REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Desde las rondanas de los tulipanes acústicos


Roberto López Moreno

Tulipanes acústicos para fumar la madrugada, es el libro que requería la poesía de Chiapas para confirmar el voltio que había quedado en silencio desde pasados vórtices. El paisaje no estaba completo, alguna fórmula de la alquimia no había sido cumplida cabalmente y el permanente acecho de fractales remarcaba su erizada advertencia.
Algo no estaba cumplido. Por eso es que ahora digo, con el mayor entusiasmo, que este breve libro de Julio Solís, -breve pero de importancia vital por las sustancias historicoliterarias que corren entre sus páginas- que Tulipanes Acústicos… tardó muchos años en hacer su arribo natural. Pero al estar ahora aquí, frente al lector chiapaneco -o de cualquier otro sitio pero que esté dentro de este rejuego de consideraciones- complementa el ciclo que inexplicablemente no había acabado de definirse para abrir el ágil paso de nuevas aventuras.
Chiapas no está fuera del universo, hay que recordar que ya el poeta nos había advertido que “es en el cosmos lo que una flor al viento”. Entonces tenía y tiene que cumplir con las etapas con que la naturaleza legisla sus cualificaciones y sus cuantificaciones. En los asuntos del pensamiento, igual.
¿Por qué razón a la luz de estas consideraciones y dentro de la historia universal de la literatura nos hemos tragado el espacio que le correspondía al Vanguardismo en Chiapas y ni el más mínimo gesto de indigestión hemos manifestado en tantos años?
Si así pasó es que no lo necesitábamos, podrán argumentar los aferrados al hierro. Si ahora celebramos la existencia de Los tulipanes acústicos…, es que sí lo requeríamos, sería la respuesta, y hasta ahora la naturaleza poética acustica las cosas en su orden.
Porque si vemos que Julio Solís es un escritor joven, quiere decir que de los jóvenes es que vienen estas necesidades expresivas. Los jóvenes recorren de nuevo los trayectos y se encuentran de frente con un vacío, un vacío que espera llenar la poesía de los más recientes (de los más talentosos tiene que ser) porque en todo caso son retos y sólo los talentos mayores se encuentran en condiciones de atenderlos.
Y bien con Julio Solís, gracias a él por hablar por nosotros, estamos pagando con él una deuda que la literatura chiapaneca tenía con Don Armando Duvalier, el gran maestro del que no quisimos dejarnos conmover en su momento.
El Vanguardismo, del que hemos parecido ausentes llegó a Chiapas con Don Armando Duvalier, con su “poesía alquimista”, con su propuesta “negrista”, su obra “orientalista”, con su aire “tabladezco”. Pero las hegemonías no permitieron el desarrollo de tales fuerzas. Los jóvenes, más que nadie, resultaron los mayores afectados por este ayuno; se les negó esa gran oportunidad a la gran aventura de la diversificación.
Por eso son hoy esos jóvenes -bueno, los de hoy- los que reclaman revivir la etapa hurtada, por eso decía al principio que Los tulipanes acústicos… de Solís celebran su arribo natural. Muchos de los que conocíamos la trama, lo estábamos esperando.
Acompañamos en esta gesta verbal a Julio Solís, porque con su escritura ahora él nos acompaña y reafirma a los muy pocos que fuimos conscientes del desperdicio que hacíamos de Duvalier en Chiapas: Ricardo Cuellar, Mario Nandayapa, algún otro, muy pocos…
De su generación contó con la compañía y las consideraciones del maestro Eliseo Mellanes, de Rosemberg Mancilla y de algún otro poeta de la época cuyo nombre ahora se me escapa.
El libro de Solís, el gran libro de apenas 18 cuartillas inicia como un justo homenaje, con un epígrafe de Don Armando:
Fuma esta flor que te ofrecen los dedos de la espuma, sonrosados;
fúmala, para que no te olvides de la lluvia.

El trabajo formal que se asume en el libro es de agobios pero excitante al mismo tiempo. Ésa es la esencia del empeño rehuido en su otro tiempo… Sostener por un lado el asunto lírico y por el otro los elementos de rompimiento con los discursos tradicionales, cuesta; trabajo es éste que sólo se imponen los que cuentan a su alcance con el arsenal de la imaginación y el conocimiento del discurrir literario, para construir con todo ello un camino.
Y así es como, finalmente, nos encontramos en condiciones de fumarnos la madrugada sobre la rondana de los tulipanes acústicos, mientras Julio Solís nos habla desde sus mixturas alquimistas y nos adentra en el ensueño que ya no nos había sido. Reales dificultades de estructura hay que enfrentar para poder con este tipo de trabajo. Así se requiere cuando se entra en estos terrenos. Se necesita, de veras, de audacia y de sumas en los tiempos.
Después de leer el libro de Julio creo que éste parte de Duvalier y que va más allá (ésa ya es audacia mía); y si la lógica no miente, así debe ser, pues estamos en otra época, en la que podemos considerar el proceso de manera más reposada aunque con más urgencias al mismo tiempo, también con mayores recursos de los que en aquellos tiempos pudo haber aportado la novedad. Si es cierto lo que aquí digo… reclamo bajo el reflector cenital de los tulipanes el conjuro de la guillotina.
En la tarea acosan “dadaísmos”, extremismos de vario tipo, las exageraciones que quizá de pronto puedan carecer de sentido pero que deben acompañar el aliento profundo de lo que se toca para hacer la combinación que se acrisola en la búsqueda de renovados discursos. Quizá el propio Duvalier se sintió naufragar en sus adentros a la hora de fuellear el empeño.
Solís no sólo tiene que cuidar la línea lírica (su obligación primordial de poeta) sino manejar con una absoluta seguridad que pueda llegar incluso a la desfachatez (según algunas mentes) las otras audacias del lenguaje (la obligación de un vanguardista), imponiendo o sugiriendo resignificaciones. Hay un tercer compromiso para él, ser lo más fiel posible a su homenajeado (ciertos asuntos temáticos, cierta terminología) y sin embargo, no lo ser tanto para darnos al final (su cuarto compromiso) un nuevo lenguaje que nos lance hacia adelante dentro de las visiones actuales, un lenguaje cierto para nuestro tiempo y nuestras necesidades, para la nueva poesía y sus cambios incesantes.
A Solís le llegó el tiempo o más bien llegó en el tiempo de fundir lo volátil con lo inmutable y convertirlo en un todo trascendente con mecánicas en interacción. En su caso muy especial, le tocó encontrarse con las sombras de Chiapas y las de su futuro.
Está en novedario: “te digo aaa gata noctámbula/ onomatopeya merluza de líquenes”, pero chiapaneco es y así construye (también) su poesía, haciéndola una con la otra: “luna quetzal te digo”. Novedario: “tu olor luto del sol engendra termómetros con vestido”, pero chiapaneco: “si en el reloj de tu piel esdrújula se esconde una ceiba atómica”. Novedario: “qué responde Dios en la cama elíptica de alabanzas/ que no dicen nada porque esta palabra no existe”, pero chiapaneco: “ojalá mirada quetzal manecilla pueda inventar pumpos hidráulicos en la lengua”.
Ya nos ganamos a Duvalier a fuerza de tenazas y palabra. Nos ganamos su tiempo. El tiempo. Ya soy el otro tiempo y soy su mismo. Ya Julio Solís es Julio Solís, el que escribe. Y yo Roberto López, el que lee. Y todos, alquimistas natos a la mitad de la poliédrica selva.