REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
09 | 08 | 2020
   

Confabulario

Bitácora de una navegación efímera


Ulises Paniagua

YO MIRO A LOS DRAGONES
PENÍNSULA OCCIDENTAL, PRIMERA LUNA DE JULIO

Miro a los dragones, a cierta distancia. Debo reconocer su figura risible: son tan anómalos que encuentro ausencia de armonía en ellos. Para justificar su comicidad, bastaría juzgar sus cuellos tan largos y articulados, sus narices harto anchas y chatas. Me recuerdan la torpeza del mitológico catoblepas.
Estuve observándolos durante horas y me he dado cuenta de que a pesar de sus blasfemias de fuego, de sus arrebatos de ira y la contundente amenaza de sus vuelos entrecruzados, los dragones son cobardes; pues se niegan en lo posible a alejarse, más allá de cincuenta yardas, de los confines de la península.
Uno de los marinos de mayor experiencia aclaró que en este extraño territorio los animales mencionados prefieren mantenerse en grupos; parvadas de escamados tornasoles que nunca abandonan el nido que les vio nacer. El hombre aseguró también que jamás ha conocido seres más arraigados a su hogar, que sufran de forma más aguda los estragos del destierro. Menciona que la aversión a dejar el terruño se debe en parte a un rumorado maleficio de los primeros cristianos que visitaron estas tierras; o quizás a su insoportable aversión a la convivencia con otras especies animales, a las que, de manera intuitiva, consideran ínfimas.
Sabedor de su secreto, me dedico a contemplarlos a estribor, ajeno al miedo y a la precaución. Los paisajes que contemplo semejan cuadros de corte renacentista; un paraíso atípico donde los seres alados se bañan a la ribera de un río caudaloso, o bien, juguetean entre las yedras de las laderas vecinas; mientras la fragata circunnavega, grácil, esta recóndita tierra.

La Noche de las Ninfas
Archipiélago Catorce, latitud seis, longitud nueve

Anoche fuimos atacados por las ninfas.
Amparadas en la noche cerrada, con un cúmulo de fantasías insatisfechas y la impudicia que las caracteriza, se apostaron en la borda una vez que la nao encalló en los pantanos.
Con salvaje desenfreno se despojaron de sus ropas; con agitado paroxismo ofrecieron sus senos a la ansiedad de la tripulación. También nuestros hombres encallaron. Ante los gestos lascivos y pórnicos de las hermosas mujeres, despertó el convite de los cuerpos. La mitad de los hombres de la tripulación, convertidos en faunos, dejaron apenas como testimonio de su deserción algunos objetos personales sin trascendencia -gorros, dentaduras postizas, veletas y matraces- y se internaron en la espesura de las ciénagas, arrastrados por el incontenible deseo de poseer una ninfa.
Los que sobrevivimos al ataque, buscamos refugio en la hermeticidad de una montaña cercana, temerosos de sucumbir a la tentación de la carne. Pasamos una noche casta y terrible, esperanzados en partir pronto, agitados y húmedos ante el recuerdo de los muslos voluptuosos, los aromas dulces, los pechos firmes y redondos que se ofrecían necesarios a nuestros labios ávidos de piel femenina. Nuestros cuerpos sufrieron, anoche, de un calor insoportable y los malditos estragos de una soledad, que por célibe, nos pareció repugnante. Fue como arder en leña verde.

Vientos de Peste Roja
Puerto de Pangea, en proximidad al Meridiano de Greenwich

El infortunio se niega a abandonar nuestro barco. Una vez que conseguimos, sigilosos y al amanecer, escapar de ninfas y peligros del pantano, advertimos un extraño puerto.
Con velamen alegre nos acercamos a la ribera. El murmullo de los sicomoros y la frescura de los nenúfares apresaron nuestro olfato; la escarcha en las hojas de los abedules nos permitió reconocernos vivos.
No podíamos imaginar la peste funesta que invadiría nuestra nave en el futuro cercano. Con la niebla vespertina arrancaron las primeras gotas de una tromba que tiñó de púrpura la cubierta del barco; una lluvia malsana y poco común, que aparece de vez en vez en la cercanía del meridiano de Greenwich; un pútrido aguacero que inició la peste entre los descuidados marinos que olvidaron guarecerse en el interior, tal vez por imprudencia, tal vez por incredulidad.
Con el transcurso de los anocheceres y la visita de una luna amarilla como pergamino antiguo, comenzó a manifestarse en los infectados la pestilente licantropía adquirida. Desempolvaron maletines olvidados en la oscuridad de la cava y de las rancias bodegas. Vistieron trajes oscuros, sobrias corbatas, zapatos impecables. Pretendieron hacer jugosos negocios con nosotros, de cualquier insignificancia y bajo cualquier pretexto. Se convirtieron en mercantes ávidos de acciones y transferencias en una embarcación por la que no se podía apostar más de doscientos doblones. Naturalmente, a cualquier señal de desaprobación, sacaban las garras y amenazaban mostrando los colmillos. Los renuentes a las negociaciones fueron devorados uno a uno, en banquetes donde abundaba la música de cámara y el vino.
Harto de la situación, cansado de fingir interés en la compra de una barra de cobre o de los clavos de Cristo para mantenerme a salvo, aproveché la siguiente noche de luna llena. En pleno ejercicio de mis funciones como capitán, y con la complicidad de los escasos sobrevivientes al ataque de los antropófagos, decidí actuar con firmeza.
Encallamos el barco en un acantilado cercano. En un acto premeditado, le prendimos fuego a la nao, aprovechando que los licántropos se habían entregado al sueño tras un largo festín donde se cenaron a nuestro gaviero.
En honor a la verdad, debo confesar que en lo más álgido del fuego, mientras los mástiles se derrumbaban y los velámenes semejaban teas gigantes, los aullidos y lamentos de los que se quemaban nos recriminaron, durante la larga hora que duró el incendio, el sadismo implícito en nuestra decisión.
El olor a carne chamuscada, a retazos de cuerpos que al saltar por la borda fueron alcanzados por los tiburones, invadió los alrededores. Incluso el espeso humo mercantil que se desprendió de los muertos continuó durante días, contagiando el azul del cielo.
El recuerdo de tanta descomposición, y la pérdida de nuestros mejores marinos en el episodio, nos ha conducido a adentrarnos a tierra firme para buscar una fragata, una embarcación higiénica que tendremos que llenar con el ánimo de una nueva tripulación. Sin embargo, durante dos semanas, el remordimiento y la pesadilla recurrente de un océano de fuego amenazando con la muerte, no ha abandonado a los sobrevivientes. Tampoco a mí.
No hemos podido dormir tranquilos.

Nueva embarcación; nuevo rumbo
Puerto sin nombre; fecha sin revelar

Con mil ochocientas monedas nos hicimos de un barco. Escuchando en naves cargueras el sonido de los látigos, consumimos nuestro duelo en aquel puerto donde los corazones gritan. Los capataces descargaban sus cayados, sin reserva, sobre nuestras espaldas curtidas por el miedo y por el sol. Las desventuras, sin embargo, no parecían espantosas cuando imaginábamos los vientos alisios acariciando nuestros rostros; el profundo azul, mar adentro, que se prometía a nuestras pupilas.
Doblones ganamos trescientos en aquella colonia a la que fuimos a parar en nuestro desconcierto; el resto lo robamos de la cabina de una goleta británica, a manera de revancha por el castigo infligido a nuestros cuerpos. Huimos al próximo fondeadero y nos enamoramos de una fragata. Su ligereza ante cualquier ataque de corsario; la pulcritud de sus dos cubiertas y el desafiante diseño de su arboladura, fueron razones que decidieron a su favor entre una docena de embarcaciones. Compramos la nave y nos hicimos a la mar con presteza, evitando en lo posible alguna visita desagradable de la justicia anglosajona.
La tripulación resultó emprendedora. La embarcación, por su parte, surca las aguas con diligencia. Todos a bordo largan el trapo, izan las velas, pulen el puente con la alegría de los niños y los resurrectos.
Miro a Occidente. Se divisan nublados. El horizonte promete extensas sorpresas detrás de los grises cortinajes, pero somos felices porque hemos recuperado nuestra libertad.

Donde la fealdad gobierna
África del Norte. Meridiano y paralelo en conjunción.

Llegamos a una isla donde la fealdad gobierna. Al principio nos horrorizaron los miembros tumefactos, las escoriaciones, la mutación en la piel de los nativos. Pero de manera gradual, una vez establecido el trueque de nuestras sedas por sus joyas, les fuimos perdiendo el asco.
Un día, presas de una depresión inexplicable, la curiosidad nos condujo a mirar en los espejos rústicos de la aldea. Nos descubrimos alados y hermosos, aunque con el ceño fruncido y la mirada iracunda. Las alas sólo existían en el espejo; lo sombrío que habitaba en nuestra mirada, en cambio, podíamos verlo fuera de la superficie de azogue.
Nuestro alije se marchitó conforme transcurrieron los días; la soberbia en la que nos regodeábamos -seres radiantes, perfectos ante el trato con los isleños- fue desapareciendo. Una noche, sin previo aviso, se nos comenzaron a caer los dientes. Supusimos un ataque de escorbuto, hasta que algunos perdieron la lengua y los labios. Luego se nos manchó el rostro con extraños arabescos vestales y entonces, alarmados, emprendimos la fuga entre una tumultuosa y cálida despedida de los feos.
Al llegar a altamar, aterrados, atendimos al espejo. Nos percatamos de que nunca habíamos dejado de ser los mismos, que todo había sido un engaño de la isla. Aún con alas portentosas o presas de escoriaciones, nunca dejamos de ser normales, sea lo que eso signifique.
Miramos a los feos a lo lejos. Ellos, a su vez, nos contemplaban. Apenas tras el suceso podemos intuir la grandeza de sus almas, ajena a mutaciones y a la repugnante imagen que ofrecen.
Aunque no pudimos descifrar el significado del encuentro.

Acerca de una caverna
Cipango, 12 de septiembre; luna menguante.

Siguiendo la ruta que Marco Polo registró en un mapa que algunos consideran apócrifo, llegamos a Cipango. Nos guiaba una disimulada ambición de encontrar un tesoro, cuyas referencias descifró nuestro criptógrafo en los caracteres mal trazados sobre un bosquejo. En el manuscrito, el navegante veneciano mencionaba un ambiguo secreto que llenaría de asombro a los reyes caprichosos y a las emperatrices más exigentes.
No puedo describir la desolación que nos invadió una vez que, al descender la escalinata que parecía interminable, internándonos presurosos en el peligro de estalactitas y estalagmitas que custodiaban el descenso, nos encontramos frente a una visión extraña: en el fondo de una gruta, un anciano de ojos rasgados, de cejas canas, con el torso desnudo y luciendo una melena de león viejo, permanecía sentado sobre un loto gigantesco. El loto, a su vez, flotaba indolente sobre un lago de aguas reposadas y enigmáticas. Nuestros ojos buscaron cualquier destello de oro; cualquier fulgor de diamante o de turquesa en la oscuridad de unas rocas apenas iluminadas por el fuego de nuestras antorchas. Nos llevó tiempo descubrir que estábamos en el interior de las catacumbas más originales de las que alguno tuviera memoria. Las tumbas poblaban el techo de la cueva, hoscas y rudimentarias. De entre los escurrimientos de la bóveda que se mantenía estática sobre nosotros, asomaban unas discretas aldabas que indicaban la presencia de múltiples féretros. Los espacios sobre nuestras cabezas eran innumerables; se alineaban en extensas hileras extendidas en todas direcciones -en un orden que por lineal y perfecto resultaba macabro- hasta desparecer del alcance visual en el capricho de las sombras.
De pronto -haciéndonos estremecer por la furtividad- uno de los cerrojos cedió ante el peso del contenido de la tumba. Vimos caer un cuerpo de manera descompuesta; apenas un guiñapo. Después del estruendo, el cadáver se perdió en la tranquilidad del lago. El abuelo oriental pareció despertar de un largo trance; presuroso se armó de un tintero y una pluma azulosa de pavo real que saco de no sé dónde, e hizo algunas anotaciones sobre un papel frágil, semitransparente. Después volvió a quedar absorto en la disposición de las tumbas aéreas. Lo contemplamos meditar largo y tendido, tratando de comprender algún fenómeno que parecía fuera de su alcance. Durante los minutos que permanecimos en el interior de la caverna, fuimos testigos de una decena de cuerpos que visitaban el agua en momentos asíncronos, aleatorios. Una vez que el cuerpo era devorado por las olas mansas y siniestras, la tumba volvía a su posición original, como si funcionara por medio de una maquinaria impulsada por un resorte.
Fado, el metafísico que gusta de los enigmas y la asociación de los fenómenos a las leyes de un orden prestablecido (y quien acostumbra leer el Tarot en noches de ocio), sentenció con desesperanza que no existía tesoro alguno. Al menos no de la manera en que nosotros, hombres materiales y mediocres, intentábamos encontrar. “La clave del acertijo está en el desasosiego de su oficio” -nos confesó en un arrebato místico-. “El viejo está tratando de encontrar un patrón en la azarosa caída de los cuerpos. No sabe que gastará la vida en el intento; porque lo que a nuestros ojos se presenta, no es más que una pérfida metáfora de la Muerte y sus designios. No hay patrones establecidos para conocer la fecha en que habremos de dejar nuestro espacio en la caverna”.
La sentencia de Fado nos causó una incomodidad insoportable. Algunos se negaron a aceptar esa explicación. Husmearon entre los recovecos de las piedras salitrosas. No encontraron indicio de riquezas materiales, y lo cierto es que parecían intimidados ante la posibilidad de que pudiera caer, intempestivo, un cadáver socarrón sobre sus cabezas.
No toleramos la ambigüedad del oficio del anciano y la silenciosa amenaza de un lago en reposo. La incomodidad dio paso al miedo en nuestros corazones. Resbalando sobre los troncos húmedos de la escalinata, torpes y a empellones, salimos del oscuro antro. En adelante, nos negamos a recordar el episodio; cualquier alusión al mismo nos llenaba de una pesada angustia.
No mencionamos ni una palabra sobre el viejo y su cuenta peculiar, ni siquiera en nuestras libaciones de ron; ni mientras nos tendíamos sobre los camastros a fumar un poco de opio. Mucho menos a la sombra del azar de un juego de baraja española, siniestramente alineado, que aparenta en los detalles más ínfimos acontecer entre las cuidadosas manos del repartidor.

*Tomados del libro Bitácora de una navegación efímera de Ulises Paniagua.