REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Confabulario

Twistina del Nacional


Franco Gariboldi

Sabía que aquello que hacía estaba mal, no era lo correcto. O, al menos, debería haber contado con el consentimiento de algún mayor de la familia, para meterse a hurgar, así como estaba haciéndolo, entre los objetos íntimos, privados, del Abuelo Hilario.
Pero sucedía que se sentía aburrido, pues todos se habían ido al hospital donde el viejo apenas estaba saliendo del peor ataque de todos cuantos le habían dado, el más dramático, llegando a hacer temer por su muerte.
Aparecerían por la residencia casi al anochecer y con seguridad traerían buenas novedades comentando la mejoría del enfermo.
Y así, de puro aburrido, cansado de mirar una estúpida televisión, de enviar y recibir mensajes por el teléfono celular, de mirar por la ventana la quietud de la calle en el retirado barrio, se le ocurrió hacer aquello que deseaba hacía tiempo sin haber encontrado hasta entonces la ocasión propicia.
Por eso estaba revolviendo, cuidando de dejar en el mismo orden la vieja cómoda de los abuelos, en aquella habitación prohibida, en ese mueble en donde el Abuelo Hilario le tenía escondida para darle cada fin de semana aquella golosina extraña, sin dudas procedente de otro planeta u otro siglo, y a la que llamaba “la jalva”, una cosa empalagosa, grande como porción de torta, extraída de un molde que se adivinaba cilíndrico, de diámetro grande y escasa altura, sin envase, sin marca, servida en un platito de café, conformando como un sector de bizcochuelo que no se podía apretar entre los dedos pues se deshacía.
En alguno de los cajones se encontraría con una lata como de dulce de batata conteniendo una gigantesca jalva con un faltante de porciones que los últimos fines de semana, ritualmente desde niño, se había comido.
Pero no era eso lo que estaba buscando, de otra cosa se trataba el origen de su husmeo en esa intimidad ajena.
Simplemente no tenía idea del motivo de su rastreo, tal vez sólo fuese su aburrimiento, un poco de curiosidad y el deseo de hallar alguna cosa sorprendente, conmovedora o solamente extraña.
Y el objeto surgió.
En el cajón del medio del viejo armatoste de maciza madera, fueron anticipándose indicios que ya presagiaban el contenido emotivo y personal que para Hilario tendrían.
Era un archivo completamente dedicado al pasado del Abuelo del que se solía hablar poco en la familia, desviando de inmediato las conversaciones que tocaban al tema, disimuladamente.
Él lo presentía cuando en un almuerzo u otra ocasión se hacía referencia a la música, al tiempo de juventud del Abuelo acordeonista, a la orquestita con que solía animar esos bailes carnestolendos de la Resistencia del siglo pasado.
Sabía que esa época dorada había durado poco, unos escasos años en los que el entonces joven Hilario, habiendo terminado sus estudios musicales en uno de esos prestigiosos y hoy desaparecidos conservatorios, se abocó con total seriedad a formar una orquesta característica.
Cuando el tema se mencionaba en alguna reunión, el viejo se animaba, su rostro rejuvenecía, pero realmente rejuvenecía, volvían las desaparecidas tenues luminosidades a su color, se ordenaban y fortalecían los dientes en su verdadera posición, se eliminaba automáticamente la borrosidad opacante de sus ojos, que se tornaban más grandes, la voz cobraba una afirmación y gravedad de locutor, el temblor casi imperceptible de las manos desaparecía.
Él, su nieto, era en apariencia el único que advertía tales cambios corporales, expresión del mundo interior, ya que los demás nunca se dieron cuenta del efecto que la mención del acordeón tenía sobre él.
Pero siempre, fatal, inexorable, terriblemente, el breve instante mágico era absorbido y desaparecía por una inoportuna intervención de esa vieja amarga que era la abuela, realizando en esas ocasiones algún comentario entre dientes suficientemente ácido como para envenenar la situación.
El Abuelo solía llamarse a silencio, se imponía la sensación de disgusto, malestar, encono, generado por la intervención de la vieja, y todos trataban, disimulando, de participar con algún comentario que suavizase la tensa sensación de incomodidad que les velaba el ánimo.
Una cuestión lo intrigaba.
El destino final del acordeón.
Cuando en una oportunidad se atrevió a preguntar en voz alta, obtuvo por respuesta un vago comentario como de que se había extraviado, perdido, roto, gastado, desaparecido, engullido por el inmisericorde demoledor paso del tiempo, explicado con medias palabras, miradas recelosas y gestos ambiguos.
Con el viejo, cuando intentó un acercamiento privado, pretendiendo que la intimidad lo hiciese más comunicativo, sólo logró despertar en él una evidente desconfianza, recelo y alguna referencia huraña hacia el pasado.
Aquí, en la cómoda, iba encontrando una pista, pequeña, débil, pero que intuía certera para dilucidar aquello que le ocultaban.
Aparecieron, ordenadas dentro de lo que fue anteriormente una caja de zapatos, unas diminutas fotografías en blanco y negro, recortadas graciosamente en sus bordes en forma festoneada, como cuando las estampillas traían una terminación regular de pequeños semicírculos que les otorgaban un aspecto de serrucho, en las que se veía al Abuelo con su acordeón, en compañía de otros muchachos vestidos de igual manera, ostentando un gigante contrabajo roperón, una guitarra llamativamente blanca, una estridente trompeta y la infaltable batería que, en letras pacientemente dibujadas, anunciaba al pasado, al presente y al futuro, el eterno nombre que los identificaría como agrupación.
Y algunos instrumentos, algunos músicos, algún nombre, variaban foto a foto, manteniendo siempre la sonrisa dentifricada, la pilcha uniformemente cuidada, y el bombo con la identificación.
Eran “Los Príncipes Azules”, “Las Águilas del Ritmo”, “Jazz del Caribe”, “Los Cinco Duendes”, “Los Hermanos Lunáticos”, adivinándose el variado repertorio por las poses adoptadas para las instantáneas.
También había unas tarjetas del siglo pasado, invitando a “celebrar una reunión danzante amena y divertida, en el Club Social” con alguno de los grupos de Hilario.
Y luego, más abajo, ocultas por las fotos, las cartas.
Las supuso relacionadas a actuaciones o cosas así.
Pero no.
Eran cartas de amor, ordenadas por fecha, cuidadosamente guardadas.
Comenzó a leerlas despaciosamente, deleitándose al experimentar el morboso placer de atisbar en una vida ajena pero conocida, en comprobar hechos sucedidos en el otro siglo pero aquí, en esta misma irreconocible ciudad de las esculturas.
Inmediatamente comprendió que quien remitía tales apasionados textos al joven acordeonista no era la abuela, esta vieja cascarrabias en la que él no encontraba motivo para permitir que su pareja conservase tales recuerdos del pasado.
Por lo visto era una piba que lo había conocido en el casamiento de algún pariente, y supo caer seducida ante los encantos del rubio musical.
A medida que avanzaba en la lectura de la correspondencia, creía comprender que esa mina sí que valió la pena, que había sido buena pareja, se entendían, y lo había querido.
Y si se entendían tan bien, y hasta por lo visto la situación tomaba un cariz serio como para casarse ¿Qué les pasó que el viejo optó por la amargada de su abuela?
Entonces, en otra carta, encontró la referencia a Twistina del Nacional.
Claro, era ella.
Es decir, en la canción que el Abuelo le había inventado.
Lo de Twistina por el twist, ritmo pegadísimo y alborotador que en ese entonces se estaba imponiendo en el mundo, y Nacional por el quinto año que ella estaba terminando de cursar.
A partir de allí, ella comenzó a firmar sus cartas, que ya sumaban dibujos de flores, angelitos, mariposas y corazones en los márgenes, como “Twistina del Nacional”, sin más identificación.
Entre dos cartas encontró lo que sería la letra del twist.
Era horrible.
O tonta.
O demasiado simple.
No sabía bien cómo definirla, pero hablaba de un amor a una twistina (“¡Twist, twist!” -se adivinaba al coro repitiendo después de cada “Twistina”-) que se casaría con él al egresar del Nacional, y las bandadas de pájaros y mariposas que vendrían desde el luminoso cristalino cielo.
Esta huérfana hoja estaba escrita con una máquina de ésas que ya desaparecieron, habiéndolas el tiempo remitido a museos.
Con lapicera le habían agregado “Gran éxito de Los Soñadores del Twist”. Advirtió que a la foto de este grupo le faltaba, y lo adivinó ya más moderno, con guitarra y bajo eléctricos, una batería no tan gigante y tal vez, tal vez el acordeón reemplazado por alguno de aquellos primeros órganos eléctricos, concebidos a partir de un amorfo gigante cajón de manzanas con patas y la luz roja de encendido que parecía la de un arbolito navideño.
Una incógnita le persistía en el cerebro. Si eran vecinos, si se veían todos los días ¿para qué se escribían cartas?
Pero claro, él nunca hasta ahora se había enamorado enfermizamente, y la época marcaba la tendencia a resumir la comunicación en un mensaje telefónico más escueto que un telegrama de despido sin justa causa, con haberes a su disposición y número de cheque de la liquidación incluidos.
Y entonces surgió.
La última carta.
Debajo de ella, solamente la foto de Twistina, que lo miraba sonriente, en blanco y negro, desde la mitad del siglo pasado, invitándolo a imaginarse cuál hubiese sido su vida, la de los demás, la existencia o no de cada uno, de los de la familia, él incluido, si no hubiese ocurrido el presentido accidente que su premonición femenina le hacía advertir en esa última, última ultimísima comunicación donde le avisaba de haberse decidido por el aborto, aún a sabiendas del riesgo que representaba.
Y entonces, el Casi Pero No Posible Nieto de Twistina lloró.
Y lloró.