REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Estañol entre torre y alfil


Roberto López Moreno

El ajedrecista de La Ciudadela

Abrir un libro del maestro Bruno Estañol siempre es iniciar la gran aventura: Un Grijalva con su Nilo; un Dniéper con su Tiber, caudales que llevan tiempos cuadriculados y vidas multiplicadas, geometrías que laten y sumas que se convierten en la narración del agua, eso es cada libro suyo.
Eso que hemos experimentado con sus títulos anteriores es lo mismo que nos pasa ahora con su novela más reciente, El ajedrecista de la Ciudadela. La trama entrecruza situaciones y personajes del pasado y de este presente que con tanta rapidez tramontamos.
Magnífico escritor al igual que renombrado neurólogo, cómo no le iba a arrebatar para su novela una figura como Swedenborg, y con él inicia una obra en la que las almas que deambulan por la misma deciden su boleto final hacia el cielo o al infierno, según la tendencia de sus regocijos.
En el entramado, los estudiosos e investigadores (los científicos del XV y el XVI apasionados investigadores e inventores científicos al final se inclinaron por la teología) intentan, como sucedió en la realidad, tocar el rostro de Dios. En ese entramado también se entretejen memorias personales y recuerdos de un México que vivió ayer, pero que sigue viviendo hoy, ¿o no es cierto Café La Habana?, en el que deambulan personajes reales como aquel heresiarca Richard Raséc, que salía anunciado en los periódicos o el librero Lazlo Mussong. Nostalgias del autor a las que llama a estar presentes junto a las luchas por la razón, épicas de Swedenborg, Spinosa, Pascal, quien incluso se parapeta, este último, en las leyes del raciocinio, sí, pero borda un corazón de fuego en el interior de su saco.
Y en la novela las viejas calles transitadas por aquellos años y La Ciudadela, fortificación tomada por los ajedrecistas, a la que Bruno Estañol convierte en escenario para homenajear a quien fuera nuestro más grande ajedrecista, Carlos Torre Repeto y quien no llegaría a ser campeón del mundo nada más porque en una partida le ganó la locura. Quizá en el interior de su saco no se bordó el corazón de fuego de Pascal.
Después de hacernos una extensa relación de cómo los científicos de los siglos a los que me referí (auténticos padres de la ciencia) trataron de encontrar a Dios por medio de la razón, y de cómo, en contrapunto, varios de los grandes ajedrecistas del mundo perdieron la razón frente a su Dios, representado por 64 cuadrados y 32 piezas, el escritor Estañol nos trabaja hábilmente para su final.
El final no se dice. Se reserva para el lector. Sólo mencionaré las palabras últimas del tomo:
Mi vida de jugador me ha enseñado a perder.
No a saber perder, eso es imposible, sino a aceptar el hecho de que es inevitable perder. Al fin y al cabo todos somos perdedores porque la vida siempre se pierde.
-Jaque. Incline su rey sobre el tablero
.
Cerramos el libro. Al cerrarlo se produce una extraña sombra que parece dibujar en el lúmino reojo, el perfil de Carlos Torre Repeto. Dios inclina su rey sobre el tablero y se levanta.
La anterior, fue una sugerencia, cada lector de este espléndido libro tendrá la suya.