REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

Rubens


Isidro Fabela

Rubens es el alma de Amberes; para comprender al maestro hay que visitarlo aquí, en su ciudad lírica donde é1 es rey, profeta y dios. Rubens está en la esbelta catedral gótica de carillón mágico; en el museo Plantin, cuna de “incunables”; en su espléndida casa-taller, donde vivió su mejor vida y murió gloriosamente y en el Museo de Artes, donde es el amo.
Hoy, además por ser el 350 aniversario de su muerte, está democráticamente en todas partes: en los balcones festonados, en los escaparates de las tiendas, en los estandartes y gallardetes que aletean sobre los bulevares desde las puntas doradas de sus lanzas; en los nutridos mazos y guirnaldas de flores joviales que decoran el altar de su sepulcro, en los basamentos de sus mudas estatuas; en los estridentes escudos de cartón dorado que parece que gritan con el sol, en todas partes están el nombre o la efigie del pintor flamenco, con su rostro de gran señor, chambergo alicaído en las espaldas bigote y perilla a la borgoñona, gesto donairoso y elegante.
Rubens no nació en Flandes por mero accidente debido a dos acontecimientos de trascendencia que alejaron a sus futuros padres de Amberes, para refugiarse en Colonia; primero, las guerras de religión entre católicos y calvinista que asolaron trágicamente los Países Bajos durante la dominación española de Felipe II; y después, el adulterio del padre del artista, el abogado Juan Rubens, consejero de Guillermo el Taciturno, adulterio doble, cometido con la princesa Ana de Sajonia, la esposa del dicho Príncipe de Orange, cuando éste organizaba los movimientos libertarios de su patria sojuzgada.
El adulterio entonces se castigaba con la muerte, la cual pena habría sufrido el tenorio Juan Rubens si no lo salva su propia esposa, la muy amante y humilde María Pypelinex, la cual, después de obtener de Su Alteza burlada, la gracia y libertad del infiel marido, diera a éste, como símbolo de su generoso perdón, el regalo espléndido de un hijo inmortal: Pedro Pablo Rubens, nacido en Westfalia el 29 de junio de l977.
Discípulo de maestros mediocres y asfixiado en una sociedad corrompida y extravagante, llena de espías, espadachines e intrigantes, se fue a Italia a cultivar su dilecto espíritu. Y allá, en ocho años, día a día, acompañado de su hermano Felipe, el filólogo, frecuenta artistas, historiadores, literatos, teólogos; estudiando con ahínco, sobre todo, la antigüedad. En ese aprovechado periodo, no hay bronce ni mármol célebre que Rubens no dibuja y comente, ni una decoración cuyo origen y valor no aquilate. Ocho años de observación, investigación y meditado aprendizaje, afinan y dan solidez a su personalidad de artista que así queda preparado al trabajo prodigioso y fecundo del resto de su vida. Porque en Italia no produjo, se preparó; el milagro vino después; en Francia, en España, y principalmente, en su tierra flamenca.
Dice Ortega y Gasset que “el mayor absurdo fuera hacer a un artista metro de otro”. Cierto, y sin embargo qué humano cometer el absurdo de medir en nuestro propio consenso el valor de los genios midiendo a uno con otro por más que todos los genios se hermanen más allá de la línea normal de la humana inteligencia; pero qué lógico también que el pintor conceda supremacía sobre todos los demás, a su artista preferido, al que supo despertar en su alma mayor suma de emociones. El maestro más próximo de Rubens es el Ticiano, pero en verdad son todos los grandes pintores del renacimiento italiano quienes guían e influencian a Rubens; el Mantegna, Verones, Giorgine, Tintoreto, Rafael. Más sin embargo quienes más lo atrajeron y conquistaron fueron los superhombres Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. Pero como artista personalísimo que es, Rubens no imita; copia los grandes cuadros para estudiarlos, sentirlos y gozarlos a su sabor; para después reivindicar su propia personalidad haciendo obra muy suya.
A su regreso de Italia y España se instala en Amberes a lo gran señor. Su taller, famoso por su elegancia es salón eminente y templo de consagraciones. Su clientela es regia y sus discípulos serán inmortales. Pedro Pablo Rubens es pintor real de Felipe II, de Carlos 1 y de María de Médicis, la viuda de Enrique IV, que le sirve de modelo en su propia casa por la que desfila la aristocracia de mayor realce. El rey de España lo ennoblece y la princesa Isabel lo titula gentilhombre.
Sus discípulos pasan de ciento, entre ellos; Van Dyck, Snyders, Jordaens, Brueghel, Teniers, etc., los cuales ayudan al maestro de maestros en su constante y abrumadora producción que abarca los más variados temas; cuadros mitológicos, religiosos, históricos; escenas fantásticas, alegorías, paisajes, batallas, retratos...
Pinta con frenesí, no se remansa sino que vibra y se agita en una superabundancia de colores. Su fecundidad pasma: según sus críticos, Rubens dejó una obra de 1200 cuadros aproximadamente de los cuales apenas 600 estén catalogados. Sólo la Pinacoteca de Múnich atesora 95 grandes pinturas del colosal colorista cuya obra principal está esparcida en los Museos del Louvre, el Prado, Berlín, Viena, Amberes, Dresden, Londres y la actual Leningrado.
La pintura de Rubens se caracteriza, sobre todo, por el esplendor del colorido y la franqueza de su pincel siempre espontáneo y decidido. Sus trazos no tienen dudas pinta como respira, con gran aliento y facilidad.
La obra total de Rubens rezuma por todos los poros de sus telas el triunfo de la vida. En sus cuadros hay una incesante irradiación de salud, fuerza y alegría, y un constante dinamismo animador, y optimista. En casi todos sus trabajos palpita una felicidad plenaria y el conjunto de sus seres y cosas antojase efervescente.
La vida que pinta es franca y exterior; rara vez recoleta y silenciosa. Sus tipos son robustos, saludables, dichosos; sus hambres son vastas y duras; no hay en sus carnes rosadas, bofura, sino nervio. Sus varones son atléticamente musculados y hermosos; sus mozalbetes bien dados y rechonchos; sus becos de pendolante papada, enrojecidos, henchidos y risueños; las risas de sus bacantes diríase que son escandalosas.
En los cuadros del maestro no hay rostros cetrinos ni santos canijos, como en Rivera, ni figuras de doliente realismo como en Goya o Velázquez; ni personajes larguiruchos ni espichados como en el penetrante Greco que espiritualiza sus caballeros, desangrándolos, ni el misticismo atormentado y extático de algunos primitivos. Nada de parpados indolentes, carnes flácidas y pechos enjutos. Su obra es la de un exaltado idealista, enamorado de la vida, del amor y de la carne.
Según mi personal impresión -osada impresión porque difiere de prestigiadas opiniones- Rubens es un pintor de estados de alma, pero más, mucho más es un pintor de formas. Su potencia magistral no está en la psicología de sus figuras sino en su armonía exterior. No es un pintor de pasiones, como Buonarroti, Sanzio, Vinci o el Greco y Goya, cuya magnitud está en el gesto, en el rayo genial que surge indistintamente de una sonrisa como en la Gioconda de Leonardo, o de una mirada como en los profetas de Miguel Ángel, o las sibilas de Rafael, sino un pintor de líneas, movimiento y conjunto.
Las maravillas de Rubens encantan los sentidos, pero no conmueven todo el ser como el Juicio Final, los frescos rafaelinos del Vaticano y la Mona Lisa. El indudable genio de Rubens, genio del metier, del color, del dibujo, de la composición y del movimiento, nos produce una honda emoción triunfadora, nos inyecta vitalidad, pone en nuestro espíritu alas de aleluya, en nuestros labios el beso de una sonrisa y en todo el cuerpo un ansia placentera de amar, de gozar, de vivir.
Las obras de Leonardo, de Rafael, de Miguel Ángel, sobrecogen; no producen aliento y alegría sino respeto. Cerca de ellas sentimos nuestra pequeñez. Nos atraen y conmueven de tal modo, que después de contemplarlas, no quisiéramos otra cosa que volver a mirarlas, siempre reconcentrados, con el espíritu de rodillas y el cuerpo en temblor divino. Frente a esos genios, un sentimiento nos domina: el del estupor, y una idea nos obsede, la del agradecimiento que nos hace exclamar como endiosados:

“Vida, nada me debes,
Vida estamos en paz”.

Rubens era un gran decorador y especialmente un decorador de templos. Hecho maestro y maestro ilustre, cuando la Iglesia restañaba las heridas que le causara la persecución calvinista, la cual a su vez había surgido contra la implacable ortodoxia española, se encontró en un ambiente de resurrección. El calvinismo iconoclasta había ya proscrito los templos y las imágenes piadosas; y Rubens, formando parte del cortejo católico triunfante, llegaba como el gran restaurador de la tradición que volvía a su fastuoso y brillante decorado, a sus arquitecturas complicadas, a sus mármoles policromados y a sus oros prolijos.
El singular flamenco venía a ser, en aquellos momentos históricos el representante más oportuno y genuino del triunfo católico. Por eso quizá palpita en sus cuadros un respiro de victoria, pero de victoria pagana, no mística. Diríase que el artista no canta en sus himnos un triunfo religioso sino un triunfo político, porque sus soberbios cuadros no están plenos de misticismo; no arde en ellos la pasión, ni irradian la castidad, la pureza, la posesión de lo divino, como en los primitivos italianos y flamencos inspirados en el romántico ensueño cristiano, en la más candorosa fe divina, en la más sutil poesía celeste.
No es Rubens un pintor del dolor, ni del dolor humano ni del místico. Su tristeza es la de los seres fuertes que no desbordan su angustia. Es raro hallar en la múltiple labor del caudaloso flamenco, representaciones dolorosas como la de su atormentado San Andrés, (Viena), y los Cristos de la paja y el del Descendimiento (Amberes), que expresan con elocuencia el resignado e infinito dolor del drama cristiano.
Y es que Rubens era un temperamento abiertamente pagano: pero un pagano que no pintaba la realidad, sino como Rafael “una certa idea che mi viene in mente”. Pintaba lo que sentía, lo que fluía de su persona: salud, felicidad, fuerza. Siguió el justo imperativo: “llega a ser lo que eres”, consiguiendo una realización triunfal, pues no dejó en su alma “al señor latente que no puede llegar a ser”, de que nos habla Mallarmé.
No obstante ser un retratista meritísimo, su labor como tal no es insuperable: Franz Hals, Rembrandt, Velázquez, Goya, los estupendos primitivos Van Eyck, Boots, Memling, David y su discípulo Van Dyck tal vez le superan; pero como no tiene par, es como pintor de niños. Los niños de Rubens son su obra magnífica: ni Rafael en su “Sixtina”, ni Murillo, Boticelli y el Fra Angélico en sus ángeles divinos alcanzan el verismo hecho luz, armonía, dulzura y gracia inocente que el pincel rubensiano puso con delicada ternura en “La Guirnalda de Frutos” de la Pinacoteca de Múnich. Ante prodigio semejante tenemos que pensar que todo su encanto de vivir, y sus excelsos su felicidad congénita, el amor a sus dos ejemplares de Isabel Brandt y Helena Forment, todos esos sentimientos estéticos los vació en sus escenas de niños, como si al pintar a sus ángeles, quisiera inmortalizar en ellos el inmenso amor paternal que le inspiraron sus hijos.
A la escuela flamenca le dio Rubens una verdad nueva: un esplendoroso concepto de la composición y de una manera flamante de ver la luz y la carne. Sus conjuntos son teatrales en su decorado y en la manera de “ordenar el tumulto” de sus escenas. Tiene un sentido admirable del movimiento. Como pintor de carne es supremo. “Les mescla sangre a las carnes que pinta”, decía Guido Reni; porque realmente, al contemplar sus desnudos, nos parece como si, bajo las epidermis de nácar y rosa de sus infantes y sus madonas, miráramos deslizarse la sangre de la vida. Secreto milagroso que supo eternizar a pesar de las crueldades del tiempo implacable. Según Solvar, los vivos colores de Rubens conservan su sorprendente frescor, porque el artista no usaba sino colores vegetales puros.
E1 Sabio esteta Fromontin, en sus “Maestros de Antaño”, nos enseña un detalle interesante: que Rubens es un gran colorista con pocos colores... “Estos colores, dice, son muy pocos y no parecen complicados sino a causa del partido que el pintor saca de ellos y del papel que les hace representar... por consecuencia, pocas materias colorantes y el más grande esplendor de colorido; una gran fastuosidad obtenida a poco costo; luz sin exceso de claridad; sonoridad extrema con pequeño número de instrumentos”.
Algunos le tildan de ser excesivo en sus asuntos, de ser enfático; lo que en efecto es, porque así es él en su personalidad magistral; elocuente, exuberante, dispendioso.
Otros lo encuentran monótono y repetido, a lo que contesta quien puede, Delacroix, en los siguientes términos: “esa monotonía no disgusta a quienes hayan sondeado los secretos del arte. Este retorno a las mismas formas es la peculiaridad del gran maestro, la continuación en el entrenamiento irresistible de una mano sabia y ejercitada...
“...Si quisiera castigar la forma, perdería su inspiración y la libertad de obrar que produce la unidad en la acción”.
Rubens ejerció una poderosa influencia en su época y aún después. En Flandes formó a Van Dyck, Jordaens, Teniers, sus discípulos óptimos y a Terburg, Brouwer, Van Ostade, Metzu... En Inglaterra sirvió de guía a Gainsborough y a Constable; y, según el decir de los Goncourt, enseñó a pintar a todos los pintores franceses del siglo XVIII: Watteau, Boucher, Lemoyn, Fragonard, Greuze, La Tour. Y a Delacroix, en el siglo XIX.
Y triunfó más allá de su existencia, pues del dominante patriciado que ejercitó en vida, fue a su inmortal remanso, con extraordinarios honores de genio de su raza, maestro de maestros, noble y gentilhombre, alto dignatario y gloria nacional.
El entierro de aquel paladín triunfador, buen hombre hogareño, mano cordial, comensal de altezas y testas coronadas, amigo de Buckingham y Richeliu sutil y habilísimo diplomático; el entierro de aquel gran sinfonista de la luz, el color y el movimiento, de aquel estupendo cantor de la vida, el sol, la carne y la dicha, fue un apoteosis. La ciudad de Amberes, en pleno, le rindió homenaje. “Todos los clérigos de la Iglesia de Santiago abrían el cortejo fúnebre, seguidos de las órdenes mendicantes de predicadores, los agustinos y los menores. Sesenta niños huérfanos le seguían, portando cirios encendidos. Luego venían en el cortejo: la familia, las corporaciones de pintores, la magistratura, la nobleza, las sociedades civiles...”
Y más aún: las obras que formaban el patrimonio artístico de los deudos, fueron adquiridos, en gran parte, por el Rey de España, el Emperador de Alemania, el Elector de Baviera, el Rey de Polonia…
Fiel a su raza, en lo que tiene de sana y vigorosa, trabajó hasta sus postreros días sumido en su pertinaz tarea sin modificar su intención ni su espíritu audaz, y vibrante que vino a alterar la paz ensoñadora de sus antecesores los primitivos flamencos Van der Weyden, Memling Van Eyck, David, Guellin, Van der Goes; porque si estos eran el detalle delicado, la sutil encajería, la contemplación ultraterrena, el purísimo y reconcentrado sentimiento místico, todo suavidad y éxtasis; Rubens era el contraste: el empuje alentador, el animador del entusiasmo, la sensualidad y la vida.
Hay pintores que parecen poetas y otros que nos dan la impresión de soberanos músicos. Los primitivos flamencos, como sus hermanos, los primitivos italianos, Fra Angélico, Filippo Lippi, Boticelli, Gentile de Fabriciano... fueron los más grandes poetas del pincel que jamás han existido; y Pedro Pablo Rubens, nos da la idea del supremo director de orquesta que dirigiera la triunfal polifonía de la naturaleza.
Amberes, agosto de 1927
*Probablemente conferencia o ensayo de Isidro Fabela.