REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Clave de sol

Canto de hondo pesar


Martha Chapa

Su música, como la de unos cuantos compositores o intérpretes tocados por el genio divino, perdurará por siempre y nos seguirá llenando de deleite. Pero –debo admitir–, qué tristeza nos ha dejado saber que un hombre tan excepcional nos haya abandonado tan pronto.
Me refiero a Paco de Lucía, quien falleció hace unos días –por cierto, en suelo mexicano, al que tanto quería y donde con frecuencia vacacionaba con su familia por largos periodos–, a una muy temprana edad. Justamente, se encontraba en Playa del Carmen, Quintana Roo, tomándose un descanso con su esposa y sus hijos, cuando lo sorprendió la muerte. Esto, además de ser sorpresivo, causó consternación, pues el artista contaba apenas con 66 años de edad y con seguridad aún poseía enorme genio y creatividad para derrochar en beneficio de su público.
Paco de Lucía fue un extraordinario músico que dominó prodigiosamente lo mismo la composición que la ejecución de ese instrumento tan cálido y legendario que es la guitarra.
Desde niño, Francisco Sánchez Gómez, el hijo de Lucía Gómez, que en honor a su madre tomó el nombre de Paco de Lucía, mostró esa genialidad que lo llevaría a la fama dentro y fuera de su tan querida Algeciras, tierra que lo vio nacer.
Hijo y hermano también de buenos guitarristas y cantaores, su carrera alcanzaría niveles aún más elevados.
Lo comprueban no sólo sus éxitos musicales, reconocidos en prácticamente todo el mundo, sino sus tan celebradas aportaciones que innovaron el flamenco con una calculada dosificación de jazz o bossa nova, además de incorporar otros instrumentos, como la flauta o la caja peruana.
Cómo no recordar sus impresionantes conciertos –muchos de ellos escenificados en México– y la explosión interpretativa con su rasgueo y digitación perfectas, a la vez que con una velocidad asombrosa.
Sus discos fueron un acontecimiento tanto en lo individual como en compañía de otros grandes, como cuando tocó junto a guitarristas de jazz de talla mundial, como Al Di Meola y John Mc Laughlin, con quienes se presentó aquí, en el Auditorio Nacional, hace ya varias décadas. Con esos dos enormes intérpretes grabó aquel disco ya clásico de portada en negro y con los nombres de ellos en tres colores diferentes, correspondiendo el rojo a Paco, por aquello del color que identifica a España.
Y cómo no evocar aquí Entre dos aguas o Almoraima, dos de las extraordinarias melodías que interpretaba Paco de modo único.
Tan buen guitarrista como compositor, fundía sus talentos con maestría y generaba sonidos únicos. Pero, por igual, despertaba envidias y generaba polémicas provenientes de la ortodoxia musical, sobre todo cuando incursionaba en el género clásico, por ejemplo, con su espléndida interpretación del Concierto de Aranjuez.
A fin de cuentas, nos deleitó, se consagró y nos ha dejado una herencia invaluable: ahí están sus conciertos en video, y qué decir de los álbumes discográficos que no han dejado nunca de oírse y que bien sabemos serán escuchados en los días venideros, como si se tratara de “seguidillas de eternidad”.
Gracias Paco, recordaremos siempre tu música y permanecerás junto a nosotros, con guitarra en mano, embriagándonos perennemente.

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