REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

Tantadel y La canción de Odette de René Avilés Fabila. Otelo al descubierto


Vicente Gómez Montero

Una memorable noche, mientras esperaba la presentación del primer libro de poesía de Teodosio García Ruiz, Sin lugar a dudas, adquirí el ejemplar Fantasías en carrusel. Desde ese momento, causó admiración en mí la obra de René Avilés Fabila. Sus textos breves, delineados con forja delicada, pensando más en la orfebrería que en la escultura, concretaron mi vocación de escritor en esos momentos. Después lo conocí. Me llamó la atención su manera de decir las cosas, su desparpajo venial para referirse a lo más solemne, su memoria infinita, su elegancia natural.
La noche en que celebramos el premio concedido a un servidor, cuyo jurado fueron él, Joaquín Armando Chacón y alguien más, le llevé su libro La canción de Odette y Tantadel, reunidas por primera vez en la segunda serie de Lecturas Mexicanas, serie que nos hizo conocer y reconocer la valía de muchos autores. Tengo el libro ante mí al escribir esto. Le dije a Avilés Fabila que había leído sus novelas con excesivo detenimiento. Firmó el libro, lo dejé ahí, para que todo mundo viese que ese escritor, admirado y releído, de risa gozosa y empedernido fumar, me había dedicado un libro. Invertí el orden de las lecturas, leyendo primero La canción de Odette, precisamente en la edición de Premiá, misma que perdí en algún cambio de casa. Después leí Tantadel. ¿Qué podemos decir de ambas? Las dos novelas han sido motivo de estudios, ensayos, reuniones. No sé, quiero pensar que sí, que ofrecerlas juntas, así en la segunda serie de Lecturas Mexicanas, fue la primera vez. Por lo tanto, guardo un libro de lujo.
En La canción de Odette, el autor rebela ya sus obsesiones. La mujer mágica, dueña de una casona impresionante, heredera de la mujer de Los papeles de Aspern, contemporánea de la dueña de la casa a la que llega Felipe Montero en la novela de Carlos Fuentes, Aura. Contemporáneas ambas de la extraña mujer, antigua actriz que vive en el último número de Sunset Boulevard, papel interpretado por la feroz Gloria Swanson. Pero Odette tiene una magia especialísima, más allá de sus compañeras literarias. Ella cambia el mundo mientras da lecciones de amor a ese enamorado pertinaz que cela a Silvana tras celaje de celosía selecta.
Enrique encuentra dos mujeres que cambiarán su vida. A una a través de la otra. En la casa de Odette, va forjándose una luminosa historia de amor, una delicada avaricia de afectos. Odette abre su casa a los que quieren compartir su vida, su eterna juventud. El grupo lo van conformando amigos, jóvenes, “tragos de sangre eterna”. Odette los escucha a todos pero igualmente quiere ser escuchada. En este juego de oídos, los allegados a la casa oyen durante muchas noches los relatos que Odette cuenta para, a su vez, ser escuchados por ella. Claro, la veleidosa señora escucha lo que quiere. A los que quiere.
Por eso, escoge a Enrique y a Silvana como sus preferidos, haciéndoles ver su magia, su hechicería de alta factura. Durante las poco más de cien páginas de La canción de Odette, vemos a esta mujer reunir un grupo a su alrededor, tomar toneladas de licor, viajar a esos lugares remotos, ignotos, encantados de la Ciudad de México. Odette es una mujer a la que se le pueden contar todas las historias, todos los chismes, todos los cuentos. Ella tiene memoria selectiva, no caerá en la fácil decadente actitud de creerlos todos. Al contrario. Ella dirá sus propias historias, vivirá y revivirá sus propios afanes, tejerá una tela en su telar para destejerla otra vez todas las noches.
Avilés Fabila dota a su personaje principal de los dones de un hada. Silvana y Enrique la llamarán de esa forma. Manuel Mujica Láinez al principio de su novela El unicornio, dirá lo mismo de las damas encerradas en sus caseronas. Cito a Mujica Láinez:
“Son esas fabulosas, inmemoriales mujeres, cuyas edades, rentas y procedencias se ignoran, que les imponen a las ruletas malabarismos estupendos, como la sospechosa complacencia de reincidir en el mismo número más vueltas de lo previsible, mientras lo siguen cargando de fichas con ademanes indolentes y expelen el humo de sus largas boquillas. O esas otras que, de la noche a la mañana, decoran sus departamentos de París y de Nueva York con tapices góticos desconocidos, soberbios, asombro y desesperación de los marcharías, que ellas conservan de su propia belle époque medioeval, en subterráneos arcones de abandonados castillos y abadías. O las que, fieles a su vocación primordial, se dedican a sacudir las mesas del espiritismo y a organizar el trajín de las casas embrujadas”. (El unicornio, Manuel Mujica Láinez; 1979. Editorial Sudamericana, S. A., Buenos Aires).
Una de ellas es Odette. El autor tiene la sagacidad de hacerla salir sólo de noche. Al crepúsculo. Tiene igualmente el buen gusto de no convertirla en un vampiro. Quizá habría puesto de moda, mucho antes, los libros sobre estos seres. Pero ésa sería una buena pregunta que debe contestarnos el autor mismo, ya que aquí está. Odette es la mujer mayor que conocemos los jóvenes en cierta edad de la vida, cuando nuestros sueños pesan de a de veras, cuando nos comemos el mundo a puñados. Preguntarle al autor en cuántas mujeres está basada la figura de la heroína de esta historia sería ocioso pero igual aquí está.
En la novela, Odette lleva a su corte a un cabaret donde un parto es la atracción principal, a viajar hasta España, en el siglo XVII para conocer de cerca el tríptico El jardín de las delicias de El Bosco, regala a sus queridos Silvana y Enrique una casa que sólo necesita ser regada para que crezca, rehace el cuento del patito feo a partir de invertir la premisa, muestra los juguetes maravillosos escondidos en uno de los cuartos de la casona. Todo esto narrado sin la mayor grandilocuencia. Me parece que ahí reside la belleza de la novela. Odette es una obra donde lo maravilloso, lo extraordinario convive con todos los personajes, sin que estos se den cuenta mucho o, aun dándose cuenta, no exhiben un asombro extremo. Este asombro es contagiado al lector que va de asombro en asombro ante la marea de sueños que van volviéndose reales, ante estos sueños que nos deja tocar el autor a través de la hermosa locura de la protagonista.
La canción de Odette es la obra de más cuidado aliento de Avilés Fabila. En ella encontramos ecos de una narrativa fantástica que el autor no explotó en obras subsecuentes. La narrativa per se, ésta donde nos involucramos en la segunda mitad del siglo XX, vuelve por sus fueros, delimitando, eso sí, a quienes la formaron en nuestro país. Créanme que, aparte de Avilés, no hay mucha tela de donde cortar.
En esta obra los mundos de la maravilla, del autor, de la época misma –esa Ciudad de México donde la zona rosa era sinónimo de intelectualidad y esnobismo– se entrelazan ofreciéndonos una visión del suceso literario que olvidamos porque así olvidamos todo en México. Releer este mundo en el que la figura femenina conduce, es regresar a un mundo interior, materno, pleno, feérico, donde la mujer es la que domina, la que acoge, la que se expone mientras los otros exponen. Ciertamente, por esas raras causas de la memoria, tengo muy presente esta novela, donde la figura femenina juega el papel más importante de la secuencia vivencial. Odette acoge la relación entre Silvana y Enrique, volviéndose ella el hada que protege, subyuga, enfoca los momentos. René Avilés Fabila muestra en La canción de Odette que sus personajes pueden sentir celos. Disculparán, pero no imagino a alguien como René Avilés Fabila sintiendo celos. Y en estas dos obras, la que nos ocupa y Tantadel, el autor habla de los celos que los enamorados sienten por sus mujeres. Enrique por Silvana, el narrador por Tantadel. Es más, Avilés Fabila acude a la quijotización cuando hace aparecer Tantadel como una de las lecturas de Enrique en La canción de Odette.
Esto nos hace volver los ojos a las páginas donde se enfoca la segunda obra del volumen. Tantadel tiene una extensión menor. En el ejemplar que tengo, va de la página 114 a la 186. Tiene apenas menos de cien páginas y debía aparecer primero según orden cronológicamente estricto. Escrita en 1974, guarda el amor del narrador por Tantadel. Mientras La canción de Odette comienza como comienzan los relatos fantásticos:
“La noticia llegó telefónicamente. Manuel Fabregat me dijo que Odette había muerto y preguntaba si iría al sepelio”. (Tantadel/La canción de Odette. Lecturas mexicanas 11, segunda serie. 1985. Pág. 9).
Al contrario, Tantadel comienza como las novelas de la época sesentera. Cito:
“Cómo iniciar la narración. Me prometí objetividad, más que eso: me exigí veracidad, contar las cosas tal como sucedieron, ser honesto, sobre todo hablar de los sentimientos y pasiones que movieron cada acto de mi relación con Tantadel…” (Tantadel/La canción de Odette. Lecturas mexicanas 11, segunda serie. 1985. Pág. 119).
Estos dos comienzos, el de La canción de Odette, escrita en 1982, el de Tantadel escrita en 1974, con apenas ocho años de diferencia, dan a conocer a un escritor en su madurez creativa. Sabe narrar. Sabe encontrar la vía por la que llevar al lector, ofreciéndole saltos y sobresaltos en ambos textos. Para ese momento, Avilés Fabila tiene 34 años, está en la plenitud de su estilo literario, estilo ya encontrado en novelas anteriores. Debo decir que fueron Los juegos y El gran solitario de Palacio, con las que fue ya identificado con una nueva generación de escritores que incluye a José Agustín, Gustavo Sáinz, Parménides García Saldaña entre otros. Si tenemos que definir estas novelas con alguna palabra sería pulcritud. Tantadel y La canción de Odette son pulcras, enigmáticas, fundamentales en la lectura de esa narrativa mexicana que mal llamaron La onda. Creo que para este momento, Avilés Fabila ya había puesto los puntos sobre las íes, pero es una pregunta que puede contestar igualmente pues está aquí.
Los celos que encontramos en los narradores son una muestra de que nadie está a salvo de las bajas pasiones. Los narradores de estas obras sienten celos. Ya lo dije. Es buen momento para repetirlo. Después de encontrarnos con la figura presidenciable vuelta de revés, en El gran solitario de Palacio, leer que Avilés es capaz de escribir sobre los celos, incluye que Avilés es capaz de escribir sobre las cotidianidades de la vida. Los celos circundan estas novelas como ángeles, como demonios. Hay una innoble actitud de los narradores. Enrique trata a Silvana como una muñeca. De nuevo la fantasía se adueña del relato, como si el narrador no pudiera desterrarla. La autómata hoffmaniana, la referencia a la obra de Shakespeare El sueño de una noche de verano, las fantásticas aventuras de Odette van sumiendo al lector en un mundo irreal, noble, erótico. El tema, caído en manos de un novelista menos hábil, se hubiera llamado Las mágicas aventuras de Odette.
La lista que incluyen ambas novelas de las lecturas del protagonista nos hacen reconocer que estamos ante un narrador de materia literaria infinita. Hagamos un donoso escrutinio:
LECTURAS DE ENRIQUE
Jacques Cazotte, Shakespeare, D.H. Lawrence, Graham Greene, Antonin Artaud, Washington Irving, Goethe, Federico Gamboa, John Dos Passos, Horacio Quiroga, Pablo Neruda, Miguel de Unamuno, Gustave Flaubert, Beatriz Guido, Las mil y una noches, Julio Verne, Erasmo de Rotterdam, Raymond Radiguet y Poe, Borges, Lovecraft, Swift, Carrol (estos últimos adjudicados a Odette).
LECTURAS DEL NARRADOR DE TANTADEL
Carson McCullers, Oscar Wilde, Shakespeare, Scott Fitzgerald, a más de literatura de aventuras (ciencia ficción, policiacas, de cacería), H. R. Haggard, Cervantes, Moliere, Tolstoi, Robert Louis Stevenson, el Kama Sutra.
Lugar reservado merecen los comentarios jocosos de Odette, las lecturas de Tantadel, los lugares que van visitando ambas mujeres, una plena de compañía, la otra con su enamorado, celoso, narrador. El centro histórico de la Ciudad de México, entonces no se llamaba así, creo; panteones; el parque hundido; Coyoacán; Chapultepec; restaurantes donde siempre terminan a disgusto Tantadel y su amante; el parque hundido que realmente se llama Luis G. Urbina. Referencias, referencias, pero cuidadosamente tratadas, elaboradas como las imágenes en las que se va convirtiendo la historia, las historias. La canción de Odette es cercana a la fantasía rescatándola de las veleidades del día.
Quizá, si queremos ponernos muy puntillosos, debemos decir que la emotividad de Tantadel radica, precisamente, en su linealidad, en que vamos encontrando las razones de los celos, del enojo, del amor, del desamor contadas en cronológica certeza. La canción de Odette narra desde la muerte hasta la vida de la protagonista, dejándonos conocer la mágica estirpe en la que es ducho Avilés. Odette y Tantadel, seres entrañables, mujeres que marcan la vida de quien sigue sus pasos, el amor de quien escribe, la emoción de quien lee. Principalmente, Tantadel comienza donde el narrador quiere demostrar que escribe una novela, aparecer como personaje, dualizarse entre un esquema de estirpe simbólica. Tantadel es la protagonista de un irónico amor que va derrotándola. Que el narrador sienta su deber hacerla salir de la cotidianidad en la que se encierra, no habla tanto bien de él como de ella. De las dos, me atrevo a decir que el personaje más complejo es Tantadel. En esta breve obra se acomoda una realidad así como muchas mentiras. La pareja tiene un complejo proceder, simbolizando apenas en cien páginas una relación gastada, inerte, convertida en novela gracias a que encontró un buen fabulador. En este complejo proceder, los amantes encuentran un extraño mundo de apariencias. Tantadel es la diva de un espectáculo en su decadencia, es la cantatriz de una breve ópera estilo Menotti.
Cuando principia Tantadel, ya lo hemos visto, da inicio la búsqueda de la narración. El autor cuenta a partir de una cercanía literaria. Concluye con la misma actitud. Literatura dentro de la literatura, Tantadel la novela termina con la cíclica intervención de los personajes aunque no hay designios ex(in)cluyentes en la obra de René Avilés Fabila.
Invito a que leamos ambas novelas, ahora en su nueva presentación. Seguramente, porque las buenas historias siempre guardan un lugar en el corazón, volveremos a su lectura dentro de los próximos años. Cuando aun tengamos la certeza de decir: Una memorable noche, mientras esperaba la presentación del primer libro de poesía de Teodosio García Ruiz, Sin lugar a dudas, adquirí el ejemplar Fantasías en carrusel. Desde ese momento, causó admiración en mí la obra de René Avilés Fabila… o algo parecido.

*Texto leído en el Homenaje de René Avilés Fabila en la FULTABASCO en la sede de Cunduacán. 12 de noviembre 2013.