REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
10 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

Fragmentos diarios 4


Hugo Enrique Sáez A.

Cómo hacer un doctorado en filosofía
Vaya a la universidad que le quede más cerca.
En la recepción solicite los requisitos de inscripción a una licenciatura en filosofía.
Recupere sus papeles de bachiller recibido y preséntelos.
Una vez que obtenga el número de matrícula, y si no hay algo más interesante que hacer, asista a clase con cualquier profesor, cuanto más viejo y si usa barba, mejor.
Tome apuntes. O pídaselos a esa compañera que parece destinada a la soltería eterna.
Lea a los filósofos que le recete el docente en turno. En una fiesta comente la profundidad de Heidegger cuando sostuvo “¿Por qué existe en general el ente y no más bien la nada?” A su ligue del momento explíquele palabras en alemán tan comunes como Dasein.
Etimologías griegas y latinas servirán para que tienda una valla protectora frente al común de los mortales.
Cómprese un morral bastante raído y empiece a frecuentar la cineteca nacional y algunos teatros de Coyoacán.
De pronto, sentirá que está flotando en el mundo de las ideas y que observa con asombro a los autómatas que se desplazan a nivel del piso. Esa sensación le vendrá aun si usted lee a Descartes mientras viaja en un metro atestado de gente y ni oye las ofertas de los vendedores ambulantes que habitan en la caverna de Platón.
Repita los pasos anteriores cuando se inscriba en la maestría con un ensayo sobre Aristóteles y los amoríos de su discípulo Alejandro Magno.
Un requisito para ingresar al doctorado es que tenga el pelo largo y una mirada escéptica como la de Diógenes el perro cuando en el mercado decía: ¡cuántas cosas hay que no necesito!
Escriba una tesis sobre un problema crucial de la humanidad; en especial, se recomienda que lo siembre de citas memorables de Kant, de Hegel, de Marx, y de algún autor contemporáneo que esté de moda.
Dedique su informe final al amor en turno. No es necesario tatuar su nombre in pectore. Al próximo amor confiésele que el anterior fue el peor error de su vida.
Y ya con el título de doctor en sus manos formule la pregunta fundamental de la metafísica: ¿y ahora on toy?

Gastos suntuarios
A menudo se oyen críticas a las fiestas de pueblo en que se quema una infernal pirotecnia, se organizan comilonas pantagruélicas y se agotan hectolitros de alcohol. La voz admonitoria se expresa apuntando a todas las necesidades insatisfechas que podrían resolverse con esos recursos en lugar de destinarlos a una hoguera sin provecho práctico. Desde el potlach, y costumbres similares de comunidades antiguas, se remarca que en estas fiestas fastuosas se refuerzan las líneas jerárquicas, a causa de que quien derrocha regalos muestra su poderío y superioridad frente a los más desprotegidos que acuden a la ceremonia. En una ocasión asistí a la celebración del Niñopa en Xochimilco: los responsables del evento presumían que se llegó a alimentar gratuitamente a siete mil personas, aparte del espectáculo para el que se contrató a una reconocida banda de música comercial.
Ahora bien, todo esto sucede en el piso bajo de la sociedad mundial. Lo que no abarcan las críticas es que el dispendio de recursos de los sectores oligárquicos es de una dimensión inconmensurable. Veamos algunos casos y costos. Para alojarse en la habitación más barata del hotel Burj Al Arab (siete estrellas) de Dubai usted tendrá que abonar 1300 euros diarios, aproximadamente 24 mil pesos mexicanos que un obrero con salario mínimo los ganaría en 400 días. Más de un año de trabajo. ¿Qué diferencia existe, aparte del boato, con un cuarto discreto de una pensión bien atendida? El auto de la marca Ferrari GTO cuesta 52 millones de dólares. Su propietario, ¿lo usará para pasearse en su campo de golf privado? Un anónimo comprador de obras de arte pagó 142 millones de dólares por la obra de Francis Bacon “Tres estudios de Lucien Freud”. ¿Quién la disfrutará? ¿Por qué no está a disposición del público en un museo?
No hay comparación entre el derroche del pobre y el lujo ofensivo de los grandes millonarios. Una lógica elemental indicaría que cualquier individuo encuentra placer en disfrutar un bien inútil: por ejemplo, los trabajadores migrantes en países desarrollados emplean su primer ingreso en adquirir un aparato electrónico. No obstante, el consumismo se apoya en estimular gastos suntuarios, es decir, en objetos que reflejan estatus, que simbolizan poder. Una cadena invisible de producción exige que los bienes naturales sean explotados al máximo para resolver los caprichos en la lucha por el poder. El problema, en consecuencia, no es moral, es político.