REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

Arca de Noé

Las calles y la política


Jorge Herrera Velasco

No, no me refiero a la política que se hace en las calles mediante marchas o plantones y demás expresiones de inconformidad que abundan en la Ciudad de México. Me refiero a las calles en su aspecto físico, que han llegado a ser verdaderos tormentos de los automovilistas y de cualquier transporte que tenga que rodar para transitar.
Cualquier conductor de esta ciudad sabe bien que, tal vez exceptuando algunas pocas vías principales, el pavimento ha perdido su lisura (si es que alguna vez la tuvo), sea por baches o por protuberancias producidas por un pésimo bacheo, y con frecuencia está prácticamente destrozado. Circular sobre él representa un reto a la pericia, que recuerda el transitar en un slalom, donde hay necesidad de avanzar zigzagueando para no caer en agujeros o brincar por los parches boludos que dejan al “repararlos”. Y las cosas se complican más aún en época de lluvias, cuando los encharcamientos ocultan traicioneras trampas que incluyen alcantarillas sin tapaderas y que acaban con suspensiones y llantas, e incluso llegan a afectar algunas estructuras óseas de quienes transitan por tan maltrechas vías. Es evidente que existe, o una gran ineptitud de las autoridades de la capital para resolver eficazmente el problema, o un gran negocio que logran los funcionarios encargados de atenderlo al paliar el problema con soluciones que sólo lo perpetúan, haciendo de esto un despilfarro de recursos, o haciendo surgir la lógica sospecha de que resulta redituable estar reparando mal las calles; hay cintas asfálticas que ni siquiera de nuevas permiten circular confortablemente, sea porque el pavimento parece tener ondulaciones, o porque las juntas que unen los distintos segmentos de un paso a desnivel tienen un borde, producto de un saliente, o un hueco que no cubrió el asfalto o el concreto. Así se ha llegado a un fatal extremo de deterioro.
Me parece que puede encontrarse una analogía entre el estado físico de las calles de la Ciudad de México y la situación política, social y económica del país, cuyos gobernantes, desde hace no pocos decenios, han creado un sistema que no ha sabido o, por conveniencia no ha querido, instrumentar soluciones efectivas y duraderas, pero que sí ha construido, en los tres ámbitos de gobierno, un régimen a la medida de sus insultantes privilegios en múltiples formas. Gobernantes, con frecuencia ineptos, que se sienten merecedores de estratosféricos salarios auto-asignados con sus súper-jubilaciones, aguinaldos, bonos, servicios médicos, comidas, coches, choferes, viajes, cajas de ahorros inverosímiles, goce de periodos vacacionales larguísimos, tráfico de influencias, y un etcétera de insultantes canonjías. Son gobernantes que, con ello, están discriminando a la sociedad que supuestamente representan, y que muchas veces ni siquiera han sido elegidos, como es el caso de los legisladores plurinominales. Quienes llegan a ocupar esos cargos de legislador, magistrado, secretario de Estado, funcionario de alto nivel, secretario sindical, “asesor”, etcétera, disponen de un jugoso botín que lo exprimen al máximo y tratan de perpetuarlo en lo posible.
Según transito por las calles y voy viendo los obstáculos para seguir avanzando a mi destino, vienen a mi mente distintos aspectos de la problemática del país. Cuando caigo en algún bache pienso en la miseria lacerante, o en la discriminación que ejerce el Gobierno, o en la ineptitud de muchos gobernantes, o en el terrible retraso educativo, o en la gran corrupción que nos abruma, o en la impunidad imperante, o, o, o…
Pero el gran bache lo constituye la gran ausencia de valores éticos de gobernantes, funcionarios y líderes sindicales, así como también de empresarios y simples ciudadanos ávidos de un enriquecimiento rápido y a como dé lugar; capaces de eludir, no sólo las leyes, sino las normas éticas básicas para una humana convivencia. Estamos cayendo ¿o ya caímos? en ese enorme bache, que no es otra cosa sino un desbarrancadero, del cual será muy difícil salir.