REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
10 | 12 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Lecumberri de nuevo


Álvaro Mutis

Adiós Álvaro Mutis

La muerte de Álvaro Mutis no fue sorpresiva. Todos sus lectores sabían que aparte de su avanzada edad, estaba seriamente enfermo y que, a pesar de ello, hacía proyectos de trabajo y de viajes. Sin embargo, el dolor de sus amigos y admiradores se mostró desde que supimos de su lamentable fallecimiento.
Mutis escribió poesía y notables novelas. Nació en Colombia, estuvo largo trecho de su vida en EU y su lugar fundamental fue México. Fue él quien por vez primera puso en las manos de su compatriota, el muy famoso novelista, Gabriel García Márquez, una obra básica en las letras: Pedro Páramo, según contaba el propio Álvaro en las reuniones sociales. Por un problema oscuro con la empresa en la que laboraba en Bogotá, la ESSO, la acusación de un desfalco atribuido a causas culturales, el escritor viajó a la Ciudad de México, donde la mano de la Interpol lo detuvo. Estuvo preso 19 meses en Lecumberri y de allí, como Óscar Wilde, salió transformado, su literatura se hizo otra y más grave y profunda. Él mismo lo explica en el prólogo de su Diario de Lecumberri, varias veces editado. Como modesto homenaje a su recuerdo, El Búho recoge algunas páginas del notable documento. Lo demás, es ya historia de la literatura.

El Búho


Lecumberri de nuevo*

Los editores me piden un prefacio para esta nueva edición de mi Diario de Lecumberri. He vuelto, por esta razón, a recorrer esas páginas y, como siempre sucede en estos casos, los laberintos, trampas, sospechosos ocultamientos y no menos sospechosas revelaciones de la memoria me han dejado habitando una suerte de tierra de nadie, entre sorprendido y contristado. Trataré de explicarme. La única certeza a la que he podido llegar es que lo que aquí relato sucedió, lo viví y me marcó para siempre. Zonas enteras, sin embargo, de esa experiencia de quince meses en la Cárcel Preventiva de Lecumberri, detenido en virtud de un tratado existente entre México y Colombia, en uno de cuyos artículos se exige que el sujeto a extradición quede asegurado en un lugar que garantice su permanencia en el país; episodios completos, decía, han quedado sumidos en un olvido inexplicable. Otros han tomado una dimensión que es evidente que no les corresponde. Todo esto, más de cuarenta años después, me deja en manos de ese ilusionista permanente y lleno de ardides que es la memoria.
Por las razones expuestas tuve muchas dudas en volver a editar este diario que se me ocurría sentir como algo incompleto y no del todo válido. Sin embargo, me fue trabajando en la conciencia un argumento en favor de la nueva edición, argumento que trataré de poner en claro para mi improbable lector. Resulta que, al examinar estos episodios de mi vida carcelaria, me di cuenta muy pronto de que, gracias a esa experiencia, tan profunda como real e incontrovertible, he logrado escribir siete novelas que reuní con el título de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero. Hasta entonces, sólo había intentado andar los caminos de la escritura narrativa con algunas historias reunidas bajo el título de La mansión de Araucaíma y, más tarde, en una compilación de toda mi prosa que se titula La muerte del estratega. En los treinta años anteriores había escrito únicamente poesía. Este supuesto paso de un género a otro se hizo posible gracias a esa inmersión en un mundo en donde se conjugaron el dolor, la más calurosa y cierta solidaridad humana, la conciencia de una torpe injusticia que se esconde en códigos y leyes. Para decirlo de una vez, la verdad escueta y brutal del hombre que ha caído al fondo del pozo y que ya nada tiene que decir como no sea la muda protesta contra algo que no consigue explicarse sino como un golpe brutal fraguado no sabe por quién ni en dónde. Dialogar con quienes comparten con nosotros esa situación es una enseñanza que nos marcará para siempre y que ha de signar todo contacto que, en adelante, tengamos con nuestros semejantes. Jamás hubiera conseguido escribir una sola línea sobre las andanzas de Maqroll el Gaviero, que ya me había acompañado a trechos en mi poesía, de no haber vivido esos quince meses en ese sitio llamado, con singular acierto, “El Palacio Negro”.
La experiencia fue tan radical y penetró hasta rincones tan secretos de mi ser, que hoy la recuerdo con algo que se parece mucho a la gratitud y también a la ternura.
Eso quería decir en esta salida del Diario. Quiero agregar, únicamente, algunas frases que acompañaron a la primera edición y que para mí siguen siendo de una validez absoluta. Dicen así: “Estas páginas reúnen, gracias al interés y amistad de Elena Poniatowska, el testimonio parcial de una experiencia… el testimonio ve la luz por quienes quedaron allá, por quienes vivieron conmigo la más asoladora miseria, por quienes me revelaron aspectos, ocultos para mí hasta entonces, de esa tan mancillada condición humana de la que cada día nos alejamos tan torpemente.”

Álvaro Mutis





I

A celle qui danse...

Cuando las cosas van mal en la cárcel, cuando alguien o algo llega a romper la cerrada fila de los días y los baraja y revuelca en un desorden que viene de afuera, cuando esto sucede, hay ciertos síntomas infalibles, ciertas señales preliminares que anuncian la inminencia de los días malos. En la mañana, a la primera lista, un espeso sabor de trapo nos seca la boca y nos impide dar los buenos días a los compañeros de celda. Cada cual va a colocarse como puede, en espera del sargento que viene a firmar el parte. Después llega el rancho. Los rancheros no gritan su “¡Esos que agarran pan!”, que los anuncia siempre, o su “Esos que quieren atole”, con el que rompen el poco encanto que aún ha dejado el sueño en quienes se tambalean sin acabar de convencerse de que están presos, de que están en la cárcel. La comida llega en silencio y cada cual se acerca con su plato y su pocillo para recibir la ración que le corresponde y ni protesta, ni pide más, ni dice nada. Solamente se quedan mirando al vigilante, al mono, como a un ser venido de otro mundo. Los que van a los baños de vapor perciben más de cerca y con mayor evidencia al nuevo huésped impalpable, agobiador, imposible. Se jabonan en silencio y mientras se secan con la toalla, se quedan largo rato mirando hacia el vacío, no como cuando se acuerdan “de afuera”, sino como si miraran una nada gris y mezquina que se los está tragando lentamente. Y así pasa el día en medio de signos, de sórdidos hitos que anuncian una sola presencia: el miedo. El miedo de la cárcel, el miedo con polvoriento sabor a tezontle, a ladrillo centenario, a pólvora vieja, a bayoneta recién aceitada, a rata enferma, a reja que gime su óxido de años, a grasa de los cuerpos que se debaten sobre el helado cemento de las literas y exudan la desventura y el insomnio.
Así fue entonces. Yo fui de los primeros en enterarme de lo que pasaba, después de dos días, dos días durante los cuales el miedo se había paseado como una bestia ciega en la gran jaula del penal. Había muerto uno en la enfermería y no se sabía de qué. Envenenado, al parecer, pero se ignoraba cómo y con qué. Cuando llegué a mi crujía, ya mis compañeros sabían algo más, porque en la cárcel corren las historias con la histórica rapidez con que transmiten los nervios sus mensajes cuando están excitados por la fatiga. Que era un tecatero y que se había inyectado la droga unas horas antes de morir. Que iban a examinar las vísceras y que al otro día se sabría. Al anochecer todo el penal estaba enterado y fue entonces cuando entramos en la segunda parte de la plaga, como entonces la llamé para decirle por algún nombre.
Una gran espera se hizo entre nosotros y nadie volvió a hablar ni a pensar en otra cosa. En la madrugada del día siguiente fueron a mi celda para despertarme: “Hay uno que está muy malo, mi mayor, echa espuma por la boca y dice que no puede respirar.” Algo me resonó allá adentro diciéndome que ya estaba previsto, que yo ya lo sabía, que no tenía remedio. Me vestí rápidamente y fui a la celda del enfermo, cuyos quejidos se escuchaban desde lejos. Era Salvador Tinoco, El Señas, un muchacho callado y taciturno que trabajaba en los talleres de sastrería y a quien venía a visitar una ancianita muy limpia y sonriente a la que llamaba su madrina. Le habían puesto El Señas por algo relacionado con el equipo de beisbol al cual pertenecía orgulloso, al que dedicaba todas sus horas libres con inalterable entusiasmo. Nunca hubiera imaginado que El Señas se inyectaba. No había yo aún aprendido a distinguir entre la melancolía habitual de los presos y la profunda desesperanza de los que usan la droga y de la que ésta sólo parcialmente logra rescatarlos. El Señas se quedó mirándome fijamente; y ya no podía pronunciar ninguna palabra inteligible. Un tierno mugido acompañaba esta mirada en la que me decía toda la ciega fe depositada en mí, la certeza de que yo lo salvaría de una muerte que ya tomaba posesión del flaco cuerpo del muchacho. Lo llevamos a la enfermería e inmediatamente el médico de turno lo pasó a la sala. Una estéril lucha en la que se agotaron todos los recursos a la mano desembocó en el debatirse incansable de El Señas contra la dolorosa invasión de la parálisis, que iba dejándole ciertas partes del cuerpo detenidas en un gesto vago y grotesco, ajeno ya por completo a lo que en vida fuera el tranquilo y serio Salvador, quien me dijera un día, como único comentario a la visita de su madrina: “Viene desde Pachuca, mi mayor. Allá tenemos una tierrita. Ella ve de todo, mientras salgo.” Y ahora, pensaba yo. “¿Quién podrá avisarle a la madrina que El Señas se muere?”
Poco a poco se fue quedando quieto y de pronto una sombra escarlata le pasó por el rostro, se aflojaron un tanto sus manos que se habían engarrotado en la garganta y el médico retiró las agujas por donde entraba el suero y los antídotos y nos miró con la cara lavada por el cansancio: “De todas maneras no tenía remedio. Mientras no sepamos qué es lo que les están vendiendo como droga, no hay nada que hacer.”
Así que eso era. Estaban vendiendo la tecata balín. Alguien había descubierto la manera más fácil de ganarse algunos pesos vendiendo como heroína vaya el infierno a saber qué sustancia, que en su aspecto semejaba a los blancos polvos que en el penal se conocen con el nombre de tecata. Regresé a la crujía. Esto era, entonces, lo que había anunciado el miedo. ¿Cuántos vendrían ahora? ¿Quienes? No íbamos a tardar en saberlo.
Al día siguiente, en la mañana, vimos entrar una mujerona fornida, con el pelo pintado de rubio y un aire de valkiria vencida por la miseria y el hastío de la vida vecindad. Traía una mirada vaga, perdida, una sonrisa helada se le había pegado al rostro feamente. Era la mujer de Ramón el peluquero. No entendimos muy bien en primer momento. Pero cuando recordé la faraónica cara de Ramón, sus ojos grandes, acuosos y algunas de sus fabulosas digresiones en las que se perdía mientras nos cortaba el pelo, una certeza agobiadora me llegó de pronto.
Ramón era el siguiente. Con una boleta para el dentista me fui a la enfermería con la esperanza de haberme equivocado. Ramón era un buen amigo, un admirable peluquero. Estaba en lo cierto. Lo encontré tendido en la cama, las manos agarradas de los bordes del lecho, gimiendo sordamente mientras sus palabras iban perdiendo claridad entre los estertores de la intoxicación. “No me dejes morir, güera. Güerita, a ver si el doctor puede hacer algo. Pídeselo por favor.” El médico observaba fijamente al moribundo: “¿Quién te dio la droga, Ramón? Otros vendrán después de ti si tú no nos lo dices. ¿Quién te la dio?” “Da igual, doctor. Sálveme a mí; a los otros que se los lleve la tiznada. Sálveme y se lo digo todo. Si me dejan morir, me callo. ¡Sálvenme, cabrones, que para eso les pagan!”, e hizo un vano intento de saltar sobre el médico que acechaba sus palabras y lo miraba impasible, con la amarga certeza de que de ese desesperado animal en agonía dependía la vida de muchos otros que tal vez en ese mismo momento estaban comprando la falsa droga.
“Dinos quién fue y te salvamos”, dijo un ayudante con la imprudencia de quien no conoce las leyes inflexibles del recluso. Ramón no podía ya hablar; no tenía casi aire para formar palabra alguna. Se quedó viendo fijamente al que había hablado, con una mirada irónica acompañada de una mueca de desprecio, como diciéndole: “¡Tú qué sabes, imbécil! Ya nada puede salvarme, lo sé. ¿No ves que ni hablar puedo ya?” De repente la esposa, que conservaba hasta entonces esa congelada actitud de quien no puede recibir más golpes de la vida, comenzó a gritar enloquecida y agarrando al médico de la blusa, le dijo: “¡Yo sé quién la vende! ¡Yo sé, doctor. A usted se lo digo. A usted solamente. No me gusta chivatiar delante de estos pendejos!” El doctor la sacó al jardín lleno de flores. No se demoró mucho con ella y regresó llevándola del brazo hasta el pie de la cama. “El Señas, como venía diciéndole, murió ayer, señora. No puede ser.” “Pues ése era, doctor; ni modo que fuera otro.” La impotencia se retrataba en el rostro agotado e incoloro del médico. Entró un oficial. Llevaba un impecable uniforme de gabardina beige y traía un aire ajeno a todo lo que allí pasaba, que nos despertó un sordo rencor en contra suya. Gratuito tal vez, pero muy hondo. “¿Qué hubo?”, preguntó mirando el violáceo rostro de Ramón, “¿le sacaron algo?” “Ya no puede decir nada, ni dijo nada tampoco”, contestó el médico alzándose de hombros y revisando las llaves del oxígeno como si quisiera evitar al intruso. Ramón el peluquero empezó a temblar, temblaba como si le estuvieran pegando en sueños. Su mujer le miraba fijamente, con rabia, con odio, como si mirara lo que ya no sirve, lo que no sirvió nunca. Cuando dejó de temblar, estaba muerto. La mujer no dijo nada. Se puso en pie y salió sin hablar con nadie.
Después vino El Ford. Se desmayó mientras pintaba uno de los muros de las cocinas. Lo llevaron a la enfermería y los médicos se dieron cuenta de que estaba intoxicado. Se había fracturado la columna vertebral, no hablaba y sus grandes ojos inyectados en sangre nos miraban con asombro. Todos morían igual. La falsa droga les afectaba los centros motores de la respiración. Poco a poco se iban asfixiando en medio de terribles dolores. El aire les faltaba cada momento más y se metían la mano en la garganta y trataban de arrancar allí algo que les impedía la entrada del aire. Los amarraban a la cama y lentamente iban entrando a la muerte, siempre asombrados, siempre incrédulos de que alguien a quien ellos nunca delataron les hubiera engañado con la tecata balín, en la que no acababan de creer hasta cuando sentían los primeros síntomas de su acción en su propio cuerpo.
Al Ford le siguió El Jarocho; al Jarocho; El Tiñas; al Tiñas, El Tintán; al Tintán, Pedro el de la tienda; a Pedro el de la tienda, el chivatón de Luis Almanza, y así, poco a poco, fuimos entrando en la sorda mina de la plaga, penetrando en el túnel de los muertos, que se iban acumulando hasta lograr hacernos vivir como natural e irremediable este nuevo capítulo de nuestra vida de presos. Ninguno quiso decir cómo había conseguido la droga, quién se la había facilitado. Ninguno se resignó a aceptar que había sido el elegido para el macabro negocio. Cuando se desengañaba y la asfixia comenzaba a robarle el aire y el terror se le paseaba por el atónito rostro, entonces un deseo de venganza lo hacía callar. “¡Que nos muramos todos! —dijo uno—. Al fin pa’qué servimos, mi coronel. Si yo le digo quién me la vendió, de nada va a servirle. Otro la venderá mañana. Ya ni le busque, mi jefe.” Otros trataban de negociar con las autoridades y los médicos que cercaban la cama en busca de una pista que les indicara el origen de la plaga: “Yo si le digo, doctor —decían—, pero si me mandan al Juárez y me hacen la transfusión. Yo sé que con eso me salvan. El Tiliches me lo dijo, yo lo sé. Allá les cuento quién me vendió la tecata balín y en dónde la guardan.” Lo de la transfusión y el Juárez era parte de la leyenda que se iba formando alrededor de las muertes incontrolables e irremediables. No había salvación posible y los médicos nada podían hacer contra la sustancia que, mezclada con el torrente sanguíneo, arrastraba implacablemente hacia la tumba al desdichado que había buscado en ella un bien diferente camino para evadir la imposible realidad de su vida.
Fue por el décimo muerto cuando Pancho lanzó en el cine su grito inolvidable. Tenía la costumbre de llegar cuando estaban ya las luces apagadas. Iba a sentarse al pie del telón y gritaba a voz en cuello: “¡Ya llegué!” Le contestaba una andanada de improperios y él, inmutable, se dedicaba a comentar, a manera de coro griego, los incidentes de la película, relacionándolos con la vida diaria del penal. Cuando la tensión del drama en la pantalla nos tenía a todos absortos y tensos, en espera del desenlace, él gritaba maliciosamente: “¡Cómo los tengo!”, y rompía el hechizo, recibiendo el consabido comentario de los espectadores.
Cuando la tecata balín comenzó a circular y a matar, cuando cada rostro era escrutado largamente por los demás para buscar en él las huellas de la muerte, Pancho no volvió a lanzar su grito. Entraba, como antes, ya apagada la luz, se sentaba al pie del telón, como siempre, y se quedaba callado hasta el final de la función. Fue el miércoles que siguió a la fiesta nacional cuando murieron tres compañeros en un mismo día y llegó a su clímax el terror que nos visitaba. El cine estaba lleno hasta el último asiento. Todos queríamos olvidar el poderío sin fin de la muerte, ese viaje interminable por sus dominios. Pancho entró en la oscuridad y, de pronto, se detuvo en medio del pasillo central, se volvió hacia nosotros y gritó: “¡Que vivan los chacales y que chinguen a su madre los muertos!” Un silencio helado le siguió hasta cuando le vimos sentarse en su puesto habitual y meter la cabeza entre los brazos para sollozar sordamente. Dos de los muertos eran sus mejores amigos. Había llegado con ellos y con ellos solía vender refrescos los días de juego en el campo deportivo.
A partir de ese día comenzó a saberse que había ya alguna pista firme. Algo en el ambiente nos dijo que estaba cercano el final del reinado de la tecata balín.
Al poco tiempo vi entrar una tarde, ya casi anocheciendo, a dos presos que traían a mi crujía unos vigilantes que los cercaban cuidadosamente y los empujaban con sus macanas. Pálidos, tartajosos, desconcertados, entraron cada uno a una celda de la planta baja. No tardaron en llegar los oficiales y dos médicos. En los baños se improvisó una oficina y allí fue interrogado cada uno por separado, durante casi toda la noche. Sin violencia, paciente y terco, el coronel fue sacándoles la verdad, haciéndoles caer en contradicciones que servían para ir aclarando toda la historia. El Salto-salto y su compañero, La Güera, habían sido los de la idea. Raspaban con una hoja de afeitar cuanta pintura blanca hallaban a la mano; el fino polvo así conseguido lo envolvían en las diminutas papeletas en las que circula la droga y lo mezclaban con las que tenían la verdadera heroína. En esta forma la ruleta de la muerte había jugado por cinco negras semanas su fúnebre juego, derribando ciegamente, dejando hacer al azar, que tan poco cuenta para los presos, tan extraño a ese mundo concreto e inmodificable de la cárcel. Hasta entonces, el azar había sido otro de los tantos elementos de que está hecha la libertad; la imposible, la huidiza libertad que nunca llega.
No sé muy bien por qué he narrado todo esto. Por qué lo escribo. Dudo que tenga algún valor más tarde, cuando salga. Allá afuera, el mundo no entenderá nunca estas cosas. Tal vez alguien debe dejar algún testimonio de esta asoladora visita de la muerte a un lugar ya de suyo muy semejante a su viejo imperio sin tiempo ni medida. No estoy muy seguro. Tal vez sea útil narrarlo, pero no sabría decir en qué sentido, ni para quién.
Hoy han venido Elena y Alberto y les he contado todo esto. Por el modo como me miran me doy cuenta de que es imposible que sepan nunca hasta dónde y en qué forma nos tuvo acogotados el miedo, cómo nos cercó durante todos estos días la miseria de nuestras vidas sin objeto. No podrán saber jamás a merced de qué potencia devastadora se jugó nuestro destino. Y si ellos, que están tan hermosamente preparados para entenderlo, no pueden lograrlo, entonces ¿qué sentido tiene que lo sepan los demás?
He pensado largamente, sin embargo, y me resuelvo a contarlo mientras un verso del poema de Mallarmé se me llena de pronto de sentido, de un obvio y macabro sentido.
Dice:
Un golpe de dados jamás abolirá el azar.

II

De todos los tipos humanos nacidos de la literatura —de la verdadera y perdurable, es obvio— no es fácil encontrar en el mundo ejemplos que se les asemejen. De eso que llamamos un “carácter esquiliano”, “un héroe de Shakespeare”, o “un tipo de Dickens”, solamente un raro azar puede ofrecernos en la vida una versión medianamente convincente. Pero lo que ciertamente consideraba yo hasta ahora como algo de imposible ocurrencia, era el encuentro con ese tan traído “personaje de Balzac”, que siempre estamos esperando hallar a la vuelta de la esquina o detrás de la puerta y que jamás aparece ante nosotros. Porque la densa y cerrada materia con la que creó Balzac sus criaturas de La comedia humana fue puesta sobre modelos en capas sucesivas y firmemente soldadas entre sí. Son personajes creados por acumulación y que se presentan al lector con dominador propósito ejemplarizante, que excluye ese halo de matices que en los demás novelistas permite la fusión, así sea parcial y en escasas ocasiones, de sus criaturas, en los patrones ofrecidos por nuestros semejantes en la diaria rutina de sus vidas.
Cuál no sería mi asombro, cuánta mi felicidad de coleccionista, cuando tuve ante mí y por varios meses para observarlo a mi placer, a un evidente, a un indiscutible “personaje de Balzac”. Un avaro.
Llegó a la crujía a eso de las siete de la noche, y fue recorriendo nuestras celdas con prosopopeya bonachona, dirigiéndose a cada uno dando la impresión de que con ello le concedía una exclusiva y especial gracia y esto merced a ciertas secretas y valiosas virtudes del oyente que sólo a él le era dado percibir.
De alta y desgarbada figura, rubio, con un rostro amplio y huesudo, que surcaban numerosas arrugas de una limpieza y nitidez desagradables, como si usara una piel ajena que le quedara un poco holgada, al hablar subrayaba sus siempre vagas e incompletas frases con gestos episcopales y enfáticos y elevaba los ojos al cielo como poniéndolo por testigo de ciertas nunca precisadas infamias de que era víctima. Tenía la costumbre de balancearse en sus grandes pies, como suelen hacerlo los prefectos de los colegios regenteados por religiosos, imprimiendo una vacilante y temible autoridad a toda observación que salía de su pastosa garganta de bedel. Su figura tenía algo de vaquero del Oeste que repartiera sus ocios entre la predicación y la homeopatía.
Se llamaba Abel, nombre que le venía admirablemente y que me aclaró el porqué de esa universal simpatía que despierta Caín, acompañada siempre de una vaga impresión de que el castigo que se le impusiera fue harto desmesurado, y hasta con ciertos ribetes de sádico.
Poco a poco, gracias a los periódicos y a las informaciones que nos trajera la indiscreta diligencia de los encargados del archivo de expedientes, fuimos conociendo en detalle la historia del balzaciano sujeto.
Amparado en un falso grado de coronel, conseguido Dios sabe a qué precio, de cuántas melosas palabras y ampulosos y retóricos ademanes, se lanzó a labrar una fortuna que, en los estrados, se calculaba en cincuenta millones de pesos, mediante el secular y siempre infalible sistema del agiotismo y la usura. Prestaba dinero a un interés elevadísimo y exigía como garantía —siempre mediante escritura de confianza a su nombre, anulable al pago de una deuda y sus intereses— terrenos y edificios situados, por rara coincidencia, en zonas a punto de recibir el beneficio de valiosos adelantos urbanísticos. Por ese implacable cálculo, que en tales gentes se convierte en un sentido más como la vista o el olfato, los dueños se veían precisados a desprenderse de sus propiedades cuando el hasta entonces generoso amigo se encontraba obligado a “recoger algunos pesos para hacer frente a una pasajera crisis de sus negocios”. Era entonces cuando la asfixiante tenaza de pagarés y juicios de lanzamientos se cerraba sobre el cándido deudor y lo dejaba en la calle, desde donde, sin salir aún de su asombro, veía la erguida silueta del Coronel recorriendo la nueva propiedad y deteniéndose a admirarla, mientras imprimía a su cuerpo ese balanceo aterrador y justiciero.
A medida que nos fuimos enterando de estos detalles y que él se daba cuenta de nuestra creciente información sobre su pasado, más enfático se tornaba nuestro hombre en lo relativo a su inocencia y a “las infamias inventadas por mis enemigos, a quienes en su tiempo ayudé con toda buena voluntad”. En su uniforme solía llevar una insignia del Club Rotario, que siempre supusimos ladinamente hurtada y agregada a su atuendo, para subrayar más aún su pregonado “espíritu humanitario de servicio”.
Su actitud hacia nosotros y en general hacia todos los presos, fue la de quien, encerrado por una torpe conspiración, tiene que descender amablemente a compartir la vida penitenciaria, dejando ver que es por entero ajeno a ella, mientras se aclara el malentendido. La distancia la marcaba con un gesto de su gran mano simiesca, semejante al de los altos prelados que inician la bendición de una menesterosa turba de fieles, con algo que tiene mucho de apostólico y no poco de amable rechazo, mientras se coloca en el rostro una sonrisa seráfica de condescendencia, destinada a indicar que la pasajera mansedumbre obedece más a necesidades convencionales y exteriores que a un sentimiento personal.
Ocupaba una de las celdas del primer piso que mantenía siempre cerrada con candado y adonde nadie fue invitado jamás a entrar. Y mientras los demás habitantes de nuestra crujía —conocida en Lecumberri como la de los “influyentes” o “cacarizos”— preparábamos nuestra comida o la recibíamos de fuera, don Abel se acercaba dignamente, con la escudilla en una mano y el pocillo reglamentario en la otra, para recibir el rancho del penal que llegaba hasta nuestra reja a las horas de comida, sólo hasta entonces para cumplir una rutina. Una vez servido, tornaba el rubio Coronel a encerrarse en su celda y allí engullía la ración penitenciaria sin que nadie fuese testigo de tan valerosa hazaña.
Cierta mañana, al salir de su celda para contestar a la lista, corrieron tras él tres grandes ratas de color pardo cuyo lanoso vientre casi tocaba el suelo. Se quedaron mirándonos entre asombradas y furiosas y volvieron a entrar al cuarto. En la cara de don Abel se fue componiendo una sonrisa beatífica que quería ser la misma que iluminara el rostro del Poverello cuando hablaba a sus hermanas las aves, pero que, tratándose de nuestro personaje y de tan irritables roedores, sólo logró ser una turbadora mueca llena de complicidad con las potencias inferiores que vino a morir en un saltito juguetón, feamente pueril e innecesario.
Una tarde, al regresar de una diligencia del juzgado que seguía su causa, su amplia y huesuda carota de Judas trajo un color amarillo y enfermizo y sus gestos, de ordinario tan amplios y elocuentes, tenían un no sé qué desacompasado y rígido que despertó en nosotros una sorda animosidad, una oscura rabia en su contra.
Al día siguiente nos enteramos de que don Abel estaba enfermo y no podía pasar lista. Cuando llegó el sargento para contarnos, golpeó en su puerta y una hueca y rotunda tos le respondió, resonando en el interior de la celda como una mentirosa e histérica disculpa. Ese mismo día, los periódicos trajeron la noticia de que el juez había fijado una fianza de tres mil pesos para que pudiera salir libre. A cualquiera de nosotros una tan benévola resolución judicial hubiera bastado para llenarnos de alegría. Al Coronel lo había sumido en la más angustiosa disyuntiva. La Navidad y el Año Nuevo se acercaban por entonces y sus nietos —que repetían muchos de los rasgos del abuelo con esta torpe y engañosa frescura de la juventud— venían jueves y domingos a visitarle y lo acosaban a preguntas sobre cuándo saldría, si estaría en casa para la repartición de los regalos al pie del árbol y si alcanzaría a las últimas posadas. La boca del viejo se retorcía como un reptil que trata de escapar de las crueles manos de los colegiales que lo atormentan.
Comenzamos a hacer apuestas sobre si don Abel pasaba la Navidad con nosotros o se resolvería a desprenderse de los tres mil pesos de su fianza. Cuando llegó la víspera de las fiestas navideñas, las apuestas subieron hasta cien pesos y don Abel seguía contestando, con una tos cada día más cavernosa y menos convincente, a la llamada del sargento. Perdieron quienes apostaron que don Abel pasaría la Navidad con su familia. Y así fue en el Año Nuevo y también en Reyes.
Por fin, un oficial encontró la fórmula para sacar a don Abel de la cárcel. Una mañana a la hora de la lista, vimos llegar a dos camilleros de la enfermería con un ayudante del servicio médico. Golpearon en la puerta del empecinado enfermo y cuando éste contestó con su tos de payaso, el sargento replicó con un seco “¡Salga!” que debió dejarlo helado en la oscuridad de su celda. Poco después apareció en el umbral y todos debimos mostrar la misma expresión de asombro ante la horrible transformación que había sufrido su figura. La piel se le pegaba a la cara como un gris papel de feria desteñido por la lluvia, los ojos hinchados por la humedad sólo dejaban ver una materia rojiza y viscosa que se movía continuamente, y de sus gestos luteranos y entusiastas quedaba apenas un temblor de animal acosado. Había olvidado ponerse la dentadura y la boca se le hundía en la mitad del rostro como el resumidero de un patio de vecindad.
Allí se quedó parado ante la camilla, sin saber qué decir. “¡acuéstese ahí, y llévenselo!”, ordenó el sargento con esa brusquedad castrense que no deja rendija alguna por donde pueda colarse un argumento o una disculpa. El Coronel se tendió lentamente en la camilla que los enfermeros pusieron en el suelo, y al intentar sonreír hacia nosotros, como tratando de restarle importancia a la escena, dejó escapar un blanco hilo de saliva de sus incontrolables labios.
Ese mismo día llamó a su abogado y le ordenó pagar la fianza. Nos cuenta el enfermero encargado de la sala adonde lo llevaron que cuando firmó su boleta de libertad, era tal su rabia que rompió dos veces la pluma que le alcanzara el escribiente. Dicen que salió energúmeno, acusando al juez de abusivo y ladrón, y a las autoridades de la cárcel de inhumanas y crueles para con un antiguo servidor de los ejércitos revolucionarios.
Cuando entramos a su celda, movidos por la curiosidad que tanto encierro nos causara, pensé al momento en la del abate Faria de las viejas versiones del cine mudo de El conde de Montecristo. En una gran cantidad de bolsitas de papel, de ésas que se usan en las tiendas para vender azúcar y arroz por kilos, había guardado pedazos de pan que tenían ya una rigidez faraónica, trozos de carne que apestaban horrendamente y otros alimentos cuya identidad había cambiado ya varias veces por la acción del moho y el paso del tiempo. Las ratas corrían por entre las bolsas de papel, con el desasosiego de los perros que pierden a su dueño en una aglomeración callejera.
Los fajineros lavaron la celda y por mucho que lo intentaron, no les fue posible hacer desaparecer el apestoso aroma que se había pegado a las paredes y fundido con la humedad que por ellas escurría. Hubo que resignarse a dejar sin ocupar el cuarto y guardar allí las escobas, trapos y baldes con los que se hace el aseo de la crujía.

*Diario de Lecumberri. Primera edición, 2003. Punto de Lectura. P.p. 109.