REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 09 | 2019
   

De nuestra portada

Santiago Genovés: serenata en tristeza mayor


María Helena Noval

Hace unos días mi amigo Santiago Genovés se despidió de este mundo. Él, que era poeta antes que antropólogo, ése que parafraseaba a León Felipe, Lope de Vega y Cervantes con cualquier pretexto, seseando cantadito, fue a encontrarse con su hermosa mujer André, la francesa, madre de su único hijo Diego. Y ¡Oh Dios!, seguro hallará también a la terrible Carla, la mujer a quien le conocimos siempre fumando y siempre de malas, sus amigos de Cuernavaca. Rebumbio habrá.
A Genovés se le conoce por haberse lanzado mar adentro a investigar, en las balsas Ra 1 y Ra 2, cómo se generaba la violencia entre los hombres; aunque finalmente fue la expedición Acalli -aventura salada, atormentada, histórica-, la que lo llevó a asegurar y multi-publicar, que no estamos condicionados genéticamente para ese comportamiento que tanto daño hace. Que la violencia es cultural y que se da por la necesidad de aventuras que nos caracteriza a los humanos. Yo creo que por ese descubrimiento, a él le daban ganas de huir en balsas de papiro, en casas de agua. Tal fue su decepción del humano, que un día escribió: “Porque como está la Tierra, no queda más que la mar”, vaya verdad.
Son tan memorables los desayunos culturales sabatinos organizados por Alberto Vadas y su güera Anne Thomaes -la de las mesas llenas de viandas cocinadas desde la madrugada por el puro placer de alimentar a los amigos-, que se me agolpan las palabras pensadas para esta entrega titulada por el mismo Genovés, en uno de los muchos momentos de inspiración que compartió conmigo, siempre gustosa aprendiz de periodista cultural. “Amiguita -me decía- tienes que escribir cuando hables de arte, eso que decía mi hermanito del alma, Luis Rius `no se puede vivir como si la belleza no existiera´.” Cosa que hago cada vez que quiero probar la importancia del arte-factura.
De estas conversaciones alrededor de la mesa de los Vadas nació una amistad que fuimos nutriendo fácilmente porque antes de conocerlo lo había leído mucho en Excélsior, periódico en el que ya escribía yo por recomendación de mi gran amiga Alicia Zendejas, con quien había sido mi maestro en el Centro de Arte Mexicano, René Avilés Fabila. Tal amistad derivó en citas semanales, nos llamábamos por teléfono y me dictaba sus editoriales. Enviaba yo los míos y los suyos en un diskette, eso cuando lo convencí de que la tecnología no era tan traicionera como pensaba, cuando le demostré que ya no era tan práctico enviar las páginas por fax para que las volvieran a transcribir en la redacción. Guardo con cariño un montón de sus inspirados textos.
De sus sesudos y sensibles párrafos extraigo para ustedes hoy unas reflexiones que me parece él hubiera rescatado porque describen los tiempos que vivimos. Santiaguito, como le gustaba que lo llamáramos, nos alertaba sobre la edad de piedra con aspectos electrónicos en la que vivimos, se asustaba con analfabetismo emocional de los políticos, le dolía la maldición de la guerra (pertenecía a esa pléyade de cultos republicanos llegados a México a raíz de la Guerra Civil), hablaba de la urgencia de la poesía, de la pertinencia del arte, amaba la música.
“Lo que se necesita, apremiantemente en esta única, mínima y solitaria balsa, llamada Tierra no es más o menos prominentes jefes de gobierno, presidentes, gobernadores, senadores, etc. No nombro a ninguno, porque todos… son, más o menos lo mismo: promesas y más promesas -casi o más que casi incumplidas- para que exista verdadera igualdad, fraternidad, libertad, democracia, justicia social, etc.
“A través de los largos momentos, razones y sin razones, de la vida del planeta Tierra, el hombre y la mujer, consciente o inconscientemente, se encuentran en constante búsqueda de conocerse a sí mismos y, a partir de ahí, hasta donde nos sea posible -o hasta donde nos dejen- entender nuestro variante entorno, y nuestra relación con él. El “orteguiano” “El hombre y su circunstancia” le da, justa y acertadamente al clavo de la vida, al igual, también que el quijotesco “La razón de la sinrazón que a mi razón no alcanza”, ni alcanzará, añado yo, más allá o más acá del avasallador “cartesianismo” circundante, en este mundo occidental, materialista, consumista, estandarizado y materializado.
“Los mismo que el célebre “to be or not to be” -ser o no ser- de Shakespeare, se halla el “ver o no ver” de no recuerdo quién. Sí, los ojos de todos los animales, incluyendo al homo faber que somos, por supuesto, miran hacia delante. Ningún ser vivo tiene ojos en la espalda o detrás de las orejas. Conscientes de ello -lo que con frecuencia se olvida- no hay que olvidar a Machado: “Caminante no hay camino / se hace camino al andar” y del propio Machado: “El ojo que ves / no es / ojo porque tú lo veas/ es ojo porque te ve.
“Sí: navega que navegarás, que siempre llegarás. Sí: hacia el final de la vida paro mientes en que PRI, PAN, PRD y largo etcétera mundial, no son nada. Nos queda, me queda, la mar y el cielo: ‘La dulzura se levanta / desde el fondo de mi cuerpo; /mar adentro marinero / mar adentro. /Parada la tempestad / de alma y cuerpo / qué lindo es navegar, / mi vela al centro, / blanca /es otra espuma de mar. /Azul y blanco es mi cuerpo / mar / un sólo mar / mar adentro navegar / mi vela al centro’.”

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