REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Confabulario

Fragmentos de novela


Ulises Paniagua

Inicio de Expedición
Puerto de Zarpa, 20 de abril del año en curso

Partimos al alba, puntuales, al amparo de impetuosos vuelos de gaviotas y albatros de enormes alas. Sus Altezas, excelsas como es costumbre, nos brindaron una grata despedida: un séquito de hermosas cortesanas que llenaron de azahar y tulipán la cubierta de nuestra nao.
Hay promesa e ilusión en este viaje. Los días se anuncian soleados, calmos; la tripulación, por su parte, se muestra eficiente. Antes de zarpar, sus Majestades enviaron un mensajero que nos recordó la importancia que, para la Corona, tiene una empresa como ésta. También nos instruyó en los peligros de la Mar Tenebris, justo en los confines del mundo; y la necesidad de no perder de vista la estrella del Norte. Para tal fin, nos obsequió, de vuestra parte, un lujoso astrolabio cuyo trabajo de fundición y diseño nos ha dejado sin aliento. Agradecimos el regalo como es debido, y levamos anclas llenos de regocijo.
La jornada de hoy ha sido plácida; hemos recorrido cerca de dieciocho o diecinueve leguas a sotavento, sin mayor percance, como no sea la lúdica compañía de un par de delfines. Planeamos arribar a tierras nuevas en un plazo no mayor a sesenta días, una vez que abandonemos las rutas tradicionales de navegación. De más está decir que nuestros espíritus, hinchados de felicidad, navegan con la libertad del viento.

La carabela fantasma
Mar abierto, 3 de mayo del año de Nuestro Señor
La mar es una sábana interminable; un prodigioso celaje invertido donde nuestro navío se extiende como el vuelo de un águila. Tan enorme es su presencia que remite a la sensación de soledad.
Siguiendo la ruta, durante días sólo habíamos encontrado agua a nuestro paso. Navegar esta región despertó nuestra extrañeza: hubo ocasiones durante mañana y tarde que nos pareció observar una carabela a lontananza. Emocionados ante la proximidad de un encuentro, hemos acelerado la marcha de la nao. Hendimos con la quilla -dispuestos al acercamiento- la calma en la que los delfines custodian nuestro viaje.
La carabela parecía volverse nítida y real cuanto más nos acercábamos a ella; pero de manera inexplicable, en el segundo de un fulgor inmenso, aquella nave aparecía ante nuestra vista tan lejos como la avistamos en un inicio. Desconcertados, heridos en lo más profundo de nuestro orgullo marino, desamarramos velas y ejecutamos las maniobras necesarias para conferirle a nuestra embarcación una velocidad portentosa. Nos vimos de nuevo próximos a la carabela, ufanos de nuestra pericia y prontos a darle alcance. Sin embargo, en un instante y de manera abrupta, en una especie de vertiginoso salto temporal, la nave volvió a aparecer lejos de nuestros ojos, recortando su figura a contraluz sobre un horizonte libre de nubarrones.
Presiento que no nos será posible llegar hasta aquella embarcación. Y no sé por qué, pero esta interminable persecución de la carabela fantasma, me remite a la angustia que produce la caída de cada grano de arena, justo en el interior del reloj británico que guardo bajo llave en mi gaveta. Pienso entonces, un tanto aburrido, y recargado en el timón del barco, que el tiempo también es un fantasma terrible.

Un llanto inmenso
Mar abierto, 21 de mayo
Jano, el portugués que se encarga de los daños infligidos al robusto mascarón de nuestra nao, halló flotando un mensaje contenido entre las paredes de una botella de ron. Lo que en la misiva estaba escrito conducía más a pensar en las agudas cavilaciones de un hombre solo, que a la súplica de un náufrago angustiado.
El mensaje (que levamos mediante un anzuelo), dictaba: “El océano es alegoría. El horizonte es una uña de Dios que impresiona por su monstruosidad. Cada marejada, los centenares de olas furiosas se estrellan, en desconcierto, bajo el ritmo de una melodía asíncrona. En alta mar, profanando la perfección de la naturaleza, nuestra nave es un perro triste llorando al desamparo; pero eso a ningún oleaje parece importarle”.
Lo escrito no hubiera parecido inquietante, si no fuera porque Jano, en una aseveración respaldada por convincentes argumentos, nos hizo notar que el autor no tuvo intención de hablar sobre un océano literal, palpable. Su percepción sobre la vida dentro de las ciudades y la convivencia de los seres humanos en ellas, era de una claridad demoledora. Confundidos, tal vez desconfiados, nos dedicamos a guardar un respetuoso silencio con respecto al mensaje, y sobre todo, a la intrincada apreciación de nuestro polémico ebanista.

El Décimo Infierno
Mar abierto de nuevo, 5 de junio
Hoy, al atardecer, nos pusimos a contar historias. Las aventuras de los marinos resultan tan fantásticas que uno no sabe qué parte del relato debe asumirse como ficción, y cuál implica una porción de realidad.
De cualquier manera, la mejor historia fue la del cartógrafo sombrío. Relató, sin un asomo de vergüenza o pasión, cómo en un viaje clandestino organizado por templarios (cuyo propósito era encontrar el Sagrado Grial), el barco había ido a varar a un terrible fondeadero. Allí -juraba el hombre- habían descendido con cuerdas, por una ancha grieta, en una expedición estúpida que se había planeado como diversión. Su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar al fondo del boquete, alumbrado apenas por unas teas insuficientes, el décimo círculo de ese infierno que refiere Dante, apareció ante la vista de los templarios.
-Reconocimos a Alighieri enseguida, debido a la palidez de su rostro, a sus ropas, y a la gravedad de sus gestos. Un Virgilio, moderado y sencillo, caminaba tras él, intentando conducir los pasos de ambos hacia arriba, en una escalinata que conducía a los círculos conocidos -aclaró el cartógrafo-, a los tormentos de lujuriosos y ladrones. Sin embargo, en una situación absurda o torpe, aquellos personajes subían dos escalones, y descendían tres, para volver a subir uno. De esta manera, nunca avanzaban. Sus rostros denotaban desesperación.
-La clasificación de los círculos infernales me la sé bien; y estoy seguro que mientes -objeté un tanto irritado, dudando de la sanidad mental de un hombre encargado de dibujar sobre un mapa nuestros avistamientos-. Aun suponiendo que tu historia mereciera la más mínima credibilidad, no puede existir un nivel más terrible que el que ocupa Judas Iscariote, en el Infierno de la Traición.
Entonces el viejo me miró de una forma que me hizo estremecer. Parecía sopesar cada palabra antes de pronunciarla. Después de una larga pausa, el cartógrafo asestó una frase impecable:
-En eso se equivoca, Almirante. Hay dolencias más espantosas que las que merece la traición al nazareno. Existe un espacio donde no reina ni el silencio, ni la esperanza, ni el hartazgo. Es como flotar en el vacío. Es el lugar en el que no sucede nada, donde no se va a ningún lado, porque no hay sitio a donde ir.
“La mediocridad y la indolencia, Almirante, conforman el décimo de los Infiernos. Y lo juro, si el propio Dante salió de allí después de que partimos, pesarosos, se sintió tan asqueado que no quiso registrar el episodio en su Divina Comedia.”

Bosque lánguido
-Más allá de donde nace el sol, los hombres narran la leyenda del bosque de los suicidas: lo perturbador de tal boscaje es que, una vez después de colgar del tronco de un roble, de entregarse a la inanición o decidir arrojarse a un acantilado, las almas que merodean entre abetos y pinos no exigen piedad, ni revancha o descanso. Ni siquiera un poco de atención. Por multitudes se les escucha caminar sobre las hojas secas, al amparo del brillo de la luna, sin origen ni destino. Son espíritus en decadencia, almas alimentadas en la estética del derrumbe que no aspiraban (ni aspiran) a una migaja de eternidad.
Tal es el cuento que narraba el contramaestre, por la madrugada y en la comodidad de las literas, a algunos desvelados que quisimos escucharlo después de jugar a la baraja. Nuestro interlocutor destacaba el carácter legendario e improbable del sitio. Sin embargo, aunque no quise contradecirlo, recordé cómo Marco Polo, en una de las notas de bitácora que no llegó a publicarse, aseguraba la absoluta existencia de ese bosque refiriendo latitud y longitud exactas, para quien se interesara, en lo futuro, en experimentar la más profunda y verídica desolación al caminar sobre sus hojas.

Pequeña Revuelta
Pleamar, 18 o 20 de junio de un año confuso
La tripulación se sintió inquieta tras varios días, donde no sabía qué rumbo tomar. Ni la brújula, ni el astrolabio, ni nuestra pericia pudieron orientarnos una vez que ingresamos a la zona donde meridiano y paralelo se funden, formando una cruz perfecta.
Cuando la noticia de mi desconcierto llegó a oídos de un par de barberos turcos (famosos por sus chismes), se esparció como pólvora, contagiando de desesperanza a la caterva que me hace compañía: los agrios andaluces que lamentan las tardes de navegación azarosa; los bávaros de larga cabellera, quienes pretenden encontrar el nombre de su dios en alguna inscripción tribal; el par de funámbulos galos que viajan extasiados con la promesa de “El Dorado”. Todos ellos promovieron una pequeña revuelta, pacífica y absurda, que manifestaron al tumbarse a mediodía para tomar el sol, libres de ropas y ajenos al pudor marino. Se mostraron desfachatados e hicieron derroche de una holgazanería insoportable.
Sin embargo, sabiendo que los inconformes podrían considerar la posibilidad de adueñarse del mando; procuré pasar por alto el percance y asumir una posición condescendiente. Me sumé al movimiento, despojándome de vestiduras y echándome de espaldas, justo en la proa, una vez que hube vendado los ojos del mascarón para ahorrarle la visión del espectáculo deshonroso de mi cuerpo.
Miraba el cielo en su profundo azul, cuando me percaté de que las nubes giraban aprisa; señal de que se avecinaba una tormenta. A la par, una maraña de algas rozaba las costillas de la nao. El grito del gaviero nos despertó de nuestro letargo:
-¡Tierra a la vista!
De pronto los disidentes se habían puesto en pie, y corrían hasta las barandas, encimando sus torsos escurridos sobre los de otros; intentando ganar lugar para atestiguar la proximidad de tierra firme.
Aún desnudos, se olvidaron de la sublevación. Retomaron sus puestos, liberaron amarras y se pusieron a trabajar con la intención del desembarco. Por mi parte, reconozco que empezaba a disfrutar convertirme en un animal de la manada; así como comenzaba a gozar de esa incomparable libertad que implica pasear sin ropa sobre la frescura de las duelas. Pero con el aviso del vigía, la distancia entre los subalternos y mi soledad volvió a manifestarse. Los pretendidos sublevados ignoraron a partir de entonces sus inconformidades, pero dejaron de serme cercanos.
Los humanos somos desmemoriados y volubles. Después de una revuelta incipiente, felices ante la inminencia de tierra firme, después de clavar las anclas en la arena, los marinos se dedicaron a dormir en espera del alba como si nada hubiera ocurrido, a bordo, en algún momento de la travesía.

Anunciaciones
Puerto de Utopía, madrugada del 21 de junio del año en curso
Esta noche, justo en un sueño, brotaron anunciaciones entre la hierba fresca que se reproduce en estribor. Mientras la nave surcaba los mares polares, esquiva ante cualquier enfrentamiento con los restos de un deshielo onírico, avistamos no una tierra; sino tres o cuatro o muchas a un mismo tiempo. A mí esto me pareció un presagio (los ángeles que viajan a bordo, simples mercantes, no le tomaron importancia).
Como un concierto de genoveses en la búsqueda de las Indias inhóspitas, departimos jugando a esconder nuestros nombres tras elaboradas máscaras de carnaval. Pilas y pilas de enormes libros sagrados construían referencias en el horizonte; mientras lejanos coros celestiales aguzaban nuestros sentidos. El orbe, en su imperfecta redondez, se estremecía con alegría pueril.
En la infinita posibilidad del sueño, no obstante, también es necesario la culminación de tareas: después de las alegres libaciones y los ditirambos a bordo, zarpamos felices…
Al despertar, entre los arrullos primitivos de un oleaje verídico, yo aún continuaba cantando.

La isla de los sueños salvajes
Villa Morgana, por la noche
En esta isla que asoma por Oriente, donde los habitantes acostumbran el ascetismo de manera ininterrumpida, se practica una extraña costumbre cada vez que culmina cualquiera de los dos solsticios del año. Sólo a manera de ejercicio y en las fechas referidas, los villa morganos guardan la extraña costumbre de liberar las pesadillas. En una ceremonia nocturna y silenciosa, el sacerdote se encarga de correr pestillos y cerrojos desde las oscuras celdas. Como bestias furiosas, las pesadillas embisten el mundo armónico y organizado que escapa de los pensamientos de los practicantes, semejando en el asedio intelectual el vapor que emerge de una cacerola una vez que ha alcanzado el punto de ebullición.
Pero la paciencia y la reflexión, cual si fueran poderosos escudos de cruzados en Tierra Santa, impiden cualquier acercamiento o incursión de los malos sueños. Los ascetas, que permanecen con los ojos cerrados, en una postura vertical pero relajada que estimula la meditación, consiguen en una armonía cósmica absoluta, desplazar de su mente las imágenes oníricas en que el soñante cae desde una almena mora; o donde la amada escapa en las grupas de un caballo del demonio; o aquéllas donde se es atravesado por un tiro de ballesta o devorado por un jabalí hambriento; incluso los sueños recurrentes en que se posee una sed incontrolable de alcanzar algún exótico oasis, sin que esto sea posible.
Después del acoso que se prolonga hasta las primeras luces del alba, reina la voluntad de los ascetas. A las pesadillas, derrotadas y en franca humillación, no les queda más remedio que emprender una huida decorosa, para volver a guarecerse en la soledad de la prisión, donde a pesar de las incomodidades se sienten a salvo del desdén de sus pretendidas víctimas.
Los habitantes de Villa Morgana, por su parte, regresan a la vida común, esperando con ansia el próximo solsticio, para volver a comprobar la fuerza invencible de su interior (al menos esto refieren, en un lenguaje cincelado, una pila de menhires que se exponen en las playas de la isla).
Confieso que hasta hoy no había visto nada parecido.
*Tomados del libro Bitácora de una navegación efímera de Ulises Paniagua.