REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Artes Visuales

Rojo Pompeyano


José Juárez

La llegada furtiva al museo de Antropología fue muy agradable y tonificante, sobre la explanada el sol esparcía delicadamente el calor de sus rayos y sacaban el néctar de las flores que aún queda suspendido en el aire, como se suspende en el mismo lugar el colibrí de rojo plumaje mientras succiona el néctar de las flores durante la hora matinal. Aquí se respiran los perfumes frescos y aromáticos de los pistilos que sobresalen por encima del follaje de los árboles centenarios del bosque de Chapultepec, que aún llega a mis sentidos plenos. El museo exteriormente parecía poco concurrido a esa hora, más bien daba la impresión de un sepulcro de mármol, aquel recinto lleno de privilegios culturales.
Sin embargo, dentro de las salas el público se arremolinaba y tibiando un poco más el paisaje museográfico pompeyano, era una sensación cálida como si hasta nosotros llegara el calor derramado por el Vesubio.
Los visitantes que circulan por las salas, estaban inmersos en la información de cada cedula explicativa, se veían ensimismados como en un libro abiertos observando las obras y las fichas técnicas las cuales me parecían repetitivas y recargadas de información y fechas.
Todas esas imágenes trajeron a mi memoria la tragedia de la ciudad de Pompeya. Recuerdo las imágenes vivas como en un sueño, y cómo era el terreno en que estaba edificada la población de Pozzuoli a la orilla del Golfo, las edificaciones se habían ido elevando durante los últimos seis meses, hasta casi un metro por encima del nivel del mar y, al mismo tiempo, la línea costera de la isla de Ischia frente al extremo noroeste del golfo, había acusado un notorio hundimiento. Desde entonces se habían podido registrar frecuentes sacudidas sísmicas.
Pero un luminoso día de invierno, bajo el reinado de Nerón, el 5 de febrero del año 62 d.C., toda la región sufrió un primer sismo catastrófico. Ese día Herculano y Pompeya habían quedado en parte destruidos y la población próxima debió ser evacuada.
Muchos de los objetos artísticos que volví a ver en el Museo de Antropología son los que la espléndida museografía nos mostrara en los muros y en las maquetas de los palacios, que al girar la mirada, todos ellos circulaban como si se tratara de una escena fílmica, ante los ojos desorbitados y atónitos de los visitantes. Las variadas piezas monumentales en mármol blanco de Carrara y rojo Ereño, de las canteras españolas, desfilaban una tras otra, como en una pasarela de modas: erguidas y vestidas con sus mejores galas. ¡Todas las obras son impresionantes y de gran calidad artística!
Desde que se publicó la información de la muestra en el diario Reforma decidí precipitarme como fiera hambrienta, para absorber por los ojos y otros sentidos la muestra de 101 piezas viajeras, del Museo Arqueológico de Nápoles. Todas aquellas joyas extraídas de las minas sepultadas, que han sido excavadas en esta última década. Obras confiadas a las manos sensibles que el museo mexicano organizó con delicadeza propia.
Se trata de villas de la región italiana de la Campania, que antaño destruyó el volcán que vino del fondo del mar. Eran magnificas residencias recreativas; palacios de emperadores, artistas, políticos o mercaderes, en las que pasaban y daban rienda suelta a sus pasiones voluptuosas; ahí permanecían largas temporadas —en verano— para descansar o tonificarse de alguna enfermedad.
El paraíso pompeyano constituía un signo de opulencia, nadie lo ha negado. Las villas nacieron y propagaron desde el siglo 2 a.C. hasta los días fatídicos del 24 y 25 de agosto del año 79 d. C., en la que fueron sepultadas las ciudades de Pompeya y Herculano. Se rumora que los emperadores de la dinastía de Julio–Claudio (Agusto, Tiverio, Calígula, Claudio y Nerón), además del poeta Menandro, fueron algunos de los personajes privilegiados que expresaron alguna vez con gran euforia: “Ver Nápoles y después morir”.
La imagen del viaje relámpago que realice en 1967, y que duró quince días únicamente, vino a mi memoria, instantánea como quien abre una página electrónica, así también llegué la primera vez a la zona arqueológica de Pompeya.
De entrada nos presentaron, y me saludaron de mano, aquellos cuerpos petrificados, para ofrecerme la bienvenida. Mi anfitriona Médane con sus manos calcinadas, me tomaron la mía, para llevarme a las villas prohibida, decoradas con pintura erótica. (ENTRA FIGURA NÚMERO 1 QUE ESTÁ AL FINAL DE ESTE TEXTO)
¡Claro está..! Desde ese instante tuve que aceptar sus acosos sexuales…, para compensar tan imprudente deseos de Médane….
Poco a poco su rostro cambiaba de tonos rojizos a rosados, al sentir mis caricias lascivas; mientras percutía excitado el rítmico obturador de mi cámara, para guardar esos momentos como un suvenir de viaje.
Al despertarme ebrio de recuerdos, cinco décadas después.
¡Ahora soy yo!..., quien se quedó petrificado, inmóvil frente al maravilloso panel bañado en rojo; un rojo ajeno al pudor y al recato. Se trata de sulfuro de mercurio (HgS), comúnmente llamado cinabrio. Es un pigmento rojo intenso usado comúnmente para cubrir el fondo de las pinturas, confiriéndoles así un fondo rojo uniforme. (ENTRA FIGURA NÚMERO 2 QUE ESTÁ AL FINAL DE ESTE TEXTO)
Ahí estaba nuevamente la bella Médane quien representaba una escena teatral con dramatismo poético, la delicada iniciación dionisiaca, a la que debían someterse, sumisas y convencidas de su deber las jóvenes doncellas pompeyanas. Su cuerpo desnudo de ella estaba envuelto en el nácar carmesí que contrastaba con el fondo rojizo que incendiaba la Villa de los Misterios. A la izquierda me conmueve un silencio, la ausencia absoluta sobre el muro, la figura que no se ve, del genio alado de aspecto femenino; en ese espacio pleno de matices sonoros sólo se puede contemplar, en el panel visible, a la joven sometida y flagelada que se refugia en el regazo de una sacerdotisa. A la derecha, una celebrante desnuda danza al son de los crótalos. Mientras en el resto del patio destaca una escena amorosa, y la dulce y apacible sensualidad, es un instante de intimidad, como lo describe el poeta Ovidio: “Cuando estuve ahí, al fin, ante mí, sin ningún velo, mis ojos no distinguieron en todo su cuerpo una tacha. ¡Qué hombros y qué brazos aquellos que estaba viendo y tocando! ¡Qué hermosura de senos, tan apropiados para oprimirlos! ¡Cuán liso su vientre bajo el correctísimo pecho! ¡Qué línea la de sus caderas! Nada vi que no se pueda alabar en ella, y, desnuda la apreté estrechamente entre mis brazos. ¡Lo demás, quién lo ignora!
Todas esas vivencias, fueron como un orgasmo provocado por tanta belleza seductora.
México, D.F., sep. 28. 2010