REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
26 | 05 | 2019
   

Confabulario

Motivos para la danza


Roberto López Moreno

I
Esta mañana vamos a hablar de Tlatelolco.
¡Comience la danza!,
como si nos fuera dada la capacidad
para llenar las mañanas de tristeza,
de odio y de rencor profundo,
de miedo.
Esta vez vamos a hablar de ese rencor magnífico
que pudimos guardar por tanto tiempo
para no romper el papel depositario
y acabar por decir nada
en un manchón de tinta amotinada.
A muchas frustraciones de distancia
regresamos a nosotros mismos,
volvemos a ver nuestro pellejo,
aquél que guardamos tan celosamente
mientras el cielo llovía bengalas sorpresivas.

Hay veces que el dolor nos duele tanto
que no se habla con palabras,
que hablamos con sudores, con orines,
con la saliva que se asfixia impertinente
agolpando la mitad del pecho.
Ah, pero nosotros, los periodistas
de un mundo equilibrista,
seguimos escribiendo,
llenando nuestras páginas con tinta comercializada;
ustedes, los burócratas…
seguimos burocratizando el sueño;
y ustedes, médicos y abogados,
seguimos engrasando las ruedas del sistema;
y ustedes, maestros en aulas desdentadas,
seguimos geómetras de cuadros para el miedo;
y ustedes, estudiantes,
proseguimos gritando a media calle,
agitando nuestros ramos demagógicos
hasta que el puesto oportuno te amordaza.

Total, aquí no pasa nada,
fulanito de tal murió de cáncer,
la mengana se acuesta con mengano,
el dólar se cayó desde el empire,
la mafia reprobó a juan de las pitas
y cualquier deslenguado posa en genio
porque se encuera en nombre de la Zona Rosa,
mientras, la fuerza se ahoga en un tumulto de agua.

II
Esta tarde vamos a hablar de los recuerdos.
Vivíamos en un cuarto total, destartalado,
en donde le debíamos hasta al aire.
Éramos nueve fulanos mal dormidos
que nos repartíamos el hambre democráticamente.
Uno estudiaba economía,
otro era piloto,
otro más trabajaba en una fábrica
y ahí, y entre nosotros,
aprendió la palabra plusvalía;
tres venían del desierto
con la sed en sus células resecas;
otros dos ordeñaban a la física
y yo me carcajeaba haciendo versos.
Por las noches, en lugar de buena cena
bebíamos cerveza,
y cantábamos,
y decíamos poemas congregantes:
“puedo escribir los versos más tristes esta noche…”,
y hablábamos de novias y de adioses.

Éramos nueve que hablábamos de mítines,
de las contradicciones,
de Marx y de Proudhon,
pero ninguno de nosotros conocía el plomo,
por eso es que después nos dispersamos,
cada quien con su propia banderita
de paz sobre su hombro.

Yo lo vi, fui testigo amedrentado,
primero un helicóptero y después la muerte.
El crimen que nos llega desde el cielo,
rotundo, repugnante,
arbitrariamente gorilezco,
y la voz fratricida:
“en mí no cabe el odio”,
y su eco irresponsable:
“a mí la historia me hace los mandados”,
y mientras, el asfalto,
con su deshojazón de piernas, de ojos, de manos,
de gritos despetalados por la bayoneta rígida.
Allá una mujer embarazada,
acá, diferentes zapatos de muchachas,
solos, deshabitados,
y padres que preguntan por sus hijos,
más allá, una manta con la efigie del Che
envuelta en agua triste,
por todas partes el odio y la angustia,
las ventanas con sus bocas abiertas,
ahogadas por el frío
y en Palacio un presidente que dice:
“aquí está mi mano”,
y un pueblo asustado que responde entre dientes:
“que le hagan la prueba de la parafina”.
Eran como pájaros helados, desalados,
untados en el pavimento indiferente.
Eran como una maldición por siempre.
Éramos nueve que ya sabíamos del plomo, divisor certero.
Un mal recuerdo en un tumulto de aire.

III
Fue en Tlatelolco
nosotros lo vimos esa tarde,
con nuestros ojos ardientes lo vimos,
lo sentimos, lo palpamos, nosotros lo vimos.
¡Dancemos!
Destruyamos todo con la danza
para hacernos la luz y el nuevo tiempo,
hacer el canto.
Fue en Tlatelolco,
nosotros lo vimos,
estaban todos reunidos para empezar la danza.
Era la primera época,
fue en Tlatelolco,
el quinto sol danzaba sobre nuestras cabezas,
la piedra era la cama de los siglos,
la lengua de los hombres,
la lengua de los vientos,
la lengua de esa tarde,
de allá del cielo bajo,
fue del cielo que bajó
como un relámpago,
el rayo verde,
la raya verde,
la muerte verde,
los hombres se reunían para iniciar la danza,
luego llegaron los perros de la muerte,
babeaban,
sus pisadas sobre las escalinatas,
plam, plam, plam,
sus pisadas,
plam, plam, plam,
sus pisadas,
plam, plam.
Del cielo cayó un cometa,
un rayo verde, un relámpago verde, una estrella verde.
Nosotros somos testigos.
Caían sus pisadas, plam, plam, plam,
sus pisadas plam, plam, plam,
clavaban sus pezuñas en el piso,
babeaban,
los hombres caían en medio de la danza.
Que florezca todo
porque todo está muerto,
porque mataron todo.
Que se acabe todo porque reconstruiremos todo,
lo haremos todo,
nacerá todo,
volverá todo con la danza,
dancemos,
sus pisadas,
plam, plam, plam,
reconstruiremos todo con la danza,
porque acabaron todo,
porque mataron todo,
todo murió en un tumulto de fuego.

IV
¡Comience la danza!
Porque esta noche
nos hemos echado al hombro un compromiso,
el de encontrarnos nuevamente,
el compromiso de hablar
hasta la fatiga misma de nuestra saliva,
a palabra calada.

Hay que romper los verbos y la sangre amordazada
para marcar el asco con toda nuestra lengua
y quemar con la ceniza de los muertos ciegos
una cruz en la frente de los criminales,
el que dio la orden en Palacio,
“el responsable soy yo”
y las hienas de pronta ejecutoría.

Y bien, todos los días son hoy,
que lo digan los cuerpos cerrados para siempre en Tlatelolco
con las venas vencidas en las escalinatas,
que lo digan los herederos de ese rito cruento,
sobre 68 deyecciones,
el que salió de su casa un diez de junio
para rebautizarse con la muerte,
el que azota las plumas lastimadas
en subterráneos plenipenitenciarios.
“El responsable soy yo”.
Sí, claro, el responsable eres tú, pero también yo,
y todos los pronombres personales del idioma,
y todos los minutos silenciosos,
y el desconocimiento de la palabra ¡Basta!
En esas condiciones
me asusta entrar a las maternidades de luz vertiginosa,
palpar mi piel intacta
y que mañana siga siendo el hoy de siempre,
y saber que jamás olvidaremos Tlatelolco
desde esta descarnadora tumultez de tierra.

V
Aquí se acabó la danza… ¡Dancemos!


* Publico este poema completo como respuesta a las burlas y bajezas, propias más de hampones, que hicieron hace días ciertos locutores de televisión durante la conmemoración de tan dolorosa fecha.

**Tomado del libro del mismo nombre. Edit. Factor.