REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Confabulario

El último protomacho creativo y perfeccionista en el país de las colas sin fin y de las narices de mango.


Rosa Cruz Ruizirruiz

Confidencias de una (poeta) seudoteibolera
Rosa Cruz Ruizirruiz (Marco Aurelio Carballo)

Para el ogro de mi padre y para mi madre, domadora de ogros: MAC

Hay muchos escritores que han ahogado lo que tienen de femenino por ese machismo que todavía ahoga a muchos escritores y escritoras mexicanos, capaces de escribir sólo realidades en blanco y negro.
Elena Garro

En América Latina, el paisaje de la literatura escrita por mujeres está ocupado en primer plano por escritoras que no tienen verdadero valor literario, y eso distrae de otras que son excelentes y profundas.
María Luisa Valenzuela

El feminismo tiene razón de ser, pero lo que debo hacer yo en el terreno de la creación, lo que me debo a mí misma, es ser libre.
Soledad Puértolas

Al llegar a México de Costa Rica me enfrenté a los meros machos, como Pedro Infante. El machismo ya pasó. No podía durar. ¿Qué ganábamos? Nada. Era complejo de inferioridad.
Chavela Vargas

La mayoría de las veces las mujeres son tontas, pero aceptables y, llegado el caso, agradables. Inteligentes también, pero raras veces.
Thomas Bernhard

El matrimonio no sólo no es felicidad sino que siempre es un sufrimiento, es el precio que el ser humano paga por la satisfacción de un deseo sexual, un sufrimiento en forma de esclavitud, de saturación, de repugnancia, de todo tipo de vicios morales y físicos del cónyuge, que hay que soportar: la maldad, estupidez, falsedad, vanidad, ebriedad, pereza, avaricia, codicia, el libertinaje.
León Tolstoi



Aclaración
Comentarios, ideas y opiniones de los personajes de esta historia son responsabilidad de ellos, en especial los del licenciado Leonardo López de León (Puerto de Veracruz 1954-Distrito Federal 2012). De ninguna manera los comparte Rosa Cruz Ruizirruiz .

Capítulo 1
Retomo el hilo, licenciado García-Corral… Me remito al lugar de los hechos… Quién sabe qué pensó Hércules al ver por primera vez a Papito Leo. No porque lo viera chueco, deforme de la cara. Peores caras debió ver en la cárcel… Hablo de ¿qué pensó al enfrentarlo?, sin que, al parecer, le importara el peligro. Me pregunto si Papito Leo le recordó a un defensor de oficio tracalero y se apoderó de él, de Hércules, un furioso ánimo de venganza incontrolable. ¿Se tentó el corazón para no atacar a su rival lisiado? ¿Decidió el ataque al intuir que estaba en juego su vida o la mía? ¿Llevaba la pelotita de hule macizo con la cual practica el tiro al blanco? Sí pero no fue ésa el arma arrojadiza, dado los truculentos resultados.
Me pregunto qué pensó Papito Leo cuando Hércules, viejo y chaparrito, macizo y útil aún, oxidado a medias, je je, le reclamó en su lenguaje carcelario ojetadas y chingaderas. Perdón. ¿Lo tomó como sicario cual lo sospechó el Trepamadres, el primo de a mentiritas de Papito Leo?, ¿echó Leo pestes contra mí? ¿Insultó a Hércules al sospechar en él a un ex convicto? ¿Se burló diciéndole abuelito ya no estás para estos trotes, o le dijo, persuasivo, que podía echarle una mano para jubilarlo de sus hamponerías? Enfermo y todo, descreo de que Leo se haya asustado, curtido como estaba en el trato con judiciales y con pillos, especializado en la rama penal en su profesión de leguleyo, lic, porque, argumentaba para justificarse, que ahí caen defraudadores en condiciones de pagar altos honorarios, dijo y, con suerte, un buen asunto iba a, comillas, sacarnos de la jodidencia, comillas, aunque él no creyera en la suerte. Como abogado, sus deseos no se cumplieron y la incredulidad, respecto a la suerte, tuvo su origen en que jugó Melate durante años con cero fortuna.

CAPÍTULO 2
Conocí al ahora difunto, a Papito Leo, cuando yo moría por ser poeta, lic… Se lo cuento para darle el contexto en el cual murió. Aunque pudo matarlo un susto antes del segundo ataque, esa vez al corazón. Porque si el primero, dos años antes, fue al cerebro y lo dejó en silla de ruedas, el segundo lo recibió en el meritito centro del corazón. Yo moría por ser poeta, y para serlo, no se necesita la universidad, aunque sirva de cultura general y para especializarse en letras y aprender a investigar esa materia. También para establecer relaciones cordiales a futuro, las que propician el exitoso desempeño de la vida profesional. Mas nos comimos la torta antes del recreo, expresión desagradable para mí.
Casada, ya no escribí. Por la pérdida de la vida apacible con mi madre y por la pérdida de mis sueños adolescentes, lic, no por haber dejado la escuela. Hablo de mis sueños despierta. El matrimonio me cortó la inspiración. Debí esforzarme, pero los poetas no se esfuerzan, se inspiran. ¿Eh? El matrimonio me inspiró a no escribir poesía.
Tuve otra clase de inspiraciones infernales. Pesadillas despierta, como suicidarme o cargarme a Leo. Ese verbo, cargar, aplicado así, me gana, lic… También las pesadillas de incitar mi alcoholismo y el de mis hijas. Vivía de depre en depre, rehusándome a seguir los pasos de Leo. La depre lleva al alcoholismo y yo, eufórica con dos, tres cubas, lo ignoraba.
Quise escribir un diario de todo cuanto me sucedía de casada porque cualquier esfuerzo en prosa narrativa hasta es indispensable. Pero abatida, sin ánimo de llevar esa clase de bitácora, una vida sin chiste, empecé a transcribir los monólogos de Papito Leo. No me contradigo. Fue a manera de catarsis y de ejercicios de redacción, lic. Él pudo desentenderse de mí, manos en la cintura, pero me atendía, monologando, él.
No, no me casé por mi embarazo. Papito Leo me ofreció matrimonio en un arranque de pasión por Lilia Prado con quien soñaba desde la niñez. La de Papito Leo, claro. Yo le recordaba a la actriz, en La ilusión viaja en tranvía, dirigida, como usted sabe, por el maestro Buñuel. Después le recordé a otra mujer o a otras.

CAPÍTULO 3
Vivíamos los años posteriores al terremoto del ochenta y cinco. El año ochenta y siete, el ochenta y ocho… Mi madre se asustó. Quería regresar a Comitán, Chiapas, o mudarnos a otro estado, porque también tiembla en Comitán. Ella hablaba poco de sus parientes y cero del pueblo. Después se le pasó el miedo y el tiempo de la posible huida. Papito Leo no quiso ni oír hablar de que ella viviera con nosotros. Está bien, dijo, de repente. Tu madre, tú, el Trepamoders y yo. Leo y su primo falso, el Trepamadres, habían vivido juntos de estudiantes en la colonia Portales, lic. Así que, recién casados, quiso negociar, ¿ajá? Mas respecto a vivir con el Trepa yo no iba a ceder… Además el Trepa vivía con su segunda vieja, como nos llamaban ellos dos a nosotras.
Me dolió dejar a mi mamá porque se le bajaron las defensas. El terremoto debió generarle negros pensamientos. Una puede morir al girar una esquina, mas en un terremoto aterroriza morir aplastada, asfixiada, hundida en una grieta.
Recuerdo que ebrio, Leo soltó esta frase:
No es simple reacomodo de las capas tectónicas como respuesta al ajuste de la maquinaria cósmica, es poda, tijereteo a ciegas de una fuerza superior que le devuelve a los terrícolas la puta memoria, haciéndolos hincarse y clamar piedad, a los culéis. Eso sí, agregó, haciendo cola, hincados


CAPÍTULO 4
Si acepté casarme antes que morir en un sismo, hice mal. Lo sé. ¿Por qué el apremio? Mas ¿fue un impulso? Los impulsos ayudan a empezar a escribir una historia, según sé, no a conservar ningún matrimonio. Para casarse, aprendí tarde, hay que pensarle un poco. Aunque enamorada no le piensas, según sé por lo que he escuchado y visto. Es que yo no estaba enamorada, lic.
A Papito Leo, ebrio, le pregunté por qué se casó él. Pudiste haber seguido tu camino, y yo el mío, le dije. Ay, Petacona, qué cosas dices, dijo él. Algún día iba a casarme. Pudiste esperar a una mujer sin grandes petacas y sí con mayores prendas intelectuales, insistí. No te azotes, dijo él. En el despacho todos eran casados. ¿Cómo quedarme atrás?

CAPÍTULO 5
¿Estaba don Superbuenasmaneras perdiendo oportunidades de socializar en parejas? Nada. Mentiras. Eran reuniones sin esposa. Los viernes a beber porque sí y los sábados para ver el boxeo.
Él y sus amigos disponían de una mesera bien abusada a base de los electrochoques semanales que le aplicaban, vía las torturas mentales. Eso sí, con permiso para salir a comprar cigarros, hielo o trago…
El primer infarto, el cerebral, le dio a Papito Leo durante los minutos de una salida mía a la esquina, corriendito, a comprar hielo. Me regañaba si no tenía a la mano la parafernalia completa de su borrachera a tope. Olvídese del corriendito...
Yo procuraba hacer las compras cuando ya estaban todos, o lo ponía de mi sueldo. Al sacar el invitado dinero de su bolsa, al ver que yo atrasaba el cumplimiento de ir a la esquina por lo que fuera, Papito Leo simulaba ante sus amigos una generosidad inexistente. En esas compras, me quedaba con el cambio para recuperar algo de mi dinero. Humillante.
Gracias a los Gandini, a la vecina, y al exfutbolista restaurantero, su exmarido, argentinos ambos que aparecieron en el reducido panorama desértico de nuestra vida, gasté ya sólo en los cubitos de hielo. Al principio la vecina nos informaba de que habían llegado las vituallas como para un batallón. Así las llamaba ella, vituallas.
Leo y el señor Gandini fijaron un día a la quincena, uno antes de la cita con los amigotes porque así convenía a Leo. Esos amigos llevaban su propia botella de vodka o de whisky porque no todos bebían cubas con pécsis, y si hacían el intento o la finta de cooperar para la botana, Leo lo impedía.
Si no se terminaban la botella, yo la guardaba y al acabársela iba yo a la tienda por otras, previo pago, y por cigarrillos y papas y pistaches.

CAPÍTULO 6
Ya en serio, ¿por qué te casaste?, le pregunté. Porque en La Milagrosa te vi los pies y me gustaron, dijo, misterioso. ¿Era su fetiche porque los suyos, sus pies, resultaban monumentos a la fealdad? ¿Me parecía a Lilia Prado en los pies? Él siempre hablaba supuestas maravillas, ebrio, de mis pechos y de mi derriere, diría Juanita, mi compañera de trabajo En sus momentos de afrancesamiento. De ser así, dije debiera pasearme desnuda y descalza. Recuerda, petacona, dijo Papito Leo, casi todos los estuches de las joyas son rojos. ¿Era un piropo? No me la creí. Por lo pronto ofreció pagar las zapatillas y no lo hizo. No volvimos a La Milagrosa. Cuando menos yo no. Quién sabe si él con su segundo frente, o con su escudero, guardaespaldas, alcahuete, etcétera, el omnipresente Trepamoders. Buen restaurante, afirmaba Leo, pero devino en lonchería. Lo cierto es que lo era ya cuando conocí a tu señora madre. Era ya un figón pretencioso.

CAPÍTULO 7
Nos conocimos en la prepa seis, lic, donde el triple Ele, como llamaban ahí a Papito Leo, daba clases. A nadie le comenté nada. No tenía amigas por falta de tiempo para andar en cafeterías o parques. Ellas iban en grupo al centro de Coyoacán, a unas cuadras de la prepa. No pasaban de cuatro, justo las que cabían en una banca del jardín. Las acompañé un tiempo. Compraban papas fritas, tacos de canasta o nieves. Sentadas en la banca siempre se referían a sus respectivos novios o a sus tratamientos de belleza. Cuando se nos acercaban los chicos de otras escuelas o de barrios cercanos a ofrecernos chucherías eran despreciados sin miramientos. Dejé de acompañarlas cuando trabajé de recepcionista o envolviendo regalos. Ellas habían descubierto unos sospechosos pollitos rostizados. Sospechosos por diminutos. Casi casi tamaño paloma. Como las que pululaban por el jardín, perseguidas por los niños que pretendían alimentarlas con granos de maíz. “Soy tonta pero no tanto”, decía una, la más robusta, cuando, sentada con las otras en la banca, escogía la pechuga…

CAPÍTULO 8
Papito Leo me agarró bien mensa, lic, y a él se le quedó el síndrome del profesor porque todo el tiempo estuvo dándome lecciones de vida… Ya era abogado cuando daba clases de ética en la prepa, y de civismo en una secundaria. Me llevaba como diez años de edad. Yo iba para letras. El Triple Ele quiso lavarme el cerebro con el sobado vaticinio de que moriría de hambre de escritora y moriría dos veces de hambre de poeta. Como si al poeta le importara morir. Como si el poeta no muriera en cada poema.
Aquí le va un ejemplo de lo mensa que era yo, pero no tanto, je je. Cierta noche, insinuó que yo podía ser integrante de una orquesta. Él estaba echado en la cama con un brazo detrás de la cabeza y el periódico sobre la barriga, en espera de mi bailecito. Porque yo le bailaba desnuda, licenciado, o eso creía él o le valía un diputado matraca, una de sus expresiones, que sólo me paseara, porque a su juicio no servía ni de bailarina... Acabábamos de cenar y Leo estaba ebrio. Él fingía meneársela, o haciendo como que, para escandalizarme, el asqueroso…
¿Integrante de una orquesta?, ¿de pianista?, le pregunté. No, con el violonchelo. ¿Y eso? Pensándolo bien sin orquesta, dijo. ¿Por fin?... Me estremecí. Había sentido un supuesto aire colado, como le llaman. Sí, sólo para mí, dijo. Aquí donde estoy yo y tú enfrente. ¿Qué tocaría?, pregunté. Eso vale madre, Rous. ¡Joder! No entiendo. No entiendas, nomás obedece, dijo. Llevarías un vestido de esa tela que traes… y, desde luego, con tus zapatillas. Sin que yo entre en detalles aburridos, lic, mi vestido era azul oscuro de algodón hindú, comprado en un tianguis. De segunda mano, sospecho. ¿Y? pregunté. Te acercarías el violonchelo, dijo y abrirías las piernas y medio te abanicarías con el vestido. El degenerado. No, todavía falta, dijo. ¿Ah sí? Sin calzones… Le aventé el vestido a la cara, lic.

CAPÍTULO 9
Desde luego había profesores más guapos que el Triple Ele, que el licenciado Leonardo López de León. Dos dos, diría juanita, recepcionista en mi trabajo. Dos, dos significa, creo, así así... Las compañeras hablaban de los solteros jóvenes. Al profesor de ética, al Triple Ele, a Papito Leo, lo veían prietito y divorciado. ¿De qué otra manera iban a verlo a sus treinta y pico? Pero los jóvenes no garantizaban ser buenos partidos por el solo hecho de ser jóvenes.
A esa edad nuestra ¿quién pide garantías? ¿Quién firma contratos prenupciales, por ejemplo? ¿Los burgueses? Leo nunca jamás los mencionó. Ni siquiera bajo el régimen de separación de bienes. Lo que juntan, decía, lo que aporta cada uno a la buchaca familiar, es la jodidencia de uno más la jodidencia de la otra.
Yo estudiaba sin saber quiénes eran los candidatos de mis amigas. Me fijé en el Triple Ele porque él se fijó en mí.
Después viviré arrepentida. Debí ser más consciente... Aunque ¿quién conoce a su pareja antes del matrimonio? Si quieres conocer a Andrés, manita, vive con él un mes, decía Juanita. Supe de todo cuanto Leo pensaba de lo mío, ya de casados. Es decir, a él lo tenía sin cuidado mi vida. La vida profesional importante era la suya. Yo contaba para recordar sus días de mojarras y de sus otros platillos preferidos. Detestaba los chiles rellenos sin capear. Son más sanos, le dije, recuerdo. El huevo absorbe mucho aceite. Pinche, Rous, dijo. Sentemos jurisprudencia en la materia, los chiles rellenos sin capear son tan absurdos como tu pozole de pollo. Si me gustara el pozole, y no el mondongo, menudo para los chilangos, sería de puerco, y de cabeza de puerco. Es todo.