REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Estudios entre tablas


Carlos Ferrer

Quince artículos sobre autores, obras y tendencias escénicas del teatro español desde Benavente hasta Cabal con un prólogo de Jacques de Bruyne insulso. Éste es el contenido del nuevo libro del profesor Rodríguez Richart, en el que se compilan ponencias y artículos dispersos, datados entre 1965 y 2010. El objetivo de la publicación es hacerlos accesibles y ponerlos al alcance del interesado, como apunta el autor. Por ello, no se entiende por qué en unos artículos están traducidas al español las citas y en otros se mantienen en el idioma extranjero original, lo que conlleva que ese público interesado en el tema pueda no saber leer esas citas. Si bien la vigencia se ha perdido con el paso de los años en cuanto a los aspectos biográficos y bibliográfico, al no estar actualizados, el libro interesará a los lectores que quieran conocer una aproximación crítica a lo que fue el teatro español del s. XX.
Del vallisoletano José Luis Alonso de Santos se estudian Viva el Duque, nuestro dueño y la miseria de los cómicos a fines del s. XVII, La estanquera de Vallecas y su lenguaje barriobajero, su comicidad, su ironía y su sarcasmo, la tragicomedia Trampa para pájaros como espejo de la sociedad democrática, Vis a vis en Hawái y el desenmascaramiento progresivo de la identidad de una mujer, la turbulenta comedia de enredo Dígaselo con Valium y el sentido lúdico del juego teatral, el monólogo metateatral La sombra del Tenorio como homenaje a D. Juan y Hora de visita, tramada sobre el trasfondo trágico de un suicidio frustrado. Estamos ante un ramillete de protagonistas que suelen ser marginales sociales con el humor como denominador común. No obstante, queda obsoleta la división en “etapas” del teatro de Alonso de Santos por la no actualización de los artículos, como ya se ha indicado.
De Fermín Cabal se analiza Tú estás loco, Briones y el problema de la identidad nacional durante la Transición española personificado en el franquista Faustino, mientras que del desconocido Lorenzo Fernández López se razona Años de ceniza, la cual dramatiza ese problema de identidad nacional, pero en el seno de una familia de emigrantes. En cuanto al teatro de Miguel Ángel Asturias, Rodríguez destaca su magia como antítesis de la religión cristiana y su compromiso responsable en coexistencia con elementos de carácter social e indica que es “menos importante que su obra narrativa” al carecer de ese “lenguaje plástico y vivificador del escritor”. Lamenta Rodríguez que no se estudie el teatro del guatemalteco, pero el problema es que el teatro no se lee, como tampoco prácticamente no se edita ni se estudia. Los motivos son harina de otro costal.
Si el valor de un autor se puede contrastar por la difusión de su obra y su permanencia en el tiempo, la de Jacinto Benavente apenas ha tenido repercusión en Alemania, donde se le han traducido únicamente siete obras (como se asevera en uno de los capítulos) y no todas se han estrenado, siendo la más representativa Los intereses creados. Respecto a las siete cartas (1952-1957) de Alejandro Casona al matrimonio de actores Pastor Serrador y Luisa Sala, nos encontramos con un dramaturgo asturiano delicado de salud, radicado en Buenos Aires, nostálgico, lamentando que no le estrenen en Estados Unidos y que no le paguen los derechos de autor por sus estrenos internacionales. También podría quejarse de que apenas le estrenan Lidia Falcón, cuyo teatro es un arma más en su defensa de los derechos de la mujer. De la feminista se explican las seis piezas publicadas hasta el 2000, fecha de escritura del artículo compilado, y se incide en que los personajes femeninos son víctimas de la violencia machista y de la hipocresía del hombre, quien abusa de su posición de privilegio. Rodríguez destaca que no hay innovación formal en el teatro de Falcón, aunque sí “cierta habilidad constructiva” y resalta la constante crítica al patriarcalismo imperante, el compromiso sociopolítico de Falcón y su inconformismo y por ello la encuadra Rodríguez en el teatro de los cincuenta.
En el artículo sobre las direcciones principales del teatro español desde 1950 hasta 1965, Rodríguez distingue entre teatro comprometido y realista, teatro de evasión, teatro de humor y la vieja escuela dramática. En el primero razona el debate sobre el posibilismo y los grupos de vanguardia que impulsó Alfonso Sastre, elogiando El tintero de Carlos Muñiz pero rechazando Las viejas difíciles del mismo autor. En el segundo destaca la preponderancia de la comedia fina, ligera, estilizada, irónica, tierna y optimista, encuadrando en ella a la otra generación del 27 y a Alejandro Casona, aunque rechazando contradictoriamente para este dramaturgo la etiqueta de “evasivo”; Casona no fue “maestro y guía de una generación, cabeza visible de una escuela” aunque quizá en 1965, fecha de edición del artículo, se pudiera tener esa sensación. En la tercera dirección, la del teatro de humor de escasas pretensiones literarias, Rodríguez enmarca a Antonio de Lara “Tono” y a Carlos Llopis, entre otros; y en la cuarta se engloba a Joaquín Calvo Sotelo, Luca de Tena y Pemán, epígonos de Benavente, del teatro burgués y de salón, pero de mayor nivel literario que el anterior según Rodríguez. El prolífico Alfonso Paso no queda encuadrado en ninguna dirección en concreto, Rodríguez lo adscribe a las cuatro y señala que “ha animado y vivificado mucho el apagado y gris panorama del teatro de la postguerra”. Sin embargo, Paso sólo animó las taquillas de los teatros. A Paso, junto a Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura Santos, lo aborda Rodríguez en otro artículo sobre el humor en el teatro de la posguerra, encuadrándolo esta vez en la generación realista de Lauro Olmo, Muñiz o Ricardo Rodríguez Buded, al que a lo sumo sólo perteneció en sus inicios, puesto que después abrazó los gustos del público y se decantó por un teatro comercial y acomodaticio hoy defenestrado y vilipendiado.
De Antonio Buero Vallejo se repasa su recepción literaria en Alemania, la pieza teatral El tragaluz y la evolución de su creación dramática hasta Jueces en la noche (1979). Una creación dramática, moralista y simbólica, marcada por la significación ética y la esperanza, por el posibilismo y por una inquebrantable conciencia trágica. La llamada generación realista y su tratamiento teatral de la historia conforman el contenido de otro de los artículos incluidos en este Teatro español e hispánico. Siglo XX. En dicho artículo se centra la atención, tras fijar el concepto de teatro histórico (“se cuentan las cosas como si ya hubieran pasado y así se soportan mejor”), en Un soñador para un pueblo de Buero Vallejo y en Crónicas romanas de Sastre, porque ambas están “expresadas en lenguaje moderno y concebidas con moderna mente” y porque la historia que reflejan es la génesis de algunos problemas actuales.
Finalmente, el Nuevo Teatro Español, que perduró como tendencia unos diez años, ocupa otro de los capítulos del libro, haciendo hincapié en su propuesta renovadora y contestataria, en la superación de la estética realista imperante, en el fracaso de público granjeado, en los problemas constantes con la censura y en la concepción del texto teatral como un elemento más en la consecución del espectáculo teatral y no tanto como literatura dramática en sí. Rodríguez argumenta semejanzas con el Teatro Independiente y diferencias respecto al movimiento anterior, el teatro realista, porque en literatura el hijo (en este caso Jesús Campos, Alberto Miralles, López Mozo, Romero Esteo, Martínez Mediero y demás) siempre tiende a matar al padre.

José Rodríguez Richart. Teatro español e hispánico. Siglo XX. Verbum. Madrid, 2013. 416 pp.