REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

Los remordidos


Francisco Turón

En esta ocasión vamos a hablar de una extraña obra de teatro muy anómala. A mí me interesa la anomalía porqué es una de las funciones fundamentales del arte. El arte, -cuando es arte-, es una anomalía. Me gusta pensar en el arte como un pequeño monstruo. Esa anomalía, y ese pequeño monstruo, son lo que nos abren nuevos horizontes, son los que generan nuestro asombro, son lo que generalmente enriquecen nuestra posibilidad de conocimiento. La anomalía me parece interesante para tratar de analizarla desde varias perspectivas, desde el punto de vista temático, del formal, y del ideológico. Por supuesto que esta división es totalmente arbitraria, puesto que todo elemento temático incluye lo formal y lo ideológico, es decir, estos tres puntos de vista están entrelazados entre sí, pero nosotros vamos a dividir artificialmente tanto como para poder diseccionarlo de la manera más efectiva posible.
En primera instancia vamos a tomar el elemento temático que es sumamente interesante. Los arrepentidos del dramaturgo sueco Marcus Lindeen, bajo la dirección de Sebastián Sánchez Amunátegui, quien apuesta por la concepción ideológica estática de los personajes, y con las actuaciones íntegras de Margarita Sanz y Alejandro Calva, está basada en entrevistas grabadas en videos realizados en 2005 que documentan la historia real de Orlando quien tuvo su primer reasignamiento sexual en 1967 para convertirse en la adorable Isadora; y de Mikael, quien opta por ser Mikaela a sus cincuenta años, practicándose la operación de cambio de sexo. Ambos comparten el arrepentimiento de haber tomado esa decisión por diferentes razones. Una historia real que nos habla de lo masculino y lo femenino, de la búsqueda de la identidad humana, y de uno mismo hasta las últimas consecuencias, del tratar de ser aceptados dentro de la sociedad, y sobre todo, ser amados.
La idea de la obra surge porque el dramaturgo Marcus Lindeen era locutor -sin ninguna pretensión- más allá de poner unas rolitas de rock o de jazz, en un programa de radio nocturno que conducía en Estocolmo. Como todas las noches lanzaba al aire una pregunta a su audiencia: “Llámenme y cuéntenme: ¿de qué se han arrepentido?” Acto seguido llamaron para comentar todo tipo de anécdotas sosas, hasta que recibió la llamada de Mikael, quien le dijo que se arrepentía de haber cambiado de sexo. A los dos minutos llama Orlando, y le dice que él también. Marcus les pide sus teléfonos y organiza una reunión para que se conocieran, y decidió grabar ese material. Durante cinco días en un estudio de televisión les hizo entrevistas para que hablaran de esa experiencia de su arrepentimiento de cambio de sexo. A partir de eso, él hizo un documental que ha viajado por todo el mundo. Sin embargo, Mikael no quería que se mostrara el material, pero el autor trata de convencerlo de la importancia de difundir su valioso caso, y le propone hacer una obra de teatro para que vea lo que genera. Entonces Marcus transcribe el documental y teatraliza el formato para montarlo en Suecia.
Me llamó la atención que tanto en el programa de mano, como en la obra, dicen que la puesta es prácticamente un documental. Pero los documentales, aunque pretendan ser objetivos, no siempre lo son. Además, cuando nos vamos al documentalismo, está latente la pretensión de que el realizador nos enseñe para qué lado hay que contestar. La situación es que nadie puede contestar eso, con la excepción de que sea uno mismo como persona, o como grupo, o como estructura social. Cuando uno hace documentales es como cuando se hace teatro político: “Yo siempre diré la verdad” (porque yo soy el autor). Y este teatro documental conllevaría, si fuera así, a una posición muy clara. ¿Cuál es la intención subjetiva, u objetiva, de este teatro documental? Creo que es mostrarnos que el peor enemigo que tienen estos personajes son ellos mismos. Nosotros nos vamos con la finta de que si eres transexual, eres gay. Lo más alejado a un transexual es un gay, de hecho, se detestan mutuamente. Al homosexual le parece un horror que alguien quiera cambiar de sexo. Hay un conservadurismo propio de los personajes, es decir, Orlando ya lleva una larga trayectoria donde se operó hace 40 años, y entonces lo que vemos es una persona que ya se reconcilió consigo misma. Pero esto es un tanto utópico, porque parece que los personajes fueran eternos. Si alguien se operó en el 67, ¿qué edad tiene ahora? ¿Y si a esa edad te preocupas de que si conquisto, o no conquisto? Digo, la vejez llega para los transexuales también, aunque tengan una forma infantil de abordar la vida. Cuando uno los oye hablar de que si me opero esto, o aquello estamos hablando de riesgosas operaciones muy complicadas, cuyas cicatrices de operaciones hechas décadas atrás, aún no han cicatrizado. Me pregunto: ¿si ellos tenían esa posición? ¿Somos eternos? Y hacer preguntas es fundamental. El arte no nos da respuestas. El arte sólo sirve para hacer preguntas. Al final del día, las respuestas las damos nosotros en nuestra vida cotidiana. Lo interesante de una obra es que haga preguntas, y que no dé respuestas.
El caso es que Los Arrepentidos, nació como una excusa para convencerlos. Y es sólo cuando ambos vieron el resultado de la obra teatral con el público, que dieron su anuencia para que se exhibiera el documental. No es fortuito que Suecia sea el prototipo de la liberalidad, y que a su vez tenga uno de los índices de suicidio más altos en el mundo. La dicha no corresponde con la liberalidad, ni necesariamente con una buena situación económica.
En lo personal, yo no sabía que existía la posibilidad de una doble operación para cambiar de sexo. Sabía de la operación “jarocha”, que consiste en transformarse un hombre en una mujer. Por supuesto que como periodista me enteré de varios casos famosos en los diarios sensacionalistas, en los que aparecieron incluso casos de “hombres que dieron a luz a un bebé”. ¿Se acuerdan de Thomas Beatie, el primer “hombre” que en el 2008 se embarazó y fue noticia en todo el mundo? Pues se sorprenderán al saber que después del nacimiento de su hija, ha habido más casos de mujeres que después de someterse a operaciones de cambio de sexo logran quedar encintas ¿o “encintos”?
Hay cosas que no tienen marcha atrás. Una operación de cambio de sexo puede ser uno de los mejores ejemplos de esa máxima. Nancy Verhelst, una belga de 44 años, acaba de ser víctima de esa máxima. Hace unos años decidió que quería ser hombre. En 2009, ella se sometió a una terapia hormonal, luego a una mastectomía y finalmente a una operación para construir un pene. Pero el resultado no le gustó. “Ahora soy un monstruo”, dijo antes de pedir que legalmente se le reconociera su derecho a la eutanasia. Estos casos fueron llamativos porque oficialmente fueron permitidos, y por lo tanto no podía el sensacionalismo destruirlos. Pero tampoco se podía tomar como algo serio moralmente, por lo que se burlaba de la información que daba.
El tema de Los arrepentidos sospechaba que era algo que pensaba pudiera existir: un hombre que decide cambiarse de sexo a mujer, y luego operarse de vuelta para volver a ser hombre. Uno de los peores miedos que debe tener una persona que decide ser transexual debe ser arrepentirse una vez que ya se operó. Pero imaginaba que quien se arrepintiera, pues so sorry, y ahí quedó. La obra no alcanza eso, sino que abre posibilidades de recuperación con esta doble operación. Creo que lo interesante de la temática es que no solamente es una temática provocativa totalmente relacionada con los intereses de la actualidad, sino que es algo capaz de escapar a una primera lectura. Efectivamente puedo hablar de la temática de la transexualidad y de sus antecedentes históricos, locales, e internacionales, pero en definitiva, por debajo, o por encima del elemento sexual, está el tema de la identidad. Lo que realmente importa del elemento temático no es lo coyuntural, sino lo que está en el subtexto que es un tema doblemente actual. Las nuevas generaciones tienen dificultad de asimilar el tema de la identidad, y hay todo un cuestionamiento en torno a eso. El doble elemento coyuntural de las vertientes de la transexualidad, y el elemento de la identidad, y de los arrepentimientos sobre las decisiones tomadas más allá de la genitalidad, y de la sexualidad misma.
El tema de la sexualidad y el deseo de explorar ese elemento temático de “nacer en el cuerpo equivocado”, -están a flor de piel- porque eso implicaría que somos dos: uno que está adentro, y otro que está afuera. Pero está raro eso, porque generalmente somos uno mismo, tanto el que está afuera, como el que está adentro. ¿De dónde proviene esa idea de dualidad entre el cuerpo y el espíritu? Pareciera de un idealismo bastante acentuado en donde “soy mi espíritu”, y tengo que “sufrir mi cuerpo” -como si no lo fuera-, es una nueva forma de abordar elemento temático de la identidad a través de la transexualidad. La obra pasa hoy, pero parece que estas decisiones ya se tomaron hace treinta años atrás. El que se haya decidido oficialmente hace mucho tiempo significa que el tema de la identidad por la sexualidad está cuestionado desde siempre. La puesta me recuerda las formas que adquirían las represiones sexuales en otras épocas. Uno de los detractores de Sor Juana Inés de la Cruz, era el sacerdote de origen portugués Antonio de Vieira, quien era no solamente un padre lusitano de gran pureza, sino que hacía raspar las baldosas que pisaban las mujeres que entraban a su convento. Lo cual era un mito porque por supuesto que las que limpiaban su palacio eran mujeres. Entonces la idea de que alguien puede sentir un rechazo tal por las mujeres, es realmente conmovedor. Ese individuo es evidente que tenía un problema algo serio, si viviera hoy en día, se hubiera operado, o habría tenido varios problemas legales.
Regresando al tema, la situación de la identidad en la estructura formal de la obra, evita cualquier acercamiento sobre una disposición morbosa. Uno de nuestros problemas a nivel social es que los medios virtuales como el internet, y los embates publicitarios inundan de morbosidad el sexo. Está lleno de páginas pornográficas, y en definitiva la pornografía es una forma de volver irrelevante el sexo a través de la banalidad morbosa que vuelca la identidad a algo que es de carácter ignominioso.
Cuando vi de frente a estos personajes en la escena, pensé que era un hombre, y una mujer, que habían hecho un camino de ida y vuelta; es decir, una mujer que se volvió hombre, y después quiso volverse mujer; y un hombre que quiso volverse mujer, y ahora quería volver a ser hombre. Me llevó un rato darme cuenta que en realidad eran dos hombres que hacían el mismo camino, y eso me provocó una sensación muy extraña. Actualmente los transexuales se sienten orgullosos porque, por fin, pueden ser reconocidos en serio. Por ejemplo una de las posturas es: “Soy una prostituta, pero soy hombre. Tengo la opción de que ahora puedo operarme, y ser una prostituta decente”. ¿O qué tal? “La mujer que amo, antes era un hombre”. A mí me pusieron todos los cables en corto circuito, lo cual es interesante porque me cuestiona mis prejuicios. Cuando en la obra comentaron los personajes que no podían tener relaciones de penetración, me decía: “¿Qué pasará con aquellas prostitutas que se enteren tarde, después de la operación, de que no podían ser penetradas?” Porque para una prostituta -que no puede tener relaciones de penetración- debe ser complicado. Que complejo que es ese mundo que yo desconocía completamente. Sentía el impacto de esos seres más allá de la habilidad de los actores para encarnar a los personajes. Porque pienso, que en mi juicio, hay una visión del carácter del personaje, pero también hay otra visión de cómo el personaje está sostenido por el actor. Cuando uno no tiene la posibilidad de tratar de manera abierta a señoras, que eran señores, y viceversa. Sabes que socialmente debes de tratar a esa persona como a un ser humano frente a ti. El otro, es otro, pero hablando de género, esto produce una sensación de inestabilidad. Hay un cambio de mirada. Nunca en la historia esa mirada había cambiado tan radicalmente. Hasta el final de la Primera Guerra Mundial, la homosexualidad era una perversión. Oscar Wilde fue juzgado y condenado, por un acto de perversión. Entre la Primera, y Segunda Guerra Mundial, se pasó a la mirada de la enfermedad. El homosexual no es un perverso, sino un enfermo que hay que curar con un tratamiento. Y eso fue un paso importante donde fue más comprendido. Después de la Segunda Guerra Mundial, se da un tercer paso: la homosexualidad no es ni una perversión, ni una enfermedad, es una opción. Casi se puede decir que en la vida de una persona de mi generación, hemos pasado por los tres conceptos. Nuestros abuelos nos decían cuando éramos niños que los homosexuales eran unos perversos, y después nuestros padres los contradecían: “no le hagas caso a los abuelos, en realidad son unos enfermitos”. Y ahora nos cuestionamos: ¿Se puede? Todos hemos pensado alguna vez si se puede la bisexualidad. Si no fuera así, esta obra no se habría podido dar. Primero no se habría operado, y segundo no se habría podido presentar esta puesta en escena. Actualmente a los homosexuales ya no se les considera unos degenerados sexuales, o unos enfermos mentales, y los transexuales socialmente gozan de cierta empatía, porque hacen parte de nuestra cotidianeidad, y hacen parte de nuestra realidad que vivimos de la manera menos prejuiciosa posible. La obra nos ayuda a un planteo tolerante en lo que supone ser la Edad de la Razón. Sin embargo, me pregunto: ¿si no aparecerán algunas imágenes fantasmales debajo de esos personajes monstruosos que me presentan? ¿En todo el público se genera ese nivel de tolerancia, de comprensión, de la asimilación de la transexualidad como un elemento común en nuestra vida contemporánea? ¿O se generan fantasmas? Estoy abriendo una compuerta que se resiste a ser abierta. Es como si dijéramos: si estuviéramos en la Alemania de 1935, es difícil que alguno de ustedes confesara que es judío. Hablaríamos de los judíos en abstracto, porque cuando habláramos de los judíos en concreto, sería para mandarlos a la cámara de gas. Entonces podríamos decir que los judíos tienen los mismos derechos que los demás, pero sólo si habláramos en abstracto. Acá podemos decir en nuestra época de la transexualidad como una cosa totalmente liberada. Podemos operarnos, tener grandes pechos y glúteos, o cambiar de sexo; y si alguien se levantara y dijera: “Yo soy transexual”, uno diría: ¡Qué bien! La puerta que estoy intentando abrir -que es cultural y educacional- es: ¿En nuestra estructura social, “la liberalidad” de una clase media, que es la que asiste al teatro, es real, o es verbal? Hace cuarenta años estaba prohibido decir en teatro palabras de carácter obsceno. Una palabra como “culo” no se podía decir de ninguna manera. Y si tú ibas a la televisión, o a la radio, y se te escapaba decir en una entrevista una grosería, te exorcizaban, y nunca más podías volver a poner un pie en ese medio. En la literatura eso pasaba todo el tiempo. Cuando se estrenó el 8 de noviembre de 1946, la obra teatral La puta respetuosa de Jean Paul Sartre, bajo la dirección de Simone Berriau, en el Teatro Antoine, se tuvo que reemplazar el título original por el de La mujerzuela respetuosa. Además, todo párrafo de sexualidad explícita, o era eliminado, o era puesto en latín. Es decir, que si tú leías latín, tenías derecho a leer “culo”, pero si no sabías latín, no podías leer esa palabra. Las palabras prosaicas y altisonantes, sólo eran para los que podían leer otro idioma. Yo me pregunto si no sucede algo parecido entre nosotros. A través del arte, o a través de la realidad, el tema de la humanidad, o el de la relación con lo humano, es un constructo del hombre que intenta superar ese estadio de destrucción. El arte se supone que tiene que colaborar en esa construcción.
Por otra parte, el tema de la homosexualidad en el teatro ya está bastante trillado, pero el de la transexualidad, no tanto. Y es que no es lo mismo ser homosexual, que ser transexual. A una persona que le gusta alguien de su mismo sexo, sigue siendo una portadora de una identidad física anterior a su elección. A una persona puede ser que “le guste tomar arroz con popote”, y si se desnuda, sigue siendo un hombre. Puede ser una lesbiana, pero si se desnuda, es una mujer. Pero si un “hombre” gay se desnuda, y resulta ser una mujer, o viceversa, la cosa se pone pesada. Lo que estoy tratando de ver, es de qué manera más allá de la buena voluntad, y del diálogo culto sobre el tema, la transexualidad se convive en la realidad. El ser humano en sí mismo es indefinible. Hoy en día, no tener una identidad, puede ser una identidad. En Estados Unidos hay un grupo intersexual que se identifica por la ambigüedad, y es imposible determinar qué son, y la pregunta es: ¿qué eres?
Me acuerdo que en los 80s Madona era muy masculina, o cuando en los 90s Michael Jackson era muy femenino, y de golpe era un juego de inversión de roles en las grandes figuras, lo cual es importante a nivel masivo. Ese juego actualmente en varias partes del mundo está vigente. En algunas regiones un hombre se viste con lentejuelas, o una mujer se viste con traje sastre con corbata, o al revés, ¿adivina lo que soy?, porque en realidad, soy lo que se me da la gana. Yo no estoy seguro si la obra despierta en todos esa generosidad que da el conocimiento. En el terreno de la transexualidad el tema del arrepentimiento puede ser un tema tabú, y el de la identidad resulta cuestionador. El que tengas, o no tengas, determinados atributos sexuales como los senos, o un prepucio, no hace tu identidad. Más bien, es el tema de cómo manejamos la identidad, y cómo manejamos la identidad genital como parte de la identidad, o no. No es tan fácil como que me despierto a la mañana siguiente, y ya soy otra persona. Pasa como con un adulto mayor, tiene un cuerpo viejo, y una mente con una determinada experiencia, sin embargo, adentro de ellos se siguen conservando afectivamente una pluralidad de elementos de todas las edades.
Acá lo interesante es cómo Los Arrepentidos, aborda los elementos temáticos de la identidad, y de la sexualidad, así como los elementos formales e ideológicos, desde la perspectiva contemporánea. En lo formal las opiniones no se dan solamente a través de las intenciones, sino a través de lo que no nos proponemos. Si bien la obra nace de la radio, lo hace a través de situaciones quietas donde uno está sentado, y uno habla, y el otro contesta, y eso puede ser un origen. También está el lado donde las personas se traicionan constantemente a través de las acciones. Y estos personajes no tienen ninguna acción. Toda la estructura es una narraturgia. Todo está narrado, pero nada está hecho. Evitar el que haya acciones que denuncien lo que el personaje nos quiere denunciar. La estructura formal es una forma de evitar las acciones, evito el juicio de lo que no puedo controlar. Los cuerpos son acciones. Y estos son cuerpos que se miran a sí mismos, y se niegan a través de las acciones que pudieran vincularlos y por lo tanto hacer un juicio. En una estructura formal, no solamente es interesante por poner a dos actores sentados en el escenario -recurso que no es muy usual obviamente-, sino que también habla de cómo manejar una temática en la intencionalidad de la forma del manejo de esa temática. Sí, es cierto que la obra trata de las historias particulares de dos seres humanos conmovedores. Pero tengamos cuidado con el valor que le damos a las palabras. ¿Qué es un ser humano? Yo les digo a mis alumnos: “que no existen seres humanos”. Cuando nacemos somos humanos, pero el adquirir el ser humano es una adquisición cultural. Hay personas que lo adquieren, y hay personas que no. Yo entiendo que una persona que roba un niño, le saca el hígado para vender los órganos, y tira el resto del cuerpo, no es un ser humano. Es un ser, pero no es un ser humano. Para mí, la humanidad se adquiere. Otros dicen: “¡son unos animales!” Pero pobres animales, ¿ellos qué culpa tienen? La idea de la humanidad, y la idea de la identidad, son conceptos móviles y cambiantes. Una de las motivaciones de la obra es que nos cuestionemos esa ideología. ¿Cuántos elementos debemos poner a la vista para sentir que nuestras contradicciones ideológicas son gordas como vacas? Y qué cuándo nos sentimos liberales, cultos, amplios, y generosos, en realidad somos mezquinos y prejuiciosos. Porque ése es el diálogo que los espectadores podemos establecer con los creadores, y decir que tengo la sensación de que me da un patinaje, y te vas sobre esta intención, pero te caes en el pozo de al lado. Muchas veces las intenciones no marcan el camino hacia algo, sino son sólo eso, una intención. El infierno está tapizado de buenas intenciones. Y las puertas del cielo, están abiertas para los arrepentidos. Por cierto... ¿Y tú de qué te arrepientes?