REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

Poemas


Benjamín Torres Uballe

Frenesí

Libre y virginal,
pariendo está la noche.

Tu piel es constelación de dos
que refulge en el presente.

En lo inédito del tiempo
renace el cielo con tu cuerpo.

Manos que son aterciopelado fuego,
cobijo y claustro donde estoy contigo.

Un sendero magistral que lleva…
a la cumbre del silencio fuerte.

Azulado es el resplandor;
embelesada, la Luna calla.

Tus ojos, aromáticas centellas,
dos luceros, dos tormentas.

Piernas de nardo, me habitas;
trenzan las horas, las magníficas.

Afluente de vida,
y la vida ya eres.
Esparces con ansia
rumor de laureles.

¡Ah!, Tierra, Tierra… tu piel es ceniza.
El viento canta dos odas,
almas aladas que son indómitas, pausas y rimas.

Desbordada virtud impetuosa,
¡angelicales niñas del mármol!

Cautiva, la luz palpita
tibia y blanca por tus pupilas;
mece el edén la claridad,
la llanura es infinita.

Frenética la vida,
se entrega aquí;
eres plácida mujer,
mezcla de pasión y niña.

Santuario

Nunca le pareció la vida tan hermosa ni tan remota la maldad.
Oscar Wilde.
El crimen de lord Arthur Savile
Capítulo III, página 25.

Me quedo solo, igual que hiedra perdida en el traspatio.
El ruido se ha marchado al miserable infierno.
Cuánto disfruto obscenamente del silencio.
Acaricio entonces la vida amplia… de los geranios. /


En la suntuosidad de las calladas horas,
mis manos inquietas ya reposan, en la nada.
Los rostros flotan sin remedio, en el recuerdo.
Viajan desbordados mis ojos al pasado. /


Relumbra el alma en libertad.
Los colibríes visten perfumados.
El mundo se contiene; curioso, mira sonriente la inminencia del verano.
La rosa dormita abrazada con la tarde púrpura de mayo. /


Suspira el viento en la avistada senda, cierta de los años ya marcados.
Muere abandonada en mis brazos la monótona sequedad de la zozobra.
Y bebo yo, en lentos sorbos, cada día, cada letra, cada hora. /

Sensaciones
En la sonoridad del gran silencio viven;
convergen los amantes en el ser, en el querer.

Palpitan las sensaciones de sus almas, en las sombras, en las auroras.

A besos, se comen deseosos, ansiosos;
se estremecen, rendidos florecen.

Incontrolados, son cauces de sus vidas;
álamos pariendo a impulsos nuevos.

Perdidos, solos, en el llano infinito de sus trenzados cuerpos.
Así renacen, viven.

¡Ah!, los amantes… se buscan, se encuentran; se pierden... reverdecen en su follaje.

Eternizadas noches, delirio.
Pausas interminadas, claros y sombras. Sí, permanecen… nunca se han ido.

Ninguna dicotomía, son raíces singulares. Breve dilema, cantan sus manos.

Ellos, cielo, infierno, llanto, risa… nada;
en lo extraño del amor confluye todo.

Rendidos sucumben en la planicie voraz de la vida, de sus sexos, de su tiempo.

Los amantes son nuevos y viejos, eros y juegos, sueños inmersos.

Los amantes, los besos, los tiempos… sus ojos, sus manos… otra vez cielo e infierno.








Piel Nocturna

Bajo la piel longeva de la noche camino solo, furtivo.
Mecen al viento los hijos del cielo, samaritano y preludio.
En la espesura solemne del tiempo hay unos pasos cansados.
Viajan luceros, cometas; mesura imponente, recuerdos pausados.

Las farolas danzan, como fallidos fantasmas, en los albores.
Enigmático, imperturbado, el universo es abanico meciendo colores.
Camino. Mi tiempo sin prisa. Sólo me importa ella... la vida.
Los pájaros son mensajeros, las estrellas señoras, la luna cautiva.

El sendero es mar, es agua de plata, caricia pronta, cauda, reproche.
Es doncella virtuosa a las doce, en el corazón de dos... yo y la noche.
El tibio aliento quiere besarme ocurrente, en la frente, en los ojos.
Mis manos son remolinos quietos, guerreros dormidos soñando, de hinojos.

Tiritan las luces, llegan los disfraces de las luciérnagas, de las gladiolas.
Cálido el aroma, envuelve en capullo el torrente que arrulla las horas.
Duermen tersas las letras nocturnas en el oído de las nubes curiosas.
Sus piernas son llanuras geométricas, la noche y sus labios lírica, poética.

Ángeles osados, encaramados en mis hombros; retozan, hay tornaboda.
Esparcen luceros prendidos y atrevidos, en mi taciturna boca.
A espaldas de mañana, estoico, el porvenir me espera sin amarras.
Camino sonriente, tengo argumentos; vivo sereno, osado... liberado.