de las fuerzas armadas y de represión violentas, es la tónica en la que la sociedad mexicana se desenvuelve. Esta estructura general de la sociedad no fue rota por la Revolución Mexicana. Este tipo de sociedad -el que hoy tenemos- es un freno perjudicial para el desarrollo congruente del país.
7) La Iglesia, derrotada en sus actividades políticas y militares, y reducida al ejercicio religioso, vuelve hoy a ocupar la palestra política, organizando manifestaciones y actos de presión sin precedente desde la época de Maximiliano. Manejando el descontento popular vuelve a alcanzar éxito.
Los sindicatos y los derechos sindicales han ido evolucionando hacia una forma de control obrero y las mismas leyes elaboradas para su protección son usadas en su contra.
8) El partido PRI, que ayer fue poderoso instrumento de defensa nacional, hoy está reducido a la retórica, al retroceso revolucionario que le dio origen, su política oscilante, sin embargo le permite influir en el manejo de los resortes económicos, en la prensa, en los medios electrónicos.
Impide en la práctica cualquier paso que lleve a la liberación nacional. Estos factores han sido un freno político que ha impedido tener el México promulgado por la Revolución Mexicana.
9) Algunas lecciones de la Revolución Mexicana se han vuelto fuentes de inspiración para el partido reaccionario -PAN-, que antes se había opuesto a muchas medidas revolucionarias, ahora defienden esas medidas revolucionarias para ganarse la voluntad de las masas. Cuando no han tenido el poder son casi revolucionarios y críticos del sistema imperante. Cuando llegaron a tener el poder -el partido PAN- sus gobernantes cayeron -caen- en innumerables ocasiones en el peculado, en el soborno, en el tráfico de influencias, en la represión, en la violencia generalizada, y en dictar medidas y promulgar leyes contrarias a los motivos de la Revolución Mexicana.
Y no sólo este partido sino todos los demás ahora usan un lenguaje retórico con ambigüedades, demagógico, vacuo.
¿Cuándo se perdió el camino que trazaron los revolucionarios?
Se fue perdiendo a lo largo de todos estos años.
El malestar y la protesta todavía no son equivalentes a la desesperación absoluta que lleve a otra revolución. Y nadie va a una revolución sino cuando ya no exista otra salida. En México todavía no toca fondo la crisis política y económica.
Millones de mexicanos han cruzado la frontera norte buscando mejores horizontes, la mayoría de ellos la ha encontrado. Esos millones y millones de mexicanos, al irse del país, restaron presión a las demandas populares y fueron válvula de escape para el posible estallido social. Muchos millones de mexicanos marginados -los olvidados de la Revolución-, por desgracia tienen una mínima exigencia de lucha. Hoy los movimientos sociales han sido criminalizados por los que siempre han sido enemigos de la Revolución y ante el poder manifiesto del Estado nada puede hacer el ciudadano común y corriente. Sí, hoy el Ejército está en las calles, en los retenes y sigue asesinando a supuestos sicarios -digo cabalmente supuestos, pues ningún jurado, ningún magistrado ningún juez ha determinado su grado de culpabilidad o le ha otorgado ese título: “Sicarios”. ¿Quién pensaría, hoy, en salir a la calle a protestar contra eso? Así pues, cualquier levantamiento popular sería reprimido por el Ejército, a lo que los soldados le llamarían “sicarios”. Pregunto.
Así pues, la organización habida en la trama social, política y cultural de la nación, creada bajo el influjo y la fuerza de la Revolución Mexicana, constituye un instrumento básico para el despegue observado en todos los órdenes de la estructura de la Nación, fue una fuerza eficaz en su momento y que fue perdiendo velocidad y acabó siendo un anhelo más del pueblo de México. Acabó siendo una frustración colectiva. Una vez conseguida la capitulación de los ideales revolucionarios, la derecha se ha apoderado del gobierno, y cuenta con los militares, el clero y la clase en el poder para seguir diluyendo los efectos de aquella revolución.

Bibliografía:
Pablo González Casanova, “El ciclo de una revolución agraria”. Cuadernos Americanos en/feb 1962.
Heberto Castillo, Historia de la Revolución Mexicana”. Editorial Posada 1971.
Friedrich Katz, Pancho Villa. Ediciones Era. 1998.