REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 09 | 2019
   

Confabulario

#PosMeMuero


Benjamín Torres Uballe

El escándalo lo despertó y aceleró también los latidos de su corazón. Se había quedado dormitando, no sabía por cuánto tiempo, con la cabeza sobre los brazos cruzados, apoyados en las rodillas. Vio el alboroto en la entrada del Metro Hidalgo. Observó que la mayoría eran jóvenes blandiendo cartulinas de colores. “#PosMeSalto”, decían las primeras que alcanzó a leer y algunas otras: “Mancera traidor” y “Ortega asesino del News Divine”.
Sintió curiosidad y se coló con los que protestaban. Al llegar a donde están los torniquetes de acceso se dio cuenta que en medio de gritos los jóvenes persuadían a los usuarios a ingresar sin pagar. Los vigilantes nada hacían para impedirlo. Así los habían instruido, según se enteró días después Diego Fernando, quien aprovechando la generosa oferta pasó en medio del caos.
Realmente no tenía a dónde ir. Desde hacía mucho tiempo dormía donde lo tomara la noche, donde el alma se le oscureciera una vez más. Se quedó ahí, en el andén, mirando cómo llegaban los trenes y vomitaban miles de personas, todas con una misma característica: la prisa. Una desbordada urgencia por llegar a quién sabe dónde. Entonces sintió una extraña calma: no tenía apremio por llegar a lugar alguno.
Lentamente se dejó caer en el rincón del andén, a unos dos metros de un par de chicas que platicaban en voz baja y ocasionalmente se besaban amorosamente. La memoria empezó a jugarle una mala pasada. Sin pedirlo, empezaron a llegar los recuerdos, primero vagamente y luego de forma clara.
Recordó las muchas ocasiones que usó la Línea 3 del Metro para llegar al Palacio de Bellas Artes, tanto para los ensayos como para los conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional en la que había logrado convertirse en el primer violonchelo después de sus estudios en el Conservatorio Nacional de Música y de especializarse mediante una beca en Alemania, Austria y Rusia.
Estaba absorto. Como en una terapia existencial, fluían igual que ríos caudalosos las escenas. Intentó en vano oponerse a ello y sólo logró acicatearlas más. Mesó el cabello crespo entrecano, pero se le atoraron los dedos debido a los muchos días sin asearlo. La barba cerrada le daba un aspecto mayor a los 45 años que había cumplido hacía tres meses escasos.
El fuerte ruido de las ruedas avanzando sobre los rieles no fue capaz de sacarlo de sus cavilaciones. Las escenas en su mente recobraban la imagen en el espejo de su departamento, vestido con smoking negro, y los mocasines de charol semi-mate que había comprado en Italia durante una gira de otoño.
Empezó a inquietarse. Oprimió las sienes con ambas manos, y dijo en un susurro: “¡basta, basta!”. Las mujeres que estaban en el flirteo amoroso voltearon a verlo y una de ellas le grito: “¡a ti qué te importa, mugroso!”, en la creencia que se había dirigido a ellas.
Las escenas iban y venían como en un incesante carrusel. Creyó ver nuevamente los viajes, los aplausos y el ambiente que conforman la atmósfera que gravita alrededor de la orquesta en una especie de jardín edénico. Frotó fuertemente su desaliñada barba como intentando salir por una puerta de emergencia del tobogán que lo llevaba una y otra vez a una especie de laberinto mental.
En su imaginación, los recuerdos se volvieron atroces reclamos vestidos de demonios deformes, cantándole con voz de barítonos al unísono: “¡Diego Fernando, eres un demonio perdedor!”, mientras lo azuzaban en círculo con largas varas de metal al rojo vivo.
Un policía vino y le preguntó si pasaba algo. Él le contestó alterado y con el rostro sudoroso que no: “Es la presión, se me bajó un poco”. Entonces el vigilante continuó el recorrido sin ponerle mayor atención, pero sí lo hizo en forma lasciva con las dos chicas lesbianas que parecían quererse comer de un solo beso, sin importarles el resto de la gente que disimuladamente las observaba.
La interrupción le sirvió como breve respiro. Limpió su cara con la manga del sucio y viejo blazer azul marino, del cual sacó una pequeña botella de agua que había rellenado la noche anterior en la fuente en la que solía sentarse por horas para mirar el cielo, simplemente mirarlo. Bebió un par de sorbos y cerró los ojos.
Ya tranquilizado, su pensamiento buscaba una razón del porqué había cambiado su vida tan drásticamente. La disciplina, el trabajo y la constancia habían sido una particularidad que no descuidó antes. Conocía perfectamente la respuesta, pero siempre temía encontrarla de frente, sin adornos; sin embargo, hoy por algún motivo que desconocía no sentía ese miedo patológico para mirarla directamente a los ojos, creyó que era el momento de verse a sí mismo, sin mezquindades.
Se la había presentado el director de la Sinfónica antes de un ensayo, en el primer día que ella se incorporaba como becaria. En el grupo abundaban las mujeres bonitas y muy preparadas, pero Anelka le pareció sin duda de una belleza especial: era alta, esbelta –sin llegar a flaca–, cabello negro y unos enormes ojos azules que –consideró– se asemejaban a la constelación de una deidad en el universo.
Tocaba el clarinete, y su estancia era por seis meses. Luego regresaría a Rusia para integrarse a una de las orquestas de cámara de ese país, según lo decidiera el Ministerio de Cultura.
A partir de la siguiente mañana llegaba antes del horario establecido con el pretexto de ensayar un poco más que el resto de sus compañeros. Esperaba ansioso a que ella apareciera con su 1:75 de altura bajo el arco de la entrada de los artistas. En cuanto lo hacía, se le presentaba y charlaban en su español, que parecía más bien un diálogo cómico. Así lo pidió ella, según para practicarlo.
A solas en su cuarto pensó que era imposible no enamorarse de quien le parecía un verdadero ángel. En una gira por Estados Unidos, en la que el director decidió no incluir a ningún becario, Diego estuvo distraído a causa de la ausencia y cometió por primera vez errores en los conciertos; esto ocasionó que el director en privado lo reprendiera con severidad.
La gira duró tres semanas que le parecieron eternas. Al regreso se enteró, por medio de uno de los conserjes de los camerinos, que al término de las prácticas Anelka era esperada por un tipo vestido de mariachi. Los celos aparecieron como miles de cuchillos que le atravesaron el corazón.
Al día siguiente, sin más, le reclamó airadamente. La rusita, sorprendida, sólo acertó a decirle que no eran novios para darle explicación alguna, dio media vuelta y lo dejó solo, rumiando su coraje.
Y era verdad. Nunca le había dicho que le gustaba, mucho menos invitarla a salir, entonces, ¿por qué le reclamaba, con qué derecho? Pensó que había incurrido en un grave error y al día siguiente que se hubiera pasado el coraje de ella, le ofrecería disculpas y la invitaría a cenar.
Sin embargo, la situación empeoró. Al concluir el ensayo general, Diego la siguió hasta la explanada para hablar con ella y la sorpresa fue sin límites: ahí estaba el mariachi con su traje gris y adornos verdes abrazándola y besándola apasionadamente. La ira lo cegó por completo, con envidiable cruzado de derecha depositó en el suelo al representante de la música ranchera.
Los ojazos de la clarinetista arrojaban fuego por el coraje, mientras que intentaba ayudar a poner de pie al mariachi. Pero el golpe había sido certero y no terminaba de volver en sí. Gran parte del vocabulario popular moscovita caía inmisericorde sobre el noqueador concertista.
Se marcharon en un taxi: como fardo el golpeado galán de la doncella y ésta sentenciando en español que el chelista era un salvaje y no lo quería ver jamás.
Al día siguiente Anelka no apareció a la hora del ensayo, lo hizo casi al final. Diego esperó a que ella terminara de hablar con el director. Luego caminó de prisa para alcanzarla con el ramo de rosas rojas que había comprado para la ocasión. Le habló pero simplemente ignoró el llamado.
Entonces se le paró enfrente y le dijo con una súplica: “Perdóname, por favor. Lo siento”, y le extendió el ramo de flores. Más le valía no haberlo hecho. La hermosa rusa se lo arrojó a la cara y enseguida le soltó una bofetada con una fuerza tal que provocó que soltara estrepitosamente el estuche negro que contenía el chelo.
No pudo dormir en toda la noche. Realmente estaba enamorado. Pensó en llegar más temprano de lo habitual y rogarle que lo perdonara, que sus intenciones eran muy serias, incluso de matrimonio, y la boda podía ser en su país con mucho vodka de por medio, si así lo quería ella.
Anelka no llegó al ensayo. Tampoco al día siguiente. Preguntó entonces al director, quien le respondió que había renunciado y vuelto a su país, con las notas del mariachi en el equipaje.
El golpe fue demoledor; se refugió en el brandy. Pasaba horas y días dormido, la mayoría borracho, escuchando música clásica de autores rusos.
Una mañana le dejaron por debajo de la puerta un sobre de la orquesta, en el que le informaban que su contrato había sido rescindido por abandono de trabajo.
Eso lo deprimió más y ya sin ingresos lo lanzaron de su departamento ante los 5 meses que acumuló por falta de pago. La primera noche no le dio importancia, ni la segunda, ni las muchas que siguieron. Finalmente se acostumbró. Increíblemente aún pensaba en Anelka y alucinaba pensando que en un futuro no lejano llegaría buscándolo para pedirle que se casaran.
En forma brusca, el mismo vigilante lo interrumpió para decirle: “Vamos, amigo, ya vete. Vamos a cerrar la estación, ése que viene allá es el último tren”.
Con dificultad se puso de pie y se quedó en la orilla del andén como si fuera a subir al convoy. Fue cosa de un instante: diez metros antes que llegara el tren al punto donde estaba parado, se arrojó a las vías. El pesado convoy trituró el cuerpo, lo que hizo exclamar a la pareja de novias: “¡No manches, güey, ese ruco estaba loco y además te dije que era un pervertido, nomás nos estaba viendo!”.

© Benjamín Torres Uballe