REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

Descubriendo los velos hacia el cielo


Silvia Paulina Martínez

Trató de retraerse hacia sus sentimientos de ser un gusano regordete que se arrastra entre los orificios hediondos de los árboles, pero no lo logró. Algo en su cuerpo grasoso lo empujaba hacia afuera. El impulso móvil de que un gusano fuese una mariposa existía; mas no podía imaginarse que algún día volaría, pues el dolor de sus miembros contrayéndose, desintegrándose y separándose era demasiado intenso. Su origen terrenal y su cuerpo tragón hacía que la idea fuese nada más que imposible en el reino gravitatorio donde reina la madre de todas: la Física.
Como cualquier oruga había buscado un lugar con una oscuridad casi extrema para la temible y esperada transformación. No podía darse el lujo de tener espectadores esperando un resultado satisfactorio, porque esto es un asunto que cada oruga tiene que hacer sólo y para sí misma, es imposible agradar a otros en un efecto de transición. Un agujero en una rama de cualquier árbol con algún anuncio de hojas sería el lugar perfecto para descubrirse y salir hacia la luz.
Sus amigas, las hormigas, le habían advertido sobre los dolores previos al surgimiento de las alas. Ahora los lamentos estaban ahí, lo cual podía suponer dos cosas. La primera es que sobreviviría al cambio del resquebrajamiento de sus propias capas jugosas y aceitosas que cubrían sus alas para convertirse en una mariposa real. La segunda es que esas contracciones anunciaban un momento traumático que se presenta anterior a la muerte. Esta segunda opción por insatisfactoria que fuera parecía la más viable. La muerte tiene la gracia de ser tranquila y el inconveniente de ser eterna. En la muerte no hay dolor, no hay recogimiento, no hay desprendimiento porque no hay nada. Sí, morir era mejor y dejar de estar en este evento brutal que tantos retos le implicaban. La muerte y la renuncia hacia el deleite de la primavera es algo que se contempla cuando se siente la fatiga del cuerpo. Huir, huir, huir de la existencia era mejor que permanecer inmóvil ante el cambio de la estructura de su cuerpo.
El paso de súbitos dolores anunciaban el desprendimiento de algún pliegue le hacían creer que lo peor ya había acontecido, pero cada contracción era más fuerte y el sentimiento era más sutil. El hilo plateado que rodeaba su crisálida poco a poco se iba desprendiendo. ¿Qué es esto se preguntaba?, ¿acaso las demás mariposas también habrían tenido que cruzar por este crudo y penoso desarrollo?, ¿había para su naturaleza otro medio, es decir uno que no implicara el resquebrajamiento de sus miembros? Cada sufrimiento le hacía más fuerte la epidermis. Esa capa que nos cubre entre el dolor, la vergüenza, el estómago lleno y los días alegres.
Ahora que sentía el endurecimiento de sus músculos, no podía negarse -en esos instantes de sufrimiento intenso- el soñar con los elementos exquisitos que existirían si se llegase a descubrir como una mariposa: volar, alcanzar frutos que están en lo alto, observar los insectos desde arriba. Agua, aire, tierra y fuego, por fin los cuatro elementos y no sólo la rugosa tierra y la dulce agua que formaban los charcos. Estaba presente el impulso hacia la primavera latiendo y deslizándose por cada parte de su cuerpo tubuloso, baboso y glotón.
De momento se dio cuenta de que se sentía más ligera. He dejado la materia nebulosa de mi cuerpo, supuso. Ahora me traslado hacia el reposo eterno. Su deseo todavía contemplaba la posibilidad de un descanso, cuando sintió una línea fina a lo largo de su espalda extendiéndose y sujetándola, sintió un velo espumoso que la cubría. Esta envoltura era el cuerpo dorado que cubría sus mismísimas alas, el cuerpo dorado del cual sólo se viste la aristocracia de la naturaleza.
La incertidumbre de que por alguna extraña razón estas bellísimas alas no funcionaran estaba latente, por lo que se apresuró a deslizarse a la superficie del hoyo que había elegido y probar si su pensamiento era correcto o se encontraba en un error afortunado. La rama parecía alargarse, círculos concéntricos hacia afuera. Ahora era más tedioso, se acordaba del dicho que le habían comentado tantas veces sus amigas: ¡Es más fácil meterse en un hoyo, que salir de él!
Un empuje, otro empuje y otro más. Qué acto tan espantoso estaba realizando. Ahora era más difícil moverse con seguridad, pues ahora tenía un moño que se arraigaba con rigidez a su espalada. Cuando llegó a la superficie de la rama, la tintineó un rato probando si aguantaba el peso de las alas. Para su sorpresa, resultó que se sentía más ligera y los colores amistosos anunciaban que se encontraba sedienta de vida –una vez más los poros se abrían para reconocer la primavera. Este sentimiento de triunfo la llevó a alardear hacia los otros su delicada figura y dando un aplauso hacia el cielo por su éxito se dispuso a volar.
Abriendo y cerrando sus desconocidos elementos jugueteaban con el aire y formaba círculos de libertad. La secreción de hormonas se disolvía en la certeza de los músculos cansados después de un gran esfuerzo: danzando con la infatigable sencillez de no cuidar aquello que se ha de romper o no ocultarse del pasado que aconteció. Si el sol puede calentarnos hasta quemarnos en los días de invierno, entonces una larva que se arrastra a paso lento y tedioso puede volar.