REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

Primer prueba


Franco Gariboldi

Dieciséis años de edad constituyen, a veces, por sí solos, un problema de difícil resolución, complicado desarrollo y contrariado planteo. Al menos así pensaba Elías, hijo de don Elías y nieto de Elías el Viejo, potencial heredero de una timidez, una farmacia, un auto y un campito.
De todo lo que poseería, aquello que más lo preocupaba era su timidez, su miedo a poder abordar a otra persona para conversar.
Y no era infundado su temor, siendo que la única otra persona en quien pensaba mañana, tarde y noche era la bella hija del mecánico del pueblo, el socarrón Cosme Vargas, un cincuentón divertido, bromista y muy canchero que vivía tomándole el pelo a todo el mundo.
Pobre de Elías chiquitito, mimosito, poca cosa, calladito, si el padre de Betina se enteraba de su pasión. Podía llegar a despellejarlo vivo con sus cargadas y dichos.
Desde atrás del mostrador de la farmacia/perfumería/regalos/se hacen encomiendas, pasaba las horas muertas de la siesta intentando hacer que su desatento cerebro asimilase ideas como cuántos protones tiene el cobre, cuál es el perigeo de la luna y con cuántos hombres, bestias, semihombres y cuasibestias cruzó Alejandro el Cruel las arenas del Mar Rojo ¿o no era así?
Todo por culpa de Betina.
Ella y nadie más que ella era la culpable de la angustiante sensación que lastimaba el espíritu de él, con su casi mayoría de edad, su aire tan resuelto y dicharachero para hacer amigos, organizar reuniones y no pasar desapercibida en ningún lado, su aire de superioridad anímica.
Él sabía muy bien que era una meta inalcanzable. Un imposible. Nunca ella se dirigía directamente a él, el insignificante Elías nieto de Elías el Viejo, adolescente de indefinida personalidad al que últimamente le había dado por escribir aborrecibles versos de amor donde el nombre de ella figuraba de todas las maneras posibles, en rimas inconfesables de dudoso gusto donde coincidían “niño” con “cariño”, “amor” con “dolor” y “Betina” con “sordina”.
Mientras tenía medio cerebro ocupado en estudiar, el otro medio en pensar en su amada, con el otro medio (tenía tres medios cerebros) pudo orientar sus ojos hacia la puerta de entrada.
Era ella.
Ella que entraba, sola, sonriente, diáfana, angelical, auroleada de incandescentes rayos de nímbea luz, despertando la dormida alegría a su paso, haciendo tintinear invisibles cascabeles y derramando tenues idílicos perfumes de orientales esencias.
Su repentina aparición le aceleró el pulso y le paró el desprevenido corazón. Toda la gaya ciencia no podría explicar ese milagro, pero él sabía que tenía las venas heladas y la sangre hirviendo.
Posó ella sobre él una dulcísima mirada que indicaba, sugería, planteaba y proponía la apertura a un diálogo franco, sincero, emotivo, amable, íntimo, particular.
-Hola, Elías –dijo con melodiosa voz aquella aparición, y él se sintió transportado al mundo de los deseos cumplidos, de los sueños posibles, de lo inalcanzable realizado, al darse cuenta de la manera en que sus labios envolvieron el suave aliento al emitir una por una las pocas letras que indicaban su nombre.
Nunca en su vida pudo recordar con qué frase respondió, pero con seguridad fue solamente una palabra, un monosílabo, un gruñido, un gesto, o tal vez fue quedarse mudo, estático y deslumbrado como una griega estatua de blanco mármol.
Un arco iris de perfecta curvatura nació en la balanza, iluminó con sus seiscientos veintinueve colores transparentes al sucio ventilador de techo de tres paletas metálicas y se perdió tras la vitrina de los pañales descartables y las toallitas femeninas.
Aparecieron inexplicablemente diminutas estrellitas color plata, incandescentes, refulgentes y de luces oscilantes, que formaban círculos, espirales, nebulosas, enmarcando regiamente la celestial figura humana/divina que tenía ante sí.
-¿Sabés, Elías? Papá no va a estar el fin de semana, así que quedaré sola en casa. En tropel acudió a su mente el recuerdo que ella era huérfana de madre y su hermano se había casado hacía poco, estableciéndose en otro pueblo.
El mohín que ella hizo al pronunciar la palabra “sola” abría una gama de posibilidades de interpretaciones cuyo desarrollo podría intentarse llevar a cabo en una o dos semanas.
La mente de Elías latía, brincaba y se ahogaba ante tamaña confesión. ¿Era ella que había decidido apremiarlo, al haberse enterado por otros/otras que él tenía un desmedido e inconfesable interés en despertar en ella alguna clase de sentimiento, así fuera asco, repulsión, odio, vergüenza, desprecio, ira, y, en una de ésas, atracción, amor, pasión?
Desde atrás de su graciosa figura, sus alineados brillantes dientes, atrayentes labios, tersos pómulos, firmes pechos, rubia cabellera y destellantes ojos claros, sabiéndose dueña y dominante de la situación planteada, fue capaz de pronunciar ordenadamente todas las palabras, todas las letras, todas las pausas que, organizadamente hicieron vibrar en el aire aquella frase cuyo significado no pudo asimilar Elías en un solo golpe.
-Elías, voy a estar sola. Y quisiera pasarla bomba en buena compañía. Sonaron cien trompetas afinadísimas, cayó de pronto toda la nieve del Éverest, se detuvo el Universo y la Tierra recobró su forma original de media pelota asentada sobre tres elefantes parados en el lomo de una gigantesca tortuga que nadaba en un mar de leche.
¿ Con qué palabras se lo contaría a los escasos amigos del Tercero “A” Turno Mañana a los que vería recién el lunes? ¿ Qué pensaría la Dientuda Ofelia que en la Fiesta de la Primavera lo había ignorado, cuando los viese caminar tomados de las manos por las polvorientas calles y veredas pueblerinas, asombrándose de redescubrir el mundo, encantados por la vida, la lluvia, el sol, los pasacalles políticos conjugando imperativamente el tenebroso verbo votar?
No hubo por un precioso instante más guerras en el orbe, ni Papas, ni coimeros, ni hambre, venganza, lujuria, o reclamos de hordas menesterosas pidiendo cabezas de reyes para adornar improvisadas picas subversivas.
La existencia total de la humanidad se condensaba y resolvía en forma eficaz en aquella proposición enunciada y no concluida.
Dentro de su temblor, tartamudez, desdominio del idioma e incomportamiento gestual/corporal, sólo atinó a abrir su mano derecha sobre el mostrador, con la palma hacia arriba, por si acaso ella quisiese refugiar la suya en aqueéla, anidando su fina y blanca manita, estrechando un vínculo que comenzase por el inocente contacto de una táctil piel, anticipando fogosas caricias.
Pero ella, ignorando su mudo gesto de apertura a un futuro venturoso, sin modificar para nada su dulce tono, siguiendo con la caracterización que se había impuesto, casi como al descuido, dejó caer el pedido cuyo enunciado llenó el claro salón con una voz que pareció transformarse en un terrible y espeluznante bramido, rompiéndole de un certero golpe el corazón y todas sus arterias, infundándole el sentimiento que lo agobiaría durante el resto de su vida: que todas las mujeres son pérfidas, perras, malvadas, traidoras, asquerosas, repugnantes, odiosas, interesadas, crueles, despreciables, vacías, tontas, malditas de Dios, inconstantes, desvergonzadas, impiadosas, lascivas, atorrantas.
-Che, Elías, ¿me oís? Viene un chico de San Vicente para pasarla juntos. Vendeme una docena de preservativos, que el whisqui ya lo tengo.
Cayó su corazón como desinflada pelota de cuero número cinco, explotó contra el damero de gastados mosaicos de la farmacia, y derramó un barril de oscura sangre cuyas salpicaduras mancharon con repugnantes redondeadas figuras geométricas las paredes, muebles, cielorraso, ventanas, vidrieras y piso de la farmacia en cuyo interior pasaría el resto de su vida, envejeciendo lenta, ruinosa, silenciosa y rencorosamente hasta convertirse en un olvidable objeto enmohecido.