REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
06 | 04 | 2020
   

Letras, libros y revistas

David Martín del Campo y la ética de la picaresca


Porfirio Romo

Como pocas novelas contemporáneas, la nueva novela de David Martín del Campo ofrece una narrativa fresca y de franco divertimento. ¡Corre Vito! es el resultado de un trabajo largo que demuestra madurez, cuando es capaz de renunciar a amplias descripciones y recurrentes digresiones, como originalmente estaba concebida la obra, para permitir una lectura fluida y sin ningún exabrupto. Más todavía, es una novela que se lee de un sopetón, como dice Vicente Leñero que son las historias que nos cuenta Martín del Campo. Escrita en primera persona, tiene un arranque sumamente vertiginoso, que nos atrapa cuando leemos una persecución policiaca en la que Vito Beristáin se ve envuelto por obra del siempre impredecible azar. La estructura de esta obra está armada por capítulos que son, cada uno de ellos, el desarrollo de una prestidigitación que hace de la vida del personaje una vieja gitana, al punto de su propia muerte, y alcanza apenas a dictarle siete sentencias que, muy a pesar de la incredulidad de Vito Beristáin, habrán de cumplirse a cabalidad, aunque siempre de una manera diferente a como las entiende este joven apenas veinteañero. ¿Por qué decide Martín del Campo que el tiempo que transita Vito sea, precisamente, el del sexenio del salinato, tan recordado por nefasto? Tal vez porque es la época que se acerca a la juventud del mismo autor, no porque tenga alguna intención política, pues a pesar de que tanto el personaje como sus dos mejores amigos son activos participantes del recién derrotado cardenismo, en tono narrativo se nos aclara que era más por participar en la algarabía juvenil que por convicciones sólidas. No es, por tanto, una obra que se acerque por esos motivos al lector, tal parece que la intención más evidente es la simple idea de contarnos una buena historia, cumpliendo con la máxima que advierte Paul Auster en su poética desglosada en la trilogía de Nueva York: el verdadero escritor siempre tendrá una buena historia que contarnos. No obstante, hurgando un poco más en Vito, encontramos un joven que, es cierto, ha abandonado los estudios, aun a pesar de sus demostradas dotes para la arquitectura, fue estudiante que repartió ideas hasta entre sus propios maestros, que luego sabrán lucrar con ellas. Pero hay una línea que seguir, y no es la de la irresponsabilidad, pues el autor no hace de su personaje un “nini”, concepto que no es comprensible apenas unas décadas atrás, lo que hace es un joven trabajador que pronto se incorpora a un empleo, ridículo posiblemente, pero suficiente para darle validez a una vida que inicia la etapa adulta. Vito es un sparring de box en un deportivo de los de antes, no un equipado y aséptico gimnasio de este siglo, sino de esos en los que puede surgir la próxima promesa del cuadrilátero.
El destino pone a Vito en una situación de ésas en las que cualquier adolescente sueña: de pronto, y como resultado de tal persecución de vértigo con la que inicia la narración, es dueño de una fortuna bastante considerable que corresponde al botín de un asalto bancario recientemente cometido. Lo más probable es que un joven de dicha edad lo primero que haga en esa circunstancia es gozar en todo lo que puede dé un giro inesperado del destino. Gastará, presumirá, hará viajes y se colmará de todos los placeres posibles, tal vez bebiendo, hoy quizá se pensaría más en drogas sofisticadas, viajes y siempre mujeres como parte esencial del hallazgo de la fortuna. Sin embargo Martín del Campo crea un personaje que quiere ser irresponsable, pero algo en su fuero interno se lo niega, porque no se puede dejar de identificar a Vito Beristáin como un hombre profundamente apegado a una moralidad de adulto. Es incapaz de tocar ese dinero mientras sepa que no le pertenece. Ni siquiera se permite pellizcarlo sin antes ir a comprobar en el banco que el dinero robado no habrá de causarle ningún perjuicio a gente inocente, a los ahorradores jubilados que tienen allí su dinero. Tal vez sean otros los defectos del personaje creado por Martín del Campo, puede ser un infinito glotón de helados, especialmente de los Chiandoni, también es un disléxico incorregible, siempre confundiendo a otros personajes y a los lectores con los cambios de nombres o letras en las palabras que pronuncia. También puede ser un hombre inculto, que a su edad no ha leído un solo libro completo, pero lo que nunca va a ser es un personaje amoral. Lleva una relación casi idílica con una novia, la Patricia Maldonado, que es víctima de su dislexia y sufre incontables veces mutaciones en el nombre, para regocijo del lector con los dislates del sparring. Aunque trata de alcanzar caricias más allá de las permitidas, y recuerden que estamos a más de diez años de que termine el siglo XX, ni la novia se lo permite ni él insiste por esa moralidad que lo permea. Vito Beristáin es de una pieza, ya sea porque el azar se lo impide, o porque su propio fuero interno lo previene de cometer actos criticables, siempre mantiene buenas cualidades en su actitud. Es un novio fiel, a pesar de contar con una voz privilegiada y seductora, jamás la usa para aprovecharse de alguna mujer, es noble porque, una vez que ha dejado la casa materna por problemas derivados del tesoro que posee, siempre está al pendiente de la madre. Y ni siquiera hay una familia sólida que avale tal proceder, pues Vito nunca conoció a su padre. Más bien, cuando otra vez por azar consigue identificar a su progenitor, éste resulta de una condición tal que le lleva a la búsqueda espiritual por medio del peyote sagrado, aventura que casi le cuesta la vida al personaje. Es, en pocas palabras, la imagen de un anti pícaro. Justo cuando se gesta una sociedad neoliberal, en la que los acomodos hacen que haya pocos, pero muy ricos, y por el contrario, muchos pobres, pudiera parecer que la aparición de la picaresca es como un brote natural ante tal abono. Ahí está la novela Corazón de mierda, de Gonzalo Lizardo, en la que recrea en el Candingas un Lazarillo o un Buscón del siglo XX mexicano, obra publicada justo en este ya adelantado siglo XXI. Pues no, Vito Beristáin es la viva imagen del buen hombre, al que la fortuna puede zarandearlo, más que tentarlo, y él sabrá reponerse una y otra vez, bien provisto de su quijotesca armadura de sólidos principios éticos.
Esta aparente ingenuidad de Vito, ese actuar de una manera poco frecuente en jóvenes adultos, que lo lleva a un cúmulo de aventuras entrañables y a encontrar el verdadero amor, son un contrapeso a la malicia encumbrada como una forma de sobrevivencia en un mundo hostil, pergeñado precisamente en el salinato. Sus dos amigos, con los que formaba el trío de cantantes “Los Marsellinos”, son asesinados por pintar propaganda cardenista, lo que no le genera ningún tipo de revanchismo. Con esta historia, alguien se atreve a decirnos que no sólo siendo violentos es como podemos encontrar la identidad. Hay caminos alternos y la narrativa de Martín del Campo en esta novela nos ofrece uno de ellos. Su personaje es fiel a sí mismo, nunca roba ni miente, nunca abandona los afectos porque otros más poderosos lo arrastren, aunque su destino parece empeñarse en llevarlo tal y como la gitana lo advirtiera, en sentencias tan crípticas que nunca nadie las entiende sino hasta el final. Ni Vito ni los lectores. Ese tapete persa que teje la güera de fétido aliento, cuando por fin acepta Vito que le lea el futuro, siempre nos lo muestra el autor del lado en el que parece no tener sentido, son simples hilos de colores que se juntan y se separan ajenos a toda lógica y estética. Y sólo cuando estamos descendiendo del clímax de la historia es cuando nos es develado el anverso de un tapete de dibujos intrincados y hermosos, que es como terminamos viendo la vida de Vito Beristáin, héroe contemporáneo que llegamos a amar con deleite y admiración. Finalmente, el universo es la suma de muchos mundos, y el que crea el autor en ¡Corre Vito!, es como un chapuzón en agua fresca que vale la pena darse.