REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
30 | 03 | 2020
   

Confabulario

Lucía, la de los ojos azules


Benjamín Torres Uballe

Salió del bar frotándose las manos a causa del frío. Ni siquiera los seis wiskis con agua mineral que había paladeado en las cuatro horas que permaneció en el bar de la calle Truco, en el centro de Guanajuato, lograban conservar el calor de su cuerpo.
En vano buscó un taxi que lo llevara al hotel ubicado en la salida a San Miguel de Allende. Eran las diez de la noche del 24 de diciembre. La ciudad lucía inusualmente sola. Las familias se preparaban para departir en una fecha que de manera habitual congrega a creyentes y no creyentes, a propios y extraños, y con generosidad a cualquier colado que de forma habilidosa se hiciera presente.
Optó por caminar a pesar de lo gélido del ambiente. Subió el cuello del blazer intentando atemperar el frío y se puso en marcha. Encendió un cigarro. El humo que despedía parecía abrazar las antiguas farolas cuyas bombillas despedían un resplandor amarillento.
Su corazón apresuró los latidos cuando vio a lo lejos las luces de un automóvil. Concentró la mirada y se alegró porque era un taxi con sus clásicos colores verde y blanco. Hizo la señal para que se detuviera… El motor desaceleró como si quisiera ahogarse en un estertor de combustible. A través de la ventanilla, un jovenzuelo de unos 20 años le preguntó con prisa: ¿a dónde va? “Al hotel Real de Minas”, respondió. “No, no voy para allá”, dijo el conductor, y arrancó de inmediato con un rechinido de llantas digno de cualquier piloto de fórmula 1, o un microbusero de la ciudad de México.
Le gritó un par de insultos y le hizo varias señales obscenas. Pensó entonces que todos los taxistas en el mundo son iguales: patanes e idiotas. Encendió otro cigarro, pero después de dos fumadas lo arrojó con desprecio al piso y con fuerza le pasó el mocasín color miel por encima.
El mal humor ya se manifestaba. Al pasar frente a la cantina Los Barrilitos, irremediablemente entró en cólera al ver que se encontraba cerrada. Para entonces tiritaba de frío, por lo que pensó en caminar por uno de los túneles que atraviesan parte de la ciudad, con el propósito de abreviar el trayecto.
Adentro silbaba el viento como un lastimoso quejido atrapado en el tiempo. El eco devolvía el sonido de las enérgicas zancadas que Adriano Negrete acompañaba con palabras altisonantes.
Un punto brillante al fondo del túnel llamó su atención. Notó que el viento había cesado, que ya no sentía el frío inclemente de hacía apenas unos minutos. Agudizó la vista y el oído intentando descubrir qué originaba esa luminosidad y la paz que ahora sentía.
No pudo moverse a pesar de intentarlo. No sentía miedo, sino una tremenda curiosidad por esa luz que se acercaba lentamente, como suspendida del piso. Estaba absorto, jamás había experimentado algo similar.
Cuando la imagen estuvo cerca, descubrió que era una mujer, muy bella y con un vestido blanco, como de tul, que le caía con elegancia desde los hombros descubiertos hasta los pies.
“Buenas noches”, dijo la melodiosa voz femenina. Él contestó con torpeza: “Buenas noches, señorita”, y continuó de largo. Después de unos pasos no pudo resistir la tentación de voltear a verla. Por ello, le fue imposible darse cuenta del desnivel del piso hasta que se miró en el suelo, con las manos raspadas y adoloridas; sin embargo, se levantó con una agilidad que ni él mismo se conocía.
Por unos momentos dudó, pero al fin le ganó el deseo de seguir a la notable mujer y apresuró el paso calle abajo. Después de unos 3 minutos la tuvo nuevamente a la vista. El andar rítmico y sensual de la dama era cautivante, esclavizaba la mirada como lo hace la más sublime obra de arte.
Armándose de valor, arreció el paso hasta colocarse a su lado y ella volteó la mirada lentamente y le sonrió sin detener la marcha.
La observó con detenimiento. Era el rostro más bello que jamás hubiera visto en sus 42 años de vida. Su piel era blanca como la luna llena en otoño, y sus enormes ojos azules bien podían competir con la belleza sublime del universo infinito.
Bajo el vestido se adivinaba una figura que la mitológica Venus envidiaría. La voz era más tersa y delicada que un concierto de pajarillos anunciando el inicio de la primavera.
Adriano dijo lo primero que se le ocurrió: “La ciudad está muy sola, ¿verdad?”. Ella lo miró con benevolencia y le contestó: “Nadie bajo el palpitar de las estrellas ha de permanecer en la soledad mientras así lo desee. El corazón del hombre es, por mucho, su mejor compañía”.
La respuesta lo dejó asombrado, pues en su protagonismo de macho profesaba que las mujeres hermosas usualmente estaban excluidas de altos niveles de inteligencia, la cual había sido otorgada en mayor cantidad a las feas en un misericordioso acto de compensación por parte de Dios.
“¿A dónde dirige sus pasos, caballero?”, lo interrogó delicadamente. “Eh, pues… mire, a ningún lugar en especial, no conozco a nadie aquí, sólo estoy de vacaciones”, balbuceó tímidamente.
“Yo vivo en Guanajuato, tengo la casa que me regalaron mis padres justamente dos calles detrás de la universidad. Me dirijo a cenar y a celebrar con una copa de vino la Nochebuena… ¿desea usted venir brevemente a brindar conmigo y a compartir un bocadillo?”, insinuó la mujer.
La invitación sonó a música celestial y aceptó de inmediato. En unos cuantos minutos llegaron al lugar. Era una casa de dos niveles, con un enorme salón para recibir a las visitas. Estaba decorada elegantemente y predominaba el color verde turquesa, en combinación con el blanco.
––¿Apetece un coñac en tanto enciendo la chimenea?”, inquirió ella.
––Sí, por favor, si no le causa molestia alguna”, dijo él.
––No, de ninguna manera.
––El coñac es un verdadero elíxir, comentó Adriano.
––Tiene al menos 5 décadas de añejamiento.
El fuego de la chimenea generaba un ambiente tibio y narcotizante. En la fina copa las gotas del licor dejaban translucir destellos que por momentos hacían evocar un enigmático caleidoscopio.
Observó que los inmensos retratos colocados en las paredes eran muy antiguos, y los personajes ataviados acordes con la época virreinal proyectaban una imagen anacrónica.
Llegó la mujer con una charolita de plata llevando bocadillos y la botella con el coñac; sólo faltaban unos minutos para las doce de la noche.
––No has preguntado mi nombre… Me llamo Lucía, Lucía del Campo y Vázquez Mellado.
––Mil perdones. He sido un grosero.
Enseguida, intentando ponerse en pie derramó el líquido sobre el vestido de ella.
––¿Pero qué he hecho?, le ruego perdone mi torpeza.
Al instante intentaba limpiar con su pañuelo el líquido, y con esa acción accidentalmente rozó sus muslos. Ella retiró suavemente la mano de él y le dijo que no se apenara, que había sido un simple incidente sin mayor importancia.
Estaban sentados frente a la chimenea, cuando con puntualidad asombrosa, en el imponente reloj situado en la esquina opuesta del salón, se escuchó el sonido de las 12 campanadas. Entonces, Lucía propuso un brindis.
––Brindemos por una fecha que es tan esencial para la humanidad y tan vana para los muertos.
Aunque le parecieron extrañas sus palabras y no las comprendió, Adriano pensó que a una mujer celestial como ella se le puede aceptar todo; incluso ese misterio que proyectaba.
––Por la mujer más hermosa del mundo que hoy tengo la fortuna de admirar y por esta tierra tan maravillosa y única como lo es Guanajuato. ¡Salud!
––¡Salud! Gracias por tus gentiles palabras y por la eternidad de ellas.
De pie, junto a la chimenea, los dos cuerpos se encontraron delicadamente. Sus labios humedecieron los deseos contenidos y poro a poro se descubrieron en la distancia inexistente. En el tiempo ausente, donde los dos cuerpos eran causa y complemento. Vida y compasivo tormento.
Inexhaustos, viajaron de la ternura a la paranoia. De lo sublime a la muerte. Del hastío al encanto. De la medianoche a la aurora. Del canto del cuervo furtivo hasta rasgarse la piel del suave tallo.
Casi al amanecer, desnuda, Lucía le susurró al oído…
––Debes irte.
––Quisiera quedarme.
––No es posible.
––¿Por qué?
––No tardan en llegar de visita mis padres.
––¿Es necesario?
––Indispensable.
––¿Te volveré a ver?
––Lo aseguro.
––¿Cuándo?
––Más pronto de lo que imaginas.
Se despidieron con besos pequeños y delicados que a él le parecieron venir de un ángel.
Festivo, marchó silbando por la calle, en una mañana soleada y hermosa… como la vida, como el amor.
Un taxi paró junto a él para ofrecer los servicios: “¿Lo llevo, señor?”. Volteó para decir que no, y descubrió que era el mismo cretino de la noche anterior, así que sólo le dijo: “Vete al demonio”.
Llegó a su habitación y durmió plácidamente, como no lo hacía desde muchas semanas atrás. El hambre lo despertó en el crepúsculo de una tarde espléndida de ese invierno inolvidable. Miró por la ventana, desde donde pudo regodearse con los últimos rayos del sol que ya se ocultaba detrás de las montañas adormiladas.
Tomó una ducha y se cambió de ropa. Había decidido ir a visitar a Lucía. La sorprendería. Así que debería ir lo más elegante posible. La invitaría a cenar en el mejor lugar de la ciudad. Creía haberse enamorado sin remedio de ella.
En la florería del hotel compró una docena de rosas rojas. Abordó un taxi. “Lléveme a la universidad, por favor”. Al llegar, pagó los 40 pesos del servicio y le dijo al chofer que conservara los diez pesos de cambio.
Caminó las dos pequeñas calles con gran entusiasmo. Imaginaba la sorpresa que se llevaría Lucía. Pensó que en esa audacia conocería a sus padres.
Llegó al lugar. Sin embargo, no reconoció la casa. Consideró que había equivocado la calle y retrocedió. Pero no, estaba seguro que ésa era la calle; estaba absolutamente seguro de ello.
Recorrió una a una todas las casas de la antigua Calle Real. Donde se suponía que debiera estar la casa de Lucía, sólo estaba una vieja casona abandonada y semiderruida.
Decidió preguntar en la casa de al lado.
“Buenas noches, señora. Mi nombre es Adriano Negrete, vengo del Distrito Federal y estoy buscando a la señorita Lucía del Campo. Pero tal parece que me desorienté y no ubico su casa. ¿Podría usted ayudarme?”.
La señora, de unos 70 años, lo miró muy sorprendida y santiguándose le contestó: “Pero, joven, eso es imposible”.
Adriano sintió un vuelco en el corazón temiendo una desgracia, y preguntó: “¿Cuál es la imposibilidad?
“Que la señorita Lucía murió hace más de 40 años junto con sus padres. Los asesinaron unos ladrones en su casa para robarles su fortuna, que ciertamente era una de las más grandes en la región. Es la casa que está al lado, en ruinas, y dicen que espantan por las noches, que dizque son las almas de los señores y la niña Lucía”.
Se quedó impávido, con el rostro desencajado. Sin despedirse, se retiró caminando lentamente. No comprendía lo que sucedía, estaba fuera de su entendimiento.
Cruzaba las calles sin fijarse. Era como un sonámbulo fuera de sí. Las flores iban cayendo de su mano lentamente… una a una. La gente lo miraba con extrañeza y cuchicheaba que era un loco recién llegado de los Estados Unidos, después de participar en una guerra en Oriente Medio.
De pronto, al cruzar la avenida del Minero un camión de pasajeros no pudo evitar el impacto y lo arrojó más de cinco metros. El impacto fue brutal y la muerte inmediata.
La gente inmediatamente formó un tumulto para ver al “loquito que caminaba sin fijarse”, decían. Entre los curiosos se pudo ver a una bella mujer de ojos azules y vestido blanco, llorando discretamente.

*Cuento especial para la: Revista cultural El Búho del maestro René Avilés Fabila.
© Benjamín Torres Uballe