REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

Entrevista con Fabrizio Mejía Madrid


Abraham Gorostieta M.

Fabrizio Mejía Madrid es un cronista de la nueva ola en México. Colaborador de importantes revistas literarias como Nexos o Letras Libres es un incansable escritor que lo mismo escudriña personajes “emblemáticos”, que movimientos sociales como el de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación que estuvo varios meses en el zócalo capitalino. Ha hecho de la crónica su género predilecto. Autor de varios libros, sus tres últimos han levantado varias cejas y más de uno se ha sentido ofendido.
Su libro Nación Tv, en donde ofrece una serie de anécdotas sobre el clan Azcárraga -que ha dominado la televisión comercial en México por más de seis décadas- le ha generado serias críticas y el veto por parte de la televisora. Su otro libro, Disparos en la oscuridad, es el retrato personal de una época, 1968, año de revueltas estudiantiles y de luchas sociales que buscaban libertad y democracia en distintas partes del mundo ha sido bien recibido por la crítica. Su tercer libro y de reciente aparición, Días contados, es una recopilación de sus crónicas -hecha por Editorial Almadía-, género en el que se desenvuelve y con el que retrata la sociedad y el tiempo en el que vive y que es un ejemplo claro de su trabajo.
Buscar la entrevista con el escritor fue una labor casi artesanal, como un tejido, donde se cruzan hilos y agujas. Había que armarse de paciencia. Corretearlo por tres semanas o poco más. Fabrizio Mejía es un hombre que sobrepasa las cuatro décadas. La primera impresión que deja es la de ser un hipster. Bajito, de voz a veces clara, a veces ronca. Lentes de mica gruesa. Vestido siempre informal. Un par de ocasiones no asistió a la entrevista. En ambas, se disculpó y pidió una entrevista más. El encuentro se dio en el barrio de Coyoacán, en la Ciudad de México. Barrio de artesanos, de viejas casonas coloniales en donde viven escritores, pintores, actores, poetas. Barrio de clase media-alta. Barrio escogido por el escritor que, llega tarde a la cita.

Ahí estaba Ariana González Santos, encargada de la difusión cultural de los títulos de Editorial Almadía. Fabrizio saluda y enseguida conversa con Ariana: ¿Qué tal lo de ayer güey?, dice el escritor en un tono muy peculiar de los junior’s. Pues nada, ayer estuvieron ricos los tragos coquetones ¿no?, contesta la encargada de difusión y agrega: Oye, abajo está el güey del diario La Razón. Que se aguante, o sea güey, están acostumbrados, termina la conversación Fabrizio y con sonrisa en el rostro, saluda amablemente.
Las mafias culturales mexicanas son un tema para iniciados. En general, son grupos que se crearon con el fin de obtener becas y canonjías. Para pertenecer a cualquier grupo basta con estar bien conectado, aparte, claro, el talento -hecho necesario- con el que se cuenta. A Fabrizio lo presentan como el sucesor del laureado escritor Carlos Monsiváis. Elena Poniatowska lo dice sin empacho: Fabrizio es el nuevo Monsi. La secundan Pavel Granados, Guadalupe Loaeza y algunos escritores más.
A Fabrizio no le molesta la comparación pero aclara para El Búho: “No. Eso dice Elenita (Poniatowska). Mira, en la literatura no hay sucesiones sino tradiciones. En este caso me reivindico en la tradición de Salvador Novo, Vicente Leñero, Ricardo Garibay, Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska. Pero es una tradición que yo elegí, que yo escojo, es lo que me gusta hacer y estar dentro de esa corriente”.
Ríe, se muestra juguetón ante la impresión que deja cuando se le dice que es permisivo en no aclarar con mayor fuerza la comparación. Enfático explica: “Es que no puedo pelearme con todos los que me etiquetan, pero cuando me lo preguntan de forma seria trato de explicar que no. Es la manera que tengo de defenderme. No he tenido la oportunidad de discutirlo seriamente con Elenita, que no diga esas cosas que al final crean falsas expectativas. Yo no hablo de todo. Yo no tengo ubicuidad de nada”.
Monsiváis era un todólogo, opinaba de todo y sobre todo. El escritor René Avilés Fabila escribía ácidas críticas sobre la actitud del escritor. Y es que en México la percepción que hay sobre los escritores es que deben de ser opinadores verborréicos. Al plantearle la disyuntiva de ser escritor o intelectual, Fabrizio responde: “La palabra de intelectual sólo se la podemos aplicar a Emile Zolá cuando se convierte en la voz de la justicia en el caso de Dreyfus, cuando una mayoría estaba dispuesto a sacrificarlo por ser judío. Zolá pone un parámetro de lo que debe ser un intelectual, es decir, el compromiso con lo que tú crees”, explica el escritor y pronto se autodefine: “Soy escritor. En primer término trato de que mi escritura esté comprometida con la forma de la propia literatura y después con una mirada en el momento de una situación. Hago crónicas. Cuando hago novelas trato de contar una historia que no ha sido contada”, concluye.

Uno de los presidentes peor recordados en México es Gustavo Díaz Ordaz. Hombre de mano dura que no dudaba en emplearla ante la mínima disidencia. Durante su sexenio una serie de problemas crecieron sin que nadie hiciese algo por contenerlos: miseria en el campo, emigración a las grandes ciudades y a Estados Unidos, devastación ecológica, sobrepoblación, dependencia gradual a la economía gringa y a la empresa privada mexicana, industrialización distorsionada, adicción a la deuda externa y, distribución de la riqueza de forma injusta. Esto generaba un descontento social entre algunos sectores de la sociedad, especialmente los jóvenes.
Sin embargo, esto no preocupaba a Díaz Ordaz, quien controlaba los hilos del hermético Sistema. A él lo que le preocupaba era su inocultable fealdad que le ganó apodos populares como el Mandril, el Chango, el Trompudo, el Hocicón, el Monstruo de la Laguna Prieta. Él mismo se burlaba de su aspecto y todos a su alrededor reían pero si alguien osaba burlarse con iniciativa, el presidente enfurecía y cesaba al mentecato.
La personalidad de Díaz Ordaz se muestra con claridad en 1965, un año después de asumir el cargo. Cerca de ocho mil médicos residentes de 5 hospitales de la Ciudad de México y de 48 hospitales en distintos estados comienzan un movimiento de huelga en busca de mejorías en sus condiciones de trabajo, pues los jóvenes doctores descubrían que trabajar en el gobierno o en la iniciativa privada significaba caer en explotación laboral e incomodidades sin límite. Díaz Ordaz se dio el gusto de aplastar el movimiento disidente con el autoritarismo que lo caracterizó y el placer por el uso de la violencia que imprimió a su gestión. Es en este momento que inicia la vida de Fabrizio Mejía Madrid.
“Mi padre es cirujano médico, Hugo Mejía. Participó en el movimiento médico de 1965. Ahí conoció a mi madre y juntos decidieron irse a estudiar un posgrado a Estados Unidos. Regresan a México cuando el Ejército norteamericano lo trata de reclutar a sus filas durante la guerra de Vietnam. Retornan aterrorizados pues les tocan los asesinatos de John F. Kennedy y de Martin Luther King, pensando: “Estados Unidos es un país de locos: asesinatos y guerras”. Cuando llegan les toca vivir los sucesos del 2 de octubre de 1968”, recuerda el escritor a la vez que explica su encuentro con los libros: “En mi casa había muchos libros. Y los libros prohibidos eran los de medicina pues tenían imágenes algo perturbadoras como de enfermedades y enfermos. Estos libros estaban en los anaqueles de arriba y en los anaqueles de abajo estaban los de novela policiaca: Agatha Christie, Connan Doyle, Salgari. Yo entré a la literatura de la mano de Sherlock Holmes”, añora y sonríe mirando para sus adentros.
Al escribir la novela Disparos en la oscuridad, Fabrizio sabe que el motor de su escrito fue el recuerdo de sus padres, enfatiza: “Totalmente. El movimiento Médico, la participación de mis tíos y tías en el movimiento del 68. Recién escribo un texto de esto, de cómo el 68 y sus efectos, afectó a mi familia”. Explica además que disfrutó al escribir la novela pues retrata a Díaz Ordaz con dureza, “como debería de haberlo hecho y como todos querían que lo hiciera, por lo menos mis tías están muy contentas con mi trabajo. Es decir, verlo enfermo, culposo, como murió. Él nunca fue enjuiciado por los actos cometidos a pesar de que aceptó la responsabilidad de lo ocurrido, dijo: ‘soy responsable más no culpable’. Por otro lado, es una compensación a la generación de mis padres que no tuvieron la distancia para escribir una novela sobre el villano”.

“Me siento un personaje que se llama Fabrizio Mejía que no lava los trastes y tira la basura por las mañanas y que llega tarde a las entrevistas”, dice el cronista y suelta sonora carcajada. Y sigue en su explicación sobre los intelectuales y los hagiógrafos: “En el libro de Juan Villoro: Conferencia sobre la Lluvia hay una frase que me impactó: ‘Bellas Artes se ha convertido en la mejor funeraria del país’, es cierto, totalmente cierto. Vivimos tiempos en donde ensalsamos mucho a los escritores muertos y no nos acercamos a ellos de una forma crítica. Y si se murieron jóvenes pues mejor porque se convierten en Roberto Bolaño ¿No? Que lo hace un santo internacional de las letras latinoamericanas. Habría que ser más críticos con los escritores y no ser hagiógrafos. Tenemos que hablar de la obra escrita y no de si fulano de tal era buena o mala onda. Estamos muy confundidos en ese sentido. Juan Rulfo no era una buena persona pero era un gran escritor. Octavio Paz no era una buena persona, era envidioso, pero que talentoso era”, explica Fabrizio y da un largo respiro.
La novela de Nación Tv le ha ganado fuertes críticas, él expone: “Es mi versión de los hechos y formas donde una familia se apodera de la televisión”. Pronto abunda: “Emilio Azcárraga Vidaurrieta era un ladrón de Hacienda muy habilidoso que consiguió hacerse de la RCA Víctor México, es decir, desde el principio mostró su carácter monopólico. Su hijo, Emilio Azcárraga Milmo, El Tigre, se presentaba él mismo como un ‘soldado’ del Presidente. Y Emilio Azcárraga Jean es el ‘General’ de las tropas priistas o de lo que se le pongan enfrente”.
Es muy temprano, la ciudad de México ha sufrido días de lluvia que parecen interminables. No fuma. Enfundado en un suéter de lana y un abrigo el novelista continúa sus juicios: “En general, los Azcárraga le han hecho mucho daño a la cultura en México y me parece que los dos primeros han muerto siendo muy infelices”, alza el tono de voz para enfatizar: “Vivimos, comemos, amamos, besamos, nos vestimos, jugamos, pensamos y hasta lavamos la ropa de la manera en que ha querido esta familia que ha educado a cuatro generaciones de mexicanos. Azcárraga Vidaurreta se jactaba de haber sido él quien había creado el concepto de ‘ama de casa’. Es una idea que le hereda a su hijo El Tigre, de que la radio y la televisión son medios que sirven únicamente para vender y él entendió que los electrodomésticos eran lo vendible por medio de la publicidad”, explica Fabrizio.
Y añade: “Condicionó a los medios a ser medios publicitarios sin importar el contenido. Todo es vendible. El Tigre dijo: ‘yo hago televisión para jodidos de una clase media muy jodida que nunca va a salir de ahí’. Esto lo dice en una comida en donde asistieron muchos intelectuales y cuyo fin era que participaran en el espacio noticioso estelar de su empresa. Y ahí están, todos los días opinando durante un minuto y medio. Azcárraga Jean ha dicho: ‘Nosotros nos debemos a la gente y nacimos con una filosofía’, es decir, haré lo mismo que mi abuelo y padre. No ha cambiado nada, no ha cambiado la televisión, no ha cambiado la forma de hacer telenovelas. Sigue siendo la misma historia de la cenicienta que a base de sufrimiento el destino la premia, historia dramatizada y de alguna forma inventada por Valentín Pimstein”.

El suplemento cultural Confabulario hace una crítica muy dura a su novela Nación Tv. El autor del texto, Javier Munguía, disecciona el trabajo de Mejía Madrid. Lo cuestiona. En la novela, Fabrizio escribe que el presidente Carlos Salinas de Gortari le consiguió el Premio Nobel de Literatura a Octavio Paz. Javier Munguía lo impugna, pues escribe que Fabrizio utilizó el recurso de la novela para decir cosas que no se pueden documentar, hace acusaciones muy duras pero no aporta ninguna prueba, basta el hecho de ponerlo en boca de un personaje, al fin, es una novela.
Mejía Madrid sabe de este texto. Frunce el ceño y se defiende: “Está especificado claramente en la novela que Aurelio Pérez se lo imagina en su oficina, es decir, eso nunca existió pero no hubo una ofensa del grupo de Letras Libres o por lo menos no fue visible por haber escrito yo eso, y haber hecho un retrato de Octavio Paz bastante duro. Hay que decir también que Paz fue muy cercano a Televisa, donde recibía muy buena lana. Si revisan la bibliografía que aparece al final de la novela verán que la gran mayoría de lo que yo retraté ahí fue tomado de los reportajes de Carlos Marín y Carlos Puig que escribieron en Proceso”.
La crítica de Munguía incomoda a Mejía, su rostro se endurece y continúa su defensa: “Me parece injusta. El trabajo se llama Maledicencia. No estoy de acuerdo, es como decir que Mariano Azuela escribió maledicencia al mostrar así a los mexicanos en Los de Abajo, o decir que es poco ético que Ricardo Garibay dijera que El Púas Olivares era un analfabeta y drogadicto. Las novelas no tienen por qué ser éticas. No tiene nada que ver una cosa con otra. El que escribió el artículo está muy confundido y desconoce lo que ha pasado en los últimos 50 años con la novela y la literatura”, aclara con cierto enfado el novelista.
No quiere dejar esa impresión, así que añade: “Tengo esa cosa, me afectan las incomprensiones y me valen madre los elogios. Cuando hay argumentos sí los discuto, no le tengo miedo a un buen debate. Es muy común en el periodismo. Alguien manda a alguien a escribir que tal cosa es una porquería. Los suplementos culturales en México están muy contaminados por grupúsculos que se dedican a golpear. Luego te enteras el por qué, que es porque uno participó en un jurado de letras y no salió premiado fulano de tal o porque uno reciba una beca y otro no y así”, dice el escritor mientras se frota las manos y desvía la mirada hacia la ventana.

Fabrizio Mejía pertenece a una generación que nace con el nuevo milenio. Atrás queda el boom latinoamericano, el post boom, las letras latinas y todas las corrientes literarias que han surgido. El cronista se ubica: “Mi generación en América Latina es una generación donde todos nos conocemos. Cosa que no pasaba desde el Boom, donde los escritores se habían conocido en París, casi todos miserables pero en París. Los autores latinos nos hemos conocido en la onda de las ferias literarias. Hay una gran diversidad de escritores de mi generación que hacen distintas cosas, pienso en Álvaro Bizama de Chile que hace una especie de escritura pop muy extraña y fantástica, mezcladas con cosas del cine Gore, con reminiscencias de la dictadura pinochetista, pienso en Álvaro Enguirre que hace novelas que son cuentos y cuentos que son novelas, pienso en Mario Bellatín”.
Mejía Madrid se sabe dentro de una generación muy ecléctica. Para él el momento por el que atraviesa la literatura latinoamericana es “muy rico y variado, con mucha experimentación” y encuentra un común denominador: “la mayor parte de los escritores vivimos de escribir en revistas, diarios o colaboramos en programas de televisión y radio o blogs muy solicitados como el caso de Iván Páez de Perú o participan de la vida pública sin ningún complejo, ya no hay discusión por eso. Es una generación muy grande, el boom era pequeño, seis, siete escritores, ahora somos muchos, cien”, contabiliza el escritor.
Fabrizio narra a El Búho sus autores contemporáneos que sigue, que lee: “soy fan de Philips Roth, me gusta todo lo que hace a pesar de lo que hace no es parejo. De John Oswald que me gusta mucho; Martin Amis del que presumo ser su amigo. Me gusta Juan Villoro, Mario Bellatín, Álvaro Enguirre, Martín Caparrós, Leila de Riero, Iván Páez, Héctor Abas”, concluye el escritor.
El cielo truena y en cuestión de segundos la lluvia comienza. Fuerte, no cesa. Pronto todos corren y buscan atajarse. Truena nuevamente el cielo. La entrevista concluye. Fabrizio Mejía llegará tarde a otra entrevista.