REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
05 | 04 | 2020
   

Arca de Noé

Introducción a la ética periodística


Cirilo Gilberto Recio Dávila

La información es un valor público, un bien social, un elemento del colectivo humano que se enlaza con necesidades e intereses de grupo, una comunidad o una empresa. Es también un valor individual: la difusión de novedades, conocimientos, ideas y aconteceres que el individuo requiere para el desarrollo de su vida. Una precisión del concepto de información puede definirse como el conjunto de datos que se obtiene a partir de la realidad tangible o intangible a través de las capacidades sensibles y racionales del ser humano, datos sistematizados, organizados y codificados para presentarse como un mensaje aprehensible y comprendido por un receptor individual o un público. Algunos autores —como Ferrell y Hirt, que tienen sus aportes en lo que respecta a la ética de la empresa y los negocios— nos dicen que la información nos permite resolver problemas y tomar decisiones, debido a que el aprovechamiento de la información es la base del conocimiento.
Por su parte el publicista y comunicólogo Eulalio Ferrer, establece una diferencia conceptual entre información y comunicación que es relevante para el presente trabajo. De acuerdo con Ferrer, donde termina la función de informar comienza la comunicación 1: quienes informan no construyen, apenas plantean o imponen. Mientras que comunicar implica proponer, edificar y, particularmente, considerar la respuesta a lo planteado. Seguiré esta línea de conceptos de Eulalio Ferrer en los presentes apuntes debido a que pretendo dirigirme al informador profesional y al público general para ofrecer una visión personal de los valores del periodismo como medio de comprensión de la realidad y como responsabilidad social. Es decir intento procurar una comunicación con el lector acerca de un tema que juzgo valioso: los valores del periodismo, sus compromisos de servicio público con la sociedad y el individuo.
De alguna información determinada puede depender un negocio, de una difusión noticiosa es posible extraer principios básicos para adoptar una decisión política, de la divulgación de las ideas y los conocimientos podemos originar una mejor forma de vida. La información posibilita conocer y comprender mejor el mundo que nos rodea. Nos pone en contacto con situaciones que nos pertenecen y otras que son ajenas, nos aproxima a otros puntos de vista, nos acerca en expresión y pensamiento. Esto es, el ejercicio del periodismo está hondamente arraigado en valores individuales y en valores colectivos.
Estas funciones de la actividad informativa se pierden de vista con frecuencia cuando el periodismo como medio informativo carece de autoridad moral ante el público, cuando sus miras se tergiversan por intereses que enajenan su vocación elemental de informar, orientar, educar o incluso entretener. De ahí que sea justo decir que la autoridad moral del informador, que tiene un equivalente en la percepción pública del nivel ético de los medios de información, depende de la relación que se establece entre estos y la sociedad. Esta afirmación contiene, sin embargo, una imprecisión relativa, pues en un cierto momento y en una sociedad determinada, la escala de valores éticos puede presentar una gama muy amplia de expresiones. En este punto el periodista ha de estar atento al hecho de que trabaja la información para las expectativas de un tercero que habrá de leer, escuchar o presenciar determinados acontecimientos o hasta puede ser protagonista de los hechos. De ahí que sea pertinente hablar en este texto de la libertad de expresión y de la pluralidad informativa.
También ha de mantener en su conciencia que desempeña su trabajo en una empresa informativa específica. Cuando una revista, diario o noticiario televisivo o radiofónico se sirve de la figura que cae en desgracia, del escándalo llamativo o hace del chantaje informativo práctica común o esporádica, es claramente visible su declive moral, es decir su relación con el auditorio pierde las cualidades que lo sustentan: el apego a la verdad y su difusión como un bien público. De hecho pareciera que en muchos momentos los medios se conducen sólo por una ética de provecho propio, que se ciñen únicamente al interés económico y al poder político, lo cual les hace perder la importancia del sujeto como principio ontológico, el ser que recibe la información y como origen epistemológico, el ser que conoce la información. Mientras tanto la información se convierte solamente en una mercancía y deja en segundo plano su función como materia de conocimiento. El público también cuenta y en este sentido su relación con los medios informativos es otro de los apartados que conforman este material.
Por otra parte el periodismo es una actividad que establece puentes de trabajo entre diferentes medios sociales. El escritor Carlos Fuentes en una ya legendaria conferencia titulada “Hacia el milenio”, impartida el 5 de marzo de 1996, determinaba entonces que era necesario hacer historia más que preconizar el fin de la historia. Señalaba en esos días que en un mundo que muta, que se transforma de manera vertiginosa, demandaba la necesidad de transformar a los medios de comunicación en instrumentos de educación política. El señalamiento de Fuentes sigue siendo actual; nos habla de responsabilidades de los medios de información en las sociedades de hoy, deberes que los informadores han de tener presentes en su diario quehacer.
En días en que los valores éticos predominantes en los medios parecieran estar enfocados exclusivamente en los intereses económicos y de poder político, parece también que se han perdido de vista su función social y sus responsabilidades públicas. La publicidad, la sobreinformación de contenidos sin relevancia, los universos noticiosos que proponen panoramas informativos hasta extremos imposible de digerir por los auditorios, conforman un conglomerado caótico de ofrecimientos informativos al que los usuarios deben atender so pena de ser excluidos de las realidades que proclama un impersonal dictamen mediático. Esta visión de las cosas no debe hacernos olvidar que el primer protagonista de la información, el sujeto que da fe de la noticia, el informador —aun cuando pertenece a un gremio, al colectivo mediático de comunicación masiva— es también quien desde su propio espacio individual ha de considerar sus valores y capacidades en el ejercicio de su profesión. Por lo tanto, el desempeño de su labor requiere una preparación personal que va más allá de la vida aislada y muelle de la academia o la escuela.
Es en este sentido que se considera cómo las tareas informativas implican un trato directo y cotidiano con personalidades públicas, individuos sobresalientes en campos muy variados de la actividad humana: líderes de empresa, políticos, deportistas o científicos; celebridades, humanistas, pensadores, poetas, creadores en los ámbitos más dispares. Hombres y mujeres que condensan la esperanza de pueblos y sociedades. El contacto con personajes de fama pública puede llevar al informador, a la entrevistadora, al editor o a la redactora, a perder el sentido de su propia individualidad. La admiración puede trocarse en envidia oculta, el temor reverencial es susceptible de derivar en pusilanimidad, el amor propio puede conducir al errado camino del desdén por el logro que se estima ajeno e inalcanzable. Se estima que esto es un riesgo porque tanto la dignidad de la persona, su propia integridad física y moral, así como su autoridad moral son esenciales para evitar los rasgos más notorios de la actualidad en el espacio mediático: la anomia, la despersonalización y la trivialización de la cultura. El periodista debe precaverse de estos cantos de renovadas sirenas, afirmar su persona en una capacidad profesional propia, reafirmar sus valores y sobre todo, mantener en su mente y corazón las convicciones y valores propios en el perfil de una vocación que ha elegido libremente y la cual tiene como funciones informar, orientar, educar y entretener.
Si en la literatura se percibe, en algunas ocasiones, el alejamiento de un lector como un referente a quién dirigirse y hay quienes afirman que el escritor no debe pensar en un posible lector como condición de creatividad, en el periodismo pensar en un auditorio receptivo, en un lector, en un escucha, en un público, es un compromiso que nace de las funciones propias del oficio periodístico, es decir, la información siempre tiene un destino.
Informadores, editores, reporteros y locutores se dirigen a una audiencia dispersa, heterogénea, cautiva o casual. Son voceros de terceros pero son igualmente testigos de un acontecimiento. No son jueces ni parte, sino informadores y su juicio —siempre posible— se ciñe a la opinión, interpretación, comentario o juicio editorial, formas periodísticas perfectamente discernibles del cuerpo meramente informativo, como veremos más adelante. Es verdad que el informador —en tanto persona— no responde a una etiqueta que pueda transformarlo en un simple autómata, un títere manipulado que intentará a su vez extender esa manipulación. Su individualidad lo lleva a la posibilidad de justipreciar, valorar y observar la figura y el acontecimiento con una mirada que no puede ser neutral.
La imparcialidad y la objetividad totales no pueden ser condiciones que enajenen su subjetividad, sus emociones, simpatías, preferencias o pareceres. Los criterios de verdad, las valoraciones para conocer la realidad nacen de las necesidades —primero comer y luego ser cristiano, dice el dicho— la capacidad para percibir la realidad y luego para transmitirla fielmente requiere de condiciones adecuadas en el reportero y en el medio de comunicación. Bajo esta consideración los criterios de verdad y las subjetividades del comunicador son dos presupuestos básicos de la estructura ética de la información. En tales criterios pueden ser prioritarios los intereses de la empresa, el bienestar de la comunidad, el desarrollo educativo, etcétera, pero el hecho, la información del acontecimiento es una realidad que no puede ser cambiada. Se puede dar importancia al escándalo de un accidente automovilístico y publicar fotografías que provoquen la sensación que vende ejemplares, pero también se puede enfatizar el estado inadecuado de la carretera y las señales de tránsito.
Por lo demás, si la imparcialidad y la objetividad en sus formas puras son condiciones imposibles, no ocurre así con la honestidad, la integridad y otros valores relacionados con las labores informativas. Y es en este punto donde los medios, y en particular los reporteros e informadores individuales, deben soportar las mayores presiones. La corrupción y la coerción a través del poder político y económico, así como los simples intereses del poder y del dinero son suficientes para convertir en una marioneta al mejor de los informadores. Hubo una época en México, por ejemplo, en que solamente lo que se veía en las noticias de la televisión era la verdad y el locutor estrella de esa época, luego de su emancipación televisiva, salió al paso con solamente declarar que en ese entonces, nada que no fuera autorizado podía salir al aire. Ese esquema de censura ha sido rebasado desde luego, pero ahora se perciben fenómenos de otra especie igual o peormente perniciosos en los términos de una ética de servicio público y de responsabilidad social.
En el oficio cotidiano de la información, quien lo ejerce atestigua muchas veces cuadros con los que no está de acuerdo. Su compromiso ético de honestidad le impele a retratarlos tal cual, sin apología ni moraleja, pues si vemos que la neutralidad completa es falaz, no lo es en cambio tomar partido, lo que puede tener una legitimidad ética, cuando así se advierte públicamente. No obstante, el informador ha de estar alerta a las muchas acechanzas que pueden establecer una dicotomía ética, es decir, atento a ese conflicto de intereses en el que una parcialidad informativa implica un actuar deshonesto.
En un artículo sobre deontología periodística, Federico Campbell 2 nos dice que en algunos países “se entiende por conflicto de intereses la contradicción que puede empalmarse entre dos o más trabajos remunerados.
El caso más palpable es el del juez que se declara incompetente porque en cierto caso es pariente o amigo de una persona consignada a su juzgado, es decir, porque no puede ser juez y parte”. Esto implica criterios éticos individuales y pautas profesionales en consonancia, atender las valoraciones propias en consecuencia con el medio profesional en el que el comunicador se desenvuelve.
Observamos entonces que si bien la neutralidad de los medios no es posible, pues existen subjetividades imposibles de ignorar, esto no debe confundirse con la aspiración a la verdad. Precisamente en este hecho se fundamentan algunas sugerencias para normar la relación entre los medios y la sociedad. Así lo advertimos de la expresión del periodista Alejandro Avilés, quien fuera designado en 1993 “Defensor del lector” en el periódico El Economista. Ya desde entonces Avilés reconoció que no puede haber un periodismo neutro y delimitó un amplio espacio de responsabilidades en el terreno informativo: “Un representante social ante los medios y el Estado —indicaba Avilés— comprende funciones que no sólo atañen a los profesionales de la comunicación, sino a todas las personas”. Esto apunta a la formación institucional de una figura que velara por los intereses de la sociedad en el contexto de un entorno mediático que ha dejado de ser único, pero en su pluralidad obedece más a las reglas del mercado y a la información como mercancía que a las responsabilidades ante la sociedad. Existe pues una rica discusión sobre los criterios éticos individuales y las pautas profesionales de periodismo que es preciso revitalizar.
Las defensorías, los foros para la opinión del lector, los espacios dirigidos al director de un medio, responden al reconocimiento de esta parcialidad al advertir que las subjetividades del informador, o en casos más extremos los intereses de empresas informativas, en un momento determinado pueden afectar a terceros. En este punto es prudente recordar una conversación entre el comunicador Virgilio Caballero y el periodista José Carreño Carlón 3.
Quizá también habrá que exigir —o exigirnos— a los comunicadores o a los periodistas una ética transparente en el manejo de la información que demostrara que no estamos aturdidos o deliberadamente aturdidos con intereses de cualquier tipo. Y que el público nos ponga también a estudiar, para poder reflexionar sobre la realidad. ¿No se trata de eso, del conocimiento a través del estudio, de la ética a través de un enfoque humilde de nuestra tarea? Cuestionaba Caballero a Carreño Carlón, quien respondió:
Sin duda estos dos elementos son fundamentales para la puesta al día de la función informativa. Empleas una palabra que es clave para el cambio actual de la sociedad mexicana: la exigencia. En la medida en la que la sociedad tenga elementos y formas para exigir, exigiendo a los informadores, exigiendo a los gobernantes, exigiendo a los industriales que produzcan con calidad, a los anunciantes que anuncien con lealtad sus productos, a los comerciantes que no abusen de su intermediación; a los educadores que se preparen para su alta responsabilidad, en esa medida la exigencia será uno de los motores del cambio que hace falta para que se eleve la calidad.
Ahora bien, Manuel Alejandro Guerrero en Medios de comunicación y la función de transparencia 4, nos dice que las atribuciones de los medios de comunicación masiva son informar, crear el espacio del debate público y vigilar en favor del ciudadano. El libre acceso a la información es un derecho humano, no un derecho que emerja del derecho civil, por lo tanto hay que volver la mirada al sujeto, dejar de percibir en él solamente al consumidor, el objeto que en el mejor de los casos es únicamente cautivo de sus deseos y preso también de la premisa de dar al público lo que el público pida. Este ha sido por lo demás uno de los asertos que ha llevado hasta la tragedia el extremo de su expresión, cuando se encarnan en la vida real a los villanos favoritos en las salas de entretenimiento masivo. El acervo ético del periodista incluye una profesionalización rigurosa, una preparación de sus capacidades en el ámbito en que se desenvuelve, cualidades que la sociedad misma, en tanto beneficiaria, usufructuaria y destinataria de la información, habrá de juzgar, ponderar y justipreciar bajo la óptica de la moral pública predominante. Pero también este acervo ha de contemplar al medio social del informador y a las empresas mediáticas cuya impersonalidad constituye uno de los presupuestos básicos del momento: la trivialización de la cultura.

NOTAS
Información y Comunicación, Ferrer, Eulalio, primera edición, Fondo de Cultura Económica, México, 1997.
2 “Carta de los deberes del periodismo”, Campbell, Federico. El Financiero, México, D.F., 1993.
3 “Opciones”, El Nacional, abril, 1992.
4 Medios de comunicación y la función de transparencia, Guerrero, Manuel Alejandro. Instituto Federal de Acceso a la Información Pública (IFAI), Mexico, primera edición, noviembre, 2006.


* Tomado de su libro Apuntes sobre ética periodística. Universidad Autónoma de Coahuila. Colección Siglo XXI. Escritores coahuilenses quinta serie. México, D.F. 2003. 122 pp. Por la temática y la actualidad de este libro, vamos a publicarlo por capítulos. Ahora presentamos a ustedes la Introducción.